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El terrorismo blanqueado. -Hermann Tertsch/ABC-

La nueva izquierda y la culpa del terrorismo. -Jorge Vilches/Vozpópuli-

Todavía hay quien se sorprende de que las izquierdas no culpen de los asesinatos a los terroristas, sino al gobierno de la víctima. Los últimos atentados en Berlín, Estambul o Irak nos han mostrado una vez más el pensamiento del populismo socialista que anega medios de comunicación y políticos televisivos. Su discurso es previsible: la petición de más control hace crecer a la extrema derecha, la responsabilidad es de los gobiernos occidentales, y la necesidad de hacer pedagogía para comprender la justicia de la idea que está detrás del terrorista.

Nada nuevo, aunque sí preocupante. La Nueva Izquierda de los sesenta presentó los terrorismos como una reacción lógica y justa a la opresión imperialista, capitalista y occidental. Eran movimientos de liberación nacional o social, expresión popular de la imposibilidad de los regímenes para aceptar que una “mayoría social” estaba en contra de las élites extractivas, la casta, los privilegiados o la oligarquía. El asesinato, el boicot, el secuestro, la extorsión y el robo eran manifestaciones de un pueblo oprimido por otro o por el establishment. Y los occidentales aburguesados de entonces, esos que cantaban a la revolución con la guitarra comprada por sus papás, y llamaban “fascista” a todo aquel que no pensara como ellos, veneraban al asesino Che Guevara, a los genocidas Guardias Rojos maoístas, a los criminales Pol Pot y Fidel Castro, así como a cualquier grupo terrorista que se dijera de izquierdas, como ETA.

Esa izquierda justificadora del terrorismo ha existido siempre en España. Sin embargo, hasta ahora había sido algo propio de grupúsculos. La crisis del régimen del 78, sobre todo por el desmoronamiento del PSOE, que ha abierto el campo a opciones izquierdistas varias, ha permitido que ese discurso aparezca como dominante.

El populismo socialista ha tomado como buena la interpretación que de la Transición hacían los grupos terroristas izquierdistas y la está difundiendo con éxito. El relato es tan infantil como poderoso. La democracia actual es heredera del franquismo, dicen, porque no es nada más que un truco de las “élites extractivas” para seguir enriqueciéndose. Se quitaron de en medio un régimen, el franquista, que no encajaba con las inquietudes de la clase media española ni con el entorno internacional. Nació así la farsa del régimen del 78: una falsa democracia, “atada y bien atada”, para continuar la extracción. Con ello, dicen podemitas, cuperos y escritores progres de la izquierda mediática, se hurtó al pueblo el ajuste de cuentas con la dictadura y la posibilidad de decidir su futuro. Por eso, concluyen, hay monarquía y no república, democracia liberal y no democracia social, así como una unidad nacional impuesta y no el “derecho a decidir” de sujetos colectivos inventados.

Esta interpretación del cambio de régimen sigue el viejo y falso mecanismo analítico marxista: la contradicción entre la infraestructura económica y la superestructura jurídica obliga a una transformación pero que, con el típico victimismo izquierdista, ha sido hasta ahora un giro lampedusiano: que todo cambie para que no cambie nada.

Estos izquierdistas han diluido el concepto de violencia, y se les oye decir que es más violento un desahucio o una persona rebuscando en la basura que un atentado terrorista. Es más; sostienen que una persona se decide a matar porque es pobre, o porque siente que los derechos del sujeto colectivo al que cree pertenecer no son respetados lo suficiente, o porque no se le escucha.

El mecanismo es sencillo: si no es posible llegar por las buenas al paraíso socialista o a la comunidad homogénea imaginada, se impone por la fuerza. La violencia se convierte así en una manifestación política como otra cualquiera, donde las víctimas son tanto los muertos como los asesinos, pero el culpable es el gobierno que no escucha al grupo terrorista. Ya dijo la alcaldesa de Madrid que la solución al yihadismo era sentarse a hablar con ellos. Y vimos a Pablo Iglesias teatralizando su horror a la “cal viva” del PSOE de González, al tiempo que aplaudía a Otegi.

La segunda rebelión de las masas, ésta que vivimos, se produce contra esta concatenación de estulticias, esas mismas que nos están llevando al abismo, a una decadencia que, sin entrar en el organicismo de Oswald Spengler, es más que evidente. Todo este tercermundismo y multiculturalismo impuesto por el consenso socialdemócrata, y que se ha convertido en el mainstream, en lo políticamente correcto, está tocando a su fin.

El socialismo no fue el culpable de que una de sus interpretaciones, que fue la nacionalsocialista, sostuviera la necesidad de reconstruir su comunidad pasando por el genocidio. Tampoco el islam es culpable de que la interpretación yihadista del Corán lleve el terror a todo el planeta. Y menos aún las sociedades occidentales y sus gobiernos son culpables del terrorismo. Sin embargo, tenemos a quien utiliza la violencia terrorista para construir un discurso político, o mediático, que sirva para derribar gobiernos, impulsar políticas, obtener notoriedad, o mover a las masas.

Los culpables del terrorismo son única y exclusivamente los terroristas, pero hay gente que no lo quiere comprender, que miente, o que construye otro discurso para atacar a los adversarios políticos. ¿O es que hemos olvidado lo que ocurrió tras los atentados del 11-M en Madrid?

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La impunidad más tóxica. -Hermann Tertsch/Gentiuno-

El 21 de junio de 1993 fue un día especial para mí. Me hallaba en un pueblo casi abandonado y ya semidestruido por la guerra en el paisaje siempre duro de la Herzegovina occidental. Aquel día, gracias a uno de aquellos trastos de teléfono por satélite, supe que había nacido en Madrid mi hija. Tardé una semana en salir de aquel maltratado agujero balcánico para conocerla. En aquella inolvidable llamada me dieron otra noticia. Muy cerca del hospital madrileño donde nació María, donde había nacido yo, el «San Francisco de Asís», en la calle Joaquín Costa, esquina Velázquez, había estallado una bomba de ETA poco antes de nacer la niña. El balance: siete muertos y muchos heridos. Yo veía muchos muertos en aquella guerra, pero quedé impresionado por aquella terrible coincidencia de los siete españoles arrebatados a la vida a unos cientos de metros de donde entraba a la vida mi hija. Si me siento en deuda con todas y cada una de las víctimas del terrorismo, de forma muy especial con quienes murieron en aquel día tan feliz para mí.

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La bomba de aquel día vuelve a ser hoy actualidad. Cuando la mayoría de los españoles no quiere saber nada de ETA y tampoco de sus víctimas. No nos engañemos. Es un hecho triste pero cierto. Y no debe ocultarse ni siquiera por pudor. A los españoles se les ha dicho que aquel capítulo tan doloroso está felizmente cerrado. Hay consenso tácito en la política en que de ETA y sus víctimas se debe hablar lo menos posible. Los medios de comunicación se han sumado al pacto no escrito que yo creo un grave error moral y político. Todos creen que se vive con más comodidad así. Pero lo cierto es que esa falta de elaboración de nuestro trágico pasado reciente agudiza muchas carencias morales que se reflejan dramáticamente en nuestra vida en común. Unos pocos rompen una y otra vez ese pacto que veo innoble. Hoy lo hago yo para celebrar una bella gesta de un joven español en honor y reconocimiento de su padre, víctima de ETA aquella mañana tan especial para mí. Se llama Pablo Romero y es periodista. Su epopeya ha sido la lucha contra la impunidad total de aquel crimen. En sus peripecias de tres años ha desvelado terribles verdades sobre la forma en que autoridades políticas, policiales y judiciales han actuado o dejado de actuar contra esta peste sangrienta que tanto daño ha hecho a España. Y que tanta venenosa influencia han tenido sobre el devenir de nuestra patria. No hay frase más falsa en España que esa tantas veces repetida de que «el terrorismo jamás logrará nada». El terrorismo ha sido enormemente eficaz y rentable para sus promotores y autores en primera línea y para sus instigadores y protectores en la sombra, sus grandes beneficiarios políticos. Nadie dude de que España sería muy distinta si el terrorismo hubiera desaparecido con la llegada de la democracia. Es fácil concluir que no sufriríamos con la gravedad actual el separatismo, el odio antiespañol, el revanchismo y el recuperado guerracivilismo.

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Teniente-Coronel Juan Romero Álvarez

Pablo Romero es hijo del teniente coronel Juan Romero Álvarez, una de las víctimas de aquel atentado. Ha publicado en seis capítulos en el portal digital El Español la narración de una aventura personal que nos atañe profundamente a todos los españoles. Su texto produce emoción y vergüenza. Romero, que tenía 17 años cuando su padre es asesinado, cuenta como sintió un aguijonazo en la conciencia ante la vergüenza de que prescribiera el caso sin siquiera identificarse a los autores materiales de aquel atentado que mató a siete hombres inocentes en una furgoneta del Ministerio de Defensa. «Una compañera comentó en voz alta que el “problema” de ETA estaba superado (…) y que no merecía la pena “remover” los casos. En ese momento algo cambió en mi cabeza. Me di cuenta de que en pocas semanas se iban a cumplir dos décadas de la muerte de mi padre y de que los delitos cometidos por los autores –jamás juzgados ni condenados– podrían prescribir (…) Como movido por un resorte levanté el teléfono, llamé a la Oficina de Atención a las Víctimas del Terrorismo de la Audiencia Nacional y solicité el acceso al sumario 17/94, el correspondiente al caso».

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Periodista Pablo Romero

Romero investiga con la única ayuda de su sumario, la hemeroteca y algunos voluntarios que se le acercan para ello. Consigue encontrar pistas y conexiones que después de una larga pelea con los papeles, la administración y el tiempo que casi todo lo borra, le llevan al final al premio a tanto esfuerzo que era su meta: la identificación de un terrorista, de una cara, de alguien que responda por la muerte de su padre y seis compañeros. El sospechoso se llama José Corporales. Ya se le ha tomado declaración en el caso reabierto, el gran éxito de esta lucha. En el relato queda claro que, con los medios tecnológicos policiales actuales y solo un poco de interés y dedicación de la política y la justicia habría sido fácil evitar muchas prescripciones. Y haber esclarecido muchos de los más de 300 asesinatos de ETA que siguen sin resolver. En su libro «Agujeros del sistema», Juanfer. F. Calderín hace una demoledora exposición de la desidia, negligencia y errores judiciales habidos en la investigación de cientos de crímenes terroristas. Que más de 300 asesinatos no hayan sido jamás resueltos y se acepte sin más la impunidad para tanto asesino no ha hecho temblar los cimientos de nuestra justicia. Dice mucho y nada bueno de nosotros. Sumarios que languidecen a la espera de la prescripción e impunidad definitiva del asesino jamás han sido sometidos a cruces de datos como los que de forma muy rudimentaria llevaron a Romero a señalar ya a José García Corporales, alias Gitanillo y Legionario, como autor material del atentado contra su padre.

Emociona el relato de Pablo Romero pero desespera y avergüenza como español tanto como lo hace el libro «Agujeros del sistema» de Calderín. Y dejan al lector con la convicción de que con un poco de esfuerzo, apenas dinero y los medios existentes, la justicia era posible. Y con la amarga certeza de que no se hará por falta de interés, por indolencia, por nulo apego a la verdad y la justicia. Cuando muchos etarras reciben homenajes y recompensas que se les han negado a sus víctimas, este abandono y desamor oficial hacia los españoles más castigados revelan mucho de las causas de otros fracasos en una España en la que la verdad significa tan poco. El maltratado, inarticulado y por ello fácilmente manipulable pueblo español sufre de la debilidad de su sociedad civil y del fracaso y la traición permanentes de sus élites, volcadas en sus intereses particulares, estos muchas veces hostiles a España, su cohesión y la dignidad nacional imprescindible para todo proyecto común de futuro.

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Las víctimas del terrorismo son pieza esencial en ese relato para el rearme moral de la Nación Española, necesario para una reacción general ante los desafíos actuales. Una entidad privada, la Fundación Villacisneros, lanza ahora una iniciativa para intentar que la epopeya de Pablo Romero no quede en caso aislado. Sin aportación pública ninguna y afrontando el ya descrito desinterés abismal de personalidades y entidades públicas y privadas que no consideran ya «de moda» ni «conveniente», ni «políticamente correcto», lanza el «Proyecto Dignidad». Será una ofensiva legal y política para romper esa inercia hacia la injusticia que imponen desidia y olvido e impedir todas las prescripciones de asesinatos sin resolver que sea posible. La quiebra general de los referentes morales y el colapso de la ejemplaridad son causas profundas de muchos de nuestras dificultades actuales, incluida nuestra ruina política y la crisis institucional. Toda iniciativa tendente a la reconstrucción de referencias en la defensa de la dignidad, la justicia y la verdad es hoy un acto patriótico en un momento de clara emergencia nacional. Uno de ellos es esta iniciativa de la Fundación Villacisneros, que debiera animar a muchos más y que merece aplauso y apoyo.

Hermann Tertsch créditos Dic 2015Hermann Tertsch
@hermanntertsch
Periodista español. Columnista del ABC de España. Comentarista de Televisión

 

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