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Derecho a Susanear. -Antonio Burgos/ABC-

Menos los que se dejan las uñas arrancando las pegatinas de la bandera de España con que amaneció esa parte de nuestra muy constitucional e indisoluble nación que se llama Barcelona. Menos el presidente autonómico que por pelos parece que tiene una fregona en la cabeza y por seguidores adoctrinadas huestes de camiseta negra mussoliniana que han aprendido en la escuela a odiar a España con las competencias educativas que incomprensiblemente les cedimos. Menos los que se dedican a amparar a los que viven del Tres por Ciento, como Pujol y sus Siete Niños, que no son precisamente de Écija, pero lo parecen. Menos los que tienen como deporte la quema de banderas de España y de retratos del Rey. Menos el Barsa que demuestra que es evidentemente más que un club: es una correa de transmisión del separatismo. Menos todos los catalanes que de mayores quieren ser cualquier cosa, menos españoles, nos llevamos las manos a la cabeza ante eso que pregonan, predican y quieren practicar del “derecho a decidir”. A decidir decirnos “adiós, muy buenas” y largarse como el que dice que va a por tabaco y no vuelve con la parienta y se va con la otra, la otra de Concha Piquer.

Casi todos los españoles, de todos los bandos, encastes y creencias, entendemos que es una barbaridad anticonstitucional este “derecho a decidir” largarse de nuestra común nación española. El argumento es bien sencillo: unos cuantos españoles no pueden decidir por todos. Pero es que hoy, y bastante alegremente por cierto, estamos ante un caso parecido por el que nadie muestra la preocupación que trato de transmitirles con estas torpes letras de articulista de provincias que no está en la pomada de las tertulias (ni Dios lo permita). Hoy, unos cuantos españoles, los militantes del PSOE, se han arrogado el “derecho a decidir” buena parte de nuestro futuro en nombre de todos los españoles. La pugna de las primarias entre Susana Díaz y Pablo Sánchez no es tan simple como lo del mal pintor: “Si sale con barbas, San Antón; y, si no, la Purísima Concepción”. Lo que unos cuantos miles de socialistas deciden hoy por todos los españoles es ni más ni menos que el futuro de todos. Como el objetivo común ya saben cuál es, echar a Rajoy, si sale Susana Díaz parece que está garantizada al menos la moderación, el sentido de Estado, la responsabilidad ante cuanto nos estamos jugando, la garantía de cumplimiento de la Constitución frente a quienes ponen en peligro su vigencia. Pero si gana Pedro Sánchez, no es que salga con barbas como el San Antón del mal pintor: es que hay que echar las barbas a remojar y debemos dejarnos la coleta, porque seguro que, con tal de echar a Rajoy, el pacto con Podemos, el cumplimiento de todas las exigencias de Pablo Iglesias, está a la vuelta de la esquina. Si sale Sánchez, no le arriendo las ganancias a la estabilidad constitucional de España, ni a los principios más elementales de la convivencia que, mal que bien, llevamos medio apañada hasta ahora. Triunfará el odio. Ganará media España sobre la otra media.

Y como todo esto se ha preparado como si fueran unas elecciones generales, con su campaña, sus mítines de cierre, su jornada de reflexión, sus colegios electorales, sus avances de participación, sus adelantos de escrutinio y todos sus avíos, digo yo que igual que exigimos en el caso del “proceso” catalán, en estas primarias nos deberían dejar votar a todos, ya que se trata del “derecho a decidir” el futuro de España. Si los que no votamos ni votaremos nunca al PSOE ni quemados pudiéramos hacerlo hoy en las primarias para alivio de amenazas e inquietudes y tranquilidad de futuro, seguro que Susana Díaz barría por mayoría absoluta. Pero no tenemos derecho a susanear. Ese es el problema, que hoy nos jugamos un “derecho a decidir” en manos de otros. Igualito que piden los catalanes. A los socialistas con carné ya se lo hemos concedido.

Origen: Derecho a Susanear

Salvar el culo. -Mikel Buesa/LD-

Nunca se sabe, porque cuando son los intereses lo que está en juego todo es intercambiable y lo mismo da una Susana que un Sánchez.

En esa algarabía en que ha quedado convertido el partido socialista, entre sus dirigentes quien más quien menos lo único que quiere, por el momento, es salvar el culo. El del que mandaba hasta ahora ha sido removido, de modo que sus posaderas ya no se sentarán en el destacado escaño del secretario general sino en la tercera fila del grupo parlamentario del Congreso. No está mal, porque otros dimisionarios acabaron fuera de la institución parlamentaria y tuvieron que buscar destino en otra parte. Se ve claro que estas batallas por el poder ya no son lo que eran: se arma un pandemónium de mil pares, se grita y se llora –aunque sólo un ratito, lo justo para salir en la prensa–, se le da una vuelta al puchero, pero la sangre no llega al río y puede que pronto, en unos meses, se acabe volviendo al punto de partida. Nunca se sabe, porque cuando son los intereses lo que está en juego todo es intercambiable y lo mismo da una Susana que un Sánchez.

Ya lo dijo Keynes hace muchos años en el colofón de su Teoría general:

Las ideas (…) tanto cuando son correctas como cuando están equivocadas, son más poderosas de lo que comúnmente se cree (…) Estoy seguro de que el poder de los intereses creados se exagera mucho comparado con la intrusión gradual de las ideas (…) Tarde o temprano, son las ideas y no los intereses creados las que presentan peligros, tanto para mal como para bien.

Y es que, en este último episodio del devenir político del PSOE, lo que de verdad se descubre es que los dos bandos en los que se ha fraccionado el partido no reflejan ninguna divisoria ideológica. Uno y otro se inspiran en la misma concepción de la política. Y lo malo es que esa concepción contiene una sola idea: la de que el socialismo español se define únicamente por oposición a Rajoy y al PP, por este orden. ¿Que Rajoy reforma el mercado de trabajo?; nosotros, a derogar su norma. ¿Que el PP quiere una gran coalición?; nosotros coaligaremos a todos los que no son esa derecha retrógrada y rancia. Que ellos son corruptos y nosotros nos presentamos impolutos. Parece como si Mani se hubiese reencarnado, diecisiete siglos después de haber sido ejecutado en Beth-Lapat, allá por la lejana Persia, en toda una generación de dirigentes del socialismo español. ¿O será, tal vez, que Los Jardines de Luz, la excelente novela en la que Amin Maalouf biografió al noble parto, ha encontrado una insospechada derivación política en la perdida izquierda española?

El hecho es que todos en el PSOE comulgan con ese odio a la derecha hacia el que ha derivado el maniqueísmo en el que se han vaciado las viejas esencias de la socialdemocracia. Ya nada importa en cuanto al logro del bienestar social, más que hacer lo contrario que el PP. Y en ese marco, ¿cómo se puede pedir a los diputados socialistas que, por la vía de la inacción –o sea, de la abstención–, acaben siendo responsables de que Rajoy siga ocupando, tras un período de estéril interinidad, la presidencia del Gobierno? Es demasiado, dicen. Es imposible, afirman. Sólo pensarlo se hace insoportable, alegan. ¿Qué dirán las bases?, se preguntan. ¿Qué pensarán esos electores que, votación tras votación, nos han ido abandonando?, se cuestionan. ¿No estaremos dando a Podemos las llaves y el apartamento de la izquierda?, objetan en la duda. Pero también está la premonitoria convicción de que, si no salen de ese pesaroso bucle, su tiempo estará acabado para siempre y dilapidarán la herencia de la que han sido albaceas en una línea sucesoria que les viene desde los veinticinco compañeros que, allá por el dos de mayo de 1879, se reunieron en Casa Labra, en el barrio de Tetuán, para fundar el partido.

En ese dilema se debaten los dirigentes del PSOE después del golpe del otro día. Sin embargo, no parece que quieran empezar por una discusión ideológica que renueve el discurso del partido y lo aleje del abismo al que se asoman. Más bien siguen siendo los intereses los que cuentan. A ellos fían su culo para salvarlo sin percatarse de que para tal logro no les queda más remedio que asumir el riesgo de mojárselo.

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Siempre nos quedará Suresnes. -Antonio Burgos/El recuadro-ABC-

Como aquí seguimos esperando el avión de Lisboa de la formación de Gobierno, es como París en “Casablanca”: siempre nos quedará Suresnes. Que nos rejuvenece bastante. Cuanto estamos viviendo en estos mal llamados días de crisis en el PSOE, partido por gala en dos, aparte de preocuparme como a todo español bien nacido que no desee la destrucción y fragmentación de la Patria, me ha rejuvenecido bastante. ¡La de años que nos ha quitado de encima todo este follón sociata a los que vivimos la Transición y sus vísperas de clandestinidades! Vamos, que a Susana Díaz sólo le ha faltado vestirse con el traje de pana y el chaleco de cuello de cisne modelo Marcelino Camacho. Porque, total, como es de Sevilla, podía haberse puesto el nombre de guerra de “Isidora”, como Felipe González fue Isidoro cuando en Suresnes reinventó el PSOE desde el llamado Sector Renovado. Esto de los bandos en el PSOE no lo ha descubierto ahora Sánchez, atrincherado en Ferraz, “aferrazado” al poder, como Moscardó en el Alcázar No Se Rinde o el Capitán Cortés en La Cabeza. Lo siento, pero no tengo símiles del bando rojo de la guerra que puedan ser utilizados para la comparación sobre Sánchez atrincherado como en blocao rifeño de novela de Arturo Barea, donde sólo ha faltado que pongan sacos terreros en las ventanas de Ferraz. Esto de los dos bandos en el PSOE, venía diciendo, históricos y renovadores, es más antiguo que el hilo negro. El hilo con el que quiere coser el partido roto y desgarrado Susana Díaz, que va representando el papel de “La Salvaora”, pero sin Manolo Caracol y sin Lola Flores, sin Quintero, sin León y sin Quiroga.

¿Y lo de Verónica Pérez? Es tan pequeña, menuda y suave que, ¿saben cómo le dicen en Sevilla? ¡La Media Verónica! Y fue media verónica de plaza de Sevilla, de arte, de tendido de sol, pero de Rey Sol, su frase que viene pidiendo Macael urgentemente: “La autoridad soy yo”. Me recuerda lo que conté alguna vez. Aquel empresario del Reino de Valencia que se hizo un casoplón inmenso al que dotó de todas las medidas de seguridad. Le aconsejaron que, aparte de las alarmas conectadas con la Policía, se comprara un perro de presa amaestrado contra ladrones. Así hizo. Compróse un pastor alemán ya entrenado en tal menester, que le entregó su cuidador, dándole instrucciones para que el perro le obedeciera, que le entregó en un papel. Una noche que salió a cenar fuera, el empresario montó la alarma, soltó al perro por el jardín y fuése. Pero al volver y accionar el mando a distancia del portón del garaje, el perro se le abalanzó. Acordóse entonces de que se había olvidado en la casa el papel con las instrucciones de las palabras mágicas para amansar al perro. Y al valenciano no se le ocurrió más que gritarle al perro, que quería comérselo como si fuera un ladrón asaltante:

— ¡Che, que soy el dueño!

Tuvieron que dormir en un hotel, hasta que a la mañana localizaron al entrenador canino y pudieron atar al perro y entrar en la casa. Tal le ha pasado a Verónica Pérez, a la Media Verónica sevillana. Que se olvidó de los papeles estatutarios que dentro de Ferraz manejaba Sánchez, que había dejado suelto al perro, y no se le ocurrió, como al valenciano, más que decir:-

— ¡Quillo, que la autoridad soy yo!

Tuvo que volverse en el Ave como el otro tuvo que dormir en un hotel. Pero iba por el rejuvenecimiento. ¡La de años que me han quitado de encima estos gachés con sus peleas, este insensato demente de Sánchez! Esto está como cuando había en Toulouse un PSOE Histórico y en Sevilla, un PSOE Renovado. Sánchez va de Llopis. Susana, por sevillana, de Felipe. Sólo falta la foto de la tortilla. Y digo lo del cateto del “cómo estará el Ejército, que a mi hijo lo han hecho cabo”. Cómo estará España y cómo estará el PSOE, que nuestra esperanza (de Triana) es Susana Díaz, estrella de la ilusión de esta triste cabalgata sociata.

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