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3 artículos de R.Bardají y Ó.Elía (@grupogees ) acerca del Marianismo y Sorayismo. -LD-

1-Bono, ‘El País’ y el populismo (alternativo) que viene.

23-12-2016

El diario de referencia de Soraya Sáenz de Santamaría nos ha puesto en la mira.

Decía Oscar Wilde que la talla de uno se mide por la naturaleza de sus enemigos. En el Grupo de Estudios Estratégicos (GEES) estamos encantados con la calidad de los nuestros, y les estamos agradecidos por sus periódicos ataques de sinceridad. Por ejemplo, ahora que vuelve a pasearse por las televisiones dando doctrina, nos acordamos de aquel momento en el Senado en que el entonces flamante ministro de Defensa José Bono nos acusó de ser “una secta pseudorreligiosa” (en verdad, para ser más exactos, él fue más moderno y se comió la pe) en plena intervención parlamentaria, por lo que así el Grupo ha pasado a los anales de nuestras Cortes. Como ya contestamos entonces al paranoico ministro desde esta misma plataforma, no queremos insistir en ello, por mucho que a estas alturas el errante Bono nos siga nombrando allí por donde tiene ocasión de hacerlo.

Ahora ha sido un editorial de El País, el diario rescatado financieramente de la quiebra por la la todopoderosa y omnipresente vicepresidente Soraya Saénz de Santamaría, el que se acuerda de nosotros. Y lo hace para arremeter contra el ya expresidente de honor del Partido Popular por su razonable decisión de renunciar a este cargo: a fin de cuentas, nos parece que resulta muy difícil representar el honor en un partido que ya no tiene nada de honorable, tras haber traicionado sus dirigentes todos y cada uno de sus principios políticos. Al parecer, en el una y otra vez rescatado periódico de Prisa están preocupados por la posibilidad de que el proyecto de José María Aznar esté inspirado en uno de los artículos, publicados aquí mismo, en Libertad Digital, que dedicamos al rumbo del PP de Mariano Rajoy, y que fue escrito en mayo, antes de las últimas elecciones. El artículo, tal y como lo nombran –eso sí, olvidando citar, en un alarde más del buen sectarismo periodístico de esa casa, a los autores y al medio que lo publicó, para que nadie tenga sencillo releerlo–, era “Un partido de cobardes es un Partido Perdedor” , que no era sino la continuación de uno anterior, “El sorayismo, enfermedad infantil del marianismo”.

El País afirma que nosotros defendemos una “alternativa populista”, expresión que se ha convertido en la gran descalificación política de estos días. Para cualquier liberal o conservador resulta ya poco sorprendente la coincidencia del medio de Prisa con el PP de Rajoy y Soraya, para quienes populismo es simplemente todo aquello que no sean ellos, el PSOE o el propio El País, que es el órgano de expresión del Gobierno. Reconocerán que la preocupación por lo “populista” resulta curiosa para un partido, como el socialista, cuyo objetivo histórico es el pueblo; y para un PP que lleva en su nombra la marca de popular. Es la primera vez en la vida que oímos calificar a lo conservador como populista. Pero así está la clase política española.

Menos ingenuo aún es meter a todos en el mismo saco, y eso a la propaganda agonizante de Prisa y de Moncloa no se lo permitimos. Decir que Pablo Iglesias es tan populista como Le Pen, o Trump como Syriza, es un tópico tan manido como falso, propio de quien o no tiene ideas sobre ello, o no se atreve a expresarlas, o prefiere pensar que todo el monte es orégano para no tener que subirlo. Que lo emplee El País, ese diario de grandes cabezas pensantes, sólo prueba la mezquindad del periodismo español oficial, de su servilismo ante la poderosa Moncloa; prueba también la degeneración ideológica de sus redactores, tan afectados por sucesivas oleadas de despidos y becarios. En España, por parte del establishment político-mediático, se ha extendido la idea de que toda alternativa es populista, sea constitucional o anticonstitucional, liberal o bolchevique, bolivariana o conservadora. En fin, nosotros recomendaríamos a los editorialistas que hicieran el esfuerzo de leer el reciente informe que hemos publicado precisamente sobre la derecha alternativa en Europa, en qué nos parecemos, en qué divergimos y qué podemos esperar ahora en esta Europa de burócratas y emigrantes desarraigados cuyo objetivo más elevado es acabar con todos nosotros (lo pueden encontrar aquí).

En fin, afirma alarmado el editorial que nosotros preconizamos “más patria, más iglesia, más orden”. Debemos asumir, por lógica, que El País está por todo lo contrario, a saber, menos patria, menos religión y más desorden. Si es así, nosotros lo tenemos claro: nos quedamos con nuestras ideas, esas que tanto alarman en El País y en Moncloa. ¡Qué quieren! Somos gente de bien: creemos en la sociedad abierta, el libre comercio, en una nación fuerte con una defensa sólida, y creemos en los valores de nuestros padres, los padres de nuestros padres y los padres de los padres de nuestros padres. Eso nos hace, a nosotros y a los millones de españoles que así piensan, enemigos de Prisa y del sorayo-marianismo. ¡Qué se le va a hacer!

Finalmente, y por aclarar a la conspiranoia progresista de todos los partidos: le quedamos muy agradecidos a El País –y así queremos reconocerlo– por adjudicarnos tamaña capacidad de influencia en las decisiones del presidente Aznar. Como como todo el mundo sabe, si se ha caracterizado por algo en su vida política es por su libertad de pensamiento y acción, y por asumir personalmente el liderazgo en sus decisiones. En cuanto a la afirmación de que José María Aznar ha sido la figura más divisiva de nuestra historia política, se puede explicar por el olvido de los redactores de El País del presidente Zapatero, amnesia parecida a la que sufría el periódico en relación con la corrupción de la época de González. Si preguntaran al español de a pie, nos apostaríamos a que tanto estos últimos como los ocupantes de Moncloa están mucho peor valorados que el obsesivo objetivo del editorial. Pero como los amos del periódico parece que sólo hablan con La Moncloa, o La Moncloa sólo con los amos del periódico, no nos extraña ya nada de nada.

Muchas gracias en todo caso. Ah, y Feliz Navidad. A todos los hombres de buena voluntad, por supuesto.

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2-Un partido de cobardes es un Partido Perdedor

11-05-2016

El PP no puede permitirse más la abulia y la apatía del experimento marianista. El PP debe perder el miedo a un liderazgo fuerte y decidido.

El PP, independientemente de los millones de votos que logre el 26-J, es el partido perdedor. Su máxima aspiración, tal y como anuncian sus responsables, es alcanzar los suficientes escaños como para que al PSOE de Pedro Sánchez (o sucesor/a) no le quede más remedio que aceptar una gran coalición.

Ya desconcierta que el Partido Popular de Rajoy se empeñe desde el 21-D en querer construir esa gran coalición con el PSOE, un partido al que al mismo tiempo acusa de hacer una política de exclusión del PP. Mariano Rajoy ha ido tan lejos como para denunciar que el líder socialista estaba trabajando en un nuevo Pacto del Tinell. Y es verdad que desde la dirección del PSOE se ha dicho que todo menos el Partido Popular. Aun así, todas las esperanzas de poder formar Gobierno, según Rajoy, pasan por compartir Consejo de Ministros con quien quiere excluirle, le considera un indecente y promete derogar las principales medidas adoptadas por su Ejecutivo en la legislatura 2011-2015.

La obsesión del Gobierno con esa gran coalición con el actual PSOE desconcierta aun más porque no se dice (tal vez ni se piense) para qué se quiere, más allá de para conformar una mayoría estable. Pero ¿mayoría estable para qué? ¿Qué políticas cree Mariano Rajoy que hará en coalición con el socialismo poszapaterista? Aún más ignoto, ¿qué políticas querría hacer Mariano Rajoy, habida cuenta de que todo lo que ha hecho hasta ahora ha sido lo contrario de lo que prometió realizar en 2011?

A estas alturas, todo deberíamos tener claro que Mariano Rajoy no es un ideólogo, y su Gobierno tampoco. Su rechazo a las ideas quedó patente en su único discurso ideológico, el de Elche 2008, en que instó a los militantes liberales y conservadores del PP a que abandonaran el partido porque no había lugar para ellos. Nadie se marchó, el líder fue encumbrado en el posterior congreso de Valencia y la gestión burocrática quedó como la única alternativa viable y sancionada por las altas esferas.

De ahí los tres grandes errores del Gobierno de Rajoy:

– hacer una política de corto plazo, incapaz de abordar los problemas de España más allá de la siguiente encuesta, elección o composición de Gobierno;

– hacer una política de luces cortas, sin un programa real, sustentado e iluminado por ideas auténticas, con el único objetivo de navegar, sin que importe el rumbo;

– hacer una política del miedo, centrada en acobardar al PP, sin darle otra salida que cerrar filas en torno a la actual dirección, por poca o nula consideración que le tengan las bases populares.

Esta estrategia del miedo está pasando por convertir al PP, a sus militantes, simpatizantes y votantes en una masa inerme y temerosa ante el populismo izquierdista, sin ideas propias ni ofrecer alternativa alguna. Una masa pasiva e indefensa, entregada de manera casi borreguil a unos dirigentes que no le ofrecen más que ausencia de proyecto, nada de grandeza ni –aún menos– ilusión. Acobardar y emascular al partido, incluso al votante popular, es quizá uno de los peores delitos del marianismo-sorayismo. No nos extraña la huida masiva de votantes.

Y no es un problema únicamente de caras. Como muy bien ha apuntado Esperanza Aguirre en su reciente libro Yo no me callo, al PP le falta un relato de lo que es y a lo que aspira. Un relato basado en el orgullo de España y en la eficacia para mejorar y progresar de los valores liberales-conservadores. Ese relato ni se puede ni se va a construir con los actuales dirigentes, porque reniegan de él, amparados en los méritos de la buena gestión de los altos funcionarios del Estado que son.

Los retos y problemas de las sociedades occidentales exigen liderazgos fuertes y decididos, y el PP no puede permitirse más la abulia y la apatía del experimento marianista, basado en la falta de liderazgo. Debatir con los contrincantes nunca puede darle pereza a un buen político, como tampoco puede contentarse exclusivamente con hacer que el aparato administrativo del Estado esté bien engrasado. El PP debe perder el miedo a un liderazgo fuerte y decidido, y apostar por figuras que lo favorezcan. Por figuras que aspiren a llevar adelante las mejores políticas. Cómo lograrlo cuando no se convocan congresos abiertos o cuando se rechazan elecciones primarias, y sin ningún apetito por reformas electorales que aten más a los candidatos a sus electores, es la pregunta del millón. Pero el PP se juega su futuro si no es capaz de recrearse.

La alergia del marianismo a las ideas básicas de cualquier partido liberal-conservador es patológica. Nuestra sociedad no se puede permitir este partido zombi, que no tiene las ideas claras en materias básicas: el fomento del libre mercado y la igualdad de oportunidades; la evolución hacia un Gobierno limitado; la promoción de la libertad personal frente al Estado; la construcción de una defensa nacional fuerte; la defensa de la religión y de los valores tradicionales de nuestra cultura; el aliento de la responsabilidad del individuo y la búsqueda de la excelencia educativa… Como decía Richard Weaver, las ideas tienen consecuencias. Las buenas ideas tienen buenas consecuencias; las ideas socialistas tienen malas consecuencias. Y el no tener ideas conlleva la peor de las consecuencias imaginables: la entrega y rendición a las de los demás. Que es lo que ha alimentado el marianismo: la aceptación del marco ideológico socialdemócrata y la consiguiente desnaturalización del Partido Popular. Ahí están las declaraciones del ministro Margallo renegando de las políticas de austeridad (tan levemente aplicadas por su Gobierno, dicho sea de paso) como ejemplo bien reciente.

El marianismo-sorayismo se equivoca si cree que puede ganar excluyendo las ideologías. No fue Rajoy quien acabó con Rodríguez Zapatero. Fue la sociedad y en buena parte una mayoría social conservadora. A través de organizaciones cívicas, medios de comunicación y activistas políticos, la derecha social alcanzó entre 2004 y 2011 una visibilidad y una influencia determinantes. No fue Rajoy sino aquella abigarrada alianza liberal-conservadora lo que acabó con ZP. Rajoy también rompió con ella tras la victoria del 20-N de 2011. Pero la política hoy se basa precisamente en la suma de movimientos de la sociedad civil: el siniestro éxito de Podemos, aglutinando grupos dispares pero unidos, lo deja bien a las claras. Así es la política del siglo XXI, pero el PP marianista sigue teniendo una visión de la política del siglo XIX. Sólo aunando y reuniendo en un esfuerzo común a activistas provida, víctimas del terrorismo, asociaciones cívicas, laboratorios de ideas, clubes de empresarios, etc. podrá construirse una alternativa real.

Por último, recrear el PP es un elemento imprescindible del cambio en España, pero no suficiente. En gran medida, los males que nos aquejan provienen del papel central que en la Transición y en la Constitución se otorgó a los partidos políticos. Ha llegado la hora de devolverles a su sitio. Hay que poner punto y final a una partitocracia que ha contaminado todas las instituciones del Estado y de la débil sociedad civil. Pero para eso primero tenemos que encontrarnos con un liderazgo fuerte, con ideas, que esté dispuesto a hablar con realismo y sinceridad a los españoles. Y que esté dispuesto a asumir los riesgos necesarios. De lo contrario, a España sólo se le abrirá una disyuntiva: convertirse en la Venezuela chavista o languidecer plácidamente bajo el sol de nuestras playas.

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3-El sorayismo, enfermedad infantil del marianismo

27-04-2016

En estas manos, con estos protagonistas, cualquier regeneración del Partido Popular es pura fantasía.

Mariano Rajoy ha vaciado al PP de todo contenido ideológico. Como ya señalábamos en nuestro anterior artículo, “Contra el marianismo”, la pasada legislatura pasará a la historia como una prolongación en sus líneas básicas de los dos mandatos de Zapatero. La ausencia de ideas ha llevado a la falta de política, espacio que se ha cedido gratuitamente a las fuerzas que quieren acabar con la democracia –caso de Podemos– e incluso con España –caso de los independentistas–. La falta de un discurso liberal-conservador está en la base del fracaso electoral del 20-D, en el que Rajoy y el PP perdieron el amplio respaldo social que obtuvieron cuatro años antes.

Hay quien dice que el Gobierno no ha sabido comunicar, como hay quien defiende un cambio de liderazgo para afrontar la nueva etapa. Pero si el PP de Rajoy no ha sabido comunicar no se debe a sus relaciones con los medios, sino a que no tiene nada que comunicar. Igualmente, regenerar el PP no va a venir solamente con un recambio de caras, máxime si las nuevas salen del equipo que ha desnaturalizado y hundido al partido en los cuatro últimos años. No es un problema generacional, es un problema de actitudes y de creencias. El marianismo no se puede reformar desde el marianismo. Punto.

Un liderazgo acorde con los retos de los próximos años exige convicciones sólidas, valentía para defenderlas y capacidad de llevar la sociedad a las ideas propias de un partido conservador. Pues bien, lo que caracteriza al equipo nacido y crecido al abrigo de Mariano Rajoy desde el Congreso de Valencia es justamente lo contrario: 1) ausencia de convicciones políticas fuertes; 2) ausencia de cualquier defensa activa de los principios tradicionales del PP; 3) rendición ante los dogmas ideológicos izquierdistas; 4) actitud de recelo y hasta de desprecio por la base social popular. Con este punto de partida, perseverando en estos errores, lejos de regenerarse, el PP sólo puede degenerar aún más.

Pese a que la prensa personifica estos vicios en la vicepresidenta del Gobierno, nosotros creemos que lo que se ha venido en llamar el sorayismo es una enfermedad que no se limita a personas concretas, sino que constituye a su vez un paso más en la degradación política que supone el marianismo. Degradación caracterizada por la pérdida definitiva del ADN ideológico del partido y por el triunfo del puro pragmatismo y la tecnocracia. Una degradación que creemos intolerable para el futuro del partido, de la derecha y de la nación entera.

La ausencia de ideas políticas fuertes en esta legislatura nos ha llevado a un Gobierno escondido tras la tecnocracia. Es verdad que de un Gobierno se espera que cumpla las leyes, no que renuncie a modificarlas o a tumbarlas cuando son manifiestamente nefastas; pero ni los más pesimistas pensaban que un Gobierno del PP se mostrase tan virtuoso a la hora de cumplir las leyes de un Gobierno de Zapatero. Y el equipo de Moncloa ha superado cualquier expectativa, con la Ley de Memoria Histórica, la anticonstitucional Unidad Militar de Emergencias o el engendro diplomático de la Alianza de Civilizaciones. Así, hemos visto a la vicepresidenta utilizar esa fórmula tanto para hacer lo que no se debía como para no hacer lo debido, incluso cuando se trataba de justificar la suelta de etarras por orden de Estrasburgo. Sin ideas propias, escondiendo esa carencia en la necesidad de “cumplir la ley”, rechazando preguntarse por la bondad o maldad de la misma, el Gobierno del PP se ha convertido en el frío ejecutor de las leyes de Zapatero.

Los votantes del PP querían que su partido hiciera lo correcto cambiando las leyes heredadas de Zapatero, no que trocara lo correcto por el cumplimiento de las leyes de Zapatero. Sin embargo, hacer funcionar la Administración central heredada del socialista ha sido la gran preocupación del equipo de Moncloa. “Hacer que el Estado funcione” han sido la gran coartada para no hacer política. Las supuestas grandes reformas que viernes tras viernes se afanó en contar la vicepresidenta, con ayuda de muchos números y estadísticas, esconden el hecho de que ni se ha cambiado el Estado socialdemócrata, ni se han introducido correcciones a su desbocada carrera ni se ha trazado una alternativa responsable; simplemente porque un gestor convertido en político es incapaz de concebirlas.

Ni reforma ni cambio: tras cuatro años de marianismo director y sorayismo ejecutor, los españoles no sólo tienen más Estado socialdemócrata: es que éste es más poderoso que antes. Resulta increíble que un partido que se dice liberal-conservador se haya entregado al burocratismo tecnocrático y haya convertido al Estado en un Leviatán con más funcionarios, más legislación, más inspectores de Hacienda y una burocracia más omnipresente y despersonalizada que con Zapatero. Lo malo no es que en 2016 el fofo Estado socialdemócrata esté más asentado y goce de mejor salud que en 2011: lo malo es que el sorayismo-montorismo lo presenta como un logro, y la mejora en su gestión como una referencia para la próxima legislatura. ¿Cuál será el plan, entonces? ¿Cumplir del todo el programa económico-social del PSOE, a expensas de la libertad, la iniciativa y la responsabilidad del individuo? Para el sorayismo, la política es el arte de lo posible, es decir de la continuidad: ni siquiera de lejos llega a concebir la política como herramienta de cambio. Ni la más mínima cercanía a la visión de Margaret Thatcher de que “la política es el arte de hacer posible lo deseable”. Mas bien al contrario: hacen imposible lo deseable.

Naturalmente, si no hay ideas difícilmente se puede defender lo que no existe, ni hacer política de verdad. Porque la política es sencillamente eso, la defensa de unas ideas frente a otras y hacer avanzar las buenas mientras, al menos, se frenan las malas. Sin estas convicciones se llega a la política según Moncloa: maniobras de baja estofa ejecutadas a escondidas, en clave de intereses personales y cortoplacistas. Todo ello desde el aparato del Estado y a espaldas de militantes, simpatizantes y votantes del PP. El resultado lo vemos cada día en la sórdida lucha por eliminar rivales para la sucesión de Rajoy. Hoy tenemos un grotesco espectáculo dentro del Gobierno y del PP, que nos recuerda demasiado a los estertores del felipismo en los años noventa: filtraciones, depuraciones, guerras soterradas con información privilegiada. En estas manos, con estos protagonistas, cualquier regeneración del Partido Popular es pura fantasía.

Los miedos están sustituyendo al debate, los dosieres a las ideas, los linchamientos mediáticos al programa. Francamente, no esperábamos de un Gobierno del PP el mismo espectáculo dado por el PSOE en los noventa, un partido desangrándose en la sucesión del líder a golpe de filtraciones; no al menos cuando la regeneración y la transparencia eran antaño banderas del PP.

A cambio de no tener ideas, creencias sólidas, se abusa de la imagen y la propaganda. Cualquier crisis se convierte en plataforma de promoción. Sea la crisis del ébola, un accidente de avión o un atentado en un país extranjero, se sobreactúa y se convierte la gestión de las crisis –reales o exageradas– en un espectáculo televisivo. Por otro lado, se arrastra el partido a la política pop, a la política del famoseo: lo mismo se hacen posados a imagen y semejanza de las ministras de Zapatero en Vogue, que se busca el compadreo con el establishment izquierdista acudiendo a shows nocturnos, como si el liderazgo se lograse dando saltitos con presentadores de TV. Pero el buenrollismo ni es liderazgo ni es política.

Detrás de esta falta de ideas y de esta sustitución de la política por propaganda naif está no sólo la ausencia de convicciones ideológicas y la renuncia a defender un programa fuerte: lo que de verdad se esconde es la rendición a los dogmas políticos, culturales y morales de la izquierda. La obsesión por cuidar la imagen personal sin pensar en las consecuencias ha llevado a una política de medios de comunicación suicida, que ha consistido básicamente en mantener y reforzar la hegemonía mediática izquierdista, a cambio de un buen trato o de no recibir uno malo.

Durante estos años no sólo no se ha liberalizado un sector clave para la libertad y para el desarrollo de una derecha activa; se ha apuntalado un monopolio televisivo entregado a la izquierda con los rescates de Prisa y La Sexta. El resultado es que no hay día, en este periodo tan complicado para España, en el que el PP, la derecha en general y los valores conservadores no sean vapuleados en prime time por las cadenas bendecidas desde la Moncloa. Hasta TVE, dependiente de la Vicepresidencia del Gobierno, es hoy una cadena escorada hacia la izquierda que no desentona con las demás en su antiamericanismo, anticristianismo y antisemitismo.

No nos extraña por tanto que algunos dirigentes del PP, incluso los de la pretendida regeneración, estén más preocupados por caer bien en La Sexta que por defender a sus votantes y simpatizantes. Los guiños continuos al establishment de la izquierda, especialmente en temas como el matrimonio gay, la ostentación del matrimonio civil, la obsesión por hacer de lo marginal lo auténticamente central en nuestra sociedad (como los gestos del Gobierno de la Comunidad de Madrid con los transexuales), ha llevado a que los jóvenes líderes del PP sean indistinguibles de los progres y los socialistas: la misma ausencia de valores sólidos, la misma demagogia, el mismo cortoplacismo y la misma obsesión por la imagen. ¿Van a ser ellos quienes frenen el neobolchevismo de Pablo Iglesias, el radicalismo islámico, el desorbitado gasto público?

¿Quieren los militantes, simpatizantes y votantes un Partido Socialdemócrata Popular? A ello parece abocado el PP. Pérdida definitiva de las ideas, ausencia de cualquier batalla ideológica, entreguismo a los dogmas de la izquierda, traición a la base electoral popular, renuncia a construir una mayoría social conservadora… Estos son los efectos que el marianismo ha tenido en el PP, y también es lo que representa eso que se ha dado en llamar sorayismo como proyecto para el partido. La tentación de enterrar definitivamente la política y las ideas, de convertir al PP en una especie de partido funcionarial para el mantenimiento del poder y del orden, sin más ideología que el Estado burocrático. La negación de la sociedad abierta, libre y dinámica. El paraíso socialdemócrata.

En una época de retos y amenazas esencialmente políticas, el sorayismo, esa enfermedad infantil del marianismo, no sólo no es una solución para el PP y para España. Será su ruina definitiva. Si de verdad se quiere regenerar al PP, la solución no puede venir de los cachorros del marianismo, que son su extensión y degeneración. Hay que buscar lejos.

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La masacre fiscal PP-PSOE, la dictadura mediática y el jaque a Ciudadanos -F.J.Losantos/LD-

Si Rajoy tuviera para el bien la misma astucia que este fin de semana ha demostrado para el mal o si Soraya empleara para resucitar al PP sólo una parte del talento que ha demostrado para, con una sola jugada, dar jaque, veremos si mate, a Ciudadanos, creería que España tiene arreglo. Por desgracia, lo que ha sucedido abona la hipótesis contraria: el triunfo de la táctica de Mariano sobre la torpe estrategia de Rivera y el aplastamiento de cualquier posibilidad de reforma del sistema tras el pacto PP-PSOE que Soraya y Montoro presentan como hecho consumado e irreversible auguran un futuro de desestabilización política institucionalizada, con una paulatina cesión de la soberanía nacional ante el separatismo catalán y vasco, y cuyo coste supondrá la lenta e irreversible consunción de la economía nacional.

Lo más curioso, lo que prueba que estamos ante una exhibición de talento para el mal, es que esta liquidación del Estado a costa del bolsillo de la Nación la ha perpetrado el PP utilizando la idea, mezcla de aprensión y conjuro mágico, que desde hace cuarenta años embruja a la opinión pública española: el consenso. Malo es que el Gobierno haga el mal o lo haga mal; peor, que la Oposición respalde las fechorías al Gobierno; y muchísimo peor que todos los grupos de comunicación, con la única excepción de LD-esRadio, hayan aplaudido la masacre fiscal PP-PSOE y la marginación de C´s, que supone el final de cualquier esperanza de reforma del sistema.

El triunfo de la casta política

El proyecto fiscal de Soraya y Montoro, con la bendición de Rajoy desde las alturas, supone la consolidación de todos los privilegios de la casta política, con sus dos partidos históricos PSOE y PP, a la cabeza. Son privilegios encastrados en la Administración Central y la Municipal pero, sobre todo, en el Estado de las Autonomías, cuyo techo de déficit se ha aumentado a petición del PSOE, que al fin y al cabo es un emirato andaluz de taifas catalanistas. Y esa ruptura de todos los límites de la presión fiscal, del gasto público y del mínimo rigor presupuestario, que suponen la subida imprecisa e ilimitada de todos los impuestos la pagará, inevitablemente, la clase media y media-alta, la más productiva, en beneficio de las “manos muertas” de un paro eterno, juvenil y de jubilados. Y esa apuesta por la subvención entierra toda posibilidad de supervivencia de la sociedad civil.

El PP, a diferencia de otros partidos, tiene una idea clara: cree que puede mantenerse en el Poder asumiendo la política económica del PSOE. Éste -ésta, porque el PSOE es ya Susana Díaz– debe limitarse, de momento, a una oposición cosmética al Gobierno de Rajoy y la reconstrucción de una organización capaz de heredarlo, como Rajoy heredó a ZP. Para ello, Díaz necesita tiempo y eliminar a Ciudadanos, que le estorba tanto como al PP. La forma de hacerlo era tan sencilla que no sé cómo no la vio un talento tan superlativo como el de Albert Rivera, que ha convertido al partido que ayer era la sombra fresca de un sistema de bochorno en una banda de autómatas con pinganillo, en un rebaño de políticos con asesores encima de la chepa. De no verlo, no creerlo. Pero yo lo he visto. Y mi obligación es contarlo.

Si sólo faltaba diálogo, sobraba Ciudadanos

Porque el PP se ha limitado a hacer lo que siempre ha querido y ha dicho hasta la saciedad Rajoy: pactar con el PSOE. Rivera le ha permitido, simplemente, alcanzar ese deseo sin pedir nada a cambio. Estaba tan feliz y satisfecho diciendo como Gema Nierga tras el asesinato de Lluch: “ustedes que pueden dialogar, dialoguen”, que no pensó que iban a dialogar… pero sin él. Porque si el PP y el PSOE dialogan, ¿qué falta les hace Ciudadanos?

En realidad, Ciudadanos era, no sé si sigue siendo, un problema para el bipartidismo y una esperanza para la sociedad española, que no buscaba el diálogo entre los partidos responsables de la crisis, sino una lucha contra la corrupción que partiera de la independencia judicial, continuara por la limpieza de las cloacas de Interior y desembocase en la lucha implacable y continuada, con la ley en la mano pero con la fiscalía y la policía en ristre, contra el separatismo antiespañol, en lo lingüístico, mediático y económico.

Tras el pacto PP-PSOE, que va más allá del acuerdo sobre la ruptura del rigor presupuestario, olvidémonos de la independencia de la justicia, de la lucha antiseparatista, porque Soraya y Millo se rendirán mejor que Inés Arrimadas, de la reforma de la Ley electoral y de aliviar el saqueo fiscal, que Montoro continuará con más oficio y decisión que Latorre y Roldán. Si del proyecto reformista de Ciudadanos sólo quedaban las promesas de hacer realmente independiente al Poder Judicial y mejorar el trato fiscal a los autónomos, ya no queda ni eso. La primera, la ha vetado el PSOE. El segundo, lo ha matado el PP. De las demás, ya había prescindido Rivera en aras de la pureza centrista y de no renunciar a darnos lecciones sobre todo. Ha perdido la pureza en Cataluña y se ha quedado sin cátedra en Madrid.

El fin y el final de la recuperación económica

Los lectores de LD pueden seguir la descripción minuciosa de la masacre fiscal en el análisis de Domingo Soriano sobre la enésima burla a los votantes del PP, a los que el somnoliento gatazo Rajoy y sus mininos Sorayina y Cristobita convencieron en las elecciones de que la indudable mejora económica permitía bajar los impuestos. El fin del impuestazo anterior era lograr el final de la herencia de ZP. Y resulta que no, que el final nunca llega porque nunca se recauda lo suficiente para saciar el afán de gasto de los políticos. Mientras se hable, como hacen todos los partidos de que España tiene un problema de ingresos fiscales y no de gasto público, estamos condenados a no salir nunca de la crisis. Y para entender la terrible situación en que quedan los jóvenes, la verdadera naturaleza del caramelo envenenado del SIM, léase el análisis de Diego Barceló sobre cómo subir el salario mínimo interprofesional perjudica a jóvenes parados y trabajadores poco cualificados, abocados a convertirse en subvencionados permanentes.

En el fondo, el precio del pacto Rajoy-Susana será el de añadir un millón de jóvenes trabajadores del Norte a los dos millones de veteranos parados del Sur. Rajoy seguirá en el poder a cambio de que sus votantes sean como los de Susana. Porque eso es el socialismo en España: un gigantesco paro estructural tutelado por los sindicatos, unas sociedades y empresas maniatadas por Hacienda y las cotizaciones a la Seguridad Social y una enseñanza carísima y totalmente desconectada del mercado laboral que, en el mejor de los casos, produce emigrantes y, en el peor, sectas políticas destructivas como la de Podemos, nacida y pacida en la facultad de Ciencias Políticas de la Complutense.

¿Es posible una rebelión cívica sin partidos ni medios de comunicación?

Siendo terribles la insaciabilidad fiscal y la mendacidad patológica del Gobierno del PP, más grave es comprobar cómo todos los partidos y todos los políticos, del último diputadillo a la última senadorzuela, comparten la doctrina socialista de que subir impuestos y asignar salarios por decreto puede mejorar la vida de la gente. Vuelve el consenso progre, vuelve el poder sindical a través de los acuerdos de sector, vuelve la ruina.

Lo que es inimaginable en ningún país del mundo es que semejante masacre fiscal y dictadura mediática tan siniestra no hallen un solo partido, un solo político que encabece una rebelión cívica como la que tuvo lugar en España tras el 11M frente al Gobierno de ZP, en torno a las víctimas del terrorismo y al PP, con el respaldo de algunos medios de comunicación. La España de hoy es una sociedad amorfa sorda, ciega y muda, a la que, como era de prever, le están robando la cartera. A ver cómo nos defendemos.

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Soraya y Cataluña: la muñeca quiere hacer historia. -Jesús Cacho/Vozpópuli- #Cataluña –

El independentismo ha jugado el partido sin contrincante en el campo, sin enemigo en frente: el Gobierno Rajoy ni siquiera se ha vestido de corto.

Será difícil encontrar un español que no comparta la idea de que el desafío independentista catalán es el reto más grave al que se enfrenta España en mucho tiempo, tal como el propio Mariano Rajoy se encargó de subrayar en su reciente debate de investidura. Consciente por fin de la urgencia de hacer frente a semejante envite, el reelegido presidente ha decidido poner en manos de su poderosa ama de llaves, la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, las competencias sobre las relaciones con las Comunidades Autónomas, eufemismo que esconde el encargo de hacer frente desde el punto de vista político al intento de golpe de Estado secesionista que está teniendo lugar en Barcelona. Soraya se convierte así en una especie de “ministra para Cataluña” a imagen y semejanza de ese “ministro para Escocia” que incluye el Gobierno británico. ¿Ha decidido por fin el señor Rajoy tomarse en serio el desafío más grave al que se enfrenta la unidad de España? ¿Es la señora Soraya la persona adecuada para hincarle el diente a ese conflicto?

Para nadie es un secreto que el Gobierno Rajoy ha vivido de espaldas al problema en la pasada legislatura, hasta el punto de que ese silencio, inacción para muchos suicida, ha terminado por convertirse en una de las situaciones más llamativas por desconcertantes de las ocurridas en España en los últimos años. Porque el independentismo ha jugado el partido sin contrincante en el campo, sin enemigo en frente: el Gobierno Rajoy ni siquiera se ha vestido de corto; simplemente se ha dedicado a guardar silencio y mirar hacia otro lado como si el asunto no fuera con él, limitándose, eso sí, a colgar en el perchero del Constitucional los reiterados incumplimientos de la ley por parte de los responsables de la Generalidad. La situación ha llegado a alcanzar ese punto kafkiano capaz de provocar ataques de ansiedad, cuando no de pura desesperación, en los responsables del prusés, frustrados por la falta de eco que con tanta y tan fatal determinación pretendían arrancar de Madrid.

Resultado de esa ignorancia deliberada, el prusés se ha ido cociendo en su propia salsa, hasta el punto de presentar hoy la fatiga de materiales que luce la mayor parte de sus líderes, con Artur Mas convertido en un cadáver insepulto al que ha sido necesario reemplazar por un Carles Puigdemontde quita y pon, un subalterno en manos de esa burguesía convergente incapaz de atisbar una salida al callejón del gato en que se ha metido. En medio, Oriol Junqueras, el más listo, el cínico gatopardo florentino que sabe que la independencia es imposible pero que ni quiere ni seguramente puede bajarse en marcha de ese tren. Sin enemigo en frente y con todo el aparato mediático a favor, los partidarios del prusés se mantienen inalterables en los últimos años, fluctuando entre el 25% y el 30% del censo electoral catalán, cabreados al margen, que no son pocos. El movimiento independentista acusa el desgaste provocado por el silencioso desdén del PP, por un lado, y por la violencia revolucionaria de las CUP, por otro, la izquierda radical antisistema que tiene al Govern entre la espada y la pared y que se ha convertido en el fantasma que amenaza el nivel vida de las clases medias catalanas.

El nuevo Gobierno ha traído de bueno la despedida de García-Margallo o el absurdo de un ministro empeñado, no se sabe si por inspiración rajoyesca o por imperativo indeclinable del soberbio ego que el tipo cultiva, en chapotear en el charco independentista como si el problema catalán fuera materia propia del ministerio de Asuntos Exteriores, que hasta ahí ha llegado el absurdo. Lo de Margallo, por supuesto, y el fin de la vía de agua que para el primer Gobierno Rajoy ha supuesto la presencia en el mismo de Jorge Fernández Díaz, unministro con el techo de cristal tras haber vivido muchos años a la sombra de Jordi Pujol y sus dineros. Se acabaron los intentos espurios de negociar bajo la mesa. Rajoy se ha librado de tan burdo equipaje y además ha hecho algo mejor: reforzar la capacidad negociadora de su Gobierno en la esfera internacional, en general, y en la UE, en particular, con el nombramiento como titular de Exteriores de un diplomático como Alfonso Dastis, la continuidad de un Méndez de Vigo que conoce bien los vericuetos de Bruselas, la permanencia en Economía de Luis de Guindos, buen amigo del poderoso Wolfgang Schäuble, y la presencia en Agricultura de Isabel García Tejerina, una mujer que también sabe moverse con soltura en Bruselas.

Bloqueo al independentismo en el exterior

Se trata de cegar esas vías de aprovisionamiento de apoyo exterior que con más voluntad que acierto intenta abrir ese peculiar Puigdemont que el miércoles felicitaba a Trump (“Congratulations to Donald Trump. I hope that the longstanding relationship between our nations continues to flourish in the years ahead”) con una desenvoltura digna de mejor causa. Igualdad entre “nuestras naciones” o ausencia de control que sobre nuestra representación supone la falta de sentido del ridículo, sensación de un bochorno aceptado por unos pocos y mansamente consentido por otros muchos. La imposibilidad de tejer redes de complicidad en el exterior supone una suerte de muerte lenta para un prusés que ahora se mantiene expectante ante el desembarco en Barcelona de esa especie de virreina catalana nacida en Valladolid y apellidada Sáenz de Santamaría. Conviene aclarar enseguida que ella ha sido a partir de diciembre de 2011 la gran responsable de la inacción del Ejecutivo en Cataluña, la fuente de esa incierta doctrina del “hands off” según la cual el Gobierno del PP no podía involucrarse ni remotamente en algo que pudiera recordar, salvadas todas las distancias, a los GAL de don Felipe González.

El Estado ha desaparecido de Cataluña. Un resultado demoledor, quizá mejor desolador, para quienes, contra los elementos, han intentado mal que bien defender la idea de una Cataluña formada por ciudadanos libres capaces de sentir un cierto confort en su doble condición de catalanes y españoles. Un erial. Casi un crimen, cuyas consecuencias nos han conducido al paisaje desolado que hoy divisamos más allá del Ebro. Tras años de inmovilismo, Rajoy parece al fin convencido de que el tiempo no arregla todos los problemas, por mucho que a veces contribuya a macerarlos y acercarlos al punto de maduración. En la tónica del “aquí ya nadie entiende nada” que preside la mayoría de las conversaciones en Barcelona, el sentir general apunta a que “el prusés está maduro”, es decir, reclama a gritos una salida pactada que permita a los convergentes salvar la cara sin que se note, acabando con la insolencia de las CUP y asegurando libertad y propiedad hoy seriamente amenazadas. Y el PP se ve tentado por la oportunidad si no de acabar con un contencioso con el que estamos condenados a convivir, de acuerdo con la célebre receta de Ortega, sí al menos darle hilo a la cometa y lograr un arreglo para una serie de años.

El desafío parece tener fecha fija en ese referéndum unilateral con el que, en su huida hacia adelante, se ha embarcado el Govern para el mes de septiembre de 2017, que muy bien podría terminar reconvertido, en idéntica fecha, en elecciones autonómicas de carácter plebiscitario donde catalanes y españoles se jugarían buena parte de su futuro, porque no sería descartable que de las mismas saliera una Convergencia reducida a cenizas y un Govern formado por la alianza entre Catalunya en Comú (Colau, Domènechet al), ERC y la CUP, un tripartito de extrema izquierda que dejaría convertido en un juego de niños el que en su día presidió Montilla. Es lo que suele ocurrir cuando la élite dominante pierde el oremus y decide hacer mangas y capirotes con la ley: que los antisistema acaban arrollándole. En ese charco pretende desembarcar esa chica tan lista, tan laboriosa, tan tenaz, apellidada Sáenz de Santamaría, una mujer dispuesta a hacer historia. Su fórmula tiene que ver con ese “principio de ordinalidad” que preside las transferencias financieras entre los Länder alemanes, según el cual la solidaridad entre los Estados Federales, aun sin estar sometida a límites, no puede alterar el orden en lo que a riqueza y capacidad financiera de cada uno de ellos se refiere tras las correspondientes transferencias.

Un fondo de compensación para Andalucía y Extremadura

La aplicación de esa “ordinalidad”, un término que a partir de ahora se va a hacer popular entre nosotros, garantizaría la entrada en las arcas de la Generalitat de cerca de 3.000 millones de euros más. Eso, y la aceptación por Madrid de buena parte de las 23 demandas presentadas por Mas a Rajoy el 1 de agosto de 2014 como Memorial de Greuges (memorial de agravios), todo ello enmarcado en la correspondiente reforma constitucional. El Estado, por lo demás, se vería obligado a crear un Fondo de Solidaridad para atender a Extremadura y Andalucía, principales perjudicadas por la citada “ordinalidad”. Puigdemont ya conoce la partitura y no le disgusta la música: “sobre esa base podríamos llegar a un acuerdo”, ha declarado a su contraparte madrileña. “No hay que inventar nada: se trata de aprovechar la experiencia alemana replicando su modelo y descartando lo que allí no ha funcionado”. Este es el equipaje con el que la Virreina catalana se dispone a aterrizar en una Barcelona que valora mucho la buena relación que ha establecido con Junqueras, el hombre que mueve los hilos en la sombra, el auténtico factótum del prusés.

Rajoy duda, es lo suyo, y lo hace porque teme la reacción en contra de buena parte del partido y del propio electorado popular, a quien habría que “preparar” para que tragara mansamente la píldora. Como es fácil imaginar, en el PP catalán no saben una palabra de estas maniobras orquestales en la oscuridad, que así funcionan las cosas en el partido de la derecha española. Un plan que, en todo caso, vendría salpimentado con las correspondientes y solemnes declaraciones de firmeza, de impostada defensa de la ley “frente a quienes quieren romper la unidad de España” por parte de la agresiva “Brigada Aranzadi” que comanda la vicepresidenta, la mujer con más poder político en la España actual. No se dejen engañar: las bases de un eventual acuerdo parecen sentadas; toca ahora hincar el diente y dar la cara. Difícil y plagado de incertidumbre, cierto, pero sin riesgo no hay recompensa.

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