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El apaño. -Ignacio Ruiz-Quintano/Salmonetes ya no nos quedan-

En noviembre del 35, José Antonio Primo de Rivera, tan invocado hoy, sin saberlo, por los jefes del Consenso, pedía en el Congreso que, a los forasteros, España (cinco mil ingenieros extranjeros, con quinientos ingenieros nacionales en paro) les pusiera en el pasaporte el mismo sello que Inglaterra: “El portador de este pasaporte se compromete a no obtener cargo alguno retribuido ni gratuito y a no establecerse por su cuenta en este país”.
Aún así, en 1968 Enoch Powell alarmaba a Inglaterra citando el caso de Eneas contra la inmigración ilegal. Eneas, en efecto, llegó ilegalmente y para procurarse un hogar; lo hizo con sus dioses locales y, si a estos no les gustaban los rivales autóctonos, pronto, como dice Roger Scruton, se lo harían saber a todo el mundo. Lo demás lo resuelve el multiculturalismo: cada cultura es un bien en sí mismo, y para hacer hueco a las minoritarias la mayoritaria debe marginarse.
Estamos en la socialdemocracia, la del “imperio de la ley” y la “inmigración ilegal” (sí a la entrada colectiva, pero no a la expulsión colectiva).
La socialdemocracia (economía de derechas, cultura de izquierdas y política de centro) cuida de la inmigración ilegal como las hormigas de los pulgones:
Los sacan de mañana, los colocan en las plantas más sabrosas, los dejan hacer allí lo que les da la gana… Luego los recogen y los vuelven a guardar en sus galerías. ¿A cambio de qué? El pulgón exuda un líquido azucarado del que la hormiga es tan golosa que por conseguirlo descuida hasta el cuidado de sus propias larvas y deja extinguir la comunidad.
Con la inmigración ilegal el país de origen se quita pobres y el país de destino gana mano de obra. El sistema es una fiesta: la economía de derechas reduce salarios, la cultura de izquierdas vende buenismo (y discos de Manu Chao) y la política de centro le dice a cada uno lo que quiere oír.
Palma la masa, pero ése es otro apaño.

El PP y la socialdemocracia: ¡esto no es lo que parece! -Carmelo Jordá/LD-

El gran Pablo Montesinos recogía en Libertad Digital este sábado la anécdota que yo creo que define lo que ha sido este congreso –por llamarlo de alguna manera– del Partido Popular –por llamarlo de alguna manera–.

La noticia es deliciosa, vale la pena leerla, pero por si acaso se la resumo: un incauto compromisario pedía que el PP recogiese en sus estatutos que no es socialdemócrata, tal y como lo ha hecho Ciudadanos en su también reciente congreso, pero el flamante coordinador general de los populares se negaba en redondo: “¡Me ofendes!”, llegaba a decir Maíllo.

La escena me recordaba a la típica situación en la que un cónyuge es pillado por su pareja en la cama, desnudo y con un señor o una señorita al lado, a pesar de lo cual lo niega todo: “Esto no es lo que parece, cómo puedes pensar eso de mí, me ofendes”, replica el adúltero en la única actitud que en ese momento parece digna, pero que todos sabemos que no lo es.

Porque lo cierto es que el PP lleva varios años encamado con la socialdemocracia, al menos desde diciembre de 2011, cuando decidió “desconcertar a la izquierda” –Montoro dixit– con el astuto truco de hacer lo mismo que haría ella pero más. Acto seguido nos atizaron la mayor subida de impuestos que se recuerda y desde entonces ya ha sido todo un no parar de socialdemocracia.

Socialdemocracia de la peor: de la que sube impuestos, de la que apuesta al cien por cien por el mantenimiento del Estado del Bienestar y de una Administración elefantiásica, de la que no se molesta en cambiar ni una sola de las leyes ideológicas promulgadas anteriormente para dar un giro a la izquierda a la sociedad, de la que mantiene los privilegios de los grupos de presión, de la que reparte graciosamente subvenciones a troche y moche…

Socialdemocracia, en suma, por delante y por detrás, de arriba abajo y de un lado al otro, lo lógico en un partido que expulsó hace tiempo a conservadores y liberales; lo lógico en un partido que se ha negado a librar ninguna batalla de ideas en un país en el que la opinión publicada está en manos de la izquierda de una forma abrumadoramente mayoritaria.

Lo cierto es que la negación tan contundente del ahora poderoso Maíllo me causa hasta una cierta ternura: fue una forma tan torpe de negar lo evidente que casi lo hace entrañable. Pero, eso sí, quizá el PP debería ponerse menos digno y admitir que un poquito socialdemócrata sí que es, porque hay pocas cosas peores que ser socialdemócrata; y una de ellas, desde luego, es no ser nada.

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Victoria de Trump gracias a la socialdemocracia. -Cristina Seguí/OK Diario-

Mientras los principales medios de comunicación españoles recogen la locura que ha alfombrado la Casa Blanca para Trump siguen negando la principal obviedad extraída del triunfo del candidato republicano. Dirimiendo la auténtica derrota que, sin duda alguna, es mucho más significativa e irrefutable que la propia victoria: la del populismo izquierdista y original de Obama, Mitterrand, Zapatero y la propia Clinton que anticipaba y consolidaba el éxito inédito de Trump. La derrota de la socialdemocracia de dogmas homogéneos, mentirosos y mundiales que, llevados a la práctica, han acabado con la clase media allá donde han tenido la oportunidad de prosperar. Ha fracasado el discurso con cepo de la igualdad por encima del derecho a la riqueza, a la prosperidad y a la oportunidad. Trump supo verlo: no hay mayor paradigma de la política antiestablishment que arrodillar esa clase de tiranía a lo largo y ancho del globo. Y esta fue arrinconada precisamente en el despacho de la mayor potencia del mundo.

También se quebró el soneto hillarista de las mujeres frágiles, temerosas y necesitadas de cuotas para prosperar. El que propugnaba la rodilla preparada a la altura de los genitales de cada hombre convertido en violador potencial. Al parecer, entre las que deberían haber sido reclutadas contra el “Grab them by the pussy” de Donald Trump había un número importante de aquellas que querían decidir por dónde coger o por dónde dejarse sujetar sin el beneplácito de una burócrata. Seamos francos, ¿es infrecuente la idoneidad de esa parte de nuestra anatomía como el asidero ideal para disfrute de la actividad en plena libertad sexual?

Aquello fue un error para las posibilidades de la demócrata porque, además de lo estéril del debate, recuperaba con cada golpe a la Lewinski de los 90 servida como maridaje culinario y libidinoso en el despacho oval. Y así algunos empezaron a pensar, también, en el riesgo de una resentida haciendo catarsis de diván a costa del sueño presidencial. La ideología de género de Hillary tuvo menos partidarios que las charlas de vestuario de Porky´s part 3 de Trump, aquella mítica saga de instituto rodada en Florida a mediados de los 80 con la que, al fin y al cabo, tantos americanos despertaron a la picaresca erótica. También ellas.

Precisamente Florida, núcleo de voto latino, ha asegurado la victoria de Trump por doble vía. Por un lado, ha sido el epicentro del fracaso del legado de Obama, quien, junto con el ardiente apoyo de Eastwood al republicano, ha sido el mejor garante mediático de la victoria de Trump. ¿O es que los demócratas pensaron que el juego de pelota entre Barack y el pequeño de los Castro embelesaría a la comunidad cubana que eligió éxodo antes que genuflexión ante 50 años de tiranía? Por otro lado, Trump ha sabido atender a un antiguo principio latino adoptado bien por aquellos nacidos en USA, o bien por aquella parte de la comunidad arraigada desde hace tiempo: que no hay peor enemigo para un latino que piensa que ya no lo es que otro latino, y en ese sentido el anuncio del endurecimiento de la política inmigratoria del candidato republicano ha sido definitiva. Es justo ahí donde falló la estrategia de Hillary de ofrecer el país a los inmigrantes para conseguir el voto de compatriotas que no les querían dentro. En cualquier caso, permítanme la licencia de disfrutar como una enana las inmediatas consecuencias: la pesadumbre de narcoterroristas y comunistas que con Trump vivirán una vida mucho más complicada.

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