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En Siria se acabó la fiesta para los terroristas y sus patrocinadores. -Yolanda Morín /LTPV-

Con la liberación de Alepo, el sueño de los criminales charlatanes de la “revolución siria” se ha convertido en pesadilla. Después de años de proclamaciones altisonantes acerca de la “victoria inminente” de los insurgentes, esta aventura se está convirtiendo en un desastre. Esta supuesta revolución se derrumba a marchas forzadas, aplastada bajo las ruinas que hanprovocado. Después de las bravuconerías ha llegado la hora de la desbandada. Los yihadistas acabarán todos muertos o prisioneros. Alepo iba a convertirse en la “capital de la revolución siria”. Craso error. Es el cementerio de una sedición patrocinada por Arabia Saudí y compañía. Los mercenarios wahabitas no tienen ya más opción que morir o rendirse.

Con el toque de difuntos de una insurrección guiada desde el exterior, la debacle de Alepo descubre una enorme superchería. Han sido necesarios seis años terribles para que esta tragedia provocada y mantenida por una avalancha de petrodólares se muestre tal cual es. No era una revolución, sino una operación fallida de cambio de régimen planificada por Washington y sus aliados. Esta operación se ha llevado a cabo utilizando organizaciones terroristas cuya matriz, Al Qaeda, ya era una coproducción saudí/estadounidense en los años 80. El Frente Al Nusra, el Estado Islámico y los demás grupos criminales fueron puestos a su vez al servicio de una estrategia del caos que buscaba pulverizar los Estados de la región en favor de entidades étnicas y confesionales, cuya fragmentación garantizaría la docilidad.

El resultado ha sido esta farsa sangrienta, ahora sepultada bajo los escombros de esta ciudad martirizada por una guerra sin piedad provocada por el apetito de una dominación imperial aliada al fanatismo esponsorizado de unos bárbaros cretinizados.

Hemos visto como los dirigentes occidentales que simulan combatir a los terroristas les suministran armas al mismo tiempo. Hemos visto a potencias extranjeras imponiendo un embargo de medicamentos a poblaciones civiles culpables de no combatir a su gobierno. Hemos visto a familias reales sanguinarias y pervertidas dando lecciones de democracia al tiempo que apoyaban al terror. Hemos visto a intelectuales occidentales exigiendo, como si de un imperativo moral se tratara, el bombardeo de un país que no ha hecho nada a ningún otro. Debemos reconocer que el drama sirio ha generado una impresionante exhibición de vilezas.

Durante estos años, los bardos de esta revolución de pacotilla nos han repetido machaconamente que una “gloriosa insurrección” iba a derrocar a la “odiosa tiranía”. Día tras día han escondido detrás de una pantalla de humo humanitario el odio que les provocaba este Estado sirio cuya única culpa era la de permanecer en pie frente a la coalición depredadora de las potencias occidentales y las petromonarquías corrompidas. Sin ninguna vergüenza han cubierto de sus vociferantes mentiras las atrocidades cometidas por unas bandas criminales cuya ambición satánica era la de imponer la sharia wahabita y aniquilar las minorías confesionales.

Los cómplices intelectuales de este salvajismo han intoxicado la opinión pública al servicio de los objetivos del Imperio y sus acólitos. Estos mitómanos han escupido sobre Siria, su pueblo, su ejército y su gobierno. No han parado de calumniarlos, apoyados por unos periodistas incultos y parciales. Todos estos presuntos progresistas han negado la evidencia de unos mercenarios financiados por las monarquías petróleras y se han puesto servilmente bajo las órdenes del oscurantismo wahabita, que a su vez sirve a las grandes naciones con vocación imperialista. Nos han dado lecciones de humanismo mientras que le trenzaban coronas de flores a las milicias asesinas y sectarias que destruían Siria. Han discriminado entre buenas y malas víctimas, enarbolando los derechos humanos de un lado y armando a los yihadistas del otro.

Para desacreditar al gobierno sirio (y a su principal aliado, Rusia) han querido poner al servicio de su putrefacta causa la suerte de los civiles asediados en Alepo, pero omitiendo decir que el 80% de esos civiles se encuentran en los barrios protegidos por el gobierno y que los demás están retenidos por esos “gloriosos revolucionarios” yihadistas como escudos humanos. Nos han querido hacer creer que la aviación rusa bombardea los hospitales de Alepo olvidando decir que la mayoría de los hospitales de la ciudad se encuentran en el oeste de Alepo (bajo control gubernamental) y sufren el fuego incesante y mortífero de los morteros de los islamistas.

La reconquista de la segunda ciudad de Siria por el ejército nacional le devuelve la esperanza al pueblo sirio, que a partir de ahora puede ver el final del túnel después de tantos sufrimientos. Esta victoriosa ofensiva contra los terroristas aporta una gran corriente de aire fresco que aleja la pestilencia esparcida en la atmósfera durante estos seis años de propaganda a gran escala.

Esta propaganda ha envilecido el gobierno sirio atribuyéndole la responsabilidad de crímenes cometidos por sus enemigos. También ha demonizado a Rusia, cuya intervención militar en Siria, al contrario que la de los países de la OTAN, respeta el derecho internacional y golpea sin cesar a los terroristas de todo pelo y siglas. Hemos visto, paralelamente a la tragedia siria, cómo el odio contra Rusia se ha desatado con una violencia inusitada, cada vez que ésta ha hecho retroceder a los terroristas. Cuanto más castigan las fuerzas rusas a los yihadistas, más se indignan nuestros charlatanes occidentales y ponen el grito en el cielo.

La tragedia siria es un termómetro de la salud moral de nuestro mundo. Los gobiernos y sus lacayos mediáticos se han revolcado en el fango, mintiendo sin cesar. Pero el viento ha cambiado de dirección. Con Putin en Rusia y ahora Trump en los EEUU (que ha anunciado un giro en la política de su país en este tema), con el ejército sirio enviando a los mercenarios de Riad al basurero de la historia, y a menudo a dos metros bajo tierra, los valedores de los yihadistas, los charlatanes de los derechos humanos, pueden perder a su protector norteamericano. Los peones medio-orientales del Imperio están siendo destrozado por ese ejército sirio que hasta ayer despreciaban. Definitivamente, la fiesta se acabó para estos terroristas y sus patrocinadores.

Con la liberación de Alepo, el sueño de los criminales charlatanes de la “revolución siria” se ha convertido en pesadilla. Después de años de proclamaciones altisonantes acerca de la “victoria inminente” de los insurgentes, esta aventura se está convirtiendo en un desastre. Esta supuesta revolución se derrumba a marchas forzadas, aplastada bajo las ruinas que hanprovocado. Después de las bravuconerías ha llegado la hora de la desbandada. Los yihadistas acabarán todos muertos o prisioneros. Alepo iba a convertirse en la “capital de la revolución siria”. Craso error. Es el cementerio de una sedición patrocinada por Arabia Saudí y compañía. Los mercenarios wahabitas no tienen ya más opción que morir o rendirse.

Con el toque de difuntos de una insurrección guiada desde el exterior, la debacle de Alepo descubre una enorme superchería. Han sido necesarios seis años terribles para que esta tragedia provocada y mantenida por una avalancha de petrodólares se muestre tal cual es. No era una revolución, sino una operación fallida de cambio de régimen planificada por Washington y sus aliados. Esta operación se ha llevado a cabo utilizando organizaciones terroristas cuya matriz, Al Qaeda, ya era una coproducción saudí/estadounidense en los años 80. El Frente Al Nusra, el Estado Islámico y los demás grupos criminales fueron puestos a su vez al servicio de una estrategia del caos que buscaba pulverizar los Estados de la región en favor de entidades étnicas y confesionales, cuya fragmentación garantizaría la docilidad.

El resultado ha sido esta farsa sangrienta, ahora sepultada bajo los escombros de esta ciudad martirizada por una guerra sin piedad provocada por el apetito de una dominación imperial aliada al fanatismo esponsorizado de unos bárbaros cretinizados.

Hemos visto como los dirigentes occidentales que simulan combatir a los terroristas les suministran armas al mismo tiempo. Hemos visto a potencias extranjeras imponiendo un embargo de medicamentos a poblaciones civiles culpables de no combatir a su gobierno. Hemos visto a familias reales sanguinarias y pervertidas dando lecciones de democracia al tiempo que apoyaban al terror. Hemos visto a intelectuales occidentales exigiendo, como si de un imperativo moral se tratara, el bombardeo de un país que no ha hecho nada a ningún otro. Debemos reconocer que el drama sirio ha generado una impresionante exhibición de vilezas.

Durante estos años, los bardos de esta revolución de pacotilla nos han repetido machaconamente que una “gloriosa insurrección” iba a derrocar a la “odiosa tiranía”. Día tras día han escondido detrás de una pantalla de humo humanitario el odio que les provocaba este Estado sirio cuya única culpa era la de permanecer en pie frente a la coalición depredadora de las potencias occidentales y las petromonarquías corrompidas. Sin ninguna vergüenza han cubierto de sus vociferantes mentiras las atrocidades cometidas por unas bandas criminales cuya ambición satánica era la de imponer la sharia wahabita y aniquilar las minorías confesionales.

Los cómplices intelectuales de este salvajismo han intoxicado la opinión pública al servicio de los objetivos del Imperio y sus acólitos. Estos mitómanos han escupido sobre Siria, su pueblo, su ejército y su gobierno. No han parado de calumniarlos, apoyados por unos periodistas incultos y parciales. Todos estos presuntos progresistas han negado la evidencia de unos mercenarios financiados por las monarquías petróleras y se han puesto servilmente bajo las órdenes del oscurantismo wahabita, que a su vez sirve a las grandes naciones con vocación imperialista. Nos han dado lecciones de humanismo mientras que le trenzaban coronas de flores a las milicias asesinas y sectarias que destruían Siria. Han discriminado entre buenas y malas víctimas, enarbolando los derechos humanos de un lado y armando a los yihadistas del otro.

Para desacreditar al gobierno sirio (y a su principal aliado, Rusia) han querido poner al servicio de su putrefacta causa la suerte de los civiles asediados en Alepo, pero omitiendo decir que el 80% de esos civiles se encuentran en los barrios protegidos por el gobierno y que los demás están retenidos por esos “gloriosos revolucionarios” yihadistas como escudos humanos. Nos han querido hacer creer que la aviación rusa bombardea los hospitales de Alepo olvidando decir que la mayoría de los hospitales de la ciudad se encuentran en el oeste de Alepo (bajo control gubernamental) y sufren el fuego incesante y mortífero de los morteros de los islamistas.

La reconquista de la segunda ciudad de Siria por el ejército nacional le devuelve la esperanza al pueblo sirio, que a partir de ahora puede ver el final del túnel después de tantos sufrimientos. Esta victoriosa ofensiva contra los terroristas aporta una gran corriente de aire fresco que aleja la pestilencia esparcida en la atmósfera durante estos seis años de propaganda a gran escala.

Esta propaganda ha envilecido el gobierno sirio atribuyéndole la responsabilidad de crímenes cometidos por sus enemigos. También ha demonizado a Rusia, cuya intervención militar en Siria, al contrario que la de los países de la OTAN, respeta el derecho internacional y golpea sin cesar a los terroristas de todo pelo y siglas. Hemos visto, paralelamente a la tragedia siria, cómo el odio contra Rusia se ha desatado con una violencia inusitada, cada vez que ésta ha hecho retroceder a los terroristas. Cuanto más castigan las fuerzas rusas a los yihadistas, más se indignan nuestros charlatanes occidentales y ponen el grito en el cielo.

La tragedia siria es un termómetro de la salud moral de nuestro mundo. Los gobiernos y sus lacayos mediáticos se han revolcado en el fango, mintiendo sin cesar. Pero el viento ha cambiado de dirección. Con Putin en Rusia y ahora Trump en los EEUU (que ha anunciado un giro en la política de su país en este tema), con el ejército sirio enviando a los mercenarios de Riad al basurero de la historia, y a menudo a dos metros bajo tierra, los valedores de los yihadistas, los charlatanes de los derechos humanos, pueden perder a su protector norteamericano. Los peones medio-orientales del Imperio están siendo destrozado por ese ejército sirio que hasta ayer despreciaban. Definitivamente, la fiesta se acabó para estos terroristas y sus patrocinadores.

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Srebrenica en Siria. -Hermann Tertsch/Gentiuno-

Alepo repite la tragedia de la ciudad bosnia. Otra inmensa matanza de prisioneros. Quizás mucho mayor. Los lamentos de Obama suenan a sarcasmo.

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La zona de Alepo que tomaron el jueves los hombres del presidente Assad apoyados por fuerzas rusas e iraníes es un agujero negro en el mundo. Del que nada se sabe y todo lo peor se intuye. Porque donde decían ayer los medios rusos que ya no quedaban civiles y rebeldes por evacuar, tiene que haber según cálculos externos varias decenas de miles de seres humanos. Con miles de niños. Porque salir no han salido.

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Ayer un convoy de autobuses con unos mil civiles y combatientes intentó salir escoltado por la Cruz Roja. Le fue dado el alto y milicianos chiíes ejecutaron allí mismo a un número de hombres y obligaron al convoy a volver a la ciudad.

Las informaciones de testigos con teléfonos móviles en la cada vez más pequeña zona rodeada por milicias de Al Assad y de Irán, hablaban en pasados días de ejecuciones sumarias de combatientes, pero también de mujeres y niños. Todos esos móviles han ido apagándose.

Cuando acabe la matanza las fuerzas de Assad y Putin y las milicias chiíes se dirigirán hacia el próximo foco de resistencia, Idlib. Y usarán los bidones explosivos y todas las más salvajes técnicas que combinan con la maquinaria moderna de guerra que envió Vladimir Putin desde hace tres años.

Lo pudo hacer porque Barack Obama había roto su palabra y dejado que se violaran sus propias líneas rojas sobre armas químicas. Estados Unidos perdió de golpe toda credibilidad y toda influencia en el conflicto. Putin ya había anexionado Crimea impunemente.

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Con Obama enfrente Putin se lanzó a la aventura con garantía de impunidad y éxito. Alepo es ya otro Srebrenica. Otra inmensa matanza de prisioneros. Quizás mucho mayor. Los lamentos de Obama ayer y sus advertencias a Moscú y Damasco de que el mundo no olvida suenan a sarcasmo. Quienes creen que Putin es la solución verán pronto que él es un grave problema en sí. Y lo cierto es que la esperanza de que este masivo crimen no se convierta en gesta ejemplarizante con rápidas emulaciones, solo puede nutrirse ya de la desaparición de Obama. Y de una nueva política de la nueva administración norteamericana de Donald Trump.

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¿Por quién doblan las campanas en Alepo? -Emilio Campmany/LD- #Siria –

En España sólo nos acordamos de las guerras cuando la televisión muestra sus desastres. De ahí que sea noticia la caída de Alepo, por los horrores que la tele enseña a la hora de cenar. El País se hace cruces ante la indiferencia de la comunidad internacional. Y El Mundo denuncia que Europa se llame andana. Para ambos, Rusia es culpable. A Irán lo mencionan, pero por alguna razón no lo consideran igual de responsable. Y eso a pesar de que El País admite que los causantes de las mayores atrocidades son los terroristas de Hezbolá, organización que todo el mundo sabe que depende de Teherán. El Mundo acierta a poner el dedo en la llaga al recordar la inactividad de Washington durante estos últimos meses, aunque lo explica por el síndrome de pato cojo de Obama y la incertidumbre provocada por la elección de Trump. No obstante, el mismo editorialista reconoce que el giro se produjo 2015, cuando Obama todavía no cojeaba y nadie esperaba que Trump ganara. Ninguno de los dos periódicos se pregunta qué pasó en 2015 que hizo que los vientos rolaran y soplaran desde entonces a favor del régimen de Bashar al Asad.

Si se repasa la agenda internacional, lo relevante de aquel año fue el acuerdo nuclear con Irán, firmado en julio. Existe la vehemente sospecha de que Obama no sólo concedió el levantamiento de las sanciones a cambio de la supuesta renuncia al programa atómico iraní. Cada vez está más claro que, entre las condiciones inconfesas, firmadas pero secretas, o simplemente tácitas, estuvo dejar las manos libres a Irán en Siria. Por eso, a partir de la firma del acuerdo, Putin incrementó la presencia de sus tropas allí. Por eso, Asad está ganando la guerra.

No sé hasta qué punto un realista podría considerar ventajoso este acuerdo, en virtud del cual Irán renuncia a su programa nuclear a cambio de que le esté permitido masacrar a los sirios. Lo que es insufrible, fastidioso y estomagante es ver cómo la izquierda llora las ruinas de Alepo, clama por las constantes violaciones de los derechos humanos y denuncia que no se acoge a los refugiados que el conflicto genera a la vez que se niega a ver lo que tiene delante de los ojos. Que no sólo es que el principal responsable de todo es Irán, el régimen que financia a Podemos. Sino que encima el culpable de que pueda hacerlo impunemente es Obama, que se lo consiente porque a ello le obliga un tratado que no tenía otra finalidad que la de demostrar que posee aquello de lo que sus antecesores carecieron, la capacidad de suscribir pactos con el régimen de los ayatolás. Claro que, a base de ceder, bien fácil es alcanzar acuerdos.

Cuando la izquierda oye doblar las campanas en Alepo, no debería preguntarse por quién doblan. Doblan por ella. Por ella y por su adalid, Barack Obama.

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