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Mis twitts más populares (2).

Recopilación de mis twitts más compartidos hasta hoy.Creo que es  una buena manera de verlos todos juntos y no tener que buscarlos de forma dispersa.Cada cierto tiempo haré sucesivas recopilaciones (2ª parte)

 

Y este último no fue muy popular ,seguramente por lo atrevido o soez (más bien escatológico),pero lo quiero incluir en este resumen.

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Donald Iglesias. -Cristina Losada/Libertaddigital-

El fulgurante ascenso de Donald Trump ha provocado un debate en la prensa norteamericana sobre el combustible que han prestado los medios de comunicación al vehículo político del candidato. Es un hecho probado que los medios, sobre todo la televisión, han dado a Trump una cobertura mucho mayor que a cualquier otro de los aspirantes republicanos. Según un estudio del New York Times, la cobertura concedida equivale a 1.900 millones de dólares en publicidad gratis.

Los medios y Trump, arguyen muchos comentaristas, tienen una relación simbiótica: los dos sacan provecho de su asociación. Un programa con Trump es un programa con audiencia asegurada. Un programa sin Trump es un programa que pincha lastimosamente, como le ocurrió a un debate que organizó la cadena Fox y al que Trump se negó a ir porque lo iba a moderar una periodista con la que había tenido un rifirrafe. El candidato se jactó de que su ausencia haría que el debate no lo viera ni el Tato. Y no se equivocó. Una expresentadora de Today, Ann Curry, expresó así la peculiar interdependencia: “Los medios han necesitado a Trump del mismo modo que el adicto al crack necesita unsubidón“.

A estas alturas, lo que no está claro es que Trump necesite a los medios. Una investigadora de las redes sociales, Zynep Tufekci, exploró el universo alternativo que forman los seguidores del candidato en Twitter y concluyó que el fenómeno Trump no era una creación exclusiva de los medios tradicionales, de comunicadores y columnistas que “pensaron en un principio que su candidatura era un chiste que se podía explotar para conseguir audiencia”. No.

El ascenso de Trump, decía Tufecki, muestra “la fortaleza de unos seguidores unidos en las redes sociales, que creen que los medios son un chiste”. Un rasgo compartido por muchos de sus seguidores es una desconfianza radical hacia todas las instituciones, incluida la prensa. Por eso le ríen y aplauden sus mofas, descalificaciones y afrentas a los medios y a los periodistas, que se pueden encontrar en esta enciclopediade los insultos vertidos por Trump en Twitter.

Hay otro aspecto de la cuestión: Trump es un hombre de los medios. Antes de ser candidato era un personaje de la tele: una celebrity televisiva. Otras cosas también, pero esa es importante. Sabe cómo manejarse y manejar. Hasta de su colisión con Megan Kelly, la periodista de la Fox cuya pregunta le incomodó tanto que quiso vetarla, y a la que ha dedicado numerosos comentarios despectivos, sacó petróleo publicitario. Uno de los ganchos de Trump es que no tiene pelos en la lengua: sus insultos, sus ataques personales, forman parte de su atractivo y le hacen ganar audiencia y votantes.

Sustitúyase en lo que va de artículo el nombre de Trump por el de Iglesias Turrión si se quieren ver más gráficamente las coincidencias. Habría que quitar esto y lo otro, matizar aquí y allá, pero los elementos esenciales, los de fondo, permanecen. Parecerá paradójico que quienes tanto deben a los medios los tengan con frecuencia en su diana. Pero justo porque viven en los medios y viven de los medios esa guerra les resulta necesaria. No sólo para intimidar a los críticos o socavar su credibilidad; también para significar su condición anti-establishment. Tanto les beneficia la prensa en contra como la prensa a favor, pues de esa dualidad -que se encargan de acentuar y en muchos casos es imaginaria- sacan provecho para establecer el terreno de la política en la confrontación. Incluso gustan de presentarse como “ellos contra todos”: David contra Goliat.

¿Que hay diferencias? Sin duda. Una es muy visible desde hace unas horas. Trump ataca con franqueza y grosería a la prensa que le critica. Iglesias quiere hacer pasar su ira contra los periodistas que no le favorecen por una disquisición profesoral, por un melindre académico. El bruto y el farsante.

Ver artículo original:

La racionalidad contra el sectarismo. -Javier Benegas/Vozpópuli-

Este pasado sábado, Juan M. Blanco y quien escribe publicamos un artículo titulado “La ‘violencia de género’: una moderna caza de brujas”. Sabíamos que su contenido iba a generar no pocas turbulencias y algún que otro problemilla a los autores –nosotros–. De hecho, sospechábamos que más de uno exigiría que fuéramos quemados en la hoguera por herejes. Pero, precisamente, además de derribar un tabú y abrir el debate, esa era una de nuestras intenciones: que los intransigentes y los sectarios se pusieran en evidencia. Y como no podía ser de otra manera, así lo hicieron.

En una sociedad medianamente estructurada, cabría esperar que el texto en cuestión generara debate, encendido, desde luego, pero debate al fin y al cabo; es decir, que quienes tomaran partido a favor o en contra de lo escrito expusieran sus argumentos. Pero no sucedió tal cosa, al menos no en los discrepantes. Muy al contrario, en sus mensajes no hubo un solo argumento, únicamente consignas, descalificaciones, insultos e incluso veladas amenazas, como la proveniente de un perfil de Twitter que venía a decir que si bien las mujeres podían ser violadas, (nosotros) podíamos ser apuñalados.

Un curioso “experimento”

Como suele suceder en estos casos, pronto hicieron acto de presencia –también en Twitter– los inquisidores: cuentas con numerosos seguidores cuyos propietarios lejos de rebatir actuaron como señalizadores de blancos, azuzando a sus acólitos para que llevaran a cabo el acostumbrado linchamiento virtual. No voy a citar a ninguno de estos perfiles por dos razones. La primera, porque hacerlo implicaría descender a su nivel o, a la inversa, elevarles a la altura de una racionalidad que les queda muy lejos. Y la segunda, porque más allá de consignas y descalificaciones no aportaron un solo argumento. Para estos personajes, la búsqueda de la verdad no es que sea lo de menos, es que es contraproducente. La mera posibilidad de que la forma en la que defienden una causa pueda verse cuestionada les genera un pánico irracional, como si para subsistir necesitaran ser ellos quienes agiten a su manera esa bandera. No les interesa debatir, sino cortocircuitar el debate e impedir que algún hereje rompa el tabú que les otorga el báculo y la corona.

De las diferentes reacciones se pueden extraer interesantes revelaciones. Una es que, mientras en Twitter, una red social más inmediata, con limitación de caracteres y, por tanto, más proclive a la propagación, la movilización y el activismo, fue la preferida por quienes no aportaron argumentos sino descalificaciones. Otros espacios de Internet, donde la posibilidad de expresarse es mayor y, en consecuencia, cabe el debate, fueron los preferidos para los argumentativos que, curiosamente, se mostraron favorables al artículo. Lo cual revela a su vez dos hechos interesantes. El primero, que cuando la argumentación es obligada las posiciones sectarias no hacen pie. Y el segundo, que hay una parte importante de la opinión pública que por alguna extraña razón se ha vuelto invisible en los mass media.

Razones para el optimismo y razones para estar preocupados

Sea como fuere, hay motivo para el optimismo. Y es que, a pesar del ruido que hacen los sectarios, son menos numerosos de lo que parece y, además, bastante metepatas. De hecho, su única estrategia para no verse desbordados es, precisamente, actuar de manera gregaria, en grupo, y cortocircuitar el debate, abortándolo antes de que se produzca. Y en caso de que no puedan evitarlo, degradándolo a un conjunto de pataletas infantiles. Para ello recurren a la falacia ad hominem, que consiste en abatir al mensajero para que el mensaje no llegue a su destino. Esa es una de sus dos balas de plata. La otra, inocular el miedo. Pues la estigmatización y el linchamiento mediático del “adversario”, del discrepante, tienen un efecto ejemplarizante y disuasorio para el resto. De ahí que en las redes sociales lleven a cabo lo que podríamos calificar como “bullying preventivo”.

Pese a todo, hay motivos para el optimismo, porque más allá de la tesis del artículo, éste sirvió para demostrar que existe una parte importante de la sociedad que es capaz de debatir racionalmente, gente que pese a la manipulación, las consignas, la prevención y el miedo imperantes, conserva su espíritu crítico y no se asusta. En definitiva, hay vida inteligente más allá de esos calvinistas puritanos prestos a quemar en la hoguera a los herejes. El único ingrediente que necesita esta opinión pública para ejercer de beneficioso contrapeso es una visibilidad que ahora mismo se le niega. Y he ahí el reto: romper los interesados tabúes para abrir el terreno de juego.

Pero no todo es color rosa, ni mucho menos. También existen motivos para estar muy preocupados. Hay otra parte de la sociedad a la que no le duelen prendas a la hora de anteponer sus “sensibilidades”, puntos de vista y creencias a principios fundamentales como son, por ejemplo, que el fin no justifica los medios o que todas las personas son iguales ante la ley o, al menos, deberían serlo. Y es que los Derechos fundamentales no pueden estar sujetos a interpretaciones o supeditados a la defensa de determinadas causas, por bienintencionadas que éstas sean. Falta, pues, una cultura auténticamente democrática, donde la máxima expresada precisamente por una mujer, Evelyn Beatrice Hall, “no comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tú derecho a decirlo”, sea asimilada por todos y cada uno de nosotros.

Para terminar, queremos mostrar nuestro agradecimiento a la comunidad de Vozpópuli no sólo por su altura de miras y su capacidad para debatir racionalmente, desde la educación y el respeto, sino también por su compromiso con la libertad y, lo que es tanto o más importante, con la búsqueda de la verdad. Al fin y al cabo, como dijo Revel, la democracia no puede vivir sin una cierta dosis de verdad. No puede sobrevivir si esa verdad queda por debajo de un umbral mínimo.

Ver artículo original: