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Los de la basura. -J.C. Girauta/Libertaddigital-

El Rajoyesco Cuerpo de Difamadores, también conocido como “los de la basura”, cuenta con un arma definitiva, una que rasga famas y rompe prestigios con tal eficacia que el blanco queda irrecuperable. ¿Y cuál es esa arma? ¿En qué consiste? ¡En acusarle a uno de haber sido del PP! Desconcertante, ya lo sé.

Debo de ser un verdadero canalla porque, tal como se han encargado de difundir, concurrí a tres elecciones bajo el logo del PP. Las municipales de 2003 por Castelló d’Empúries, bello pueblo costero gerundense, como cuarto de la lista. Las catalanas de 2003 por Gerona, en idéntica posición. Las generales de 2004 por la misma provincia, cerrando la lista. Alicia Sánchez Camacho, entonces presidenta del PP gerundense, había solicitado mi ayuda en la provincia más dura de España para su partido. Sería la única circunscripción donde el PP se quedaría sin representación en 2004. Durante meses conduje cientos de kilómetros diarios, gastándome la pasta y la energía en precampañas y campañas a cambio de nada. A diferencia de los otros asesores, no cobré ni un euro. Lo hacía por convicción, y mi nombre iba de relleno; todos sabíamos que no existía la más remota posibilidad de obtener concejalía o escaño más allá del primer puesto de la lista.

Aún no existía Ciudadanos, que se fundaría en 2006. Creí un deber cívico ayudar al único partido [al que entonces creía] no contaminado por el nacionalismo, al único capaz de hacerle frente en última instancia. Y lo ayudé en el lugar más difícil, la provincia a la que los altos cargos, cuando se dejaban ver en campaña por allí, llamaban “territorio comanche”. Luego, cuando el PP era linchado sin piedad y de forma permanente en los medios catalanes, lo defendí a diario, y a solas, en platós y estudios radiofónicos. Estrictamente a solas. Cualquiera de mis conciudadanos lo sabe. Sin embargo, en el relato que Génova ha tejido sobre mí, ahora que soy portavoz de Ciudadanos, todo lo que hice fue interesado: en realidad quería un escaño.

Tanto lo querría que luego rechacé por dos veces la oferta de Albert Rivera para ir en sus listas; en ambas ocasiones habría salido elegido. Los afiliados y simpatizantes de Ciudadanos que fueron testigos de mi compromiso público con su partido se llevarán las manos a la cabeza cuando lean las acusaciones de arribismo: llegué cuando todos daban por muerta a la formación, que acababa de cosechar unos 20.000 votos en toda España. Nunca me ha importado estar en minoría; me atengo a mis principios por encima de cualquier consideración y, por supuesto, por encima de las siglas. He defendido ininterrumpidamente la Constitución del 78 desde antes de que se promulgara; no todos en el PP pueden decir lo mismo. No calculé dedicarme a la política: me ganaba bien la vida como periodista de opinión y disfrutaba sobremanera al ver publicadas mis columnas; hoy gano menos y trabajo mucho más que entonces. No alegro los oídos de nadie ni sirvo para cortesano; he abandonado trabajos bien remunerados por discrepancias éticas o estéticas. Así que soy lo contrario de un arribista. Sé que nada de esto hará dudar a los lanzadores profesionales de zurullos genoveses.

Ah, antes de ser del PP fui socialista. Sí. Hasta 1986. Me fui hace ahora treinta años. Con mi arribismo habitual, dejé el PSC justo antes de la segunda victoria de Felipe González, después de haber trabado amistad con quien mucho decidía y todo lo decidiría en calle Nicaragua. Pero eso seguro que se lo explicará un día de estos Pepe García Domínguez, otro tan arribista como yo.

Como sospecha el lector avispado, el único partido al que Génova tiene por amigo estratégico es Podemos. Y el único al que tiene por cordial enemigo es Ciudadanos. Por eso trataron de acabar con Rivera comerciando en venales zahúrdas con una falsa hoja de inscripción… ¡a Nuevas Generaciones! Por eso envían copias de viejas papeletas a las redacciones acusándome ahora a mí de haber concurrido en sus listas. ¡Alguien que hace tal cosa no tiene perdón de Dios!, oigo ya exclamar a Celia Villalobos de Arriola. ¿Ha sido usted alguna vez comunista, cazabrujas?

¿Por qué usarán sus armas de destrucción masiva contra Ciudadanos, un partido constitucionalista que permite el gobierno del PP en cuatro comunidades autónomas y trece capitales de provincia? Por varios motivos. De entrada, y abreviando, porque consideran que nuestros votos son suyos. Loca premisa que llevó al pobre Maroto a afirmar, al conocer los resultados de diciembre (y su falta de escaño), que tres millones y medio de españoles votantes de Ciudadanos habían arrojado su voto a la papelera. O sea, que lo de ERC o Bildu sí estaba bien votado, o lo de Compromís, o lo de DyL. Eso no iba a ninguna papelera, eso permitía una justa representación de todos los ricos matices políticos del noble pueblo español. Pero los cuarenta escaños de Ciudadanos eran detritus, no pintaban nada.

Podemos les encanta. Es por la retroalimentación y porque, a fin de cuentas, es hijo suyo; y no me refiero a que sean la indignada respuesta a sus políticas; me refiero a una relación padre-hijo. ¡Qué digo! ¡Madre-hijo! Hablo del minucioso mimo con que se les ha amamantado bajo los focos y abrigado en las frías alcantarillas del Estado. Hablo del espantajo que permite advertir “yo o el caos” y partirle las piernas al PSOE. Hablo de sustituir a los socialdemócratas por los revolucionarios para  perpetuarse en el poder. Los figurones más extravertidos de la derechita viven esta paternidad, esta maternidad con tanto orgullo que a menudo se emocionan y rompen en públicos panegíricos a los chicos del comunismo bolivariano que un día cerrarán sus medios. Cosas de los conservadores españoles.

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La imagen que define a este PP. -Carmelo Jordá/Libertad digital-

Miren la imagen que acompaña esta columna, fíjense cuidadosamente en la escena que refleja: una serie de personas alrededor de un hombre, un poco empequeñecidas de hecho ante la posición prominente de aquél, que destaca tanto por su ubicación central como por su tamaño y, particularmente, porque su indumentaria, sin ser un diseño de Agatha Ruiz de la Prada, sí es algo más colorida.

Con más o menos entusiasmo, todos los de la imagen aplauden, como si se pasase lista, que es obvio que se pasa, y los primeros que lo hacemos somos los periodistas. Todos aplauden, digo, menos el personaje central, cuya actitud parece traslucir no sólo que recibe satisfecho la ovación, sino –fíjense, miren bien- que considera que la merece, que están muy bien esos aplausos, que se los ha ganado y, si me apuran, que un poco cortos se están quedando.

Desde el momento en el que hemos descubierto la fotografía en Libertad Digital, nos ha parecido excepcional, y lo es porque tiene una virtud que no es nada fácil lograr en una imagen estática: cuenta una historia.

Es la historia de una serie de personajes que están ahí, como diputados, ministros en funciones y otras labores varias, porque lo ha decidido el aplaudido; parafraseando a Alfonso Guerra, ni uno solo de los palmeros habría salido en esta foto de haberse movido. Y lo saben, y aplauden.

Lo curioso, lo terrible, es que el aplaudido también lo sabe, y a pesar de ello se regocija como si le aplaudiese la Asamblea General de ONU, qué digo la ONU, una reunión de premios Nobel, el Club Bilderberg ese, la Academia de Atenas, la repera limonera, vaya.

Y ese es el panorama que la fotografía describe mejor que lo haría un tratado de trescientas páginas de cuidada prosa: un partido en el quetodos los que están son porque el líder supremo así lo ha decidido; y en el que el líder supremo se cree lo que le dicen, lo que le aplauden, aquellos que le deben la vida.

Es el mal que está acabando con el PP: una estructura piramidal que genera lealtades perrunas y en cuyo vértice superior está un político tan alejado de la realidad como de Marte, entre otras razones porque para él la realidad del día a día está llena de palmeros que le van a aplaudir diga lo que diga, haga lo que haga, aunque les lleve como les está llevando a un matadero en el que los unos entrarán aplaudiendo y él, abrochándose la chaqueta fatuo, convencido de que, tal y como le dice Arriola, es el mejor.

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‘César o nada’: lo que une a Rajoy y Pablo Iglesias. -Carlos Sánchez/El Confidencial-

La ley electoral determina la calidad de los sistemas políticos. Y hoy la democracia ha hecho descansar el poder en los jefes políticos. ¿La consecuencia? Una red clientelar impide la regeneración.

Cuando el 22 de noviembre de 1990, Margaret Thatcher presentó su renuncia como primera ministra británica, no lo hizo porque los electores la hubieran echado del poder. Ni siquiera por un caso de corrupción o de clientelismo político. O porque el Reino Unido estuviera al borde de la quiebra. Dimitió porque los diputados de su propio partido perdieron su confianza en ella. Incluidos, algunos de sus colaboradores más fieles, amamantados bajo sus legendarios trajes de chaqueta azules durante los años gloriosos de los conservadores.

Políticos como Michael Heseltine, Douglas Hurd o John Major habían formado parte de su gabinete, pero a la vista del desgaste que estaba sufriendo el gobierno conservador, que había incendiado a las clases medias y bajas con la célebre ‘poll tax’ (un impuesto local), optaron por el ruido de sables. Ninguno de ellos tenía el carisma de la dama de hierro. Ninguno quería fundar otro partido. Ninguno estaba en condiciones de cubrir el hueco que dejaría en la política británica la dama de hierro. Pero sí tenían una cosa en común: el instinto de supervivencia. El suyo y el de los ‘torys’.

Sus teóricos delfines (un concepto extraño en las democracias más avanzadas) sabían que el tiempo político de Thatcher, tras once años de poder absoluto, y después de haber achicharrado a la izquierda laborista y a los sindicatos, había pasado. La hija del tendero que dio la vuelta al país durante la década de los ochenta, ya no daba más de sí. El partido conservador era un hervidero de cuchillos largos y un estrecho colaborador suyo llegó a decir que había sido asesinada como se merecía. Es decir, de forma abrupta y escasamente piadosa. El que a hierro mata, a hierro muere. Exactamente, como ella lo hubiera hecho (y lo hizo), durante la década larga que había ejercido el poder.

Lo recordaba hace unos días el profesor Díez Nicolás en ‘ABC’. Ese escenario fratricida sería hoy impensable en la derecha española, donde ya desde los tiempos de Fraga se ha consolidado un partido de corte vertical, y ciertamente falangista, en el que el líder elige a su sucesor sin más miramientos.

Ocurrió con Hernández Mancha; sucedió con Aznar y Rajoy, y es muy probable que el Partido Popular -si nada lo remedia- continúe con esa tradición cesarista forjada a partir de una estructura que fomenta los comportamientos parásitos. Probablemente, porque el partido se ha construido en torno a sus líderes, cimentados, a su vez, sobre una ley electoral que favorece la concentración del poder en pocas manos, y que necesariamente genera una red clientelar, algo inimaginable en países como el Reino Unido.

Dos de los más fieles colaboradores de Thatcher, Nigel Lawson y Sir Geoffrey Howe, la habían abandonado con anterioridad hartos de la incapacidad de la primera ministra para repartir el poder. Pero nada indica que en España pueda suceder algo parecido. Sin duda, por la existencia de un sistema político endogámico que favorece la creación de élites en torno al poder.

Regeneración política

No es, desde luego, un asunto que sólo concierne al Partido Popular. Está en la esencia del resto de partidos -incluidos los nuevos- debido a una forma de hacer política de corte presidencialista incompatible con el mandato constitucional, que diseñó un modelo de democracia parlamentaria que hoy sistemáticamente se incumple y que impide la regeneración política. Básicamente, por haber hecho descansar el sistema de representación en los partidos en lugar de los electores, que son quienes debieran decidir quién sale elegido diputado, senador o concejal.

La forma de seleccionar el nombre del nuevo presidente de la Generalitat,Carles Puigdemont, ilustra de forma desgraciada esa manera de hacer política. Son las camarillas de los partidos -y no los electores- quienes toman las decisiones, sin que ello suponga un escándalo político. Incluso para formaciones que se dicen asamblearias, pero que en realidad están cortadas por el mismo patrón.

Nada indica que este pecado original de la insípida democracia española se vaya a resolver en esta legislatura. El cesarismo ha impregnado la vida política, hasta el punto de que un partido con apenas dos años de vida, como es Podemos, ha hecho suyos los viejos vicios de la vieja política.

Algo que está detrás de la incipiente rebelión de sus franquicias regionales contra un liderazgo de corte autoritario y maniqueo que concentra la toma de decisiones a través del consabido: ‘O yo o el caos’. O expresado en la que era la divisa de los Borgia: ‘O César o nada’. Pablo Iglesias, como buen populista,se ha apropiado de lo que no es suyo: 27 diputados que proceden de otra cultura política.

Lo dramático es que no hay razones para pensar que esta cuestión se vaya a abordar en la próxima legislatura. El actual clima político no es, desde luego, el mejor escenario para abordar un cambio de la ley electoral con el único objetivo de mejorar el sistema de representación y liquidar los cesarismos políticos. Nadie, ningún dirigente más allá de las palabras huecas, está dispuesto a hacerse el haraquiri.

Pedro Sánchez, por ejemplo, sobreactúa reclamando un pacto con Podemos que nunca llegará, precisamente para mostrarse como un líder fuerte y sólido, cuando sabe mejor que nadie que está sentado sobre un volcán que en cualquier momento puede entrar en erupción. Ahora bien, tirando de tacticismo cree que de esa manera algún día podrá justificar que él intentó un pacto de izquierdas con quienes Lenin (referente intelectual de Monedero, Iglesias y demás) denominaba “elementos del caos”. Todo el poder para los soviets.

Esto es, en el fondo, lo que está detrás de los actuales problemas para formar Gobierno. Todos y cada uno de los líderes -unos más y otros menos- saben que su supervivencia depende de mantener el actual statu quo. Todos saben mejor que nadie que llegar a acuerdos supone repartir el poder del jefe. Y éste es un bien demasiado preciado -en sociedades políticamente arcaicas como la española-, para quien ha hecho del hiperliderazgo (aunque sea sin carisma y sin justificación intelectual alguna) su razón de ser. O mejor dicho,su razón de existir.

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