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¿La derecha se rompe? -Jorge Vílches/Vozpópuli-

El mandato de Mariano Rajoy en el PP ha adelgazado el partido, haciéndolo más uniforme, sin tendencias ni aquel pluralismo que le dio Aznar en 1990. La etiqueta de “liberal-conservador” era tan laxa en la época aznarista que permitía la convivencia de varias familias, desde los democristianos –el ala derecha de la socialdemocracia- hasta los liberales clásicos. Todo esto quedó bajo el extraño concepto de “centro reformista”, que viene a ser la unión de dos palabras que en filosofía política no significan nada, pero que son útiles para flotar en la vida pública.

El inicio de la era Rajoy en 2004 empezó mal, con una derrota en las urnas tras un atentado en Madrid y la toma de las calles por la oposición. La primera legislatura de Zapatero, quien puso los pilares del populismo socialista con su demagogia y política de enfrentamiento, facilitó la elección de la táctica opositora del PP de Mariano: un discurso basado en principios políticos, como la libertad y la unidad nacional, el adelgazamiento fiscal del Estado, y la movilización popular. Se trataba de plantar cara como en los años noventa: encauzar la protesta y la ilusión construyendo un mensaje económico, social, cultural y político distinto, que se viera alternativo al zapaterista. No funcionó. El PSOE de Zapatero consiguió reunir en 2008 a todo el voto de la izquierda, emocionado por la resurrección de un guerrismo actualizado, de una idea de cambiar España de manera que no la iba a reconocer ni la madre que la parió.

El marianismo adoptó otra táctica: desprenderse de aquello que supusiera enfrentamiento, tanto personas como principios –lo hizo Aznar en su día-, y resaltar la buena gestión como seña de identidad. Así, entre 2008 y 2011, el globo del PP de Rajoy fue echando lastre y subiendo en las encuestas, en buena medida gracias al desastre del gobierno de Zapatero. Desembarazado de lo que en su opinión eran obstáculos para llegar al poder, ganó las elecciones de 2011. Lógicamente, desde el poder pudo repartir cargos y presupuestos, colocar a los suyos, y modelar el partido a su gusto; nada que no se haya hecho siempre y en cualquier lugar del planeta. Sin embargo, logrado el objetivo, que es conseguir y mantener el poder, el camino ha quedado lleno de cadáveres. La transición del aznarismo al marianismo se ha hecho con muchas dificultades, y con bastantes tropiezos electorales que han permitido aflorar las críticas.

Es improbable que Aznar, con su divorciada FAES, monte un partido que recupere al PP de los noventa, pero el mero rumor no aventura nada bueno. Dejando a un lado que los aznaristas podían haber encauzado su proyecto dentro del PP y en el próximo Congreso del partido, las posibilidades de éxito de una opción política de este tipo serían muy pocas.

El ejemplo francés no sirve. El gaullismo supuso la unificación de la derecha fundada en los principios republicanos, el patriotismo y la tradición cultural. Esos pilares son inalterables, y cualquier proyecto político que surja de su seno será más o menos liberal o conservador, pero siempre gaullista. Así lo hemos visto con Sarkozy, Juppé y Fillon, en una flexibilidad superficial, que no de fondo, que les permite afrontar nuevos retos, como es la competición con el Frente Nacional. En España es otra cosa. Un nuevo partido de la derecha solo tiene dos caminos, visto el fracaso de otras opciones que intentaron rectificar el marianismo: el populismo nacionalista o el liberalismo.

La construcción de un discurso nacional, de reconstrucción de la comunidad española, tradicional, defensora de sus costumbres, símbolos e instituciones, con visos de éxito electoral, de llegar al poder, como en Francia, no es hoy posible aquí, para bien y para mal. No existe un nacionalismo español como parte de la cultura política general. Ese populismo nacionalista que sí funciona en Cataluña, donde la educación y los medios de comunicación adoctrinan constantemente desde hace cuarenta años sobre las excelencias y superioridad de su nación, no es posible en el resto de España. Esto no significa que no tuviera repercusión en las urnas, sino que no sería nunca mayoritario.

Por otro lado, la creación de un partido con un discurso liberal, sin adjetivos, tampoco funcionaría. La fortaleza del consenso socialdemócrata, la infantilización de la sociedad, la sentimentalización de la política, el miedo a las consecuencias de la libertad y el ansia de un Estado protector que evite el fracaso o las dificultades individuales, están tan arraigadas en España que solo una campaña a largo plazo, con una estrategia de comunicación eficiente, y la adopción de los métodos de los movimientos sociales, podría dar alguna posibilidad. Hasta ahora esto no ha existido, y el inmediatismo de la clase política destierra toda esperanza de que se haga.

La única posibilidad de la derecha en España es la unidad, el dar las batallas dentro del PP, ya sean filosóficas, ideológicas, o económicas, incluso las de liderazgo y modelo organizativo. No voy a poner ejemplos de fracasos recientes, solo recordar que la división del Partido Conservador de Maura y Dato a principios del siglo XX facilitó el gobierno de la izquierda, el crecimiento de los antisistema, el desprecio a la democracia liberal y al parlamentarismo, el gusto por las dictaduras, o la adopción de la violencia como expresión política entre otras lindezas. Esto lo sabe el aznarismo, que prefiere ser cola de león, a cabeza de ratón. Y es que la teoría del mal menor es la certeza del que ha visto muchos árboles caer, y ha entendido la historia contemporánea de Europa.

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3 artículos de R.Bardají y Ó.Elía (@grupogees ) acerca del Marianismo y Sorayismo. -LD-

1-Bono, ‘El País’ y el populismo (alternativo) que viene.

23-12-2016

El diario de referencia de Soraya Sáenz de Santamaría nos ha puesto en la mira.

Decía Oscar Wilde que la talla de uno se mide por la naturaleza de sus enemigos. En el Grupo de Estudios Estratégicos (GEES) estamos encantados con la calidad de los nuestros, y les estamos agradecidos por sus periódicos ataques de sinceridad. Por ejemplo, ahora que vuelve a pasearse por las televisiones dando doctrina, nos acordamos de aquel momento en el Senado en que el entonces flamante ministro de Defensa José Bono nos acusó de ser “una secta pseudorreligiosa” (en verdad, para ser más exactos, él fue más moderno y se comió la pe) en plena intervención parlamentaria, por lo que así el Grupo ha pasado a los anales de nuestras Cortes. Como ya contestamos entonces al paranoico ministro desde esta misma plataforma, no queremos insistir en ello, por mucho que a estas alturas el errante Bono nos siga nombrando allí por donde tiene ocasión de hacerlo.

Ahora ha sido un editorial de El País, el diario rescatado financieramente de la quiebra por la la todopoderosa y omnipresente vicepresidente Soraya Saénz de Santamaría, el que se acuerda de nosotros. Y lo hace para arremeter contra el ya expresidente de honor del Partido Popular por su razonable decisión de renunciar a este cargo: a fin de cuentas, nos parece que resulta muy difícil representar el honor en un partido que ya no tiene nada de honorable, tras haber traicionado sus dirigentes todos y cada uno de sus principios políticos. Al parecer, en el una y otra vez rescatado periódico de Prisa están preocupados por la posibilidad de que el proyecto de José María Aznar esté inspirado en uno de los artículos, publicados aquí mismo, en Libertad Digital, que dedicamos al rumbo del PP de Mariano Rajoy, y que fue escrito en mayo, antes de las últimas elecciones. El artículo, tal y como lo nombran –eso sí, olvidando citar, en un alarde más del buen sectarismo periodístico de esa casa, a los autores y al medio que lo publicó, para que nadie tenga sencillo releerlo–, era “Un partido de cobardes es un Partido Perdedor” , que no era sino la continuación de uno anterior, “El sorayismo, enfermedad infantil del marianismo”.

El País afirma que nosotros defendemos una “alternativa populista”, expresión que se ha convertido en la gran descalificación política de estos días. Para cualquier liberal o conservador resulta ya poco sorprendente la coincidencia del medio de Prisa con el PP de Rajoy y Soraya, para quienes populismo es simplemente todo aquello que no sean ellos, el PSOE o el propio El País, que es el órgano de expresión del Gobierno. Reconocerán que la preocupación por lo “populista” resulta curiosa para un partido, como el socialista, cuyo objetivo histórico es el pueblo; y para un PP que lleva en su nombra la marca de popular. Es la primera vez en la vida que oímos calificar a lo conservador como populista. Pero así está la clase política española.

Menos ingenuo aún es meter a todos en el mismo saco, y eso a la propaganda agonizante de Prisa y de Moncloa no se lo permitimos. Decir que Pablo Iglesias es tan populista como Le Pen, o Trump como Syriza, es un tópico tan manido como falso, propio de quien o no tiene ideas sobre ello, o no se atreve a expresarlas, o prefiere pensar que todo el monte es orégano para no tener que subirlo. Que lo emplee El País, ese diario de grandes cabezas pensantes, sólo prueba la mezquindad del periodismo español oficial, de su servilismo ante la poderosa Moncloa; prueba también la degeneración ideológica de sus redactores, tan afectados por sucesivas oleadas de despidos y becarios. En España, por parte del establishment político-mediático, se ha extendido la idea de que toda alternativa es populista, sea constitucional o anticonstitucional, liberal o bolchevique, bolivariana o conservadora. En fin, nosotros recomendaríamos a los editorialistas que hicieran el esfuerzo de leer el reciente informe que hemos publicado precisamente sobre la derecha alternativa en Europa, en qué nos parecemos, en qué divergimos y qué podemos esperar ahora en esta Europa de burócratas y emigrantes desarraigados cuyo objetivo más elevado es acabar con todos nosotros (lo pueden encontrar aquí).

En fin, afirma alarmado el editorial que nosotros preconizamos “más patria, más iglesia, más orden”. Debemos asumir, por lógica, que El País está por todo lo contrario, a saber, menos patria, menos religión y más desorden. Si es así, nosotros lo tenemos claro: nos quedamos con nuestras ideas, esas que tanto alarman en El País y en Moncloa. ¡Qué quieren! Somos gente de bien: creemos en la sociedad abierta, el libre comercio, en una nación fuerte con una defensa sólida, y creemos en los valores de nuestros padres, los padres de nuestros padres y los padres de los padres de nuestros padres. Eso nos hace, a nosotros y a los millones de españoles que así piensan, enemigos de Prisa y del sorayo-marianismo. ¡Qué se le va a hacer!

Finalmente, y por aclarar a la conspiranoia progresista de todos los partidos: le quedamos muy agradecidos a El País –y así queremos reconocerlo– por adjudicarnos tamaña capacidad de influencia en las decisiones del presidente Aznar. Como como todo el mundo sabe, si se ha caracterizado por algo en su vida política es por su libertad de pensamiento y acción, y por asumir personalmente el liderazgo en sus decisiones. En cuanto a la afirmación de que José María Aznar ha sido la figura más divisiva de nuestra historia política, se puede explicar por el olvido de los redactores de El País del presidente Zapatero, amnesia parecida a la que sufría el periódico en relación con la corrupción de la época de González. Si preguntaran al español de a pie, nos apostaríamos a que tanto estos últimos como los ocupantes de Moncloa están mucho peor valorados que el obsesivo objetivo del editorial. Pero como los amos del periódico parece que sólo hablan con La Moncloa, o La Moncloa sólo con los amos del periódico, no nos extraña ya nada de nada.

Muchas gracias en todo caso. Ah, y Feliz Navidad. A todos los hombres de buena voluntad, por supuesto.

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2-Un partido de cobardes es un Partido Perdedor

11-05-2016

El PP no puede permitirse más la abulia y la apatía del experimento marianista. El PP debe perder el miedo a un liderazgo fuerte y decidido.

El PP, independientemente de los millones de votos que logre el 26-J, es el partido perdedor. Su máxima aspiración, tal y como anuncian sus responsables, es alcanzar los suficientes escaños como para que al PSOE de Pedro Sánchez (o sucesor/a) no le quede más remedio que aceptar una gran coalición.

Ya desconcierta que el Partido Popular de Rajoy se empeñe desde el 21-D en querer construir esa gran coalición con el PSOE, un partido al que al mismo tiempo acusa de hacer una política de exclusión del PP. Mariano Rajoy ha ido tan lejos como para denunciar que el líder socialista estaba trabajando en un nuevo Pacto del Tinell. Y es verdad que desde la dirección del PSOE se ha dicho que todo menos el Partido Popular. Aun así, todas las esperanzas de poder formar Gobierno, según Rajoy, pasan por compartir Consejo de Ministros con quien quiere excluirle, le considera un indecente y promete derogar las principales medidas adoptadas por su Ejecutivo en la legislatura 2011-2015.

La obsesión del Gobierno con esa gran coalición con el actual PSOE desconcierta aun más porque no se dice (tal vez ni se piense) para qué se quiere, más allá de para conformar una mayoría estable. Pero ¿mayoría estable para qué? ¿Qué políticas cree Mariano Rajoy que hará en coalición con el socialismo poszapaterista? Aún más ignoto, ¿qué políticas querría hacer Mariano Rajoy, habida cuenta de que todo lo que ha hecho hasta ahora ha sido lo contrario de lo que prometió realizar en 2011?

A estas alturas, todo deberíamos tener claro que Mariano Rajoy no es un ideólogo, y su Gobierno tampoco. Su rechazo a las ideas quedó patente en su único discurso ideológico, el de Elche 2008, en que instó a los militantes liberales y conservadores del PP a que abandonaran el partido porque no había lugar para ellos. Nadie se marchó, el líder fue encumbrado en el posterior congreso de Valencia y la gestión burocrática quedó como la única alternativa viable y sancionada por las altas esferas.

De ahí los tres grandes errores del Gobierno de Rajoy:

– hacer una política de corto plazo, incapaz de abordar los problemas de España más allá de la siguiente encuesta, elección o composición de Gobierno;

– hacer una política de luces cortas, sin un programa real, sustentado e iluminado por ideas auténticas, con el único objetivo de navegar, sin que importe el rumbo;

– hacer una política del miedo, centrada en acobardar al PP, sin darle otra salida que cerrar filas en torno a la actual dirección, por poca o nula consideración que le tengan las bases populares.

Esta estrategia del miedo está pasando por convertir al PP, a sus militantes, simpatizantes y votantes en una masa inerme y temerosa ante el populismo izquierdista, sin ideas propias ni ofrecer alternativa alguna. Una masa pasiva e indefensa, entregada de manera casi borreguil a unos dirigentes que no le ofrecen más que ausencia de proyecto, nada de grandeza ni –aún menos– ilusión. Acobardar y emascular al partido, incluso al votante popular, es quizá uno de los peores delitos del marianismo-sorayismo. No nos extraña la huida masiva de votantes.

Y no es un problema únicamente de caras. Como muy bien ha apuntado Esperanza Aguirre en su reciente libro Yo no me callo, al PP le falta un relato de lo que es y a lo que aspira. Un relato basado en el orgullo de España y en la eficacia para mejorar y progresar de los valores liberales-conservadores. Ese relato ni se puede ni se va a construir con los actuales dirigentes, porque reniegan de él, amparados en los méritos de la buena gestión de los altos funcionarios del Estado que son.

Los retos y problemas de las sociedades occidentales exigen liderazgos fuertes y decididos, y el PP no puede permitirse más la abulia y la apatía del experimento marianista, basado en la falta de liderazgo. Debatir con los contrincantes nunca puede darle pereza a un buen político, como tampoco puede contentarse exclusivamente con hacer que el aparato administrativo del Estado esté bien engrasado. El PP debe perder el miedo a un liderazgo fuerte y decidido, y apostar por figuras que lo favorezcan. Por figuras que aspiren a llevar adelante las mejores políticas. Cómo lograrlo cuando no se convocan congresos abiertos o cuando se rechazan elecciones primarias, y sin ningún apetito por reformas electorales que aten más a los candidatos a sus electores, es la pregunta del millón. Pero el PP se juega su futuro si no es capaz de recrearse.

La alergia del marianismo a las ideas básicas de cualquier partido liberal-conservador es patológica. Nuestra sociedad no se puede permitir este partido zombi, que no tiene las ideas claras en materias básicas: el fomento del libre mercado y la igualdad de oportunidades; la evolución hacia un Gobierno limitado; la promoción de la libertad personal frente al Estado; la construcción de una defensa nacional fuerte; la defensa de la religión y de los valores tradicionales de nuestra cultura; el aliento de la responsabilidad del individuo y la búsqueda de la excelencia educativa… Como decía Richard Weaver, las ideas tienen consecuencias. Las buenas ideas tienen buenas consecuencias; las ideas socialistas tienen malas consecuencias. Y el no tener ideas conlleva la peor de las consecuencias imaginables: la entrega y rendición a las de los demás. Que es lo que ha alimentado el marianismo: la aceptación del marco ideológico socialdemócrata y la consiguiente desnaturalización del Partido Popular. Ahí están las declaraciones del ministro Margallo renegando de las políticas de austeridad (tan levemente aplicadas por su Gobierno, dicho sea de paso) como ejemplo bien reciente.

El marianismo-sorayismo se equivoca si cree que puede ganar excluyendo las ideologías. No fue Rajoy quien acabó con Rodríguez Zapatero. Fue la sociedad y en buena parte una mayoría social conservadora. A través de organizaciones cívicas, medios de comunicación y activistas políticos, la derecha social alcanzó entre 2004 y 2011 una visibilidad y una influencia determinantes. No fue Rajoy sino aquella abigarrada alianza liberal-conservadora lo que acabó con ZP. Rajoy también rompió con ella tras la victoria del 20-N de 2011. Pero la política hoy se basa precisamente en la suma de movimientos de la sociedad civil: el siniestro éxito de Podemos, aglutinando grupos dispares pero unidos, lo deja bien a las claras. Así es la política del siglo XXI, pero el PP marianista sigue teniendo una visión de la política del siglo XIX. Sólo aunando y reuniendo en un esfuerzo común a activistas provida, víctimas del terrorismo, asociaciones cívicas, laboratorios de ideas, clubes de empresarios, etc. podrá construirse una alternativa real.

Por último, recrear el PP es un elemento imprescindible del cambio en España, pero no suficiente. En gran medida, los males que nos aquejan provienen del papel central que en la Transición y en la Constitución se otorgó a los partidos políticos. Ha llegado la hora de devolverles a su sitio. Hay que poner punto y final a una partitocracia que ha contaminado todas las instituciones del Estado y de la débil sociedad civil. Pero para eso primero tenemos que encontrarnos con un liderazgo fuerte, con ideas, que esté dispuesto a hablar con realismo y sinceridad a los españoles. Y que esté dispuesto a asumir los riesgos necesarios. De lo contrario, a España sólo se le abrirá una disyuntiva: convertirse en la Venezuela chavista o languidecer plácidamente bajo el sol de nuestras playas.

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3-El sorayismo, enfermedad infantil del marianismo

27-04-2016

En estas manos, con estos protagonistas, cualquier regeneración del Partido Popular es pura fantasía.

Mariano Rajoy ha vaciado al PP de todo contenido ideológico. Como ya señalábamos en nuestro anterior artículo, “Contra el marianismo”, la pasada legislatura pasará a la historia como una prolongación en sus líneas básicas de los dos mandatos de Zapatero. La ausencia de ideas ha llevado a la falta de política, espacio que se ha cedido gratuitamente a las fuerzas que quieren acabar con la democracia –caso de Podemos– e incluso con España –caso de los independentistas–. La falta de un discurso liberal-conservador está en la base del fracaso electoral del 20-D, en el que Rajoy y el PP perdieron el amplio respaldo social que obtuvieron cuatro años antes.

Hay quien dice que el Gobierno no ha sabido comunicar, como hay quien defiende un cambio de liderazgo para afrontar la nueva etapa. Pero si el PP de Rajoy no ha sabido comunicar no se debe a sus relaciones con los medios, sino a que no tiene nada que comunicar. Igualmente, regenerar el PP no va a venir solamente con un recambio de caras, máxime si las nuevas salen del equipo que ha desnaturalizado y hundido al partido en los cuatro últimos años. No es un problema generacional, es un problema de actitudes y de creencias. El marianismo no se puede reformar desde el marianismo. Punto.

Un liderazgo acorde con los retos de los próximos años exige convicciones sólidas, valentía para defenderlas y capacidad de llevar la sociedad a las ideas propias de un partido conservador. Pues bien, lo que caracteriza al equipo nacido y crecido al abrigo de Mariano Rajoy desde el Congreso de Valencia es justamente lo contrario: 1) ausencia de convicciones políticas fuertes; 2) ausencia de cualquier defensa activa de los principios tradicionales del PP; 3) rendición ante los dogmas ideológicos izquierdistas; 4) actitud de recelo y hasta de desprecio por la base social popular. Con este punto de partida, perseverando en estos errores, lejos de regenerarse, el PP sólo puede degenerar aún más.

Pese a que la prensa personifica estos vicios en la vicepresidenta del Gobierno, nosotros creemos que lo que se ha venido en llamar el sorayismo es una enfermedad que no se limita a personas concretas, sino que constituye a su vez un paso más en la degradación política que supone el marianismo. Degradación caracterizada por la pérdida definitiva del ADN ideológico del partido y por el triunfo del puro pragmatismo y la tecnocracia. Una degradación que creemos intolerable para el futuro del partido, de la derecha y de la nación entera.

La ausencia de ideas políticas fuertes en esta legislatura nos ha llevado a un Gobierno escondido tras la tecnocracia. Es verdad que de un Gobierno se espera que cumpla las leyes, no que renuncie a modificarlas o a tumbarlas cuando son manifiestamente nefastas; pero ni los más pesimistas pensaban que un Gobierno del PP se mostrase tan virtuoso a la hora de cumplir las leyes de un Gobierno de Zapatero. Y el equipo de Moncloa ha superado cualquier expectativa, con la Ley de Memoria Histórica, la anticonstitucional Unidad Militar de Emergencias o el engendro diplomático de la Alianza de Civilizaciones. Así, hemos visto a la vicepresidenta utilizar esa fórmula tanto para hacer lo que no se debía como para no hacer lo debido, incluso cuando se trataba de justificar la suelta de etarras por orden de Estrasburgo. Sin ideas propias, escondiendo esa carencia en la necesidad de “cumplir la ley”, rechazando preguntarse por la bondad o maldad de la misma, el Gobierno del PP se ha convertido en el frío ejecutor de las leyes de Zapatero.

Los votantes del PP querían que su partido hiciera lo correcto cambiando las leyes heredadas de Zapatero, no que trocara lo correcto por el cumplimiento de las leyes de Zapatero. Sin embargo, hacer funcionar la Administración central heredada del socialista ha sido la gran preocupación del equipo de Moncloa. “Hacer que el Estado funcione” han sido la gran coartada para no hacer política. Las supuestas grandes reformas que viernes tras viernes se afanó en contar la vicepresidenta, con ayuda de muchos números y estadísticas, esconden el hecho de que ni se ha cambiado el Estado socialdemócrata, ni se han introducido correcciones a su desbocada carrera ni se ha trazado una alternativa responsable; simplemente porque un gestor convertido en político es incapaz de concebirlas.

Ni reforma ni cambio: tras cuatro años de marianismo director y sorayismo ejecutor, los españoles no sólo tienen más Estado socialdemócrata: es que éste es más poderoso que antes. Resulta increíble que un partido que se dice liberal-conservador se haya entregado al burocratismo tecnocrático y haya convertido al Estado en un Leviatán con más funcionarios, más legislación, más inspectores de Hacienda y una burocracia más omnipresente y despersonalizada que con Zapatero. Lo malo no es que en 2016 el fofo Estado socialdemócrata esté más asentado y goce de mejor salud que en 2011: lo malo es que el sorayismo-montorismo lo presenta como un logro, y la mejora en su gestión como una referencia para la próxima legislatura. ¿Cuál será el plan, entonces? ¿Cumplir del todo el programa económico-social del PSOE, a expensas de la libertad, la iniciativa y la responsabilidad del individuo? Para el sorayismo, la política es el arte de lo posible, es decir de la continuidad: ni siquiera de lejos llega a concebir la política como herramienta de cambio. Ni la más mínima cercanía a la visión de Margaret Thatcher de que “la política es el arte de hacer posible lo deseable”. Mas bien al contrario: hacen imposible lo deseable.

Naturalmente, si no hay ideas difícilmente se puede defender lo que no existe, ni hacer política de verdad. Porque la política es sencillamente eso, la defensa de unas ideas frente a otras y hacer avanzar las buenas mientras, al menos, se frenan las malas. Sin estas convicciones se llega a la política según Moncloa: maniobras de baja estofa ejecutadas a escondidas, en clave de intereses personales y cortoplacistas. Todo ello desde el aparato del Estado y a espaldas de militantes, simpatizantes y votantes del PP. El resultado lo vemos cada día en la sórdida lucha por eliminar rivales para la sucesión de Rajoy. Hoy tenemos un grotesco espectáculo dentro del Gobierno y del PP, que nos recuerda demasiado a los estertores del felipismo en los años noventa: filtraciones, depuraciones, guerras soterradas con información privilegiada. En estas manos, con estos protagonistas, cualquier regeneración del Partido Popular es pura fantasía.

Los miedos están sustituyendo al debate, los dosieres a las ideas, los linchamientos mediáticos al programa. Francamente, no esperábamos de un Gobierno del PP el mismo espectáculo dado por el PSOE en los noventa, un partido desangrándose en la sucesión del líder a golpe de filtraciones; no al menos cuando la regeneración y la transparencia eran antaño banderas del PP.

A cambio de no tener ideas, creencias sólidas, se abusa de la imagen y la propaganda. Cualquier crisis se convierte en plataforma de promoción. Sea la crisis del ébola, un accidente de avión o un atentado en un país extranjero, se sobreactúa y se convierte la gestión de las crisis –reales o exageradas– en un espectáculo televisivo. Por otro lado, se arrastra el partido a la política pop, a la política del famoseo: lo mismo se hacen posados a imagen y semejanza de las ministras de Zapatero en Vogue, que se busca el compadreo con el establishment izquierdista acudiendo a shows nocturnos, como si el liderazgo se lograse dando saltitos con presentadores de TV. Pero el buenrollismo ni es liderazgo ni es política.

Detrás de esta falta de ideas y de esta sustitución de la política por propaganda naif está no sólo la ausencia de convicciones ideológicas y la renuncia a defender un programa fuerte: lo que de verdad se esconde es la rendición a los dogmas políticos, culturales y morales de la izquierda. La obsesión por cuidar la imagen personal sin pensar en las consecuencias ha llevado a una política de medios de comunicación suicida, que ha consistido básicamente en mantener y reforzar la hegemonía mediática izquierdista, a cambio de un buen trato o de no recibir uno malo.

Durante estos años no sólo no se ha liberalizado un sector clave para la libertad y para el desarrollo de una derecha activa; se ha apuntalado un monopolio televisivo entregado a la izquierda con los rescates de Prisa y La Sexta. El resultado es que no hay día, en este periodo tan complicado para España, en el que el PP, la derecha en general y los valores conservadores no sean vapuleados en prime time por las cadenas bendecidas desde la Moncloa. Hasta TVE, dependiente de la Vicepresidencia del Gobierno, es hoy una cadena escorada hacia la izquierda que no desentona con las demás en su antiamericanismo, anticristianismo y antisemitismo.

No nos extraña por tanto que algunos dirigentes del PP, incluso los de la pretendida regeneración, estén más preocupados por caer bien en La Sexta que por defender a sus votantes y simpatizantes. Los guiños continuos al establishment de la izquierda, especialmente en temas como el matrimonio gay, la ostentación del matrimonio civil, la obsesión por hacer de lo marginal lo auténticamente central en nuestra sociedad (como los gestos del Gobierno de la Comunidad de Madrid con los transexuales), ha llevado a que los jóvenes líderes del PP sean indistinguibles de los progres y los socialistas: la misma ausencia de valores sólidos, la misma demagogia, el mismo cortoplacismo y la misma obsesión por la imagen. ¿Van a ser ellos quienes frenen el neobolchevismo de Pablo Iglesias, el radicalismo islámico, el desorbitado gasto público?

¿Quieren los militantes, simpatizantes y votantes un Partido Socialdemócrata Popular? A ello parece abocado el PP. Pérdida definitiva de las ideas, ausencia de cualquier batalla ideológica, entreguismo a los dogmas de la izquierda, traición a la base electoral popular, renuncia a construir una mayoría social conservadora… Estos son los efectos que el marianismo ha tenido en el PP, y también es lo que representa eso que se ha dado en llamar sorayismo como proyecto para el partido. La tentación de enterrar definitivamente la política y las ideas, de convertir al PP en una especie de partido funcionarial para el mantenimiento del poder y del orden, sin más ideología que el Estado burocrático. La negación de la sociedad abierta, libre y dinámica. El paraíso socialdemócrata.

En una época de retos y amenazas esencialmente políticas, el sorayismo, esa enfermedad infantil del marianismo, no sólo no es una solución para el PP y para España. Será su ruina definitiva. Si de verdad se quiere regenerar al PP, la solución no puede venir de los cachorros del marianismo, que son su extensión y degeneración. Hay que buscar lejos.

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El mito Aznar y otras supersticiones nacionales. -Fernando Díaz Villanueva-

Los dos mayores aciertos de Aznar en ocho años fueron llegar al poder cuando las cosas empezaban a ir bien y desalojar la poltrona cuando todo se desmadró a raíz de los atentados del 11-M. En marzo de aquel año arrancó la crisis política que aún hoy arrastramos y que, de no mediar una reforma digna de tal nombre, terminará por llevarse el invento del 78 por delante. La descomposición del cadáver, que hoy ya apesta, dio comienzo en aquellos años de excesos ladrilleros, ministras de cuota, parques eólicos, Aves a ningún sitio, vacaciones a todo trapo, coche a estrenar cada dos años y bodas en El Escorial con invitados de gurtelín. El embrujo duró tres años. A partir de 2007 se vio que esto no daba más de sí y desde entonces caemos y caemos sin haber encontrado todavía el fondo.

Los años de Aznar fueron distintos, o al menos así los recuerda la gente de derechas. España, la España del Aserejé y Gran Hermano, era una balsa. Todo salía a pedir de boca. Las empresas iban bien, los jóvenes encontraban empleo y se iban a pasar el fin de semana a Ámsterdam en EasyJet, los menos jóvenes se independizaban y los mayores creían ser uropeos de pleno derecho. Esa es la imagen que hoy muchos tienen de la España aznarita, por eso la echan de menos y consideran que el artífice de aquel bienestar era el del bigote. Obviamente se equivocan, los responsables del bienestar, si es que alguna vez lo hubo en esa cantidad y calidad, fueron ellos mismos y los tipos de interés del BCE, no los ministros de Aznar.

La realidad fue muy otra. Sin quitar mérito a alguna que otra reformilla menor de aquellos gabinetes de jayanes endomingados, los cimientos de nuestra ruina actual se sentaron en el octenio del bigotes, se consolidaron en el septenio del cejas y están pasando su última y dolorosa factura en el bienio del barbas. Quitando lo de la ETA creo que el resto lo hicieron regular, mal o rematadamente mal. Un ejemplo rápido: de aquellos Aznares de ayer estos Mases de hoy. Fue Aznar quien se entregó atado de pies y manos al nacionalismo catalán sin necesidad alguna de hacerlo. Que se lo cuenten a Vidal Quadras. Y como esto casi todo.

El déficit de tarifa eléctrico que hoy tanto nos castiga por la vía del recibo viene de una decisión suicida de Aznar que Zapatero luego corrigió y amplió. Ídem con prácticamente toda la legislación laboral heredada por los socialistas y que hoy imposibilita de raíz la recuperación económica. En ocho años Aznar bajó los impuestos sí, pero Zapatero también. El Estado ingresaba tal cantidad de dinero que los políticos se pusieron rumbosos y decidieron robarnos un poquito menos. Así cualquiera, así hasta Montoro hubiese dejado el IVA en el 18% y Salgado en el 16%.

Pero, curiosamente, el mito de Aznar es poderoso en la derecha española, necesitada siempre de que venga un ser providencial y haga el trabajo que ellos no están dispuestos a hacer. Una maldición que pervive y que, me temo, pervivirá mientras ser de derechas consista en ser un socialista de orden, en ser, en definitiva, un Mariano Rajoy.

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