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Un tuerto en apuros -Luis Herrero/Libertad Digital-

Cuando Rajoy se alzó al fin con la investidura, la lógica parecía indicar, contra toda lógica, que comenzaba una larga legislatura. Aunque apostar por la longevidad de un Gobierno que apenas tiene 137 apoyos en un Parlamento de 350 podía parecer algo excéntrico -de hecho a gente más lista que yo se lo parecía-, a mí daba en la nariz que la Oposición iba a hacer todo lo posible para ganar tiempo.

El PSOE tenía que pasar por el astillero y reparar todas sus vías de agua, Podemos acababa de perder más de un millón de votos en seis meses y ya no era el cagaprisas que aspiraba a merecer el cielo sin acumular méritos propios y Ciudadanos necesitaba consolidar una estructura territorial que le permitiera asentarse en la vida política con vocación de permanencia.

Las premisas fundamentales en las que se basaba el análisis eran que los barones socialistas harían valer su ley en el debate interno de su partido y que el Gobierno trataría con afecto interesado a su socio preferente en el Congreso de los Diputados. Esta semana, sin embargo, han sucedido dos cosas que permiten pensar que esas premisas podían estar equivocadas.

Por una parte, los datos que dieron a conocer el viernes los lugartenientes de Pedro Sánchez, el muerto más vivo de la política nacional, apuntan a que el cuarenta por ciento de la militancia socialista, que es la que vota en las primarias, ya ha decidido tomar partido por él. Ni Patxi López ni Susana Díaz están en condiciones de hacer una exhibición de musculatura equivalente. La idea de que Sánchez regrese a Ferraz no es ninguna locura.

Por otra parte, las relaciones del PP con Ciudadanos han entrado en una espiral que conduce indefectiblemente a la ruptura. Lo de Murcia parece ser un ensayo general con todo de la batalla que se avecina. Rivera ha levantado las pancartas de “el PP no cumple lo que firma” y “Rajoy no es de fiar” y los megáfonos de Génova no dejan de repetir, a todo volumen, que Ciudadanos se echa en brazos de la izquierda. Parece el preludio de una batalla campal.

El resultado puede ser que Rajoy se quede, a la vez, sin socio con quien practicar el bipartidismo encubierto que está dándole gas al arranque de la legislatura y sin aliado parlamentario con quien ir trasteando el día a día. Sin Javier Fernández -o alguien de su cuerda- y sin Albert Rivera, lo único que le queda al PP es el refugio de una angosta trinchera de 137 escaños donde resistir todo lo que pueda.

El problema es que podrá muy poco. Antes era un fijo en la quiniela que habría Ley de Presupuestos, la herramienta para gobernar, antes de Semana Santa. Dábamos por hecho que Rajoy guardaba en la chistera los apoyos del PNV y de algún francotirador con los que alcanzar los 176 votos favorables. Ahora, en cambio, ni siquiera está claro que tenga los votos de Ciudadanos. La apuesta por una legislatura larga, en estas condiciones, empieza a ser temeraria.

No se me va de la cabeza que hay algo de disparatada imprudencia, de arrogancia desmedida, en la actitud con que el PP desafía las amenazas que asoman por el horizonte. Parece que quiera dar a entender que no sólo no teme, sino que incluso desea el escenario de la disolución anticipada. Parte de la base de que los resultados de unas nuevas elecciones le darán más margen de maniobra del que ahora tiene para seguir en el poder sin apuros.

¿En qué se basa? Teniendo en cuenta que no ha hecho nada para reconciliarse con sus electores prófugos, que ha celebrado un Congreso autocomplaciente de culto faraónico al líder, que dice diego donde dijo digo a las medidas de regeneración pactadas con Ciudadanos, que avala la exaltación de Condes Pumpidos al TC, que está obligado a gestionar políticas ajenas por falta de mayorías propias (aunque hacía lo mismo desde el fortín de la mayoría absoluta) y que los tribunales siguen depurando responsabilidades penales por las magancias de muchos de los suyos, la única razón que se me ocurre para entender su optimismo es que se cree el tuerto más guapo del reino de los ciegos. El problema es que también votan los videntes.

Origen: Luis Herrero – Un tuerto en apuros – Libertad Digital

Lo que Rajoy ha dejado de hacer. -Luis Herrero/LD-

A propósito del nuevo Gobierno se ha hablado mucho de lo que Rajoy ha hecho, pero no tanto de lo que ha dejado de hacer. Hay dos cosas que no ha hecho. No ha cambiado ni de interventor ni de secretario -ahí siguen Montoro y Soraya-, a pesar de que las circunstancias parecían señalarles como especialmente contraindicados para la ocasión, no por su falta de cualificación técnica o su capacidad de trabajo, sino por el valor añadido que ambos han querido darse a sí mismos en el ámbito político.

Montoro nunca se resignó a ser un tecnócrata y se esforzó en cambiar su perfil metiéndose en una harina, la política, para la que, le guste o no, no está cualificado. Ni comunica bien ni tiene cintura para hacer de componedor. Sus líos gramaticales son reflejo de su galimatías mental. Se ofusca tanto que entiende el poder como una embestida, como una demostración de fuerza. Lo único que ha dejado claro es que, con la sartén por el mango, su manera de actuar es la de la amenaza, la jactancia, la instauración del terror, el aplastamiento. No conozco a ningún interlocutor político -por no hablar de lo sufridos contribuyentes- que tenga de él una opinión favorable. Ha querido proyectarse como político de altos vuelos y sólo ha dejado una estela de agravios que, antes o después, le pasarán factura.

Me parece significativo que, desde que entramos en fase de bloqueo, tras las elecciones del 20-D del año pasado, se haya recetado a sí mismo mantener el perfil más bajo posible. Es como si fuera consciente de que sólo estando callado, refrenando sus alardes de aprendiz de estadista, podía ganarse el premio de la continuidad en el Gobierno. ¿Será que por fin ha aceptado humildemente sus limitaciones? Lo dudo. Lo probable es que tras haber conseguido lo que quería, seguir encaramado a la grupa del poder, vuelva a ser el Montoro de hace un año: provocador, caótico y pendenciero.

Algo parecido, aunque a otra escala, le sucede a Soraya Sáenz de Santamaría. Como secretaria de Rajoy, es decir como estricta gobernanta de la comisión de subsecretarios, ha demostrado una eficacia indubitable. Pero como aprendiz de bruja ha sembrado la política nacional de minas de racimo. El tinglado mediático que ha servido de microclima para la gestación de Podemos ha salido de su laboratorio de ideas. Ha sido ella el brazo ejecutor de la política más pérfida: la de dividir a la izquierda creando un monstruo que, después de devorar al PSOE, fuera capaz de asustar lo suficiente a los votantes para asegurar la continuidad del PP en La Moncloa. Mientras la alternativa sea Pablo Iglesias, Rajoy tendrán garantizado el voto del miedo.

No contenta con esa proeza, Soraya ha sido también la insidiosa sembradora de discordia en la fortaleza del poder. Para favorecer su influencia personal, posiblemente con la mirada puesta en la sucesión, no ha dudado en galvanizar el Gobierno y el partido, favoreciendo la aparición de tribus enfrentadas entre sí. Con tal de ser ella la sultana de la más poderosa, no le ha importado que surjan taifas en torno a Cospedal, al extinto G5 o a los jóvenes cachorros que miran el futuro sin ataduras pretéritas. Se ha ganado a pulso el apodo de niña asesina. Debería recordar, por si le sirve de pista, que cuando se tanteó la posibilidad de sustituir el nombre de Rajoy por otro distinto para desbloquear el atoramiento de la investidura, el suyo propio mereció entre los partidos de la oposición tanto rechazo como el de su jefe. Le guste o no, ella no es vista, de puertas afuera, como algo distinto a una mera prolongación del rajoyismo tan denostado por casi todos.

El hecho de que pierda la visibilidad que le daba la portavocía del Gobierno responde, tal vez, al reconocimiento presidencial de que necesitaba otro rostro para identificar el nuevo tiempo. Claro que el problema no es el etiquetado del producto, sino el producto mismo. De poco valdrá que el Gobierno cambie el aspecto del envasado si mantiene la misma política. Méndez de Vigo será cortés, comedido, exquisito, pulquérrimo, es decir, sí, un poco decimonónico, pero no tendrá la capacidad de transubstanciar la materia prima del pastel gubernamental. Entonces, ¿por qué el cambio? Yo lo tengo claro: porque Méndez de Vigo no utilizará las ruedas de prensa de los viernes, a diferencia de lo que hacía la vicepresidenta, en beneficio de un proyecto propio.

La segunda cosa que Rajoy no ha hecho en esta crisis ha sido dar pistas sobre la renovación del proyecto del partido. Ha puesto a Cospedal en Defensa, sí, con el refuerzo de Zoido en Interior, dando entender que sus días en el generalato de Génova tocan a su fin, por mucho que ella haya querido vendernos la burra de que pretende perpetuar su bicefalia indefinidamente. Lo normal es que pueda disfrutar de la ubicuidad Gobierno-partido hasta el próximo congreso del PP. Luego, o sea, en breve, tendrá que conformarse con su cartera de Estado para porfiar desde ella con su proverbial e inveterada antagonista. De esta forma, Rajoy no sólo no corta de raíz la pelea de sus dos amazonas, sino que la traslada al seno del Consejo de Ministros, probablemente porque sabe que ninguna de las dos se llevará el gato al agua. Incluso les ha dado ambas, en un ejercicio de aparente neutralidad, igualdad de armas. Soraya se queda con el CNI y mantiene la ascendencia sobre tres departamentos ministeriales, y Cospedal accede a la sala de control de los servicios de información de Defensa e Interior y también recaba la ascendencia sobre tres ministerios. Tanta obsesión ha demostrado Rajoy por dividir sus fuerzas en partes equivalentes que le da a Soraya la competencia de la Administración Territorial, para que capitanee la resistencia frente al independentismo catalán, y al mismo tiempo nombra ministra de la cuota catalana a Dolors Montserrat, que es de la cuerda de Cospedal.

Si yo tengo razón y la renovación del PP no va a pasar ni por el sorayismo ni por el cospedalismo, ¿entonces por dónde van a ir los tiros? El hecho de que Rajoy haya dejado a todos los vicesecretarios en su sitio, sin decantar sus preferencias por alguno de ellos respecto de los demás, significa que la partida de el aggiornamento del partido es para él algo independiente de la actividad del Gobierno. Sobre lo que piensa hacer en el Congreso del PP no nos ha querido dar ninguna pista. ¿O tal vez sí? Yo sigo rascándome la cabeza para darle sentido al nombramiento de Iñigo de la Serna. ¿Por qué quitar a un buen alcalde de su sitio? ¿Desvestir un santo para vestir a otro, sin más? Tal vez. Rajoy sigue siendo un arcano de rostro tan impenetrable como una estatua de la Isla de Pascua.

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Un apaño infecto. -Luis Herrero/LD-

Algún día conoceremos los detalles del apaño infecto con el que la Fiscalía Anticorrupción se dispone a controlar los daños que el juicio del caso Gürtel puede provocar en el casco del Sistema. Hace un par de semanas, el abogado de Francisco Correa filtró la noticia de que había llegado un pacto con el ministerio público para que su cliente, a cambio de confesar por escrito todo lo que sabe, pudiera beneficiarse de las ventajas que otorga la colaboración con la justicia. Dado que manteniendo el pico cerrado no iba a librarse de una condena apabullante, estaba dispuesto a cantar La Traviata con tal de sacar alguna ventaja. El sumario incluye pruebas lo suficientemente tumbativas como para que le caigan encima, uno tras uno, la mayor parte de los ciento veinticinco años de cárcel que piden para él las fiscales Concepción Sabadell y Concepción Nicolás. Por si fuera poco, alguno de los empresarios que pagaron comisiones al entramado societario de Correa ha reconocido los hechos. De modo que a la abundantísima munición documental hay que sumar ahora la testifical.

El horizonte penal del hombre que amasó tanto dinero sucio que ni se molestaba en contarlo -eso dijo él mismo el pasado viernes- es más negro que el carbón. La única manera de blanquearlo un poco era ofreciéndose a tirar de la manta. Las fiscales, más contentas que unas castañuelas, dijeron que adelante con los faroles. Pero sus jefes, evacuadas las consultas pertinentes, dijeron que no. No sólo lo dijeron, lo bramaron. ¿Una confesión por escrito? ¿Un desahogo espontáneo en el que el jefe de la mafia contara todo lo que sabe? ¿Absolutamente todo? ¿Incluso lo que no ha trascendido después del exhaustivo rastreo de la policía judicial?Ésa era la idea, sí. “Me los voy a follar a todos”, llegó a decir el susodicho cuando su nuevo abogado, Juan Carlos Navarro, elevó la propuesta a la instancia correspondiente. “¡Eso es una barbaridad!”, dijeron los teóricos guardianes del Sistema llevándose las manos a la cabeza. La idea, en efecto, se parecía mucho a la de darle a un mono una pistola. Si Correa disparaba en todas direcciones, sin la tutela de alguien que estuviera en condiciones de orientar la dirección del tiro, la lista de víctimas podía ser demoledora. El escándalo golpearía de nuevo las paredes ya ruinosas del Estado y todo el edificio podría venirse abajo. Así que la cadena de mando se puso en acción y a las fiscales les llegó la orden de que refrenaran la locuacidad literaria del acusado. Si había sido ágrafo hasta ahora, muy bien podía seguir siéndolo el resto de su vida.

Sin embargo, al mismo tiempo que Anticorrupción negaba la existencia del pacto en la prensa, en las dependencias de la Audiencia Nacional pasaban cosas elocuentísimas: Correa abonaba voluntariamente los más de 2 millones de euros que la Fiscalía reclama en concepto de responsabilidad civil y su abogado renunciaba a recusar al magistrado José Ricardo de Prada y a solicitar la nulidad del procedimiento. ¿Alguien puede pensar que tanta amabilidad se produce a cambio de nada? ¡Ni el más incauto de los santos inocentes! Era evidente que el pacto se había suscrito, pero en condiciones distintas a las de la oferta primitiva. Lo que Correa tenía que hacer -le fue dicho- era contestar a las preguntas de las fiscales y reconocer la autoría de los delitos que ellas le imputaban. Pero sin ir más allá. Sin abrir nuevos frentes. Sin dar más nombres (al menos, de postín). Sin poner el foco en mangancias desconocidas. Con eso bastaba. Los cuchicheos cómplices que han intercambiado estos días el reo y las dos togadas representantes del ministerio público no pueden ser demostraciones más convincentes del compadreo que hay entre las partes. Correa ha llegado agradecerles en voz alta lo cómodo que le hacen sentir en el banquillo. ¡Tierra, trágame!

Espero que por el bien del Estado de Derecho, por la salud democrática española y por el prestigio de la carrera fiscal, se nos explique algún día, con pelos y señales, qué suerte de impúdicas transacciones se han llevado a cabo en la trastienda del estrado. Que los fiscales hagan política, amparándose en el patriotismo que anida en sus Ilustrísimas cabezas, y que la custodia de la ley adquiera para ellos un rango subalterno, es deplorable. Habrá quien diga que, al pertenecer a una estructura jerárquica, su obligación es cumplir las órdenes que reciben. Pero no es verdad. Y menos si las órdenes proceden del poder político. No hay nada que obligue al Fiscal General del Estado a poner en circulación por la cadena de mando ninguna orden que no proceda del dictado de su conciencia profesional. Si se cuadra ante los políticos y da curso a sus instrucciones no es por imperativo legal. Es por otra cosa.

En otras condiciones, el escándalo que sugiere la conducta de Correa durante su declaración judicial tal vez hubiera movido a la clase política a poner el grito en el cielo. Pero bastante tienen PSOE y Ciudadanos con salir vivos de la encrucijada política que habitamos como para esperar de ellos comportamientos heroicos. Ambos partidos necesitan que la legislatura arranque cuanto antes para frenar su proceso de lenta disolución existencial y eso pasa por investir a Rajoy al precio que sea. Si ahora afloraran revelaciones nuevas que tiznaran al PP más de lo que ya lo está, sería imposible que Javier Fernández ganara la batalla del Comité Federal del día 23 o que Rivera siguiera reclamando para sí, amarrado aún al acuerdo de investidura, el título de azote de los corruptos. Por eso Javier Fernández no deja de repetir que en el juicio de Gürtel “no hay nada nuevo” y Rivera que “un mafioso no puede marcar el ritmo de la vida política del país”. Creíamos que a Rajoy la actividad judicial le iba a amargar la investidura y resulta que ha sido la investidura la que le ha amargado la vida a la actividad judicial. A Podemos se lo estamos poniendo a huevo.

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