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Santiago Navajas – Rallo y sus ‘haters’ – Libre Mercado

Al economista libertario le salen enemigos por doquier entre colegas resentidos y envidiosos.

Qué es un hater? Dícese de aquellas personas que muestran de forma sistemática actitudes negativas u hostiles ante cualquier asunto. Si Oscar Wilde tiene razón (“Como no fue genial, no tuvo enemigos”), entonces Juan Ramón Rallo está en trance de convertirse en un genio porque cada vez tiene más haters. Así, Marcel Jansen, profesor asociado en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) y blogger de Nada es Gratis, prefirió creer que Rallo tenía motivaciones torticeras y no que simplemente se equivocó en los datos o hizo una interpretación heterodoxa de los mismos.

Todo venía a cuento de que Rallo había publicado algunos artículos en los que defendía que la desigualdad en algunos casos podría aumentar la producción y la felicidad debido a un arriesgado concepto explicativo, el factor esperanza, es decir, el incentivo que podría suponer para las personas que están en la parte más baja de la escalera social contemplar cómo han llegado otras a la parte más alta por sus propios méritos. Por ejemplo, Amancio Ortega sería un poderoso incentivador precisamente por la desigualdad que provoca su actividad empresarial –replicable, al menos como hipótesis, por cualquiera–, mientras que ocurriría justamente lo contrario con los plutócratas saudíes, que basan su riqueza en el pillaje institucional.

Rallo extrae como corolario de la hipótesis una serie de conjeturas que evitan tener que plantear la redistribución igualitarista como un dogma y la valoran, simplemente, como una tesis discutida y discutible basada en cierta evidencia extraída de una investigación.

No está claro si la deshonestidad que se atribuye a Rallo tiene más que ver con la inconsistencia con los hechos o con el desprecio absoluto a los mismos (la célebre postverdad tan de moda). Con un idiota a tiempo parcial o un sinvergüenza full time. Aunque más bien lo que se aprecia es un choque de paradigmas en el que los críticos se deslizan hacia el haterismo debido a una serie de características que Paul Romer identifica como decisivas en la configuración de escuelas académicas como sectas (su inspiración fue un documental sobre la Cienciología): enorme autoconfianza; comunidad monolítica; sentido de identificación con la religión o la política; sentido extremado de la frontera entre el grupo y otros expertos (lo que les lleva a minusvalorar, despreciar y atacar a los de fuera); sesgo optimista respecto de las pruebas que confirman sus tesis; y, por último, incapacidad para evaluar el riesgo asociado a su programa de investigación. En resumen, según Romer, gran parte de la élite académica se dedica en los papers (el anglicismo que se suele usar para los artículos publicados en revistas académicas) a: Presupongo A, presupongo B, bla bla bla, con lo que de esta manera probamos que P es verdadero.

El profesor Manuel Hidalgo y algunos colegas escribieron un artículo anti Rallo en el que criticaban sus ideas (¡bien!) y trataban de desacreditarlo personal y profesionalmente (¡mal!). Por esta senda de la falacia ad hominem abierta por Hidalgo & Co. se deslizaron otros comentaristas económicos vinculados a la izquierda, como Pedro Fresco, que de manera divertida justifican la falacia insistiendo en ella. Al final, tanta acusación de deshonestidad y desvergüenza no va a ser sino el típico mecanismo freudiano de transferencia, por el que se vuelcan sobre otra persona características psicológicas propias reprimidas.

En realidad, el problema es otro: la cuestión de la primacía intelectual en la arena pública. Explicaba Robert Nozick que la crítica de muchos intelectuales al capitalismo proviene de la disparidad entre cómo la escuela y el mercado otorgan los laureles del éxito. Mientras que la escuela es meritocrática según el criterio de los forjadores de palabra, el mercado premia habitualmente habilidades distintas. Al intelectual le gustaría que el mercado funcionase como la escuela y que se le reconociera en él la misma primacía.

De modo parecido, los haters de Rallo parecen envidiar su primacía en los medios, que no se corresponde con la importancia académica que ellos se y le atribuyen (recuerden a Romer). Jansen muestra qué es lo que envidia de Rallo: su influencia en los políticos; y trata de reducir la variedad plural de toda disciplina académica a un mono(po)lí(s)tico grupo, al que denomina “la profesión”, algo así como el Club de los Economistas Progresistas, que tendría bula para repartir carnets de pertenencia a la misma como si fuese un gremio medieval, la vanguardia del proletariado o André Breton presto a expulsar a Salvador Dalí del movimiento surrealista (el español se burlaba a lo grande de los comunistas franceses: “El surrealismo soy yo”).

Los críticos han devenido haters, volviendo su tesis contra sí mismos, por una visión ingenua tanto de la ciencia como de los medios de comunicación. Han concretado en Rallo una crítica generalizada contra el proceder en las tribunas mediáticas porque a su modo de ver en ellas no se alcanza el grado de rigor y fundamentación propio de los papers. Lo que supone, en primer lugar, pasar por alto las limitaciones inherentes a la prensa. Pero también, y esto va a la esencia del asunto, una confusión epistemológica fundamental, porque ni la evidencia disponible en las ciencias sirve de criterio de demarcación entre propuestas honestas y deshonestas, ni es la ideología lo que establece falacias de sesgo en unos casos sí mientras y en otros no.

Sin llegar a la tesis radical de Willard V. O. Quine sobre la relatividad ontológica y la indeterminación empírica de las teorías científicas, sí cabe establecer que la evidencia (que habría que escribir siempre en cursivas) es por la propia naturaleza de la investigación empírica siempre difusa, por usar un término suave. Alguien tan poco sospechoso de anarquismo científico como Karl Popper sostuvo:

La base empírica de la ciencia objetiva no tiene, por consiguiente, nada de absoluto. La ciencia no descansa en una sólida roca. La estructura audaz de sus teorías se levanta, como si dijéramos, sobre un pantano. Es como un edificio construido sobre pilotes. Los pilotes son instalados desde arriba en el pantano, pero no en una base natural o dada; y si no hincamos los pilotes más profundamente no es porque hayamos tocado ya suelo firme. Simplemente paramos cuando nos satisface la firmeza de los pilotes, que es suficiente para soportar la estructura, al menos por el momento.

Y Hugh Everett III, un físico que tuvo que soportar el bullying de la casta de la mecánica cuántica cuando propuso una nueva interpretación de la misma basada en el supuesto de la existencia de universos paralelos, advirtió:

Una vez aceptamos que cualquier teoría física es en esencia solo un modelo que nos hacemos del mundo de la experiencia, tenemos que renunciar a toda esperanza de encontrar la teoría correcta… ya que la totalidad de la experiencia nunca nos será accesible.

Lo que no significa que haya que rendirse a la búsqueda de la verdad, pero sí reconocer socráticamente que dicha verdad es un ideal regulativo, una meta a la que podemos aproximarnos pero que nunca llegaremos a alcanzar. Por lo que es necesario evitar toda actitud inquisitorial ante modelos diversos y tener mucho cuidado a la hora de hablar de la evidencia, porque la nueva experiencia puede desmontar todo lo que creíamos saber hasta el momento.

Si por el lado de la evidencia empírica cabe la discusión, por la parte de los postulados valorativos de las ciencias sociales también hay que tener precaución a la hora de acusar a los adversarios de ser sesgados. Porque en toda teoría económica hay un modelo estructural previo que concede más peso a unos determinados valores morales que a otros, lo que se manifiestan en forma de intuiciones que guían las apuestas teóricas. Es lo que estaba en la base de la polémica entre Hayek y Keynes sobre el grado de regulación del mercado por parte del Estado. Polémica que sigue manifestándose en el caso Rallo vs. Haters. Discusiones científicas en las que, sin embargo, se suelen mezclar la sacrosanta búsqueda de la verdad, cuestiones de honrilla profesional, simpatías personales, intereses crematísticos o, simplemente, la querencia por la polémica.

En última instancia, por tanto, no es una discusión económica sino un problema sobre la estructura moral de dichas discusiones. Pero no en el sentido de que unos sean más deshonestos o tengan más desfachatez –como en el caso de Sánchez Cuenca contra Savater, Vargas Llosa, Azúa…, (des)calificativos arrojados por el primero como si fuesen aceite hirviendo desde las almenas de una presunta superioridad buenista–, sino de tener prioridades axiológicas que guíen la mirada científica. Lo que diferencia, en última instancia, a la ciencia de la pseudociencia, a los investigadores de los charlatanes, es el sometimiento al dictado de los experimentos irrefutables. Lo que no es óbice para que, como en el caso de Einstein respecto de la mecánica cuántica, se siga tratando de reinterpretar los datos para que se acomoden a cosmovisiones metafísicas.

Que Rallo es un libertario es algo bien conocido. Y, del mismo modo que Krugman en un paradigma diferente, sus artículos resultan provocadores, al mismo tiempo estimulantes e indignantes según se compartan unos postulados políticos que se entrecruzan con los económicos. Es lo que tiene bajar a la arena mediática. Mientras en el Parnaso académico puede pasar más inadvertido tu modelo estructural (utilitarista, liberal, comunitarista, consecuencialista, de género, religioso…), en la trinchera mediática pasa a cobrar mayor relevancia. Una posible alternativa es la que practican científicos como el epidemiólogo Gonzalo López Abente, tan alérgico a la prensa que no sólo pide precaución a la hora de extraer conclusiones de sus datos, dada la tendencia al alarmismo que es intrínseca a los medios, sino que suele negarse a explicar sus resultados a los periódicos porque cualquier edición de sus matizadas reflexiones sería motivo de titular en negrita (otra cosa es conceder entrevistas en revistas especializadas, donde no hay necesidad de edición ni de recortes).

El mencionado politólogo Sánchez Cuenca, que como ellos mismos han reconocido ha servido de modelo de escritura a los haters de Rallo, escribe en su panfleto La desfachatez intelectual:

En cualquier combate cuerpo a cuerpo, las ideas y los argumentos ceden ante el ataque personal.

Pero del mismo modo que los intelectuales españoles que critica, finalmente el propio Sánchez Cuenca es culpable del “machismo discursivo” que denuncia en los demás. Siguiendo el patrón torcido de Sánchez Cuenca, los autores pretendían hacer una requisitoria contra la charlatanería económica en los medios de comunicación pero han terminado atrapados en su propia red de sofismas. Sólo nos cabe desear que tanto Juan Ramón Rallo como Manuel Hidalgo sigan escribiendo en la prensa sus interesantes, lúcidos y documentados artículos, en los que presentan perspectivas y versiones tan diversas. Porque en la pluralidad de maneras de hacer mundos y en la cortesía irónica de los debates reside en última instancia la riqueza tanto de las ciencias como de las democracias y de sus baluartes populares, los periódicos.

Origen: Santiago Navajas – Rallo y sus ‘haters’ – Libre Mercado

La miseria del Estado de Bienestar. -Amando de Miguel/Libremercado-

La gran aportación europea a la historia reciente de las ideas y las formas políticas ha sido el llamado Estado de Bienestar. El invento fue británico (Welfare State), que se tradujo malamente por “Estado de Bienestar”. Sería mejor algo así como “situación de beneficencia pública” o “seguridad social”. Lo curioso es que ahora los británicos se están saliendo de la Unión Europea, bien que despaciosamente, como solo ellos saben hacerlo. Pero la fórmula del Estado de Bienestar ha logrado un éxito clamoroso en el resto de los países de la Unión Europea. La aceptan prácticamente todos los partidos.

La idea de la seguridad social ha quedado restringida a los miembros de la Unión Europea. No se acepta fácilmente fuera de sus fronteras. Aunque no se pueda rechazar el principio de solidaridad en el que se inspira, el fallo está en que ya no se puede costear. Cada vez aumentan más los derechos a percibir ayudas y prestaciones públicas, pero la actual situación económica y demográfica de la UE no permite tal dispendio.

Interviene una primera razón demográfica. En la población europea cada vez hay menos personas ocupadas y más personas pasivas (estudiantes y jubilados), desempleadas o dependientes. Son esas últimas las que tienen derecho a percibir ayudas y prestaciones públicas, que se obtienen de los impuestos y cotizaciones que pagan las personas ocupadas. Las cuentas no cuadran. La Seguridad Social arrastra un déficit creciente, conforme avanzan las exigencias y disminuyen los ingresos fiscales. Todo se podría arreglar elevando aún más los impuestos, pero ello generaría una protesta insoportable para cualquier Gobierno.

Lo grave no es tanto el desequilibrio contable como el que podríamos llamar conceptual o ideológico. El Estado de Bienestar fomenta en toda la Unión Europea expectativas crecientes que atraen a inmigrantes y refugiados del resto del mundo. Los cuales elevan la cuantía de las ayudas públicas. Añádase que la población ocupada ha perdido la tradicional ética del esfuerzo, la que detesta el trabajo y se entusiasma con el ocio. La situación general es que las empresas de la Unión Europea pierden competitividad frente a las de los países emergentes. El círculo vicioso no hace más que dar vueltas. No se ve salida al laberinto.

Los países nórdicos, que en su día fueron la vanguardia socialdemócrata del Estado de Bienestar, retroceden en las conquistas de tal fórmula. Por ejemplo, hace ya tiempo que establecieron el principio del copago sanitario. Llegará un momento en el que el copago se extienda a todo tipo de ayudas públicas. Ese día representará el ocaso del Estado de Bienestar. Fenecido el cual habrá que afrentar una ola de protestas. Será inevitable que muchos nativos de los países europeos favorezcan a los partidos que tratan de limitar las cuotas inmigratorias. El ideal de la libertad de movimientos, esencial en el espíritu de la Unión Europea, será agua pasada. Será una lástima, pero será.

Las negras expectativas anteriores pueden parecer irreales en un país como España, donde todos los partidos parlamentarios se saben socialdemócratas, esto es, entusiastas del Estado de Bienestar. Pero simplemente más dura será la caída. Llegará un momento próximo en el que el Gobierno de turno establecerá el copago en la sanidad pública y en otros servicios. No habrá más remedio que cerrar la entrada de inmigrantes y refugiados de los países pobres. A partir de ese suceso, el Estado de Bienestar pasará al museo de las instituciones. Será el mejor exponente de la decadencia de la civilización europea. Empezamos a percatarnos de que la Unión Europea cuenta poco en el mundo, así como España es un país orillado en el club de los grandes de la Unión Europea. Ya es triste. Solo que el patriotismo no es virtud que se aprecie en estos tiempos turbulentos.

Cómo destruir el Estado del Bienestar. -José G. Dominguez/Libremercado-

Con los objetivos, llamémosles filosóficos, que inspiran la política económica del Partido Popular, grosso modo los mismos que comparte con el PSOE y sus otros apéndices parlamentarios, ocurre aquello que se decía de los dioses griegos, los que castigaban a los hombres por la vía de hacer realidad sus deseos. Así, la obsesión recurrente de nuestros gobernantes desde hace un par de décadas, igual los de la derecha que los de la izquierda, ha sido generar todas las condiciones posibles para que se crease empleo barato en España. La enésima reforma laboral, con su priorización de los convenios de empresa sobre los de sector y la muy notable reducción del precio del despido, no tenía más objetivo que ese: forzar la caída de los sueldos para, de ese modo, hacer más atractiva la contratación a ojos de los empresarios.

Y lo cierto es que esa prioridad transversal de nuestras élites rectoras ha obtenido un éxito notable. Al punto de que, a día de hoy, España pueda alardear de ser el Estado miembro de la Unión Europea que más empleos baratos, precarios y de ínfima productividad ha generado en su territorio, y con diferencia. Simplemente, nos lo propusimos y lo conseguimos. El problema, tal como la ministra Dolors Montserrat acaba de descubrir, es que todos esos empleos retribuidos con cuatro perras llevan asociada una productividad laboral que tampoco vale mucho más que las cuatro perras que se pagan por ellos. Y de ahí el círculo vicioso en que estamos atrapados como país: baja productividad es sinónimo de bajos salarios; bajos salarios es sinónimo de bajas cotizaciones a la Seguridad Social; y bajas cotizaciones a la Seguridad Social es sinónimo de que ni tan siquiera nuestro muy raquítico Estado del Bienestar resulta sostenible a corto plazo.

Y como eso, el entusiasmo de Gobierno y Oposición para seguir alumbrando miles y miles de trabajillos de cuatro perras, no parece que tenga remedio, la única vía para evitar que quiebre la Seguridad Social tendrá que ser la de acabar con el universalismo en el acceso a las prestaciones públicas, lo que en forma de globo sonda acaba de anunciar la ministra Montserrat. Algo que acaso suponga un parche para afrontar un problema económico por lo demás insoluble pero que, más pronto que tarde, está llamado a crear un problema político. El universalismo, que los ricos y las clases medias también se pudiesen beneficiar de modo gratuito de las prestaciones del Estado del Bienestar, fue la medida más inteligente de los socialdemócratas europeos que crearon el modelo en la posguerra. De ahí el gran consenso social en torno al sistema, un consenso interclasista que ha durado hasta hoy mismo. Hacer depender los beneficios de la renta, la fórmula alternativa que, si bien tímidamente, se va abriendo camino, solo puede llevar a una revuelta de las clases medias, que son las que arrostran la mayor carga fiscal, al sentirse excluidas de un sistema que ellas pagarían a escote a cambio de nada. Todo un caramelo en dulce para el populismo de extrema derecha que, un día u otro, también acabará aterrizando en España.

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