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El problema es Europa. -Amando de Miguel/LD-

Los españoles de mi generación hemos sido fecundados con la divisa orteguiana de que Europa era la solución. Puede que hasta ahora haya funcionado así respecto de los problemas que aquejan a la vida pública española. Pero ha llegado la hora de las lamentaciones. “No es esto, no es esto”, habría dicho el filósofo madrileño de encontrarse ahora vivo.

El primer desencanto se deriva de identificar Europa con la Unión Europea. La etiqueta resulta pretenciosa por una doble razón. Por un lado, quedan fuera Rusia y ahora el Reino Unido, dos formidables Estados rotundamente europeos. Por otro, los Estados miembros de la Unión Europea han cedido algunas de sus competencias (la moneda, cierta legislación muy intervencionista) pero conservan el grueso de las prerrogativas soberanas. Por tanto, la Unión no lo es tanto.

No es fácil que haya más concesiones a unos verdaderos Estados Unidos Europeos, porque la Historia pesa mucho. La idea del Estado-nación es esencialmente europea, por lo que cuesta mucho ceder soberanía a una entidad superior. Es más, asoma la posibilidad de que algunos Estados de Europa puedan desmembrarse; por lo menos lo intentan.

Pero el inconveniente para una verdadera Unión Europea es que la experiencia hasta ahora ha resultado muy cara. El nuevo triángulo administrativo Bruselas-Estrasburgo-Frankfurt se muestra demasiado oneroso para las funciones que cumple. La nueva burocracia de la Unión Europea se añade a la de los respectivos Estados asociados. En el caso español todavía hay que añadir un tercer sumando: el de las administraciones regionales, llamadas irónicamente autonomías. El conjunto del aparato público no se puede costear con eficacia, tantos derroches supone.

La ineficiencia pública se complica todavía más al disponer los europeos de la fórmula del llamado Estado de Bienestar. Supone un privilegio y un progreso respecto al resto del mundo, pero no puede costearse sin un continuo déficit en las cuentas públicas.

En el inmediato pasado la expansión del sector público se podía atender con impuestos porque crecía todavía más la productividad. La cual se derivaba de los adelantos técnicos (ahora dicen tecnologías), pero sobre todo del valor que los europeos han concedido al esfuerzo personal (ética del trabajo). Sin embargo, ese valor se degrada por momentos. La combinación de una productividad decreciente y unas aspiraciones sociales convertidas en derechos lleva a una carga impositiva que se hace insoportable. Se dice que algo así ocurrió ya con la declinación del Imperio Romano. La Historia a veces se repite, solo que el Imperio Europeo no ha llegado a su culminación política. Además, los grandes sucesos históricos ahora se aceleran más.

Por si fuera poco, se les ocurre a algunos insensatos que la Unión Europea debe admitir a Turquía. Es la disparatada consecuencia de un estado de opinión que pasa por alto la tradición cristiana de la construcción europea. Habría que cambiar la bandera de la UE, que se hizo con el azul del manto de la Virgen María y las 12 estrellas de su corona. De momento, habría que digerir la desconexión británica de la UE. Todos vamos a perder un poco con esa extravagancia, y más que ninguno, los llanitos de Gibraltar.

El velo mediático. -F.J.Losantos/El Mundo-

EL ATENTADO islamista de anteayer empezó siendo en TVE sólo «un incidente». En La Sexta, la niña del ojo izquierdo de Soraya, era obra de «un coche que presuntamente había atropellado a varias personas», porque hay que respetar la presunción de inocencia de los vehículos que atropellan solos. John Carlin, (el prisaico jefe de Prensa del acuerdo Santochenko-Timochenko que montó la campaña contra el madridista James por no respaldar, como más de media Colombia, la rendición al narcomunismo de las FARC) avisó en El País, la niña del ojo derecho de Soraya, que «las autoridades británicas, e incluso Trump podrían aprovechar los sucesos de Londres para imponer más restricciones migratorias». Qué gentuza, en vez de abrir los brazos a todos los que quieren enriquecer con la religión de la paz y el amor la grisalla de la sociedad occidental, mayormente británica.

Y son incontables los medios que durante más de un día, cuando ya se contaban muertos y heridos, repetían lo del «presunto terrorista con rasgos asiáticos», fórmula que la sharia mediática impuesta en el Reino Unido ha encontrado para no decir «musulmán» junto a «atentado», porque no se puede criminalizar a toda una comunidad, ejemplarmente pacífica. Los hindúes y los sijs están en desacuerdo con eso de los «rasgos asiáticos», porque dicen que ellos son asiáticos y no matan a nadie. Fea manera de señalar a sus íntimos enemigos paquistaníes, que, como en Cataluña, constituyen el núcleo duro del islamismo radical británico.

La sharia de lo políticamente correcto es más severa en los países con más diversidad racial, cultural y religiosa, tan enriquecedora como poco conflictiva. En España, los medios sólo llevan hiyab, pero vamos camino del burka. El diario de Cebrián, anfitrión en la conyugal Fundación Atman de Tarik Ramadán, que algunos países impiden entrar por ideólogo del terrorismo, confesaba: «La prioridad inmediata (del Gobierno May) es descartar que el ataque formara parte de una trama más amplia». En Birmingham, bastión del islamismo radical, o sea, terrorista, han detenido a varios, pero no es, no puede ser esa «trama que es prioritario descartar». Y ojito: si a algún periodista se le ocurre decir la palabra «Islam», será fulminantemente despedido. Forma parte de esa trama más amplia incapaz de comulgar con ruedas de molino.

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El monopolio del PP (y de la estiba). -Cristina Losada/LD-

Hace unos días, un huracán político estaba a punto de llevarse por delante la legislatura. Era un huracán muy raro. Tanto, que lo provocó el batir de las alas de un problema sectorial que en modo alguno era novedad. Quién nos iba a decir que el rechazo a un decreto para ajustar la estiba a la norma europea podía tener efectos políticos de tal alcance como para disolver las Cortes y convocar elecciones. Nadie lo hubiera dicho. Es más, no lo hubiera dicho nadie de no haberlo insinuado el Gobierno. Al tiempo que cantaba las cuarenta a los “irresponsables” que rechazaron aprobar el decreto, dio a entender que respondería a otra indisciplina con el escarmiento del adelanto electoral. La desproporción entre la causa y los efectos con los que amenazó el Gobierno es tan grande que merece la pena preguntarse por qué los de Rajoy gastan la pólvora en salvas.

Fue interesante ver cómo el ministro del ramo y otros portavoces gubernamentales censuraban la actitud irresponsable de los partidos que echaron atrás el decreto. Por culpa de su obstrucción, dijeron, España quedaba como un país gamberro que incumplía las sentencias del Tribunal de Justicia de la UE, y tendría que pagar una multa estratosférica por su desobediencia. Los portavoces se esmeraron en subrayar que la imponente multa iba a salir de los bolsillos de los contribuyentes españoles, por si alguien ignorara de dónde sale el dinero para esas cosas y otras. Denunciaron indignados la irresponsabilidad de la oposición, apostando al desconocimiento de la letra pequeña. Del historial que muestra la propia falta de diligencia y de responsabilidad en la gestión del problema, ni una palabra.

La sentencia europea, de diciembre de 2014, no apareció de la nada, sino del escaqueo del Gobierno ante los requerimientos de la Comisión Europea. El primero data de finales de 2011. El segundo llegó al año siguiente. En vista de que España hacía oídos sordos, la Comisión recurrió al Tribunal. No habría multa –ni multa acumulada– si los Gobiernos de estos años, que eran del PP, hubieran hecho lo que tenían que hacer. Pero no lo hicieron cuando disponían de mayoría absoluta y no lo hicieron, claro, en período electoral. Es revelador lo que decía José Manuel Pérez Vega, de la secretaría federal del sector marítimo-portuario de SMC-UGT, a mediados de febrero: “Cuando empezamos las negociaciones para cumplir con la sentencia de la UE, nos pidieron prudencia y baja conflictividad, y cumplimos, y cuando ya tenemos preparado un principio de acuerdo, marcan sus propias normas”. Las reglas del juego cambian a conveniencia.

El huracán fue tan raro, que pasó y no hubo nada. Porque la estiba sólo sirvió de pretexto para relanzar el mensaje entre agónico y amenazador que el PP emite desde que está en la posición de minoría mayoritaria. El lamento de “no nos dejan gobernar” seguido del aviso: “¡Y si no nos dejan, habrá elecciones!”. Aprovechó el rechazo al decreto para proclamar una vez más que sin mayoría absoluta no hay manera de gobernar. Fue una gran operación propagandística gubernamental. Grande por la repercusión que tuvo en los medios; pequeña y mezquina por todo lo que ocultó, que viene a ser igual a todo lo que no hizo para aplicar la norma europea y deshacer el monopolio de la estiba. Bien mirado, el PP y los estibadores tienen algo en común: a los dos les gusta tener el monopolio.

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