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La batalla ideológica que está prohibido librar. -Javier Benegas/Vozpópuli-

HispaniaFortius

Una de las ideas con las que estoy más de acuerdo con mis buenos amigos Almudena Negro y Jorge Vilches es que desde hace tiempo el debate ideológico quedó reducido a una confrontación economicista, donde todo parece estar al albur de la constatación de si ésta o aquella política nos proporcionará más o menos bienestar económico. Todo se supedita a los datos, al sobrevalorado empirismo; en definitiva, a la demostración científica de que, en efecto, una idea es mejor que su contraria según sus resultados económicos.

Sin embargo, convertir la ciencia en árbitro de la política y del comportamiento humano sólo sirve para confundir las cosas. Los datos en sí no nos dicen cuál camino debemos tomar. Los esfuerzos estadísticos pueden suministrar información sobre cómo funciona el mundo, pero no nos dicen lo que debemos hacer. Para eso es necesario un marco interpretativo. Y ahí es donde empiezan los problemas…

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Cómo el liberalismo catapultó a Irlanda y el socialismo hundió a Venezuela. -Diego S. de la Cruz/Libremercado-

De entrada, puede resultar extraño comparar la riqueza de Irlanda con la de Venezuela. Sin embargo, aunque hoy parezca difícil de creer, lo cierto es que ambas naciones tenían niveles muy similares de PIB per cápita en la década de 1970. Desde entonces, el rumbo que han seguido ambos países no ha podido ser más opuesto. De hecho, según el Banco Mundial, el PIB per cápita de la República de Irlanda es hoy cuatro veces más alto que el de Venezuela.

Para explicar esta fuerte divergencia, el Instituto Fraser ha publicado dos interesantes estudios que comparan el rumbo de ambos países en las últimas décadas. La clave es el grado de libertad económica: mientras que Irlanda ha abrazado un ‘modelo capitalista’ desde hace ya décadas, Venezuela ha mantenido su tradición socialista e intervencionista.

El espectacular crecimiento del Tigre Celta

Tras crecer al 1,5% entre 1980 y 1986 y al 3,9% entre 1987 y 1993, el Tigre Celtaempezó a rugir con especial fuerza en 1994. Desde entonces, y hasta 2007, el aumento anual medio del PIB fue del 7,2%, una tasa inaudita en la Europa moderna. La ‘burbuja’ previa a la Gran Recesión distorsionó al alza el ritmo de crecimiento, pero la posterior crisis (con ‘rescate’ incluido) ha depurado esos excesos y ha devuelto a Irlanda a un ritmo de desarrollo sostenible.

El giro liberal de Irlanda empezó a fraguarse a mediados de la década de 1950, cuando la política de ‘sustitución de importaciones’ empezó a ser replegada y laapertura comercial se convirtió en el nuevo objetivo país. En 1973, la entrada en la Comunidad Económica Europea favoreció esta estrategia, integrando a Irlanda con el resto de países europeos y acabando con el aislacionismo al que se había condenado Irlanda durante tanto tiempo.

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En 1980, la nota que recibía Irlanda en el Índice de Libertad Económica en el mundo rondaba los 6,5 puntos sobre 10. A comienzos de los 90, el Tigre Celtaya se colocaba por encima de los 8 puntos y, desde entonces, Irlanda se ha convertido en un clásico entre las primeras posiciones del ranking.

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Bajar impuestos a las empresas ha sido fundamental para atraer capital y aumentar el empleo y la productividad. El stock de inversión extranjera directaper cápita ha pasado de 1.100 a 80.200 dólares entre 1980 y 2014. En el Reino Unido, durante el mismo periodo, el aumento ha sido de 1.100 a 25.700 dólares. Para España y Francia, el salto ha sido de 100 a 15.000 y de 400 a 11.000 dólares.

Otra de las claves, ha sido el mantenimiento de niveles estables de gasto público a raíz de las reglas fiscales que introdujo Charlie McCreevy, ministro de Finanzas, que logró crear un amplio consenso político en torno al principio de ‘no gastar lo que no se tiene’ ( “when I have it, I spend it and when I don’t, I don’t “). Esta norma, solo se vulneró tras el pinchazo de la burbuja, pero la austeridad presupuestaria adoptada en los últimos cinco años ha ayudado a recuperar la estabilidad fiscal sin apenas tocar los impuestos.

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El desplome socialista venezolano

Aunque la independencia llegó a comienzos del siglo XIX, Venezuela no se convierte en una democracia hasta 1959. Desde entonces, los sucesivos gobiernos nacionales desarrollaron una fuerte tradición intervencionista y estatista, con el presidente Rómulo Betancourt como ejemplo más destacado de esta deriva.

Betancourt introdujo límites a la inmigración, se sumó a la OPEP, creó una agencia de planificación económica (CORDIPLAN), limitó la entrada de empresas en el sector petrolero mientras creó una empresa estatal para copar dicho mercado (CVP), aprobó una ‘reforma agraria’ consistente en expropiaciones sin la debida compensación, devaluó el bolívar, introdujo controles de precios, permitió la monetización de la deuda pública…

Con semejante precedente, no sorprende que Carlos Andrés Pérez siguiese también una senda profundamente intervencionista. Bajo sus gobiernos,Venezuela aumentó notablemente la rigidez laboral, nacionalizó las industrias del petróleo y el hierro, cercenó la libertad financiera con regulaciones bancarias que politizaban la concesión de créditos… A esto, hay que sumarle una constante en todos los gobiernos venezolanos: la corrupción rampante a todos los niveles, incluyendo el sistema judicial.

Si en 1980 Venezuela apenas recibía 5 puntos sobre 10 en el Índice de Libertad Económica del Instituto Fraser, hoy vemos que la cosa es aún peor y, en el último ranking publicado, la nota es de apenas 3 puntos sobre 10, lo que coloca a Venezuela entre las economías más intervenidas y menos libres del mundo. Esta tendencia contrasta con la línea continuada que se observa en el resto de América Latina, donde la nota media de los países de la región se ha estancado por encima de los 6,5 puntos en los últimos quince años.

El resultado

Si comparamos la Venezuela de 1980 con la de 2016, vemos que el ingreso per cápita se ha hundido casi un 20%. Sin embargo, en el caso irlandés, lo que nos encontramos es una subida del 230% durante el mismo periodo. La prosperidad irlandesa ha apuntalado un sólido sistema democrático, mientras que el desplome venezolano ha favorecido el aumento de la represión y el autoritarismo. En clave de desarrollo humano, Irlanda se ha convertido en uno de los países más prósperos del mundo mientras que Venezuela sufre un colapso sin precedentes, asolada por problemas crecientes de hambre, enfermedades y pobreza.

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De burkinis y de libertades individuales. -Liberal enfurruñada/OK Diario-

Los libertarios de manual lo tenéis claro, un liberal no puede estar a favor de que se prohíba nada. Tenéis que defender el aborto, la prostitución, el suicidio, y hasta la posibilidad de que una persona libre se venda a sí misma como esclava, siempre que lo haga voluntariamente. Pero también existimos otros liberales que todas esas cuestiones las sometemos a diferentes filtros de sentido común y que antes de pronunciarnos examinamos en profundidad el alcance de cualquiera de esas pretendidas libertades, porque ya sabemos que donde comienzan a aparecer distintas libertades, empieza a desaparecer la libertad.

Muchos vais a estar de acuerdo conmigo en que la mejor definición que de libertad podemos hacer es la que expuso Friedrich A. Hayek en Los fundamentos de la libertad cuando definió el ‘estado de libertad’ como “aquella condición de los hombres en cuya virtud la coacción que algunos ejercen sobre los demás queda reducida, en el ámbito social, al mínimo.” El estado en virtud del cual un hombre -o más bien mujer, en el caso del que me voy a ocupar- no se halla sujeto a coacción derivada de la voluntad arbitraria de otro o de otros lo define Hayek como libertad «individual» o «personal». Y este es el concepto fundamental que nos ocupa puesto que no existirá libertad bajo coacción violenta y hasta que no desaparezca esta coacción ninguna elección podrá calificarse como libre.

En estos momentos sufrimos en occidente el creciente uso de prendas de vestir femeninas no tradicionales en el mundo islámico, sino que, por el contrario, representan sólo un símbolo político del que se sirven los fundamentalistas islámicos de extrema derecha para aumentar su visibilidad e imponer sus opiniones a expensas de las mujeres. Muchos expertos señalan que estas prendas no proceden ni siquiera de un mandamiento islámico. Algunos países de nuestro entorno han decretado la prohibición del uso del velo en las escuelas públicas, la prohibición general del burka y del nikab y algunas ciudades comienzan a prohibir el burkini. Y existen ya sentencias de tribunales que niegan el derecho a usar estas prendas en determinadas circunstancias. Pero se prohiben argumentando, en ocasiones la laicidad del Estado, otras veces la seguridad e incluso a veces la higiene; no como principio moral en defensa de la verdadera libertad de las mujeres, tal y como yo propongo que se haga.

Los detractores de estas normas restrictivas pretenden defender una supuesta elección libre por parte de una minoría de musulmanas a vestir como ellas desean, pero callan ante la inmensa mayoría que es masacrada por negarse a usar estas prendas por todo el mundo. Luchan contra el imperialismo capitalista poniéndose al lado del islamofascismo más radical. La mujer musulmana es coaccionada violentamente por sus familiares, vecinos e imanes, haciéndoles creer desde niñas que su cuerpo es el pecado y que ellas son responsables de la violenta excitación sexual machista. Protestan para defender el derecho de una ridícula minoría de mujeres musulmanas a las que se les impide usar libremente la ropa que supuestamente desean, pero no dicen una palabra sobre la inmensa mayoría de ellas que son forzadas violentamente a usar unas prendas que las humillan, representando la opresión que estas sociedades de extrema derecha fundamentalista, machistas y heteropatriarcales a nivel medieval, ejercen sobre ellas. En defensa de la libertad y en la lucha contra el machismo en occidente no podemos dar ni un sólo paso atrás. Hasta que del mundo islámico desaparezca toda violencia coactiva contra las mujeres deberemos prohibir los símbolos de su sumisión.

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