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La rebelión del muñeco mecánico. -Gabriela Bustelo/Vozpópuli-

El 15 de marzo de 2015 Felipe González explicaba en su medio afín –cuyo consejo editorial acaba de incorporar a Alfredo Pérez Rubalcaba− que venía de tomar un café con Manolo Chaves, “una persona absolutamente íntegra”. En la prolija entrevista González insistía en que la lucha contra la corrupción no debe exonerar a quienes hayan abusado del dinero público para enriquecerse o enriquecer a amigos, apostillando que es necesario acabar con la instrumentalización de la justicia.Mariano Rajoy ha defendido en varias ocasiones a Rita Barberá con similares argumentos amiguistas –“he hablado con Rita y dice que es inocente”− para establecer su supuesta honradez, reiterando una y otra vez que el PP ha sido y será implacable contra la corrupción. Conforme van cayendo los caciques del bipartidismo, con décadas de retraso, las hemerotecas cantan La Traviata mientras el sucio mastodonte de la justicia española parece funcionar de pronto a las mil maravillas. Sucede que la vieja España bipartidista, arrinconada por el regeneracionismo ciudadano, mueve sus resortes para intentar arañar el apoyo popular que se le escapa.

Dos cabalgan juntos

El bipartidismo español es el periodo comprendido entre la mayoría absoluta (48,11% del voto) de Felipe González en 1982 y la segunda mayoría absoluta (44,63% del voto) de la democracia española, obtenida por Mariano Rajoy en 2011. Mientras el presidente socialista usó su mayoría para blindar con leyes orgánicas la corrupción judicial, bancaria, sindical y educativa, el presidente Rajoy ha despreciado su mayoría como instrumento para desmontar el tinglado y adaptar España al siglo XXI. El pope socialista Javier Pradera –sin duda recordado en ese consejo editorial de El País al que acaba de incorporarse Rubalcaba− escribía en 1993 un libro publicado con dos décadas de retraso por la alta dosis de autocrítica que contiene, incompatible con la España de entonces. En Corrupción y política. Los costes de la democracia Pradera adjudicaba el papel de forjador de la corrupción española al PSOE, maestro en incorporar el latrocinio como tara sistémica de nuestro sistema institucional, fielmente secundado por el Partido Popular. El PP, émulo perpetuo del PSOE, parece seguir hechizado por su partner in crime, que dicen los ingleses, su compañero de fechorías. Apenas un lustro después de los Pactos de la Moncloa el Partido Socialista comenzó su tarea de blindaje del poder, incorporando al PP como comparsa, hasta llegar en 2004 la gran traición socialista a la democracia española por vía del presidente accidental José Luis Rodríguez Zapatero, cuya autarquía de izquierdas es la fantasmagoría que defiende Pedro Sánchez con ese NO que asombra a los líderes europeos, a los corresponsales internacionales, e incluso a sus compañeros de partido más honestos, entre los que destaca, por cierto, Felipe González, padre del invento. En los 14 años de moncloato socialista se cimentó la estructura nacional −considerada intocable, como ha demostrado Rajoy−, con todo el elenco de problemas orgánicos enquistados. González neutralizó la separación de poderes e institucionalizó el nacionalismo; demonizó a la derecha copartícipe; inventó la cínica “política antiterrorista”; permitió el blindaje del partidismo y la hipertrofia de lo público; politizó la educación y fomentó la endogamia universitaria; oficializó el antiamericanismo que cristalizó en el ridículo cósmico de Zapatero; compadreó con las dictaduras vendibles o comprables; promovió la cultura de la subvención y el autobombo. Como quien juega a los Legos, Felipe González convirtió a España en la monarquía bananera disfrazada de democracia europeaque ahora su acólito Pedro Sánchez −con el mismo eslogan ochentero del “Cambio”−, quiere imponer a toda costa.

Vientos y tempestades socialistas

Por eso ahora cuando Pedro Sánchez –socialista prefabricado de manual− vaga por España como un muñeco mecánico, agitando la cabeza y croando “No, no, no”, hay que reconocer que el asunto da risa. Ya será menos la publicitada desesperación de Felipe González, la de su compadre Juan Luis Cebrián y la de ese Rubalcaba que dimitió en 2011 con 110 escaños (que ya los quisiera el PSOE por Navidad). Como ya será menos lo del complot en las altas instancias del partido y del periódico El País. Para meter en vereda al Frankenstein guaperas hubiera hecho falta ese Javier Pradera que ya en los años noventa confesaba en petit comité haberse equivocado políticamente en todo. ¡Ay, PSOE, de dónde sacas, para tan poco como destacas!

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El profeta de la corrupción. -Gabriela Bustelo/Vozpópuli-

Hace un año y medio se publicaba en Galaxia Gutenberg, a cargo de la gran editora María Cifuentes, un libro póstumo de Javier Pradera titulado Corrupción y política. Los costes de la democracia. Escrito en 1993, en pleno “pelotazo” y tras unas elecciones que Felipe González ganó con la promesa de limpiar el país de corruptos, el libro aborda el espinoso asunto sin ambages, con la descarnada franqueza que era tal vez la virtud más característica del autor. El veterano periodista de El País –temido y reverenciado en la redacción durante 15 años– tuvo una influencia decisiva en la línea editorial del buque insignia de la izquierda mediática. En la primera página ya admite Pradera que si la corrupción ha salpicado de forma casi aleatoria a la mayoría de los partidos y a personas de muy diversas afiliaciones e ideologías, ha afectado ante todo a los socialistas. Tras admitir que el lema “100 años de honradez” –usado por el PSOE en 1979 para conmemorar su centenario– contribuyó a darles la victoria en las elecciones de 1982, plantea Pradera el hecho de que nadie se haya planteado la disyuntiva que hubiese podido elegir España desde 1975 al sustituir el régimen de Franco por un sistema democrático. Es decir, con una candidez que se estila poco entre las huestes del Grupo Prisa, Javier Pradera afirma abiertamente en su libro Corrupción y política que la democracia consensuada en la Transición y protagonizada por el PSOE de manera casi exclusiva durante los primeros años –Felipe González ganó cuatro elecciones generales consecutivas en 1982, 1986, 1989 y 1993– eligió la senda equivocada de una pseudo-democracia, cosa que hoy ya se atreven algunos a decir sin rodeos, pero que sin duda era impublicable en 1993.

Corrupción, marca registrada

Con igual claridad habla Pradera del guerracivilismo, sin defenderlo ni vilipendiarlo,como algo inherente a España, asegurando que “los demonios de la polémica perjudican a quienes confían en sus servicios”. Tanto los nostálgicos del franquismo como los antifranquistas, asegura, colaboran paradójicamente en la expiación del pasado, pero también del presente. Al contrastar la corrupción franquista con la corrupción democrática, recuerda Pradera que la honradez de los políticos del régimen dependía exclusivamente de su carácter moral, al no existir instituciones capaces de denunciar la corrupción y perseguir a sus autores. En la España democrática, en cambio, existen –al menos teóricamente– la libertad de prensa, la independencia del poder judicial, el control parlamentario, la pluralidad de poderes fácticos, la vigilancia mutua entre partidos y la alternancia electoral. ¿Qué ha fallado, entonces? La respuesta de Pradera, asombra de nuevo por su llaneza. El veterano periodista asegura que la resistencia de los socialistas a afrontar las acusaciones y a examinar los datos permitió que las prácticas corruptas siguieran creciendo escudadas en la defensa incondicional de los gobernantes y de los líderes del PSOE por parte de sus partidarios y electores.

El maestro y el aprendiz

Acabado el libro, sin embargo, se comprende que el fondo del asunto es todavía más rompedor de lo que parece. Javier Pradera viene a decirnos que el gran maestro de la corrupción española es el Partido Socialista Obrero Español, capaz de ir adaptando sus técnicas al paso de los años, hasta convertir el pillaje en un rasgo sistémico de nuestra democracia. El Partido Popular, eterno imitador del PSOE, habría sido un alumno también en materia de corrupción. Cuando el Partido Popular llegó al poder en 1996, se dio por hecho que la decadencia política iba a corregirse con la llegada de un partido nuevo que pusiera fin a la inmoralidad socialista. Pero el PP no hizo las reformas estructurales que hubieran permitido frenar la deriva fraudulenta y acabar con la impunidad. Veinte años después la corrupción política es endémica, desde la más alta institución del Estado, el partido en el Gobierno, el principal partido de la oposición, los sindicatos, la patronal, hasta cargos de todas las tendencias políticas en cualquier parte del territorio nacional. Financiación ilícita de partidos, cobro de comisiones, subvenciones falseadas, desvíos de partidas presupuestarias, nepotismo, clientelismo. El PSOE lo inventó; el PP lo aprendió. Javier Pradera lo escribió hace casi un cuarto de siglo, pero no se atrevió a publicarlo. Estamos en marzo de 2016. El espectáculo continúa.

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