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La batalla ideológica que está prohibido librar. -Javier Benegas/Vozpópuli-

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Una de las ideas con las que estoy más de acuerdo con mis buenos amigos Almudena Negro y Jorge Vilches es que desde hace tiempo el debate ideológico quedó reducido a una confrontación economicista, donde todo parece estar al albur de la constatación de si ésta o aquella política nos proporcionará más o menos bienestar económico. Todo se supedita a los datos, al sobrevalorado empirismo; en definitiva, a la demostración científica de que, en efecto, una idea es mejor que su contraria según sus resultados económicos.

Sin embargo, convertir la ciencia en árbitro de la política y del comportamiento humano sólo sirve para confundir las cosas. Los datos en sí no nos dicen cuál camino debemos tomar. Los esfuerzos estadísticos pueden suministrar información sobre cómo funciona el mundo, pero no nos dicen lo que debemos hacer. Para eso es necesario un marco interpretativo. Y ahí es donde empiezan los problemas…

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Y la corrección política nos prohibió a Goya. -J.Benegas-J.M.Blanco/Vozpópuli-

La sociedad occidental ha sido infectada por un terrible virus de puritanismo, intolerancia y censura. Una nueva ideología, la corrección política, se ha impuesto de forma silenciosa pero implacable.

Contaba Camille Paglia un suceso que, aunque parezca extraído de una hilarante comedia televisiva, sucedió en la vida real. Fue en 1991, en la Universidad Estatal de Pensilvania. Una profesora de Cultura inglesa y Estudios de la Mujer se escandalizó por la presencia en el aula del retrato de Francisco de Goya: La maja desnuda. Profundamente indignada, protestó  airadamente porque la presencia de la pintura constituía “acoso sexual” e infringía las leyes federales orientadas a evitar la “hostilidad en los lugares de trabajo”.

La universidad le ofreció primero impartir sus clases en un aula distinta: dijo que no. Después mover el cuadro a un lugar menos visible del aula, incluso cubrirlo cuando ella impartiera sus clases. Tampoco, su postura era inflexible: las imágenes de mujeres desnudas no podían exhibirse, estuviera ella presente o no. Que la pintura fuera un hito de la historia del arte no disculpaba la ofensa de exhibir a una mujer desnuda.

Finalmente, se acordó una solución de compromiso que permitía a la universidad disimular una capitulación bochornosa: se trasladó el cuadro a una sala de usos generales… no sin antes colocar en la entrada un cartel advirtiendo la presencia del ofensivo cuadro; cualquier cosa con tal de salvaguardar a los espíritus sensibles. A pesar de lo rocambolesco del episodio, que mereció la sátira de cierta parte de la prensa, la respuesta del mundo académico fue increíblemente comprensiva con la profesora.

Fuera del mundo universitario, Anthony Browne fue censurado en 2002 por publicar un artículo en el que cuestionaba la causa del fuerte incremento del SIDA en Gran Bretaña. Según Browne, no se debía a la creciente promiscuidad de los jóvenes, tal como sostenían las autoridades, sino a la inmigración de países africanos donde la enfermedad tenía una elevada prevalencia. Pero el gobierno decidió ocultar este hecho porque poner el foco en los inmigrantes podía acarrear una acusación de racismo. Lamentablemente, cerrar los ojos ante la realidad impedía aplicar la política sanitaria correcta. Muchas personas podían morir pero, al menos, lo harían en silencio, sin importunar al gobierno.

España tampoco se libra de curiosos ejemplos como el de un profesor universitario que, ante la irrupción de un grupo de jabalíes correteando por el campus, bromeó con sus colegas en un chat privado proponiéndoles organizar unas jornadas de caza. El comentario se filtró y ciertas organizaciones estudiantiles exigieron que fuera sancionado por incitar a la violencia contra los animales.

Por último, qué decir del caso de Joan Higgins, de 75 años de edad, propietaria de una modesta tienda de animales que, según la nueva Ley de Bienestar Animal británica, resultó condenada a pagar una multa de 1.000 libras y a un arresto domiciliario de siete semanas por tener una cacatúa estresada y vender un pez de colores a un menor sin instruirle convenientemente sobre cómo cuidarlo.

Estos casos, y otros muchos, muestran que la sociedad occidental ha sido infectada por un terrible virus de puritanismo, intolerancia y censura. Una nueva ideología, la corrección política, se ha impuesto de forma silenciosa pero implacable. Pero ¿qué es exactamente y cuál es su objetivo?

Grupos frente a personas

La corrección política es una ideología que clasifica a la humanidad en colectivos bien diferenciados. Unos serían víctimas (“grupos débiles”) y, por tanto, buenos, siempre en posesión de la razón. Otros, por el contrario, verdugos, (“grupos fuertes”) y, por ello, malvados y mentirosos. Sin embargo, que un acto esté justificado, o no, no depende de su propia naturaleza, sino del colectivo al que pertenezca quien lo cometa. La corrección pretende eliminar cualquier expresión que pudiera ofender, aunque sea de forma no intencionada, a algún grupo calificado como débil… pero permite insultar y ofender a quien forma parte de los malos, de un grupo fuerte.

Resulta muy ilustrativa la experiencia de Star Parker, una activista americana de raza negra que, en su juventud, fue detenida por robar. Su tutor escolar, un profesor de raza blanca, lejos de reprenderla, la eximió: “no debes preocuparse, tú no eres más que una víctima del racismo”. Para la corrección política, los delincuentes son víctimas de la sociedad… si pertenecen a los llamados “grupos débiles”. Como era mujer, negra y pobre, Parker podía cometer cualquier tropelía: siempre estaría justificada.

Sin embargo, más adelante, Star comenzó a cuestionar estos argumentos. Entendió que el victimismo, la queja constante, la transferencia de la responsabilidad a otros creaban un círculo vicioso que debía romper. Así,  decidió abandonar las drogas y reconducir su vida siguiendo el consejo de otra persona: “deja de vivir de ayudas sociales, busca trabajo, esfuérzate y asume tu responsabilidad”. Al principio tuvo que aceptar empleos mal remunerados pero no desistió. Hoy es una figura destacada en la opinión americana, una activista que denuncia la corrección política, y el exceso de ayudas sociales, como principales problemas de la comunidad negra: muchos caen en la trampa de un entorno paternalista que les impide tomar las riendas de su vida.

Antidemocracia

La ideología de la corrección política es contraria a la racionalidad porque no define las verdades por la calidad de los argumentos, o por su objetividad, sino por criterios meramente subjetivos como el colectivo al que favorecen. Debe, para ello, establecer verdades incuestionables conectadas a la emoción, tabúes que no pueden romperse sin un castigo. Por no mencionar el criterio absolutamente arbitrario con el que divide a la sociedad en víctimas y verdugos, en grupos débiles y grupos fuertes.

Pero también es incompatible con la democracia, con la sociedad abierta, porque niega la libertad de pensamiento, expresión y debate, imponiendo un conjunto de prohibiciones, códigos y tabúes lingüísticos. Su excusa es que sólo prohíbe lo que pudiera resultar ofensivo para las “víctimas”. Pero la ofensa suele ser subjetiva, no se encuentra en el emisor sino en el receptor. Por ello, la frontera entre lo permitido y lo prohibido es arbitraria y, demasiadas veces, interesada.

Hay quienes frivolizan con el fenómeno de la corrección política, argumentando que advertir del peligro es exagerado: ¿cómo puede llamarse inquisición a algo que no ejecuta en la plaza pública? Y ¿qué hay de malo en evitar las agresiones verbales o ideológicas? Pero esta ideología no tiene nada que ver con la buena educación, con ese acertado consejo que nos daban nuestros mayores de ser respetuosos con los demás. De hecho, es antagónica al respeto porque anima a denigrar, a denostar, a linchar a quienes no se pliegan a sus dictados. Y, al mismo tiempo, muestra una exquisitez tan extrema y exagerada con otros, que prohíbe muchas expresiones que ni por asomo tienen ánimo de injuriar. ¿Acaso Goya tenía intención de ofender cuando pintó la Maja Desnuda?

No hay que tomar la corrección política como una broma o exageración sino como un verdadero peligro para la libertad, la igualdad ante la ley y la responsabilidad individual. Una corriente que desnaturaliza el lenguaje, impide el pensamiento crítico, transforma a muchos en neuróticos tiranos y genera problemas de convivencia donde no los hay.

Fe, emociones y, sobre todo, dinero

La corrección política surgió en las universidades de Estados Unidos pero se extendió como mancha de aceite al resto de los países occidentales. En nuestro país, el secular vacío intelectual permitió que se contagiara con rapidez, sin apenas oposición. De hecho, hemos adaptado reglas “made in USA” a nuestro propio ideario, como los llamados “micromachismos”, evidente traslación del término de lengua inglesa microaggression ideado en la década de 1970 y que hacía referencia a las conductas racistas o sexistas extremadamente sutiles, casi siempre inconscientes.

En España, la expansión fue primero consentida y después alentada por las élites porque políticos y burócratas cayeron en la cuenta de que podían utilizarla en su favor. Clasificar a la sociedad en rebaños dificulta el control sobre los gobernantes. Además, políticos y partidos podían suplir su mala gestión y ganar notoriedad sumándose a las nuevas “causas sociales”, incluso llegando a ser sus ideólogos. Y por último, la súbita eclosión de “discriminaciones” justificaba una ingeniería social que, como es lógico, lleva aparejada más poder y más gasto. Claro que… una cosa es resolver problemas y otra muy distinta favorecer a unos cuantos grupos de activistas bien organizados. Con demasiada frecuencia, las nuevas medidas no sólo agravan los problemas sino que crean otros nuevos. Y la solución, cómo no, es la creación de más organismos, más observatorios, más burocracia, más presupuesto…

Sea de un modo u otro, en EEUU y en Europa se ha instaurado un nuevo puritanismo que se escandaliza con un inocente retrato dieciochesco, una suerte de religión laica, obligatoria, que no busca soluciones; sólo culpables y víctimas, que supedita las cualidades y la conciencia de cada persona a la pertenencia a un grupo. Pero juzgar a los individuos por el colectivo al que pertenecen, y no por sus hechos y cualidades personales, desemboca finalmente en aquello que la corrección política dice combatir: la injusta discriminación.

Miedos, traumas y realidad

Error sobre error, la ingeniería social no cambia la naturaleza humana, no puede erradicar la maldad, mucho menos construir un mundo feliz. Más bien suele conseguir lo contrario. De hecho, la corrección política, como herramienta de transformación social, se ha convertido en un factor determinante de la alarmante polarización política que hoy aflora en muchos países. Convierte a muchas personas en personajes dogmáticos, quejumbrosos y neuróticos, que en todas partes ven agresiones, conflictos, agravios contra su propio colectivo. A un martillo todo le parecen clavos.

Aun sin saberlo, podemos estar convirtiendo el mundo en un sufrido espejo de nuestros miedos y traumas personales. Quizá deberíamos tomar ejemplo de Star Parker, cuando decidió que su condición de mujer negra no iba a determinar su vida. Y recordar aquella frase que sintetiza el valor de la sociedad abierta: “Estoy en desacuerdo con tus ideas, pero defiendo tu sagrado derecho a expresarlas”.

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¿Y si Clint Eastwood tuviera razón? Hacia una sociedad adolescente. -J.Benegas-J.M.Blanco/Vozpópuli-

El irresistible avance de la corrección política es una señal muy potente que nos advierte de la infantilización de la sociedad occidental, reflejada con pavorosa nitidez en su universidad, de donde precisamente proviene.

En la genial novela de de Philip Roth, La mancha humana, la vida del decano universitario Coleman Silk se desmorona tras interesarse por dos estudiantes que han faltado a todas sus clases, “¿Conoce alguien a estos alumnos? ¿Tienen existencia sólida o se han desvanecido como negro humo?” pregunta en el aula. Desgraciadamente para Coleman, uno de los aludidos resulta ser afroamericano y, cuando llega a sus oídos la pregunta, la interpreta como un ataque racista. Aunque no había ánimo ofensivo en sus palabras, puesto que jamás había visto al estudiante, Silk es acusado de racista, cesado como decano y despedido. Sin otra universidad dispuesta a contratarlo, su economía familiar se deteriora rápidamente. Padece el rechazo de la comunidad, el repudio de amigos y conocidos y, en el colmo de la desdicha, su esposa sufre una apoplejía a causa del estrés y fallece.

Aunque el decano Silk sea un personaje de ficción, Philip Roth refleja las vivencias de infinidad de profesores norteamericanos censurados o expulsados de las universidades porque sus discursos, o siquiera sus apreciaciones, turbaban a un alumnado cada vez más sobreprotegido e infantilizado. Porque no se ajustaban a lo políticamente correcto.

¿Universidades o jardines de infancia?

Hace poco más de dos años, según realtó Judith Shulevitz, estudiantes de la Universidad de Brown organizaron un debate abierto sobre agresiones sexuales. Inmediatamente, otro grupo de alumnos, temeroso de que los intervinientes pudieran exponer ciertas ideas “negativas”, protestó ante la dirección argumentando que la universidad debía ser un “espacio seguro” donde nada avivara los traumas de las víctimas. Las autoridades académicas no cancelaron el acto, pero pusieron a disposición de los asistentes su propio “espacio seguro”: una sala contigua donde cualquiera pudiera acudir para recuperarse de algún punto de vista turbador, y, si se sentía con fuerzas, regresar al debate. La estancia estaba equipada con cuadernos para colorear, juegos de plastilina, cojines, música relajante, mantas, galletas, chuches, incluso un video relajante en el que aparecían perritos jugando. También contaba con personal cualificado para atender posibles traumas. Cuando el evento finalizó, dos docenas de personas habían pasado por esta sala, una de las cuales explicó: “me sentía bombardeada por unos  puntos de vista que van en contra de mis creencias más íntimas”.

En otra ocasión, un profesor del Columbia College recomendó la visita a una interesante exposición de arte samurai japonés. Inmediatamente, uno de sus estudiantes protestó airadamente, tachando su sugerencia de políticamente incorrecta porque podía herir la sensibilidad de los alumnos chinos. Obviamente, la objeción era absurda; la invasión de China por el ejército imperial japonés había finalizado setenta años atrás. Sin embargo, para el estudiante el tiempo transcurrido era irrelevante. Siguiendo su lógica, el arte alemán ofendería en Francia, el francés en España por la invasión napoleónica, o el español en Flandes.

Otro caso llamativo es el del ex presidente de la Universidad de Harvard, el economista Larry Summers, que tuvo la desgraciada ocurrencia de publicar un estudio donde mostraba que el coeficiente de inteligencia de los hombres presenta una dispersión, una varianza mayor que el de las mujeres, planteando como hipótesis que este hecho podía influir en la asignación de puestos de trabajo en las escalas más altas y más bajas. Automáticamente fue acusado de machista y, tras una durísima campaña en su contra, Summers se vio obligado a dimitir en 2006.

Del oscurantismo a la ignorancia

El calvario de todos estos profesores ilustra la plaga de la corrección política, una moda que invade los campus universitarios del mundo desarrollado, constituyendo una asfixiante censura que, en no pocas ocasiones, provoca dramas absurdos perfectamente evitables. Lo peor, con todo, es que condena a la sociedad al oscurantismo, a la ignorancia. Al fin y al cabo, Summers sólo podría haberse ahorrado el calvario falseando los resultados de su investigación, adaptándolos a la “realidad” de lo políticamente correcto o, sencillamente, renunciando a investigar. Por su parte, el profesor de Columbia debería pensárselo dos veces antes de recomendar exposiciones de arte a sus alumnos puesto que todas, de alguna manera, herirán la sensibilidad de alguien. En cuanto a los estudiantes de la Universidad de Brown, para evitar sobresaltos tendrían que renunciar a organizar debates abiertos.

El irresistible avance de la corrección política es una señal muy potente que nos advierte de la infantilización de la sociedad occidental, reflejada con pavorosa nitidez en su universidad, de donde precisamente proviene. Tanto despropósito llevó a Richard Dawkins, profesor de biología evolutiva de la Universidad de Cardiff a advertir a sus estudiantes, con indisimulada indignación: “La universidad no puede ser un ‘espacio seguro’. El que lo busque, que se vaya a casa, abrace a su osito de peluche y se ponga el chupete hasta que se encuentre listo para volver. Los estudiantes que se ofenden por escuchar opiniones contraria a las suyas, quizá no estén preparados para venir a la universidad”.

La corrección política es producto de ese pensamiento infantil que cree que el monstruo desaparecerá con solo cerrar los ojos. Pero la maduración personal consiste justo en lo contrario, en descubrir que el mundo no es siempre bello ni bueno, en la toma de conciencia de que el mal existe, en llegar a aceptar y encajar la contrariedad, el sufrimiento. Y, por supuesto, en aprender a rebatir los criterios opuestos. En su esfuerzo por hacer sentir a todos los estudiantes cómodos y seguros, a salvo de cualquier potencial shock, las universidades están sacrificando la credibilidad y el rigor del discurso intelectual, remplazando la lógica por la emoción y la razón por la ignorancia. En definitiva, están impidiendo que sus alumnos maduren.

La trampa del “espacio seguro”

Cuando se designa unos espacios universitarios como seguros, implícitamente se está marcando otros como inseguros y, por lo tanto, tarde o temprano habrá que “asegurarlos”, hasta que cualquier opinión desconcertante quede prohibida en todo el campus. Y, si esto es válido para la universidad, ¿por qué no trasladarlo a la sociedad en su conjunto? Así, la represión se extiende como mancha de aceite, prohibiendo palabras, términos, actitudes, estableciendo una siniestra policía del pensamiento.

Desde el punto de vista conceptual, la corrección política es incongruente, cae por su propio peso. Dado que no todo el mundo opina igual ni posee la misma sensibilidad, no es posible separar con rigor lo que es ofensivo de lo que no lo es, establecer una frontera objetiva entre lo políticamente correcto y lo incorrecto. Hay personas que no se ofenden nunca; otras, sin embargo, tienen la sensibilidad a flor de piel. La ofensa no está en el emisor sino en el receptor, Así, en la práctica, es la autoridad quien acaba dictaminando lo que es políticamente correcto y lo que no. Y lo hace, naturalmente, a favor del establishment y de los grupos de presión mejor organizados.

La corrección política es una forma de censura, un intento de suprimir cualquier oposición al sistema. Y es además ineficaz para afrontar las cuestiones que pretende resolver: la injusticia, la discriminación, la maldad. No es más que un recurso típico de mentes superficiales que, ante la dificultad de abordar los problemas, la fatiga que implica transformar el mundo, optan por cambiar simplemente las palabras, por sustituir el cambio real por el lingüístico.

Lo expresó de forma certera el defensor de los derechos civiles W. E. B. Du Bois en 1928. Tras ser recriminado por un joven exaltado por usar la palabra “negro”, Du Bois respondió: “Es un error juvenil confundir los nombres con las cosas. Las palabras son sólo signos convencionales para identificar objetos o hechos: son estos últimos los que cuentan. Hay personas que nos desprecian por ser negros; pero no van a despreciarnos menos por hacernos llamar ‘hombres de color’ o ‘afroamericanos’. No es el nombre… es el hecho”. En efecto, ni la discriminación, ni el racismo, ni cualquier otro problema, se resuelven por cambiar los nombres. Como mucho, se logra tranquilizar la mala conciencia de algunos.

Y el resultado es… Donald Trump

Hay mucha gente en el mundo, demasiada en España, que, al parecer, carece de la madurez emocional o de la capacidad intelectual para escuchar una opinión política que se aparte de sus convicciones sin considerarla un insulto personal. Al poner los sentimientos por encima de los hechos, de las razones, cualquier opinión válida puede ser desactivada tachándola de racista, sexista, discriminatoria. Puede que a estas personas la corrección política les haga sentirse más cómodos, pero a costa de instaurar la cultura del miedo en los demás. Clint Eastwood declaró: “Secretamente, todo el mundo se está hartando de la corrección política, del peloteo. Estamos en una generación de blandengues; todos se la cogen con papel de fumar”. Aun así no era plenamente consciente del peligro que se avecinaba: tarde o temprano el virulento efecto péndulo invierte las magnitudes, la gente acaba hastiada de tanta censura, y como reacción… vota a Donald Trump.

Renunciar al libre discurso, al libre pensamiento, para evitar herir la sensibilidad de algunos es peor que estúpido: es peligroso porque pone en cuestión los principios de la democracia. Debemos ser respetuosos con todo el mundo, por supuesto. Pero también expresar con libertad nuestras ideas y argumentos. Si alguien se molesta, se rasga las vestiduras, es muy probable que esté mostrando su talante inmaduro, su carácter infantil e intolerante. Lo advirtió George Orwell en su novela 1984: “La libertad es el derecho de decir a la gente aquello que no quiere oír”.

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