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Resumiendo la traición -Chia (@yolandachia399 )-

Europa ilegaliza la crítica al islam. -Judith Bergman/Gatestone Institute-

Varios gobiernos europeos han dejado claro a sus ciudadanos que criticar las políticas europeas migratorias o a los migrantes es penalmente inadmisible y puede acarrear una detención, un enjuiciamiento e incluso una condena. Aunque estas prácticas son constitutivas de un Estado policial, los gobiernos europeos no se detienen ahí. Van aún más lejos asegurándose de que el islam, en general, tampoco sea criticado.

Finlandia ha sido el último país europeo en adoptar la manera de las autoridades europeas de sancionar a quienes critican el islam. Según la agencia finesa YLE, el Tribunal del Distrito de Pirkanmaa declaró culpable a Terhi Kiemunki, miembro del Partido de los Finlandeses, por “calumniar e insultar a los adeptos de la confesión islámica” en una nota en el blog Uusi Suomi. En ella, Kiemunki decía que todos los terroristas que están en Europa son musulmanes. El tribunal concluyó que cuando Kiemunki escribió sobre “una cultura y religión represora, intolerante y violenta”, se refería a la confesión islámica.

En el juicio, se le preguntó a Kiemunki por qué no distinguió entre el islam y el islam radical. Respondió que ella se estaba refiriendo a la expansión de la cultura y la religión islámicas, y que “probablemente debería” haber hablado de elementos radicalizados de la religión, en vez de la religión en su conjunto. Recibió una multa de 450 euros. Su abogado ha apelado el veredicto.

Kiemunki emitió un comunicado tras el veredicto, en el que decía:

Sigo pensando que afirmar datos estadísticos o incluso compartir una opinión no es un delito porque a alguien no le guste (…). Yo escribí que no quiero que nuestro país sea absorbido por una cultura y una ley que se basan en una religión violenta, intolerante y opresora.

Según YLE, Kiemunki añadía que en su artículo no generalizaba sobre los musulmanes, sino que señalaba que no todos los musulmanes son terroristas. “En estos tiempos, y en concreto en el pasado reciente y ayer, todos los autores de actos terroristas han resultado ser musulmanes”, dijo.

En Finlandia, Terhi Kiemunki, del Partido Finlandés, ha sido condenada por un tribunal por “calumniar e insultar a los adeptos a la fe islámica” (Imagen: captura de un vídeo de YouTube).

Así que en Finlandia, a partir de esa sentencia judicial, los ciudadanos tienen la obligación de hacer una distinción, totalmente ficticia, entre el “islam” y el “islam radical”, o de lo contrario se verán procesados y multados por “calumniar e insultar a los adeptos de la confesión islámica”. Como dijo el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan: “Estas descripciones son muy desagradables, son una ofensa y un insulto a nuestra religión. No hay un islam no moderado o inmoderado. El islam es el islam y ya está”. Hay musulmanes extremistas y musulmanes no extremistas, pero sólo hay un islam.

Es una lástima que Kiemunki no se presentara en el juzgado con citas del Corán, como “Mata a los no creyentes allá donde los encuentres” (9:5) o “Combátelos hasta que no haya más fitna [lucha] y se sometan todos a la religión de Alá” (8:39). Tal vez, entonces, el tribunal habría intentado al menos explicar a la opinión pública con más específico detalle las diferencias entre el “islam” y el “islam radical”.

En los Países Bajos, un servicio de asistencia telefónica financiado públicamente, dirigido por la oficina contra la discriminación MiND, dijo que no podía atender una queja por unas amenazas de muerte vertidas contra homosexuales en un foro en internet, donde el autor musulmán de las amenazas pedía que “se quemara, decapitara y sacrificara” a los homosexuales. El motivo de que este observatorio contra la discriminación no pudiera actuar sobre la reclamación era que “los comentarios deben entenderse en el contexto de las creencias religiosas del islam, que eliminan jurídicamente el carácter ofensivo”. MiND concluyó que los comentarios se habían hecho

en el contexto de un debate público sobre cómo interpretar el Corán (…) y algunos musulmanes interpretan que el Corán dice que hay que matar a los gais (…). En el contexto de expresión religiosa existente en los Países Bajos hay un amplio grado de libertad de expresión. Además, las expresiones se utilizaron en el contexto del debate público (cómo interpretar el Corán), lo que también elimina el carácter delictivo.

Así que, mientras Geert Wilders era juzgado en los Países Bajos por hablar sobre “menos marroquíes” durante una campaña electoral, un observatorio pagado por el Estado dice que no pasa nada por amenazar a los homosexuales con quemarlos, decapitarlos y sacrificarlos, siempre y cuando sean los musulmanes quienes profieran esas amenazas, ya que el Corán dice que esa conducta es la exigida. Este podría ser hasta ahora uno de los ejemplos más asombrosos de sumisión voluntaria a la ley de la sharia en Occidente.

Un portavoz del servicio de asistencia telefónica MiND admitió posteriormente que “tras una mayor investigación” sobre el asunto, se había llegado a la conclusión de que la reclamación no se había “valorado justamente”, después de que varios diputados holandeses pidieran que el servicio telefónico dejara de financiarse con dinero público.

En febrero de 2016, una corte de distrito danesa declaró culpable a un hombre por hacer comentarios en Facebook que el tribunal consideró “insultantes y despectivos hacia los adeptos del islam”. El hombre había escrito:

La ideología del islam es repugnante, repulsiva, opresora y tan misántropa como el nazismo. La inmigración masiva de islamistas a Dinamarca es lo más devastador que le ha ocurrido a la sociedad danesa en la historia reciente.

Fue multado por “racismo”. El Tribunal Superior revocó después la sentencia, en mayo de 2016. El tribunal concluyó que el hombre era en realidad inocente de la acusación de racismo, y que sus palabras iban “dirigidas a la ideología del islam y el islamismo”.

Es inquietante que los gobiernos occidentales estén tan ansiosos por acabar con cualquier cosa que guarde un vago parecido con lo que han acuñado erróneamente como “islamofobia”, que significa literalmente “miedo irracional al islam”. Considerando la violencia que hemos presenciado, lo irracional sería no temer sus amenazas. Como Shabnam Asadolahi señaló recientemente en una carta abierta a los miembros del Parlamento de Canadá, hay unas cuantas cosas en el islam por las que sentir un legítimo miedo.

Lo único que tienen que hacer todos esos gobiernos es consultar los discursos de uno de los eruditos islámicos vivos más influyentes sobre el islam suní: Yusuf al Qaradawi, líder espiritual de los Hermanos Musulmanes. Qaradawi presenta uno de los programas más populares de Al Yazira, “Sharia y Vida”, que se calcula que llega a unos 60 millones de espectadores en todo el mundo. Ya en 1995, Qaradawi dijo en un congreso de la Asociación de Jóvenes Árabes Musulmanes en Toledo (Ohio): “¡Conquistaremos Europa, conquistaremos América! No mediante la espada, sino mediante la dawa [llamamiento]”.

La dawa, la llamada islámica a la conversión, es la citación islámica a la conquista no violenta de las tierras no musulmanas, incluida Europa. Como explicaba Qaradawi en una grabación de 2007, el propósito de la conquista consiste principalmente en la introducción de la ley de la sharia. Según Qaradawi, la ley de la sharia se debe insertar gradualmente, en un periodo de cinco años en un nuevo país, antes de ser implementada íntegramente. Esta ley de la sharia incluye la amputación de las manos por robar; matar a apóstatas y homosexuales; denigrar y oprimir a las mujeres, como en la poligamia; y darles palizas como medio de “disciplinarlas”, y así sucesivamente. Para aquellos occidentales que han estudiado el islam y han escuchado la opinión de los expertos islámicos más influyentes, hay unos pocos motivos para sentir “fobia” al respecto. Sería tonificante escuchar las opiniones de los líderes y tribunales europeos sobre estos aspectos de la ley de la sharia, en lugar de sus condenas casi rituales de quienes han estudiado realmente las fuentes islámicas y tratan de generar conciencia sobre la naturaleza de la ley de la sharia.

Mientras que enjuiciar y multar a las personas que critican el islam se está volviendo cada vez más habitual en Europa, esta práctica estaba antes reservada únicamente a los países musulmanes gobernados oficialmente por la ley de la sharia, como Arabia Saudí y Pakistán, donde está prohibido insultar al islam.

Es una lástima que los tribunales europeos y otros organismos estatales hayan empezado a seguir los pasos de la ley islámica. Aparentemente, los jueces y políticos europeos ya no son capaces de apreciar las inmensas libertades que antes eran la norma en el continente, y que parecen demasiado dispuestos, por voluntad propia, a abolir.

Ver artículo original:

La imposible derrota del Estado Islámico. -A.O.Moyano/El Mundo-

Podemos aventurar, con cierta aproximación, que el día en el que el Estado Islámico, el pérfido Daesh, sea vencido en Siria e Irak, y su Califato del mal sucumba, una ola de alegría y euforia recorrerá el mundo. Un mundo en vilo por las barbaridades cometidas por el grupo terrorista desde hace más de dos años, cuando la proclama de su líder, Abu Bakr al Baghdadi. Occidente respirará al rebajar su psicosis por los atentados, y los propios países musulmanes, con Siria e Irak a la cabeza, podrán sentirse, quizás, algo más aliviados.

Pero la realidad es que, tras ese virtual día épico, consecuencia de lo que imaginamos ingenua pero irresistiblemente como una última batalla contra la oscuridad, el ejército de interrogantes que plantea la caída de Daesh obligará a digerir rápidamente el optimismo por el triunfo. La victoria final no solucionará lo que aqueja a gran parte de Oriente Medio, porque Daesh, a pesar de todo, no es el problema fundamental; siempre ha sido el síntoma de un cúmulo de despropósitos mayores.

La caída del Califato, pues, no implica realmente la caída de Daesh. Es fácil caer en la tentación de interpretar lo contrario, pero existe una potente posibilidad de que el también llamado ISIS, extraordinariamente versátil en todas sus acciones, será capaz de transformarse de nuevo e involucionará de protoestado islámico medieval a organización terrorista clandestina.

“Casi con total certeza podemos aventurar que el Estado Islámico volverá a comportarse como un grupo clandestino cuando sea obligado a perder más territorio, sobre todo tras las futuras caídas de Mosul y Raqqa”, asegura Kyle W. Orton, investigador del think tank Henry Jackson Society. No sería una decisión nueva, desde luego, pues en el mantra yihadista siempre se ha repetido el principio de “inhiyaz ila al-sahra” (“Retiraos al desierto”), un proceder habitual al perder territorio. “No es nuevo. Daesh y los grupos terroristas de los que nació ya lo hacían en el Irak post-Saddam. El problema es que las circunstancias actuales son incluso peores que entonces. Ya tenemos informes de actividades clandestinas de Daesh en zonas supuestamente liberadas, donde extiende su influencia a través de redes de células yihadistas”, añade Orton. Efectivamente, se han registrado ataques en Kirkuk, Rutba, Sinjar o la propia Bagdad. Por su parte, en Siria, los yihadistas se han propuesto recuperar Palmira, todo un símbolo de liberación apenas ocho meses antes.

Por otro lado, las cabezas de la hidra yihadista se expanden por el mundo a través de sus provincias (wilayat). La influencia de Daesh es amplia pero dispar, y cuenta con filiales o grupos asociados en el Cáucaso, Libia, Nigeria (de la mano de Boko Haram), Yemen, Afganistán, Arabia Saudí o Egipto. Muchas de esas provincias se han adherido a Daesh en su cúspide de popularidad y éxito, siendo grupos terroristas locales que de facto no pertenecen a la organización. Habrá que esperar al final del Califato para saber si renuevan su lealtad a ISIS o si le dan la espalda y vuelven a andar su propio camino.

Viejas o nuevas fronteras

Paralelamente, analistas y expertos se preguntan si se podrá volver al status quo previo al Califato. En este sentido no parece que el fin de ISIS suponga la catarsis definitiva para apaciguar la zona, sino un elemento más, de tantos otros, que quizás haga las veces de acelerante de una concatenación de acontecimientos inquietantes.

Por un lado, políticos. ¿Volverán Siria e Irak a ser los legítimos posesores de las tierras ahora en manos yihadistas? Ciertamente, a pesar de que la situación nos pueda parecer homogénea en la zona, el desarrollo de los conflictos está siendo muy dispar en ambos países, cada uno con su propia idiosincrasia y urgencia. De acuerdo con Ignacio Álvarez-Ossorio, profesor titular de Estudios Árabes de la Universidad de Alicante, “hay que distinguir claramente entre los casos de Irak y Siria. En Irak, la ofensiva contra Daesh sólo ha sido posible cuando ha existido un consenso interno entre los principales actores políticos chiíes, kurdos y sunníes para combatirlo y, sobre todo, en torno a quién gobernará sus territorios. Ese consenso todavía no existe en Siria, donde el régimen está concentrando todas sus fuerzas en combatir a los rebeldes y la lucha contra ISIS ha quedado relegada a un segundo plano”. Sobre el terreno, quien realmente lo está combatiendo son las Fuerzas Democráticas Sirias, una heterogénea coalición armada por EEUU y dirigida por las YPG kurdas.

Igualmente, los papeles y responsabilidades de Damasco y Bagdad se antojan tan distintos como difíciles. “La herida abierta desde 2003 todavía es muy fuerte en Irak”, explica el corresponsal en Oriente Medio Mikel Ayestaran, “por lo que es el momento de probar una forma distinta de tratar a sus ciudadanos tras la caída del Califato. En Siria, la gente va a volver a estar de lado del gobierno y muchos abrazarán a a Asad como un mal menor, pues no les queda otro remedio y la alternativa que han visto no es la que esperaban”. En efecto, la supervivencia del régimen a lo largo de estos más de cinco años de intensa guerra civil se ha acentuado en los últimos tiempos hasta el punto de estar cerca de decantar el conflicto hacia su lado.

En cualquier caso, parece evidente que no será un proceso ni sencillo ni rápido. En muchos puntos de ambos países se recibió con los brazos abiertos a los yihadistas por parte de ciudadanos hastiados de sus respectivos gobiernos. Sólo la crueldad de Daesh y el paso del tiempo, ahogado por una creciente presión militar, han provocado imágenes de alivio en las plazas liberadas. Pero siguen las dudas, a pesar de todo. “En muchísimos sitios no hay apoyo social y civil a Damasco o Bagdad, y superar ese escollo va a ser muy complicado. Por ejemplo, mantener una autoridad iraquí en Mosul se me antoja casi imposible”, añade Ayestaran. El propio Daesh se ha encargado durante su ocupación de emponzoñar aún más las tensas relaciones entre los distintos grupos bajo su control, con el fin de enfrentar a unos con otros.

Así, ¿qué alternativa política eficaz queda para pacificar el escenario post-Califato? La modificación de fronteras es una de las opciones que se barajan. Sin embargo, hasta ahora sólo parece una opción maculada por los ingentes intereses internacionales en la zona. La guerra contra el Califato, el indiscutible enemigo común de puertas afuera para todas las potencias, se ha destapado como un enorme tablero de ajedrez con muchos jugadores, desde EEUU y Rusia, hasta Irán y Arabia Saudí, quienes libran su particular guerra fría. No es ningún secreto el interés de Teherán en incrementar su influencia en un debilitado Irak, una prioridad desde la caída de Saddam. Su postura es la de no cambiar los estados afectados y dejar las fronteras tal y como están, algo secundado por Rusia y la Siria de Al Assad. Por otro lado, Riad no vería con malos ojos un Oriente Medio aún más fragmentado en el que poder proyectar su poderosa sombra.

“Irán y Arabia Saudí, con sus aliados del Golfo, han financiado desde el primer momento a distintos grupos en Siria e Irak para incrementar su influencia”, explica el experto en geopolítica y seguridad Peter Bergen. “De hecho, las milicias chiíes apoyadas por Teherán han alcanzado una expansión enorme. Éste es otro episodio del pulso que libran ambos países y que, precisamente, tiene como una de sus consecuencias la aparición de grupos como Daesh pasado un tiempo en estados fallidos como Libia, Yemen o los propios Siria e Irak”.

En cualquier caso, cuesta creer que un Asad reforzado por una victoria militar frente a los rebeldes permita la autonomía de alguno de sus territorios, aun habiendo amplias zonas del país que no ocultan su desprecio a Damasco tras un lustro de salvaje conflicto. Tampoco parece probable que Bagdad se preste fácilmente a negociar la modificación de sus fronteras.

Sin embargo, existe un elemento que sí podría influir en esta alternativa, los kurdos. “La modificación de fronteras regionales no tendrá relación con la caída de Daesh, pero sí con la posible irrupción de un estado kurdo”, señala Álvarez-Ossorio.

En los últimos tiempos los kurdos sirios han intentado emular a sus compatriotas iraquíes en la exigencia de un estado federal en Siria, donde dispondrían de una amplia autonomía. “Se está creando una política de hechos consumados en la zona que podría allanar el terreno a la proclamación de un estado kurdo, opción que ni Damasco ni Bagdad aceptarán de buen grado, y tampoco Turquía, sobre todo si dicho estado está en la órbita del PKK”, explica Álvarez-Ossorio. Aun así, también es evidente que las identidades nacionales se están redefiniendo a toda velocidad. Si en el caso iraquí los kurdos tienen una posición de fuerza, en el caso sirio esta fortaleza es más coyuntural y está directamente relacionada con la necesidad de combatir a Daesh. Una vez derrotado y con la guerra siria finalizada, la autonomía de las zonas kurdas sí podría ser puesta en tela de juicio por el poder central.

Paralelamente, Turquía ha sido un elemento de importancia capital desde el comienzo de las operaciones yihadistas. Llegó a ser una de las fronteras más porosas para la llegada de combatientes voluntarios y autopista del mercado negro para el abastecimiento de Daesh. Sólo hasta el cierre a cal y canto de sus puertas y ventanas apenas hace unos meses, el gobierno de Erdogan no ha dado un decidido paso para combatir a las huestes de Al Baghdadi. O para ser justos, al menos no facilitarle tanto las cosas. El precio que han pagado los otomanos, y que aún están pagando, tampoco es pequeño. Sufren un incesante rosario de atentados aliñado con el terror provocado por independentistas kurdos como los miembros del grupo terrorista TAK.

El destino de kurdos y turcos parece inevitablemente entrelazado, pero ni siquiera la derrota de Daesh, el supuesto enemigo común, ni el innegable mérito y sacrificio de los peshmergas, garantiza un futuro nuevo estado.

Principalmente porque los propios kurdos demuestran unas irreconciliables brechas políticas entre ellos. Un ejemplo son las pésimas relaciones entre el KRG, el organismo de gobierno oficial del Kurdistán iraquí, y las autoridades de Rojava. La frontera entre ambas regiones está cerrada parcialmente desde hace meses, la primera conservadora y la segunda socialista. El partido del presidente kurdoiraquí Barzaní en Rojava, el PDK-S, ha sido incluso acosado por el PYD, brazo del PKK en Siria. “Se puede decir que el KRG tiene mejor relación con Turquía que con Rojava, especialmente en materia comercial”, señala el corresponsal Lluís Miquel Hurtado. Más allá, hay muchos territorios del Califato, como Raqqa, Deir Ezzor e incluso áreas de Mosul y Nínive, donde es muy difícil que la población tolere un dominio kurdo, al que consideran extranjero o, en cualquier caso, ajeno.

Casi 18.000 yihadistas han vuelto a Europa

Pero más allá del aspecto político-militar de la futura derrota de Daesh, uno de los temores más extendidos y acuciantes en Occidente es el retorno a sus países de origen de los yihadistas que vuelven del Califato. A medida que las tierras en su poder se constriñen, el incremento de retornados se incrementa. Fuentes de la UE calculan que son ya cerca de 18.000. El periódico alemán Die Welt ha publicado recientemente algunos datos de un informe confidencial del gobierno de Berlín en el que se alerta de que sólo el 10% de todos los retornados al país teutón desde Siria e Irak manifestaban cierta desilusión con su experiencia yihadista. Por otro lado, cerca de la mitad (48%) sigue comprometida con los ideales de la yihad y mantiene vínculos familiares o amistosos con otros extremistas. El informe concluye que cerca de un ocho por ciento sólo volvió a Europa para tomar un respiro antes de volver a los campos de batalla del Califato.

El experto en yihadismo e investigador de la Universidad George Washington, Amarnath Amarasingam, explica la existencia de distintos perfiles de retornados y la necesidad de tratarlos especialmente a cada uno de ellos. “Vemos cómo, por un lado, existen retornados que podríamos llamar ‘operacionales’, es decir, aquellos capaces de atentar, como los atacantes de París o Bruselas. Por otro lado, están los ‘desilusionados’, quienes fueron al Califato en busca de la utopía yihadista pero encontraron algo muy diferente. Y, por último, los ‘desocupados’, individuos que han abandonado el campo de batalla por heridas de guerra o pura supervivencia pero que se mantienen radicalmente convencidos por el ideario del yihadismo”. El gran problema, sin embargo, es saber quién es quién en este peligroso juego en el que no faltan voces que recelan de una posible reinserción posterior a un castigo penal. “Personalmente sí creo en la reinserción“, indica Amarasingam, “ya hemos tenido experiencias similares con individuos provenientes de Afganistán o Somalia. Todos deben pagar por sus crímenes, pero siempre en pos de una reinserción”.

Por su parte, Mubin Shaikh, experto en radicalización y contraterrorismo, apunta: “Hay que ser conscientes de que no puedes reintegrarlos a todos. Simplemente porque muchos de ellos creen de verdad que no han hecho nada malo e incluso llegan a radicalizarse aún más al sentirse acosados”.

El propio Shaikh fue un adolescente radicalizado por los talibán cuando viajó desde su Canadá natal hasta Pakistán. Tras los atentados del 11S, comenzó un proceso personal de ‘desradicalización’ y actualmente es una de las figuras más activas en el mensaje de la recuperación de jóvenes radicalizados. “Los jóvenes son los mejores candidatos a la reinserción y hay que apostar por ellos. Sin embargo, con aquellos que han crecido en una zona de guerra, es mucho más difícil”, añade Shaikh.

Es un problema, desde luego, que no acepta prórrogas y para el que se han propuesto soluciones de todo tipo, desde programas de reinserción como los iniciados en varios países, Francia entre ellos, hasta teorías polémicas como la publicada por el centro de estudios israelí Begin-Sadat y firmada por el profesor de la Universidad de Chicago Efraim Inbar. Inbar propone no acabar con el Califato, sino mantenerlo debilitado y cercado para contener dentro de sus fronteras la mayor cantidad de yihadistas contenidos. ¡Ah!, y de paso frenar las ambiciones de Irán. “Es de locos”, señala Amarasingam, “primero, porque la naturaleza de los grupos terroristas es siempre expansiva, no se pueden contener. Segundo, por una cuestión puramente moral y ética; ¿cómo dejar que un grupo tiránico establezca su control en vastas áreas donde viven millones de personas?”.

Pero, ¿cómo reintegrar lo que parece una causa perdida? Shaikh explica que la cooperación con las autoridades, el deseo sincero de rehabilitación, el testimonio público de sus acciones pasadas, y la colaboración con la comunidad, son “requisitos básicos para empezar a trabajar”.

En realidad, Daesh ha sido consciente en todo momento del tremendo potencial destructivo de los retornados. Y nunca ha escatimado recursos y estructuras para sacarle el mayor partido posible. En una entrevista publicada en el New York Times el pasado mes de agosto, un excombatiente alemán de ISIS hoy preso, Harry Sarfo, confesaba haber pertenecido al EMNI, un organismo del grupo terrorista dedicado al entrenamiento específico y a la ‘importación’ de individuos extraordinariamente radicalizados. “Me dijeron, ‘¿Volverías a Alemania? Te necesitamos allí'”. Querían multitud de ataques a la vez en Inglaterra, Francia y Alemania”, aseguraba Sarfo. “Nos enviaron a cientos. A cientos. Eso fue antes de los atentados de París”.

El EMNI estuvo en su día gestionado por Abu Mohamed al Adnani, célebre portavoz del Califato, mano derecha del califa Al Baghdadi y finalmente abatido en un bombardeo este verano. Al Adnani es fundamental para entender la naturaleza y el desarrollo de Daesh. Autor del célebre discurso en el que instaba a todo musulmán a atentar con cualquier medio a su alcance, además fue el jefe y uno de los principales diseñadores de la descomunal maquinaria de comunicación y propaganda de los yihadistas.

Cuando caiga Daesh, su actividad en estos campos ya habrá marcado un claro e irrenunciable precedente para grupos similares. En comunicación y propaganda, con la figura de Al Adnani bien reconocible, esta revolución marca el discurso terrorista del futuro cercano. Las bases del relato terrorista clásico han variado indudablemente, fundamentado ese cambio en las nuevas tecnologías y el cuidado de la narrativa, mucho más eficiente y atractiva que antes. Desde el asesinato filmado del periodista James Foley, muchos medios occidentales asumieron como noticioso cualquier contenido emitido por Daesh, llegando a cerrar el circuito de la propaganda precisamente deseada por los terroristas. En este sentido, ante la avalancha de contenidos, en muchos casos efectistas y con ningún valor informativo, tiene lugar una nueva reflexión sobre lo que en realidad es noticioso más allá del espectáculo. Se antoja fundamental, por consiguiente, establecer una política de consumo y una formación apta para contrarrestar estos perniciosos efectos, sobre todo para aquellos segmentos de la sociedad especialmente sensibles a la propaganda del terror y la captación. Hay que asumir que los nuevos canales de comunicación, con las redes sociales al frente, requieren un uso responsable y concienciado, pues se ha convertido en la principal autopista informativa del terrorismo moderno.

¿Es posible otro Califato?

Es, quizás, la gran pregunta que nos haremos todos cuando se capture la última bandera de Daesh. Aventurar con certeza la posibilidad de un nuevo Califato puede resultar peregrino, pero lo cierto es que los ingredientes que se cocinaron a fuego lento durante años y que dieron luz al protoestado de Al Baghdadi, no son elementos tan extraordinarios en una zona inestable como Oriente Medio.

En su día, la fallida primavera árabe siria, el fracaso de la postguerra iraquí, y el secular conflicto entre suníes y chiíes, traducido a modo de cuantiosos patrocinios de Arabia Saudí y las monarquías del Golfo al todavía germinal Daesh, provocaron el auge del Califato.

“Claro que es posible que Daesh u otra organización pueda recuperar y establecer de nuevo un Califato similar”, opina Kyle W. Orton. “Más aún, en el improbable caso de la erradicación total de Daesh, lo que sí pervivirá será el modelo y la certeza de que el Califato puede lograrse”.

Es entonces cuando todos los ojos vuelven a la gran organización terrorista, la que siempre ha estado ahí aun siendo eclipsada por Daesh. No parece probable que Al Qaeda inicie un proyecto califal, pero quizás no lo necesite. Aunque también haya sufrido por el ingente trasvase forzado de yihadistas con el meteórico auge de ISIS, de la que fue matriz en su día, las huestes clandestinas de Al Zawahiri controlan de facto varios territorios en Siria, Yemen o el norte de África, entre otros enclaves del mundo árabe.

En este panorama incierto, pero con evidentes sombras tenebrosas en el horizonte, parece una obviedad destacar la importancia de iniciativas políticas que comprendan la conciliación, el trabajo, la educación y el desarrollo. Como vemos, será sumamente complicado, pues dependerá del grado de influencia y cooperación de las distintas potencias internacionales y regionales. Y por supuesto dependerá también del tiempo; el que será necesario en grandes cantidades para intentar cicatrizar las muchas y profundas heridas que ha provocado Daesh.