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¿Un nuevo Rajoy? Entre la resignación y esperanza en un milagro. -Jesús Cacho/Vozpópuli-

Mañana de gloria para quienes este sábado celebraron la renuncia al escaño de un consumado falsario como Pedro Sánchez, un tipo que ha estado muy cerca de situar a España en la deriva griega que hubiera significado ese Gobierno enloquecido con Podemos y los independentistas que se estaba trabajando en la sombra, que el CNI detectó a tiempo, y que un ramillete de notables con mando en plaza frustró. Lloriqueo impostado incluido, asombra la capacidad de los populistas de toda condición para emboscarse en el derecho a decidir de “las bases”, de “la militancia”, del “pueblo”, convencidos de que esas bases serán convenientemente manipuladas en su momento por el verbo encendido del líder carismático. El hipócrita se va prometiendo venganza. Back to the road, anuncia el héroe de diseño dispuesto al asalto al poder de un PSOE en estado terminal. Desde el palacio de San Telmo, Susana Díaz contemplaba este sábado la escena dispuesta a concederle el tiempo suficiente como para que el chulapo dé todas las vueltas al ruedo ibérico que desee antes de convocar el correspondiente Congreso, de forma que para cuando el cónclave se reúna de Pedrito Nono no queden ni las raspas. Por el bien de España.

Y tarde de paseo para un Mariano Rajoy investido por fin presidente del Gobierno. ¿Y ahora qué?  En enero de 2012 escribí en este diario que “No todo está perdido, ni mucho menos. El partido acaba de empezar. Todo dependerá de lo que este Gobierno sea capaz de hacer con las grandes reformas que tiene pendientes. Con más de 5 millones de parados, o se interviene a fondo al enfermo o morirá. Jamás Gobierno alguno ha dispuesto de semejante cheque en blanco como el que la mayoría absoluta ha otorgado a Rajoy, y ni España ni la Historia le perdonarían nunca no haber hecho lo que estaba obligado a hacer”. Es evidente que no lo hizo. En el mejor de los casos, dejó la tarea a medias tras haber centrado sus esfuerzos en la vuelta al crecimiento. Su renuncia a meterle mano a la aguda crisis política en la que ha desembocado el final de la Transición es un pecado del que los demócratas españoles jamás podrán absolverle. Hoy, esa crisis ha adquirido perfiles mucho más peligrosos, porque en enero de 2012 aún no conocíamos la dimensión del envite que el independentismo catalán ha planteado a la unidad de España, que es tanto como decir al sistema democrático que, mal que bien, ha propiciado paz y prosperidad para los españoles en los últimos 40 años.

De modo que, ¿y ahora qué? Solo un optimista impenitente, harto de vino y licores finos, sería capaz de mirar con confianza el horizonte inmediato. A menos que sea capaz de consensuar algún tipo de pacto de gobernabilidad con Ciudadanos y PNV (la muerte tenía un precio), a Rajoy le espera una legislatura corta y muy sufrida, con un PSOE sumido en las urgencias de hacer oposición a cara de perro para demostrar al personal que es el líder indubitado de la oposición por mucho que Podemos ladre en la calle y grite sus soflamas en el Parlamento. A la crítica situación socialista cabe añadirle ahora el eco desestabilizador que anuncia ese monje virtuoso, a quien en cuestión de días ha salido un sorprendente mechón blanco en el pelo, llamado Sánchez, con su prédica por la geografía española de un nuevo PSOE “alejado del PP”, que ese es todo el mensaje de futuro que a su fiel infantería vende este majadero con ínfulas de conducator. Como nadie en Ferraz ignora que a partir de mayo Mariano dispondrá de la posibilidad de disolver las Cámaras cuando quiera, la legislatura amenaza discurrir en el filo de la navaja de esa tensión permanente entre el arma nuclear en manos del Presidente y las urgencias socialistas por marcar territorio opositor en el Parlamento.

Tal es el escenario en el que el nuevo Gobierno tendrá que moverse para hacer frente al momento de mayor debilidad de España como nación desde hace muchas décadas, tal vez siglos. Son legión los que, a cuenta de la incuria y el pasotismo del PP y de sus líderes, aspiran hoy a romperla en su provecho, acabando con la soberanía del pueblo español como fuente de legitimidad de todos los poderes que emanan de la Constitución. Con dos candidatos encabezando la nómina: la izquierda radical y su modelo de democracia a la venezolana que augura un futuro venturoso de pérdida de libertades y pobreza generalizada salvo, claro está, para la nomenklaturapodemita y sus sans-culottes,  por un lado, y el independentismo catalán, por otro, y su diario desafío a la legalidad en nombre de la “democracia”. La señora Forcadell insiste en que inhabilitarla sería “antidemocrático”, mientras el señor Mas se declara partidario de “movilizar a la gente en la calle para mantener el pulso”. Artur Mas y Pablo Iglesias unidos por el cordón umbilical de la calle y dispuestos a dar la razón a Eric Hobsbawm, el historiador marxista británico que dijo aquello de que “la agitación en la calle es para los totalitarios como la misa de pontifical para los católicos”. Pero, ¿qué pulso? ¿Contra quién? En Madrid nadie responde. Madrid es un vacío plagado de fantasmas que se esconden bajo el axioma del “Dios proveerá” y de ese otro, igualmente dinámico, que sostiene que “no hay mal que cien años dure ni cabrón que lo resista”.

El temible desafío de los “rufianes”

El secesionismo catalán tiene ya marcada una fecha en la vida de los españoles, ¿el pulso final?, referida a ese referéndum vinculante de independencia a celebrar en septiembre de 2017, llamado a dividir en dos la próxima Legislatura e incluso a hacerla saltar por los aires. El envite, un golpe de Estado en toda regla, ha llevado a pensar a más de uno que el nuevo Gobierno podría disponer de al menos un año de relativa calma, porque ninguno de los partidos constitucionalistas va a tratar de desestabilizarlo teniendo por delante un reto de la importancia del planteado por Mas y sus rufianes. Un año durante el cual tendrá que hincarle el diente al problema de las pensiones, asunto que tiene en vilo a millones de españoles; abordar tal vez el manoseado, tantas veces humillado, pacto por la Educación; acordar la reforma de la financiación autonómica como algo que interesa tanto a presidentes de CC.AA. de PP como de PSOE, y hacer concesiones en el terreno de la legislación laboral, una de las pocas reformas de los años de mayoría absoluta que ha demostrado su utilidad, y que un partido ideológicamente de rebajas, más socialdemócrata que nunca, está más que dispuesto a otorgar. Eso y poco más, al margen de cumplir a capa y espada los dictados del guardia de tráfico de Bruselas en lo que a control del déficit se refiere. Y subir impuestos, naturalmente. Es lo que tiene obedecer a Bruselas y satisfacer al tiempo las crecientes demandas de gasto de una sociedad dispuesta a dar la razón a Churchill cuando decía aquello de que “una nación que intenta prosperar a base de impuestos es como un hombre sentado en un cubo que intenta desplazarse tirando del asa”. Nada que esperar de una reforma constitucional capaz de enmarcar ese gran movimiento de regeneración que reclaman tantos españoles. Carente el país del clima de consenso que reclama asunto de tanta enjundia, el horno no está para esos bollos.

Falta espíritu de consenso y sobra atavismo en un presidente del Gobierno en quien resulta muy difícil imaginar cambio sustancial en su forma de hacer política. Es el misterio Rajoy, el enigma de un personaje de otra época, un político de la Restauración que disfruta con el debate parlamentario, pero a quien asusta la toma de decisiones, a quien aburre sobremanera la gestión del día a día, hasta el punto de ser capaz de organizar el Gobierno de la nación como una oficina del Registro de la Propiedad a cargo de un oficial mayor (Soraya Sáenz de Santamaría) de quien dependen una serie de auxiliares encargados de despachar con ella los asuntos del día. El señor registrador se pasa por la oficina una vez a la semana para atender los asuntos de firma, pero no se mete en harina, deja hacer, delega. Y delega tanto que su Gobierno termina convertido en un gallinero donde la mitad de los ministros no se habla con la otra mitad. Es el arcano Mariano, la incógnita de un pasmarote a quien no interesan los lujos ni el estilo de vida de nuestros superricos pero a quien obsesiona el Poder, mata por el Poder; el misterio de un “destroyer” displicente y aburrido de quien siempre se dijo en la sede de Génova que dejaría el PP convertido en una escombrera, pero que, ironías del destino, se ha llevado primero por delante al PSOE dejándolo como un solar.

Más lejos de Thatcher y más cerca de Heath

El presidente investido este sábado ha logrado ya su objetivo de contemplar el final de los grandes juicios de corrupción de su partido instalado en la atalaya del poder, la presidencia del Gobierno, asunto que le ha preocupado sobremanera. Desde Moncloa se manejan mejor los resortes de una Fiscalía y de una Justicia que reclaman a gritos independencia. Asediado por cámaras y micrófonos, prometió en los pasillos del Congreso “fuerza, coraje y determinación” para la nueva etapa, con el ánimo puesto en “convertir esta situación, muy difícil y compleja, en una oportunidad”. ¿Es posible esperar un cambio en los comportamientos políticos, en la actitud hacia los problemas de este conservador de provincias sin carisma y con querencia a dejar que el tiempo le resuelva los retos que enfrenta? ¿Es aceptable esperar una transformación en Mariano Rajoy sin viajar a Lourdes o, en su defecto, a Fátima? ¿Es lógico esperar un milagro? Cambiar radicalmente de talante sería el mayor regalo que un hombre que desperdició de manera tan lamentable ocasión tan gloriosa como la mayoría absoluta de que dispuso podría hacer a los españoles en esta hora de tribulación. Quienes le conocen dicen que no, que no es posible cambiar el alma de este personaje atrabiliario, cada día más lejos de Margaret Thatcher y más cerca de Edward Heath (“I am not a product of privilege, I am a product of opportunity”) que nos ha tocado al frente del Gobierno en la época más exigente de España. Justamente este sábado dio la primera de arena (“El comienzo es más de la mitad de todo” que dijo un tal Aristóteles), al revelar que no anunciará su Gobierno hasta el próximo jueves. ¿Hasta el próximo jueves? Va a resultar que dijo verdad cuando, días atrás y preguntado por la composición de su futuro Gabinete, aseguró tan pancho que “no lo he pensado”. Mariano necesita tiempo. El Mariano de siempre ha vuelto. En realidad nunca se fue.

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Investidura de Rajoy: el espectáculo de la política venal. -Javier Benegas-Juan M. Blanco/Vozpópuli-

Todo apunta a que hoy sábado, Mariano Rajoy obtendrá la investidura como presidente del gobierno, con la abstención del PSOE. Ahora que, en mayor o menor medida, hay tres grandes partidos implicados, sería el momento oportuno para acometer las reformas que España necesita, unos cambios que distan de ser sencillos pues encontrarían enormes resistencias de grupos poderosos e influyentes. Las reformas requerirían, por ello, mucha valentía, arrojo, principios, generosidad y visión de futuro. Desgraciadamente, ni la forma ni el fondo del debate de investidura incitan al optimismo. Rajoy y Pablo Iglesias se erigieron como los dos grandes protagonistas. Y con ellos, el espectáculo de la confrontación, de la política venal, eclipsó el necesario acuerdo en pos del bien común, liquidando la razón.

Es cierto, o lo ha parecido, que Rajoy ganó a Iglesias, incluso, en argot pugilístico, lanzó algún que otro croché a la mandíbula del rival provocando su tambaleo. Sin embargo, los mejores momentos del candidato no provenían de ideas profundas, claras, ilusionantes sino de su proverbial socarronería. Humor y sorna bien administrados para entretenimiento del gran público, para satisfacción de los amantes de la polémica, de informadores en busca del titular sensacional. Así, de Iglesias sólo se recordará su calificación de “delincuentes potenciales” a todos los miembros de la cámara, de Rajoy su disposición a prestar su tractor o de Rafael Hernando los “cuatro millones de dólares” que arrojó a la cabeza de Iglesias. De Albert Rivera sólo ese “¡qué capullo, vaya gilipollas!” proferido en un arrebato. Y de un tal Joan Tardá su creencia de estar todavía en el siglo XX, como si acabaran de descongelarlo tras una larga criogenia.

Sea como fuere, Mariano ganó, pero Pablo obtuvo lo que buscaba: relevancia. Logró que el candidato a presidente se empleara a fondo contra él, que echara mano de todos sus recursos. Como un luchador de judo, usó hábilmente ese empeño en su propio beneficio. Así, cuanto más se esforzaba Rajoy, más relevancia ganaba Iglesias. Desde este punto de vista, el líder de Podemos ha logrado su objetivo: convertirse de facto en el jefe de la oposición, pasando por encima del cuerpo de un PSOE descabezado. Pero también ganó Rajoy, porque polariza el debate contra un adversario al que cree haber tomado la medida. Es el triunfo de la confrontación donde prima el espectáculo, la gresca, el teatral antagonismo… y desaparecen las ideas.

Una teatral disputa barriobajera

Por más que se insista en que todo está cambiando, que asistimos a un momento histórico lleno de peligros pero también de oportunidades, en realidad continuamos como siempre. Y no nos referimos a la impostada dicotomía izquierda-derecha, donde unos convierten la palabra “progreso” en un fetiche con cualidades intangibles mientras otros adoptan el papel de protectores de la nación, para que, al final, todos se lancen en plancha para atrapar un gran pedazo de la tarta del presupuesto. Nadie parece caer en la cuenta de que un discurso de investidura no puede basarse en generalidades, en buenos propósitos. Tampoco en la enumeración de logros pasados o en la burda contraposición de una supuesta seguridad frente al amenazante peligro, sino en la exposición clara de la política que se va a aplicar en el futuro. El candidato debe pedir el voto con propuestas concretas y detalladas. No basta pregonar que nos jugamos mucho, que es urgente asegurar el futuro: hay que explicar con profundidad cómo se pretende lograr. Es ridículo afirmar que hay que cuadrar las cuentas y, a continuación, no detallar el método, escudándose en que todo depende de cómo evolucione la recaudación a lo largo del año. Si el candidato tiene un plan, debe exponerlo minuciosamente; aunque lo más probable es que no lo tenga.

Desgraciadamente, mucho prometer y prometo, buenos propósitos y aparente sensatez por parte de una de las bandas; y mucho referéndum, revolución, mucha democracia asamblearia y viaje a Ítaca en patera, por el otro. Pero todo humo. Espeso, de colores, espectacular, pero humo al fin y al cabo. Disputas barriobajeras, puñetazos y patadas dignas de una película de Bruce Lee, pero discursos sin concreción alguna. Escasez absoluta de ideas en unos personajes que probablemente carecen de capacidad para regentar una modesta panadería sin llevarla a la quiebra.

Los problemas de España son muchos y muy graves, y sus soluciones ni son sencillas ni tienen efecto inmediato. Pero esto no significa que debamos claudicar y solazarnos con espectáculos tan vacuos y lamentables como el descrito. Investir a un presidente y tener gobierno no es en sí lo fundamental. Lo importante es el plan, la política, las medidas. No es tiempo de generalidades, tampoco de hipérboles jactanciosas, menos aún de distraer al personal con reyertas de salón. Hay que dar un giro copernicano a la política porque España se nos va por el sumidero. Hemos evolucionado, de manera increíblemente veloz, hacia un sistema cerrado, marcado por los privilegios, el intercambio de favores, la discriminación. Nos hemos alejado de la igualdad ante la ley, de la selección óptima basada en el mérito y el esfuerzo, de la sana competencia y la eficaz cooperación. Los españoles vivimos bajo la bota de los intereses grupales, donde lo importante no es lo que eres sino al grupo al que perteneces, el partido al que estás afiliado o la facción en que militas. En definitiva, lo que marca nuestro destino no es lo que cada cual conoce… sino a quien conoce.

La preponderancia de los grupos de presión

Con independencia de su signo, los gobiernos en España han tendido a favorecer los intereses de determinados grupos de presión más que los de la sociedad en su conjunto. Mancur Olson mostró que la política tendía a ser capturada por colectivos minoritarios porque es relativamente menos costoso, y más rentable, organizar pequeños grupos de intereses para capturar privilegios que organizar grandes asociaciones en pos del bien común. Pero el caso español es sin duda excepcional por la intensidad, por la facilidad y rapidez con que grupos y facciones se han adueñado del poder político, sin apenas resistencia. Quizá, el hecho diferencial es que muchos de estos grupos sean internos a la política, no externos como planteaba Olson. Sea como fuere, este fenómeno se ha reflejado en una legislación complejísima, prolija, repleta de excepciones, dirigida a satisfacer a colectivos concretos. Unas leyes tan abundantes y enrevesadas que pueden interpretarse de manera torticera, del derecho o del revés, para conceder favores sin que se note.

Se explican así la sobreabundancia de subvenciones, las leyes fiscales con infinidad de recovecos y, lo peor, las regulaciones abusivas que generan mercados cautivos, enormes ineficiencias y la progresiva reducción de la riqueza. El verdadero problema de España no son las pensiones, el déficit desbocado o la posibilidad de una fractura territorial. Porque todos ellos son consecuencia de un sistema político sin adecuados controles y contrapesos, que conduce a una preponderancia desmesurada de unos partidos fuera de control, con fuerte sesgo hacia los intereses de sus cúpulas. Enfermedad que ha evolucionado con especial virulencia en un sistema autonómico diseñado pésimamente, siempre en favor de caciques y  oligarquías locales, con una distribución de competencias que jamás atendió a razones de eficiencia, o a las necesidades de los ciudadanos, sino a la descarnada conveniencia partidaria.

lPero es que, además, tras descubrir que es más fácil mantenerse en el poder dividiendo a la sociedad en rebaños, en facciones, otorgando ventajas, prebendas, distintos “derechos” a cada una de las “tribus”, los gobernantes se han dedicado a fomentar esta inherente dinámica grupal. Es sencillo de entender; la política de creación de clientelas favorece el voto cautivo. Y de ahí todo lo demás: el creciente paternalismo estatal, la infantilización de la sociedad, la paulatina desaparición de la responsabilidad individual y la convicción de que, hoy día, un hombre solo no vale nada.

No necesitamos más leyes

En el actual estado de degradación, las genuinas reformas implicarían enormes beneficios para la sociedad. Pero resulta muy difícil acometerlas, mucho más si se intenta abordar cada cambio por separado. El statu quo ha devenido en un complejo equilibrio de alianzas, con fuerte inercia y enorme resistencia al cambio, donde cada grupo se resiste con uñas y dientes, ejerciendo enorme presión para conservar sus privilegios. Por contra, el apoyo ciudadano tiende a ser débil, no sólo porque los beneficios de cada medida se reparten entre muchísimas personas; también porque las ganancias sociales tardan cierto tiempo en materializarse. Y un gobernante cortoplacista jamás se enfrentará a los grupos de presión para impulsar reformas cuyos resultados no se verán hasta que pase cierto tiempo.

Por ello, el próximo gobierno debería exponer un programa de reformas, proporcionando toda la información necesaria sobre los cambios y las consecuencias previstas. Y presentar todas las transformaciones en un mismo lote, algo que no implicaría elaborar nuevas leyes sino, al contrario, abolir decenas de miles de excepciones que sostienen los privilegios. Pocas leyes, claras, sencillas, conocidas e iguales para todos. La opinión pública debe percibir que hay mucho que ganar con estas reformas, aunque haya que esperar para recoger los frutos. Y que el gobierno está dispuesto a seguir adelante por mucho que trinen los grupos privilegiados, sean éstos empresarios, asociaciones, cazadores de subvenciones u oligarquías regionales: al fin y al cabo, si tienen paciencia, también se beneficiarán de la mejora general.

España necesita un verdadero cambio de rumbo, desde el acuerdo, no desde la confrontación, con generosidad, valentía y visión de futuro. Desgraciadamente, la investidura de Rajoy no parece conducir precisamente por ese camino a juzgar por esa discusión propia de barra de bar, de corrala de vecinos, de trifulca futbolera… o de cerebros a medio descongelar.

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La pezuña peluda de Rafael Hernando. -Marcello/República-

Con el tono chulesco y desabrido (y cara de asco) que le caracteriza el portavoz del PP en el Congreso de los Diputados Rafael Hernando ha destrozado, de manera gratuita, el clima de sosiego y de entendimiento mayoritario que imperó en el debate general de la sesión de investidura de Mariano Rajoy, ofreciendo a los presentes y y los ciudadanos que siguieron el debate por televisión el lado más oscuro de una derechona ancestral.

Este Rafael Hernando, que en el anterior intento de investidura de Rajoy ya estuvo a punto de provocar con sus palabras la ruptura del pacto del PP con C’s -lo que obligó a la vicepresidenta Sáenz de Santamaría a acercarse al escaño de Albert Rivera para deshacer el entuerto-, es un indigno portavoz del PP y un peligro constante para el espíritu de diálogo, negociación y pacto que ha de imperar en la difícil legislatura que se acerca.

Por lo tanto Rajoy debe destituirlo de manera inmediata como portavoz de su partido en el Congreso, porque fue Rajoy quien lo nombró a sabiendas de la catadura del personaje que fue colocado en ese cargo precisamente para eso de provocar, agredir a los adversarios y armar bronca como en él suele ser habitual.

Este Hernando, al contrario de su homólogo del PSOE Antonio Hernando que hizo un discurso impecable, leyó un discurso pésimo y reiterativo en lo político, y se agarró a diatribas o provocaciones de otros oradores, como Pablo Iglesias, no para responder con ironía, mesura e inteligencia, como lo hizo Rajoy consciente de lo que estaba en juego, sino para lucir sus pésimos modales. Y además para dar a Podemos una buena oportunidad de réplica que la presidenta del Congreso Ana Pastor le negó de una manera injusta y arbitraria provocando, con razón, la salida del hemiciclo de los diputados de Podemos.

Si este Rafael Hernando va a ser el encargado en nombre del PP de pactar y negociar la estabilidad del gobierno, las leyes, Presupuestos y reformas que se anuncian ya podemos dar por perdida la legislatura y fracasado el nuevo gobierno de Rajoy quien ayer estuvo conciliador y prudente vistiendo la que sin duda fue su mejor piel de cordero, hasta que subió a la tribuna Rafael Hernando para enseñar la pezuña negra y peluda de lo peor del PP.