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La transversalidad de Donald Trump. -GabrielaBustelo /Vozpópuli-

Cualquiera con una cuenta de Twitter activa habrá tenido ocasión de comprobar o sufrir una de las conductas más grotescas que se practican en esta red social: el acoso por parte de tuiteros furibundos que tildan de ágrafo e indocumentado a cualquiera que mantenga una opinión distinta de la suya. Si hay algo que simboliza el abismo generacional que acompaña a la globalización es esta letanía de que en el siglo XXI ‒el más alfabetizado y menos pobre de la historia de la humanidad‒ ya no se leen libros como en los viejos tiempos. Este fenómeno no solo sucede en España y en el resto de Europa, sino también en Estados Unidos, donde el eslogan electoral de Donald Trump “Make America Great Again” (Logremos que América recupere su grandeza) se ha pretendido refutar con el sarcástico contra-eslogan “Make America Read Again” (Logremos que América vuelva a leer como antes).

En la llamada “Era de la Información” las generaciones audiovisuales –numerosas, pues incluyen a los nacidos a partir la década de 1970– parecen haber dado la espalda a la prosa, decantándose por la imagen o el microtexto (el tuit, el eslogan publicitario, la cita breve) como elemento central de las plataformas que usan para informarse. Esta preferencia por los formatos culturales/informativos breves no es solo propia de Occidente, sino que la comparten las nuevas generaciones del mundo entero. Un síntoma de la tardía aceptación de los nuevos formatos culturales por parte del establishment europeo ha sido el Premio Nobel de Literatura al cantautor estadounidense Bob Dylan. Como algunos veníamos escribiendo desde hace años, el pop no solo es un colosal contenedor cultural, sino que la música pop es el lugar donde se halla buena parte de la mejor poesía del siglo XX. La globalización entendida como un proceso de democratización mundial implica que hoy son las masas ciudadanas con sus Smartphones y sus ordenadores personales, ‒no las élites intelectuales con su altivo “¡Vete a leer!”‒, quienes deciden qué cultura prefieren, ergo cuál es la cultura que se va a consumir mayoritariamente durante las siguientes décadas. Como ha sucedido con Dylan, la divulgación masiva de su música coexiste con la calidad poética indudable de sus letras.

Malos tiempos para la pedantesca

Dos grandes víctimas de la revolución informática son la industria editorial y el periodismo clásico. Mientras la industria del libro renquea, el Slow Journalism propugna un regreso a los orígenes con textos más largos y más especializados. (¿Luchar contra la preponderancia de la imagen con una doble ración de palabras no es una batalla perdida de antemano?) Pero existe un tercer sector que ha quedado muy tocado: el académico. Mientras los politólogos estadounidenses se lamen las heridas y comienzan a analizar sus errores, algunos periodistas como el británico Michael Deacon han detectado que el Brexit y el Trumpazo no albergan un resentimiento contra las clases altas ‒como pudiera parecer por el sesgo antisistema de ambas campañas‒, sino un marcado resentimiento contra las élites intelectuales. “Creo que este país está muy harto de expertos”, decía el euroescéptico británico Michael Gove este verano.

Al democratizar el acceso a la información, la revolución tecnológica ha desenmascarado la pedantería como burda artimaña del intelectual de antaño, cuyo lenguaje impenetrable servía para amedrentar al lector y, con frecuencia, para enmascarar la ignorancia propia. Orwell atinó –también en esto– al exigir una prosa transparente como el cristal de una ventana. Hoy día, cuando todo el conocimiento humano se puede encontrar prácticamente gratis en Internet, un lenguaje claro es el primer filtro que sirve al lector para discriminar en su elección. Donald Trump no produce envidia por su riqueza ‒el arribismo le galvaniza contra la pertenencia a una saga económica‒ y en cambio se le admira por no formar parte de una élite cada vez más aborrecida: la intelligentsia. Trump ha intuido que la nueva política no implica una renovación de los partidos tradicionales, sino una personalización en la que el candidato es el mensaje, en una moderna vuelta de tuerca de Marshall McLuhan. El lenguaje trumpés ‒llano, reiterativo, identificable y cuajado de giros coloquiales‒ es una de las armas más poderosas del recién elegido presidente estadounidense. Y le separa tajantemente de la antaño poderosa élite intelectual, que la globalización va convirtiendo en una especie en peligro de extinción.

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La Democracia iPhone. -Gabriela Bustelo/Vozpópuli-

Nunca tantas personas han tenido acceso a tal cantidad de información en un entorno tan libre y tecnificado. Pero el acceso al conocimiento no garantiza la asimilación de ese conocimiento.

En Occidente tendemos a quejarnos machaconamente de todo, apenas conscientes de que no siempre tuvimos esta libertad que nos permite soltar exabruptos públicos casi diarios sobre el clima, la comida, la política, el deporte y la televisión. Basta mencionar un puñado de próceres de la historia europea ‒Julio César, Constantino, Carlomagno, Guillermo el Conquistador, los Reyes Católicos‒ para valorar la sufrida trayectoria de la democracia desde la Grecia de Pericles (pese a la intención igualitaria del cristianismo) hasta la Revolución Industrial y la Revolución Francesa. Probablemente fue Churchill quien apuntaló la democracia occidental como una cultura por la que merecía la pena vivir y morir, es decir, tal como la entendían los griegos. No en vano fue Churchill quien dijo con su pragmatismo socarrón: “Muchas han sido las formas de gobierno que se han ensayado y que se ensayarán en este mundo de pecado y aflicción. Nadie pretende que la democracia sea perfecta ni que sea sabia. De hecho, se ha dicho que la democracia es el peor sistema político que existe, exceptuando todos los demás que se han tanteado de un tiempo a esta parte”.

La democracia como marca registrada

La antorcha que prendió Grecia la lleva hoy Estados Unidos ‒la rama que al tronco británico sale‒, cuya democracia es casi una marca registrada. Basta ver una imagen de la Estatua de la Libertad o la bandera de las barras y las estrellas para saber de qué estamos hablando. Hoy prácticamente todos los países del mundo son democracias en mayor o menor grado. Desde los años setenta hasta comienzos del siglo XXI, cerca de 70 países se han convertido en democracias.

El atractivo de engancharse al tren democrático es comprensible: mayor riqueza, menos corrupción y menos guerras. Todo ello pudiendo convivir libremente con un futuro asegurado. A los coetáneos nos han tocado las mejores décadas de la historia de la humanidad, con un descenso de la pobreza mundial sin precedentes. La revolución informática ha acercado a los políticos a la población, despojándolos de su aura intocable. La sospecha de que los políticos son inútiles ya no es una queja retórica, sino que se ha convertido en algo fácilmente comprobable. Pese a la separación de poderes, las salvaguardas constitucionales, las legislaturas bicamerales y la rotación de partidos políticos, las democracias están controladas por minorías con frecuencia corruptas, como denuncia la serie estadounidense House of Cards. La pasión por el debate heredada con la democracia griega ha degenerado en un guirigay decadente donde todo se discute, pero poco o nada se resuelve.

El malestar en la cultura

Al intentar buscar a quien echar la culpa, la globalización aparece como la mala bestia a la que nadie había invitado y a la que nadie conoce bien del todo. La gran paradoja de la globalización es que mientras conecta de una manera casi íntima a 7.000 millones de personas, al mismo tiempo produce un sentimiento de alienación. Una persona con acceso a un iPhone o un iPad puede obtener cantidades ingentes de información y cultura antes no disponibles de manera inmediata y gratuita, pero Internet también exacerba los sentimientos de frustración. Hace ya casi un siglo Freud explicaba ‒en su ensayo El malestar en la cultura‒ esa alienación como un resultado inevitable de la presión que ejerce la sociedad occidental sobre cada uno de sus miembros, generando un sentimiento de culpa por no estar a la altura de las expectativas.

La globalización de la desinformación

La conducta del electorado occidental ha sido analizada durante décadas desde el punto de vista socioeconómico y psicológico, con resultados tan incuestionables como deprimentes. En general, los votantes de las democracias veteranas están lastrados por sus prejuicios. Del amplio grupo de personas con derecho a voto, una minoría sabe mucho de política y la mayoría no sabe nada. Es probable que estas proporciones hayan variado poco desde el nacimiento de la democracia, pero el iPhone genera la falsa impresión de convertir casi mágicamente a su propietario en un ciudadano bien informado. Por eso no debe extrañarnos que sea precisamente en las democracias prósperas y asentadas donde se están produciendo los comicios con resultados más aberrantes. Nunca tantas personas han tenido acceso a tal cantidad de información en un entorno tan libre y tecnificado. Pero el acceso al conocimiento no garantiza la asimilación de ese conocimiento. Tras una tortuosa trayectoria de 25 siglos, la democracia griega del ágora y el ostrakon se ha convertido en la democracia del iPhone, con grave peligro de volver a sucumbir.

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George Soros, la libertad de prensa y la izquierda corporativa. -Adolfo Ferrera Martinez/El mirador global-

Cada vez que una persona bien informada, de forma razonada, acusa a los grandes medios corporativos de trabajar al servicio del poder económico dominante del que forman parte, recibe de inmediato la burla o el desprecio de quienes le escuchan. Si, además, esta persona que expone esta realidad sobre la utilización del periodismo y la información como un arma ideológica por parte de las clases dominantes, es alguien con cierta relevancia social o política, recibe también el ataque personal y la censura mediática como respuesta a sus argumentos. Lo más probable es que sus ideas y razonamientos sean considerados por parte de las élites políticas y mediáticas como “teorías de la conspiración”.
Esta acusación no se realiza de forma espontánea ni supone una mera descalificación casual o superficial, sino que forma parte de una doctrina bien estudiada y aplicada desde hace décadas por parte de las oligarquías dominantes contra todo disidente político que contradiga su discurso y ponga en evidencia sus mentiras. Ya en el año 1967 la CIA acuñó el término “Teoría de la Conspiración” para referirse a aquellas teorías o corrientes de opinión que cuestionaban la versión oficial de los hechos, y exponía en un comunicado las estrategias y tácticas que debían aplicarse para desacreditar y eliminar de la circulación dichas teorías “conspirativas” [1].
Hoy en día el poder económico, los gobiernos occidentales y los grandes medios corporativos continúan aplicando esas tácticas, aunque mucho más modernizadas y ampliadas, adaptándose a los nuevos tiempos y a las tecnologías de nuestros días [2]. El resultado de esta manipulación mediática es una gigantesca audiencia ignorante (como lo define el sociólogo James Petras) que consume “información” cargada de ideología, y donde predomina el pensamiento único y una única visión del mundo posible. Todo lo demás, o no existe o es considerado como la encarnación del Mal.
Sólo desde un contexto de enajenación social masiva como este, partiendo de la base de que no existe pluralidad ni rigor informativo de ningún tipo en España ni en Europa, se puede entender que una noticia tan relevante como la filtración de los documentos relacionados con la Open Society Foundation de George Soros [3] no haya tenido ningún tipo de repercusión mediática, política ni social. Parece que se acepta con total normalidad que un corrupto inversor multimillonario influya en los medios de comunicación y de información manipulando y moldeando a su gusto a la opinión pública; o que intervenga directamente en asuntos políticos y económicos; o que financie “primaveras” y “revoluciones de colores” violentas contra gobiernos electos en Europa y en medio mundo. Esta intromisión en el mundo de la comunicación y del periodismo, esta injerencia del poder económico sobre la “libertad de información”, no ha propiciado ningún tipo de debate entre los propios periodistas que trabajan en los grandes medios de comunicación; ni mucho menos entre las clases políticas dirigentes, los movimientos sociales, las ONGs, o la izquierda “progresista” que reciben, precisamente, apoyo y financiación de George Soros y las grandes corporaciones financieras y empresariales españolas y europeas. Este escenario nos da una muestra de la degradación moral y la corrupción que rodea al panorama político y periodístico desde hace muchos años en España y en Europa.

Así lo confiesa Udo Ulfkotte, uno de los más prestigiosos periodistas alemanes, en su libro Periodistas comprados (Gekaufte Journalisten, Editorial Kopp), un éxito de ventas. En su libro, Ulfkotte admite haber aceptado coimas para escribir, entre muchos otros artículos tendenciosos, uno donde denunciaba supuestos planes de Khadafi para usar gas venenoso contra su pueblo. “En innumerables ocasiones puse mi firma en notas que me entregaron los servicios de inteligencia de EE.UU., de Alemania o de la OTAN. Mentí, traicioné, recibí sobornos y oculté la verdad a la opinión pública. No hacía periodismo sino propaganda. Me avergüenzo aunque sea tarde para revertirlo. (…)“Hoy pasa lo mismo: hay periodistas sobornados para mentir y convencer a la gente sobre la necesidad de una guerra contra Rusia”. [4]

Claro que, hay que tener en cuenta que pese a su enorme poder, George Soros no es más (ni menos) que una de las cabezas pensantes que conforman el gran conglomerado corporativo occidental que mueve los hilos de la política y la economía global al margen de cualquier filtro democrático. Estas clases capitalistas son propietarias de todos los grandes medios de comunicación y persuasión en todos los formatos (prensa, radio, televisión, internet). Nadie cuestiona este monopolio privado sobre la información y la “libertad de expresión”. Como tampoco se cuestiona que estos capitalistas financien y patrocinen a partidos políticos y sus campañas electorales. Ni que los dirigentes políticos y grandes tecnócratas europeos sean contratados por las grandes corporaciones a las que previamente habían beneficiado y servido fielmente desde sus cargos públicos. Como por ejemplo el ex presidente de la Comisión Europea y partícipe de la cumbre de las Azores que precedió a la invasión criminal e ilegal de Irak, José Manuel Durao Barroso, que ahora es el presidente no ejecutivo de Goldman Sachs International en Londres.
Lo que hace George Soros a través de su gigantesca red de fundaciones globales no es distinto de lo que hacen algunos gobiernos occidentales, como el de EE.UU. a través de agencias y organismos como la NED o la USAID, que no es otra cosa que patrocinar a periodistas y medios para que manipulen la información a su favor [5]; o financiar a la oposición de aquellos países cuyos gobiernos no se arrodillan ante sus intereses (como en el caso escandaloso de Venezuela [6]); o financiar directamente a grupos neonazis como ocurrió en 2014 en Ucrania durante “la revolución del Euromaidán”; o a grupos terroristas takfirís como ocurrió en Libia en 2011 o ahora en Siria. Lo que hace Soros tampoco es muy distinto a lo que hacen los 30.000 lobistas que campan a sus anchas por Bruselas haciendo presión, o más bien imponiendo, las políticas y leyes que deben aprobarse y que benefician al capital financiero e industrial occidental. En el caso concreto de España no existe la figura de lobista como tal, pero a pesar de la falta total de transparencia en esto asunto se calcula que cerca de 400 de estos lobistas se pasean de forma habitual por el Congreso de los Diputados donde, nos dicen, “reside la soberanía del pueblo”. De risa.
En España también tenemos nuestra propia USAID, se llama la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID). Esta agencia gubernamental ha patrocinado a políticos, periodistas, medios alternativos, académicos, organizaciones civiles y sociales, etc., consideradas de izquierdas o progresistas (incluido Pablo Iglesias y el partido Podemos). El objetivo de fondo es cooptar a la izquierda para evitar cualquier posibilidad – por pequeña que sea – de que se produzca un cambio revolucionario en Europa contrario a los intereses del capital financiero y las clases dominantes. O lo que algunos analistas llaman el control o la “fabricación de la disidencia” a través de su financiación. A la vista de los hechos, el éxito ha sido rotundo.

Según denuncia Purificación González de la Blanca, cofundadora del colectivo “Ojos para la Paz”, a través del Programa Masar la AECID ha estado formando, financiando e incluso armando a miembros de la oposición Siria que lucha contra Bachar El- Assad. Y lo peor es que semejante actividad injerencista y desestabilizadora, la cual costean sin saberlo todos los ciudadanos españoles, ha sido realizada en estrecha colaboración con otras fundaciones, instituciones y Think Tanks españolas financiadas por lo más granado de las elites globalistas, como FRIDE, el Club de Madrid o la fundación FAES del ínclito ex- presidente José María Aznar. También colaboran en este proyecto imperialista importantes medios como ABC, el Mundo o el País. (…) Pero la guinda a esta investigación la puso el descubrimiento de que quien ha estado financiando a la Fundación CEPS, una ONGD que según todos los expertos es el germen de Podemos (para la cual trabajaron destacados líderes de este partido como Juan Carlos Monedero, Íñigo Errejón o el mismísimo Pablo Iglesias), no es otra que la AECID, tal y como se desprende del comunicado emitido en 2015 por dicha fundación para negar cualquier vinculación con Venezuela. [7]

Ahora bien, como en todo caso de corrupción o prostitución, intervienen dos actores principales en escena: el que paga y el que acepta el soborno. El poder económico, los capitalistas, los propietarios, a través de una amplia red de organizaciones y mecanismos “legales”, tratan de comprar la voluntad de quienes pueden suponer un obstáculo para sus negocios. Bien, pero… ¿Qué podemos decir de esa “izquierda” y esos movimientos sociales que se prostituyen y aceptan esos sobornos y prebendas? ¿Acaso los capitalistas les regalan su dinero sin esperar nada cambio? ¿Cuál es el precio a pagar por ese filantrópico patrocinio? ¿Qué podemos esperar de esa izquierda cuando hasta un dirigente comunista como Alberto Garzón (IU) elogia el “filantropismo”  de Soros y Bill Gates en un artículo? ¿O de esos jóvenes periodistas “progresistas”, como el subdirector del “medio alternativo” elDiario.es, Juan Luis Sánchez, que es miembro del Consejo Asesor Europeo de la Open Society Foundations de Soros?
Precisamente, en un artículo que habla sobre cómo las grandes corporaciones financian a los movimientos sociales y de izquierdas que participan cada año en el Foro Social Mundial, el profesor Michel Chossudovsky se pregunta [8] cómo es posible que aquellos que se denominan “antisistema” y que pretenden luchar contra el sistema capitalista global, estén financiados y patrocinados por los mismos capitalistas y las corporaciones que conforman y sostienen el actual sistema capitalista dominante contra el que supuestamente pretenden acabar. La conclusión del respetado economista y profesor canadiense, y de cualquier observador de la realidad, es que con esta “izquierda alternativa” encabezando la oposición, otro mundo es… imposible.

¿Es posible construir “una alternativa” al capitalismo global, que desafíe la hegemonía de los Rockefeller, la Fundación Ford y otros poderes, y luego pedir a los Rockefeller, a la Fundación Ford y otros poderes que paguen la factura?

Hemos dicho y expuesto con pruebas en múltiples ocasiones que es este poder económico en la sombra al cual George Soros pertenece, reflejado en las grandes corporaciones financieras y empresariales occidentales, quienes dictan el libreto que deben aplicar los gobiernos occidentales, al margen de lo que digan o piensen los respectivos ciudadanos. Estos globalizadores desde sus despachos en Washington, Londres, Berlín, Frankfurt, Bruselas, etc., idearon el modelo de globalización capitalista que provocó, entre otras muchas cosas, la crisis económico-financiera de 2008 en Europa; y desde esos mismos despachos se han escrito las políticas neoliberales que los gobiernos títeres en Europa debían imponer a sus ciudadanos para “salir de la crisis”.
Nadie cuestiona esta perversión de la “democracia representativa” occidental en la que unas clases capitalistas a través de organismos supranacionales que nadie ha elegido, y que se mueven únicamente por intereses privados, dirigen las economías y pisotean la soberanía de los Estados. Estos son los mismos dirigentes políticos y ejecutivos corporativos que deciden qué país necesita una “intervención humanitaria” de la OTAN para poder saquear sus recursos, controlar el comercio internacional y poder instalar en el poder a un gobierno títere que obedezca las reglas del mercado y contribuya a la perpetuación del viejo Orden Mundial unipolar con epicentro en Washington.
Los gobiernos neoliberales de la OTAN, los medios de comunicación de masas, las ONGs más reconocidas, los movimientos sociales corporativos, y la izquierda “progresista” pro-imperialista forman parte activa del engranaje político, jurídico y social que han tejido las clases capitalistas globalizadas para dominarnos.
REFERENCIAS – NOTAS
[2] Manual político para ocultar la verdad: 25 reglas de la desinformación,- blog Islamía de la periodista Norelys Morales Aguilera (2/3/2014). Artículo original: The 25 Rules of Disinformation (The Vigilant Citizen, 24/5/2011)
[3] Todo lo que usted necesita saber sobre “los papeles de Soros”,- un completo informe de Andréi Kononov (Infiltrados, 17/8/2016)
[4] Periodista comprado,- artículo de la periodista argentina Telma Luzzani (Página 12, 11/2/2015)
[Para saber más sobre Udo Ulfkotte (ex editor del Frankfurter Allgemeine Zeitung) y manipulación mediática recomiendo leer este informe: Los medios y la OTAN: a propósito de Periodistas comprados (Gekaufte Journalisten), de Udo Ulfkotte. (Blog del Viejo Topo, 22/10/2014)]
[5] ‘Corruption’ as a Propaganda Weapon,- artículo del periodista y escritor Robert Parry (Consortiumnews.com, 4/4/2016)
[6]  EE.UU.: La emboscada contra Venezuela,- artículo de la abogada e investigadora Eva Golinger (RT, 12/11/2015)