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Ha nacido un killer.-Gabriela Bustelo/Vozpópuli-

La palabra porvenir siempre ha tenido relumbrón. Cualquier error o fracaso parece poder conjurarse con lo que nos depare esa promesa de posibilidades que es el mañana. Los pragmáticos romanos daban tanta importancia a la ciencia adivinatoria como para tener augures a cargo del Estado. Reverenciados por la sociedad, los videntes oficiales gozaban de inmunidades, prebendas y un sueldosine die. De haber tenido en España un Colegio de los Augures, como lo tenía la Roma de Cicerón, tal vez las señales del cielo y el vuelo de las águilas nos hubieran permitido adivinar los caóticos resultados de las generales del 20 de diciembre, evitando que un mes después de celebrarse los comicios la prensa mundial comente pasmada que España sigue sin gobierno. En cuanto al  pronóstico de la recuperación económica –la madre de todos los objetivos políticos–, es probable que las aves sagradas se negaran a ofrecer auspicio alguno, prefiriendo ser arrojadas al mar.

Milagro visto y no visto

España cerró el 2015 jaleada por los economistas internacionales como el último milagro austero de la Zona Euro. Con un crecimiento apuntalado sobre una recuperación de la actividad laboral, un repunte salarial y un refuerzo de la inversión empresarial, España tenía todas las papeletas para consolidarse como la economía más rauda de la Unión Europea. Sin embargo, nuestro país apenas ha empezado a recuperarse de la recesión, manteniendo altos niveles de endeudamiento tanto del sector público como el privado y un desempleo muy superior al previo a la crisis. Huelga decir que este esbozo de recuperación económica es inseparable de la estabilidad política. Con esto in mente, ¿trabajan los líderes españoles como un solo hombre para reforzar la solidez institucional sin la cual es imposible que España se recupere?¡Quita ya! España lleva un mes protagonizando un sindiós de tal calibre que ya se empieza a hablar de un 2016 perdido para la cuarta economía de la UE.

La Prueba de Bennet

El veterano columnista Joe Klein explicaba hace unos años en la revista Time que en 1990 el republicano estadounidense William Bennett presentó a un grupo de candidatos con la siguiente advertencia al público: “Si un político te dice lo que cree que quieres oír, sin esperar nada de tu parte, entonces no le des nada a cambio, y menos tu voto, porque es evidente que no te está diciendo la verdad”. Asegura Klein que, en la decena larga de campañas presidenciales que ha presenciado durante su trayectoria como cronista político, puede contar con los dedos de una mano a los candidatos políticos que pasaron lo que él llama la Prueba de Bennett. En España la Prueba de Bennett quedaría convertida en algo así: “Si un político no te dice nada de lo que quieres oír y lo espera todo de tu parte, entonces dale tu voto y el dinero de tus impuestos, para que haga lo que le dé la gana, porque es evidente que no te está diciendo la verdad, pero ¿qué más te da?”

Mentiras, sillones y sonrisas del destino

Si Bennett y Klein se dejaran caer por aquí, quedarían boquiabiertos ante el rutinario empleo de la mentira como instrumento político. Nuestra breve democracia es un periodo deshilvanado y trufado de enigmas tan tenebrosos como los del franquismo precedente. En 2011 el emérito rey Juan Carlos aconsejaba a una víctima del terrorismo que perdiera toda esperanza de descubrir la verdad del 11-M, aduciendo que él no sabe, ni espera llegar a saber, cómo se gestó el 23-F. Este viernes su hijo Felipe VI ha escuchado a Pablo Iglesias –que en julio desdeñaba los “sillones” y juraba no querer formar parte de un gobierno que él no presidiera– postularse como vicepresidente de un gobierno conjunto de PSOE, Podemos e IU. Pero cuando ha dado pánico Pablo Iglesias ha sido en la rueda de prensa, cuando con sonrisa taimada ha alabado la gran capacidad del Rey para ejercer sus funciones simbólicas. Entre imágenes apocalípticas de la Francia revolucionaria viene a la cabeza la frase que Frank Underwood, protagonista de la serie House of Cards, le dice a su esposa Claire: “Por supuesto que hemos mentido siempre. Imagina qué pensarían los votantes si empezamos a decirles la verdad”.

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La alienación de las élites. -Gabriela Bustelo/Vozpópuli-

Una de las nociones asociadas al marxismo, que Freud tomaría prestada para su Malestar en la cultura, es la alienación del individuo en la sociedad moderna. Mientras Marx ha quedado deslegitimado por los espeluznantes resultados de la materialización de sus teorías, el subconsciente freudiano –asociado al concepto marxista de alienación– ha alcanzado el estatus de teoría aceptada universalmente, hasta el punto de conformar el concepto de identidad del individuo occidental. En 1929 –en pleno crash económico y un año antes del Malestar de Freud– Ortega y Gasset publicó su Rebelión de las masas, traducida casi de inmediato en Estados Unidos como The Revolt of the Masses.

Las nuevas élites

El polémico sociólogo estadounidense Charles Wright Mills aseguró que Ortega se equivocaba al proclamar el creciente poder de las masas, alertando sobre la decreciente influencia política de las colectividades independientes. En su libro La élite del poder, Wright Mills habla de la importancia de los grupos con capacidad de veto, entre los cuales incluye a la prensa. Según aseguraba –medio siglo antes de la actual crisis del periodismo–, los medios aportan al ciudadano una identidad, al explicarle quién es; una ambición, al explicarle lo que puede llegar a ser; un proyecto, al ofrecerle los métodos por los que puede alcanzar su meta; y una alternativa, al darle la posibilidad de ser lo que no es.

Información versus Verdad

Con el ascenso imparable de Internet, cuando un concepto tiene éxito puede repetirse hasta el infinito, tantas veces como haya personas dispuestas a reenviarlo a otras personas. La paradoja de este proceso de difusión es que lo transmitido no siempre es información verdadera. El economista Paul Krugman ha llegado a asegurar que buena parte de lo que la gente sabe no es verdad. En el mundo paralelo de Internet se comunican a velocidad de vértigo las cosas más importantes del mundo y las más irrelevantes. Este extraordinario fenómeno ha afectado, cómo no, al propio concepto del periodismo. Del mismo modo que un tuit triunfador recorre el mundo a golpe de tecla, un concepto triunfador se reitera hasta la saciedad en las páginas de Internet. Parece información, tiene aspecto de información, pero no siempre lo es. Como apunta Antonio Escohotado, repetir no es informar.

La estrategia del miedo

El periodismo ha recorrido un largo camino desde los años cincuenta del siglo XX en que Wright Mills le adjudicaba unos poderes benéficos casi sobrenaturales. Hoy día una de las tácticas preferidas de la prensa es el fomento del miedo masivo. El terror como instrumento de poder es tan antiguo como la Humanidad, obviamente, pero su versión posmoderna nos llega disfrazada de noción innovadora. Si Noam Chomsky fue uno de los primeros en hablar del miedo como estrategia, el cineasta/periodista Michael Moore ha convertido el miedo en un modo lucrativo de ganarse la vida. ¿Y en qué consiste esta estrategia del miedo? Básicamente, en alimentar la paranoia de que las élites de los países occidentales son entes satánicos que utilizan todos los recursos a su alcance para aterrorizar a la población: manipulación de datos, exclusión de noticias, creación de epidemias informativas, alteración de cifras y estadísticas, elaboración de documentos falsos, difusión de hechos prefabricados. En otras palabras, la mecánica del miedo consiste asegurar –como hace Michael Moore en sus documentales–, que la población civil no es libre, independiente y dueña de sus actos, sino víctima de unas sádicas organizaciones superiores –gobiernos, partidos, empresarios, compañías multinacionales– contra las que debe rebelarse. En relación con esto ha surgido una plétora de expresiones tales como manipulación cultural, conspiranoia, agenda política, guerra mediática o contaminación informativa.

Las masas rebeldes de Ortega

Estamos en el siglo XXI, en un mundo que se parece ya a las novelas de ciencia-ficción de antaño. Nunca tantas personas han tenido acceso a tal cantidad de conocimientos en un entorno tan libre y tecnificado. Desde los albores de nuestra civilización, es hoy cuando los líderes que gobiernan el mundo están en mejores condiciones para definir las mejores coordenadas políticas, económicas, sociales y culturales. La ciudadanía, por su parte, dispone de todos los mecanismos necesarios para poder valorar y elegir a sus gobernantes. La revolución de la información ha dado la razón a Ortega, cuyas masas rebeldes, lejos de la enajenación marxista y la neurosis freudiana, parecen estar arrinconando pacíficamente a unas élites cada vez más alienadas.

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