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No es un camino de rosas. -Gabriela Bustelo/Vozpópuli-

Entre las cualidades de España, la teatralidad −el sentimiento trágico unamuniano− es una de las más destacables. Somos un país ducho en escenificar debates cuyo apasionamiento con frecuencia encubre una realidad olvidada en el fragor de la batalla. Recapitulemos: después de 40 años de dictadura y habiendo dejado morir a Franco en la cama tras firmar sus últimas sentencias de muerte, los españoles nos hemos pasado otros 40 años votando, con un cuajo digno de mejor causa, a una piara de políticos corruptos. Chantajes, cohechos, donaciones ilícitas, simulaciones fiscales, desvíos de fondos públicos, atracos institucionales, timos autonómicos, mafias familiares: el imaginativo latrocinio político es horizontal, vertical y diagonal, abarcando todas las esferas de la administración española. En los cuarenta años de democracia española, como en los cuarenta de franquismo, la corrupción se ha dado por hecha, sin repercusiones electorales y sin producir demasiado escándalo al destaparse.

El PSOE, víctima de sí mismo

En el siglo XXI, gracias en parte a la globalización, los españoles nos hemos hartado por fin del tinglado nacional. Como sucede en el capítulo 15 de El mago de Oz −sátira política que Frank Baum disfrazó de cuento infantil−, los cortinajes han caído, dejando al descubierto la cutre tramoya. Pero si el votante español ha desarrollado desde comienzos de 2015 un detector de trolas y no pasa ni una, los políticos veteranos, víctimas del franquismo subconsciente, se aferran con uñas y dientes al instrumento de supervivencia preferido en España durante el siglo XX: la mentira. Nuestra grave crisis estructural se percibe como una metamorfosis política cuando, de hecho, es también un psicoanálisis nacional. Porque al morir Franco se proclamó con fanfarria que España se zafaba de un régimen dictatorial para engancharse por fin al tren occidental. Pero en la década de los ochenta España cayó abducida por una izquierda posfranquista que –con la complicidad de una derecha culpabilizada–, nos impuso la democracia bananera aún vigente.

La doble trama falsa del bipartidismo

En el caso de los partidos veteranos, la crisis que sufren ambos se debe a esta mentalidad de la mentira como modus operandi, que se enseña de una generación a otra (con los nacidos a partir de 1980 como primera generación que se libera). Si Mariano Rajoy fuese el líder de un partido conservador en otro país occidental, lo primero que hubiera hecho al tener conocimiento de una Caja B en el Partido Popular es disponerse a compartir públicamente su malestar con los españoles, ubicándose de inmediato en el sector de los peperos honestos que habían heredado un partido corrupto pero susceptible de cambiar. Su incapacidad para hacer esto le retrata ante los ojos de España como cómplice de una corrupción que a su vez sirve de pretexto a Pedro Sánchez para tener a España paralizada desde hace un año.

PSOE vs. PSOE

La mentira de Rajoy −por una mal entendida fidelidad al PP de Aznar que le aborrece desde hace años− es la que permite a Pedro Sánchez mantener la gran mentira socialista: el PSOE como el aguerrido partido que contiene al terrible franquismo. De hecho, el socialismo español no tiene propuestas, sino una ideología esquemática que hasta ahora lograba soliviantar a las masas para llevarlas a las urnas. Para sobrevivir, el PSOE maniqueo de Pedro Sánchez tendrá que aprender algo que en los demás países occidentales se aprende en el colegio: sin derecha no hay izquierda y sin ambas no hay democracia. En España desde Navidad de 2015 se escenifica la incapacidad de la izquierda para aceptar el triunfo democrático de la derecha. Con el talento español para el drama calderoniano −“por instantes todos somos farsantes”−, Pedro Sánchez nos quiere vender el proyecto de hiperlegitimación socialista heredado por Zapatero. Apoyado por los corifeos podemitas –“¡Cuídate de los Idus comunistas!”− que cínicamente denuncian un “golpe de régimen” contra el secretario general del PSOE, Sánchez sobreactúa desde hace meses en una trama lateral sin relación alguna con el argumento principal: la necesaria regeneración política de España. Convertirse en una democracia occidental implica que la izquierda española se libre de su sectarismo antidemocrático. Felipe González lo sabe. Por primera vez en 137 años, un grupo encabezado por socialistas históricos se plantea anteponer los intereses de España a los del PSOE. Lograr convencer a la militancia orgánica, criada a sus pechos, no será un camino de rosas.

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La metódica enseñanza del fracaso. -Gabriela Bustelo/Vozpópuli-

En nuestra hipertrofiada clase política, que los españoles detestan según las últimas encuestas, hay políticos que se salvan del escarnio popular, pero son los menos. En su conjunto, el casi medio millón de políticos españoles tiene una imagen nacional funesta y −dado el protagonismo de nuestra parálisis política en la prensa internacional− ensucia a diario la imagen mundial de España. Nuestros políticos se han educado en los colegios y las universidades nacionales, evidenciando una fatídica conexión entre los centros educativos y la mole política que sale de ellos dispuesta a hacer un mal servicio público. España se mantiene tercamente en su puesto como el país de la Unión Europea con mayor tasa de abandono escolar, casi un 20%, doblando la media del 10% de la UE y lejos del objetivo nacional del 15% establecido por Bruselas para 2020. En 2015 nuestro país dejó atrás a Malta (19,8%), Rumanía (19,1%), Italia (14,7%), Portugal (13,7%) y Bulgaria (13,4%). En el conjunto de la UE, el porcentaje de personas entre 18 y 24 años que renuncia tempranamente a una educación ha bajado sin cesar desde un 17% en 2002 a 11 % en 2015. La tasa de paro juvenil española supera el 40% y solo es inferior a la de Grecia en toda la UE.

El coladero de la política española

En las listas anuales de mejores universidades del mundo, ningún centro español asoma ni tiene visos de hacerlo. Nuestras licenciaturas son tan poco valoradas que en países como Estados Unidos no se convalidan. En la enseñanza superior hay un índice de abandono del 30%. Este ciclo de comienzo/abandono universitario cuesta al Estado 3.000 millones de euros anuales. Merece la pena destacar que centenares de prófugos del saber encuentran un cómodo nicho profesional en la política española. Si José Luis Rodríguez Zapatero logró la esperpéntica gesta de formar un ejecutivo sin apenas preparación académica ni idiomas −ZP nos explicó en un programa de televisión que es “reaccionario” exigir inglés a un presidente−, la tendencia analfabestia se ha consolidado en las dos alcaldías más importantes de España ocupadas por las plataformas Ahora Madrid y Barcelona en Común, lideradas por un paisanaje variopinto de recorrido profesional somero por no decir inexistente.

El búnker de la Complutense

La Universidad Complutense de Madrid simboliza como ningún otro centro español el fracaso del sistema educativo español, politizado hasta el tuétano desde Felipe González en adelante. El escándalo de la “Complu” ha tocado techo con el Máster que impartirá desde el 17 de octubre el cabecilla de PodemosPablo Iglesias, con 80 ponentes del partido morado, IU, Equo y las confluencias. Con el rimbombante título “Política Mediática. Mapas y herramientas para una nueva cultura de ciudadanía”, este curso de postgrado lo perpetrará un colectivo (¿tropa de asalto?) de 138 ponentes de los que casi el 60% procede de partidos o aledaños deUnidos Podemos. Por citar algunos nombres: Iñigo Errejón, Teresa Rodríguez,Irene Montero, Miguel Urbán, Gerardo Pisarello y Federico Mayor Zaragoza, cuya vertiginosa trayectoria desde el franquismo hasta el comunismo merecería un artículo monográfico (y tal vez un estudio psiquiátrico). La Complutense hará caja con sus retoños podemitas al embolsarse en torno a un 25% de lo que cuestan las matrículas del Máster Morado. Huelga decir que se infringe la normativa interna del centro que exige que “con carácter general el 50% de la docencia se impartirá por profesorado de la UCM” y que los docentes ajenos deben tener un currículum académico que lo justifique. En el caso de los 80 ponentes auspiciados por Podemos han bastado la licenciatura y el carné del partido de Pablo Iglesias.

La calumniada juventud española

Dicho esto, conviene alertar sobre la cínica letanía de ciertos intelectuales y periodistas que retratan desde hace décadas una España hundida por los logseros (generaciones escolares afectadas por la LOGSE socialista de 1990-2006) y los ninis (palabro procedente de “ni estudian ni trabajan”), como si la juventud española se hubiera materializado por generación espontánea o acabara de bajarse de un ovni. Los jóvenes españoles, hijos de sus padres y alumnos de sus profesores, se educan en colegios públicos tipo ikastola y luego −si llegan− en universidades endogámicas y politizadas que siguen el modelo de la bunquerizada Complutense de Madrid. Tras someterlos a este proceso “educativo” de centrifugado cerebral con lobotomía política incorporada, es intolerable culparles del devenir de una España anacrónica cuya peculiar trayectoria dura ya más de un siglo. Si tu país no te toma en serio, ¿por qué vas a tomarte en serio a tu país?

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La rebelión del muñeco mecánico. -Gabriela Bustelo/Vozpópuli-

El 15 de marzo de 2015 Felipe González explicaba en su medio afín –cuyo consejo editorial acaba de incorporar a Alfredo Pérez Rubalcaba− que venía de tomar un café con Manolo Chaves, “una persona absolutamente íntegra”. En la prolija entrevista González insistía en que la lucha contra la corrupción no debe exonerar a quienes hayan abusado del dinero público para enriquecerse o enriquecer a amigos, apostillando que es necesario acabar con la instrumentalización de la justicia.Mariano Rajoy ha defendido en varias ocasiones a Rita Barberá con similares argumentos amiguistas –“he hablado con Rita y dice que es inocente”− para establecer su supuesta honradez, reiterando una y otra vez que el PP ha sido y será implacable contra la corrupción. Conforme van cayendo los caciques del bipartidismo, con décadas de retraso, las hemerotecas cantan La Traviata mientras el sucio mastodonte de la justicia española parece funcionar de pronto a las mil maravillas. Sucede que la vieja España bipartidista, arrinconada por el regeneracionismo ciudadano, mueve sus resortes para intentar arañar el apoyo popular que se le escapa.

Dos cabalgan juntos

El bipartidismo español es el periodo comprendido entre la mayoría absoluta (48,11% del voto) de Felipe González en 1982 y la segunda mayoría absoluta (44,63% del voto) de la democracia española, obtenida por Mariano Rajoy en 2011. Mientras el presidente socialista usó su mayoría para blindar con leyes orgánicas la corrupción judicial, bancaria, sindical y educativa, el presidente Rajoy ha despreciado su mayoría como instrumento para desmontar el tinglado y adaptar España al siglo XXI. El pope socialista Javier Pradera –sin duda recordado en ese consejo editorial de El País al que acaba de incorporarse Rubalcaba− escribía en 1993 un libro publicado con dos décadas de retraso por la alta dosis de autocrítica que contiene, incompatible con la España de entonces. En Corrupción y política. Los costes de la democracia Pradera adjudicaba el papel de forjador de la corrupción española al PSOE, maestro en incorporar el latrocinio como tara sistémica de nuestro sistema institucional, fielmente secundado por el Partido Popular. El PP, émulo perpetuo del PSOE, parece seguir hechizado por su partner in crime, que dicen los ingleses, su compañero de fechorías. Apenas un lustro después de los Pactos de la Moncloa el Partido Socialista comenzó su tarea de blindaje del poder, incorporando al PP como comparsa, hasta llegar en 2004 la gran traición socialista a la democracia española por vía del presidente accidental José Luis Rodríguez Zapatero, cuya autarquía de izquierdas es la fantasmagoría que defiende Pedro Sánchez con ese NO que asombra a los líderes europeos, a los corresponsales internacionales, e incluso a sus compañeros de partido más honestos, entre los que destaca, por cierto, Felipe González, padre del invento. En los 14 años de moncloato socialista se cimentó la estructura nacional −considerada intocable, como ha demostrado Rajoy−, con todo el elenco de problemas orgánicos enquistados. González neutralizó la separación de poderes e institucionalizó el nacionalismo; demonizó a la derecha copartícipe; inventó la cínica “política antiterrorista”; permitió el blindaje del partidismo y la hipertrofia de lo público; politizó la educación y fomentó la endogamia universitaria; oficializó el antiamericanismo que cristalizó en el ridículo cósmico de Zapatero; compadreó con las dictaduras vendibles o comprables; promovió la cultura de la subvención y el autobombo. Como quien juega a los Legos, Felipe González convirtió a España en la monarquía bananera disfrazada de democracia europeaque ahora su acólito Pedro Sánchez −con el mismo eslogan ochentero del “Cambio”−, quiere imponer a toda costa.

Vientos y tempestades socialistas

Por eso ahora cuando Pedro Sánchez –socialista prefabricado de manual− vaga por España como un muñeco mecánico, agitando la cabeza y croando “No, no, no”, hay que reconocer que el asunto da risa. Ya será menos la publicitada desesperación de Felipe González, la de su compadre Juan Luis Cebrián y la de ese Rubalcaba que dimitió en 2011 con 110 escaños (que ya los quisiera el PSOE por Navidad). Como ya será menos lo del complot en las altas instancias del partido y del periódico El País. Para meter en vereda al Frankenstein guaperas hubiera hecho falta ese Javier Pradera que ya en los años noventa confesaba en petit comité haberse equivocado políticamente en todo. ¡Ay, PSOE, de dónde sacas, para tan poco como destacas!

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