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El eufemismo de la incorrección política. -Gabriela Bustelo/Vozpópuli-

 

Apenas sale elegido un presidente occidental, los medios caen con saña sobre su esposa, publicando perfiles biográficos que intentan retratar a la persona más cercana al futuro líder. Las primeras damas estadounidenses, salvo la hiperactiva Eleanor Roosevelt, han aceptado sin aspavientos el papel secundario de cónyuge, incluidas Hillary Clinton y Michelle Obama, ambas con una carrera profesional brillante y una capacidad política comparable a la de sus maridos. Sabido es que Rosalynn Carter se sentaba a la mesa en los consejos de ministros, pero nunca rebasó los límites de su rol subordinado, al igual que Betty Ford y Jaqueline Kennedy (cuyo mayor mérito fue redecorar la Casa Blanca atendiendo al origen histórico del mobiliario).

Por circunspecto que sea un político, la persona que ha elegido como esposa le define en cuanto a su egolatría y su capacidad de consenso, entre otras cosas, pero ante todo representa el concepto general que tiene de la mujer. Durante la campaña electoral de Donald Trump su esposa Melania apenas ha destacado, salvo por haber copiado un discurso de Michelle Obama y por haber dicho que su gran anhelo es que acabe la violencia verbal en las redes sociales, cosa que llevó a muchos a preguntarse si estaría siguiendo en Twitter a su boquirroto marido. En campaña el chorreo tuitero de Trump llegó a tal punto que el New York Times publicó una lista de casi 300 damnificados por el entonces candidato republicano. Superado el trance, la exmodelo eslovena Melania Knauss debe darse pellizcos todas las mañanas al abrir el grifo de oro macizo del penthouse de Trump Tower en Manhattan y pensar que en 2017 se mudará al 1600 de Pennsylvania Avenue en Washington DC. El 20 de enero Trump jurará su cargo, convirtiéndose en el presidente cuadragésimo quinto y en el más anciano de la historia de su país.

Una exmodelo porno en la Casa Blanca

Con la Navidad en ciernes, los acontecimientos se precipitan en torno a Melania Trump, a quien cientos de miles de neoyorquinos quieren echar de Nueva York para evitar pagar con sus impuestos el servicio de seguridad de la futura primera dama, que les sale por un millón de dólares diarios. En su inglés con fuerte acento centro centroeuropeo, la tercera señora de Trump ha explicado que su hijo Barron no puede interrumpir su curso escolar, por lo que ella debe permanecer en la ciudad de los rascacielos hasta comienzos del verano. De ahí la petición popular dirigida al gobernador Cuomo y al alcalde De Blasio, que por ahora han firmado 100.000 neoyorquinos, pidiendo que el millón de dólares diario se dedique a mejorar la ciudad, no a proteger a una mujer que ‒según alegan‒ debería contratar un servicio de seguridad privado si quiere sentar un precedente al no mudarse a la Casa Blanca junto a su marido. Este escándalo se ha cruzado con otro iniciado pocos días antes, cuando el diseñador Tom Ford ‒demócrata confeso y partidario de Hillary Clinton‒ dijo públicamente que se negaba a vestir a la flamante primera dama, porque la imagen de Melania Trump no coincide con la de su prestigiosa marca y porque una primera dama no debería gastar dinero en ropa tan cara como la suya. Toma ya.

El disfraz de la incorrección política

No sabemos si la ninguneada Melania habrá pensado, como Dalí y Wilde, que no hay publicidad mala. Nacida en la Yugoslavia comunista de Tito, abandonó pronto la pequeña ciudad ferroviaria de Sevnica para trabajar como modelo, pasando por Milán antes de llegar a Nueva York a los 26. Su padre, un empresario de fuertes convicciones marxistas, se negó a que la bautizaran. Tres años antes de conocer a Trump había hecho un reportaje para una revista francesa que incluía varios posados lésbicos con la modelo sueca Emma Eriksson. En el escalafón de las primeras damas insólitas Melania Trump puntúa alto: es la única extranjera (junto con la británica Louisa Adams, esposa de John Quincy), la primera procedente de un país comunista y la primera modelo con un portfolio porno. También es la esposa presidencial menos popular de la historia, superando incluso a Hillary Clinton. Está por ver si con estas estrambóticas credenciales logrará ganarse el aprecio de un país donde el patrioterismo está en alza. En cuanto al concepto que tiene Trump de las mujeres, lo ha explicado en varias ocasiones: 1) Son objetos placenteros de contemplar en el mejor de los casos; 2) El antídoto contra la mala prensa es llevar al lado a “una tía guapa”; 3) Las periodistas deben “estar buenas” necesariamente; 4) Todas las mujeres son unas cazafortunas que buscan maridos ricos; 5) Todas las mujeres usan malas artes para engañar a los hombres; 6) Al ser rico y poderoso, las mujeres se le pegan como lapas. Defender este machismo retrógrado propio de un macarra de instituto como una incorrección política revolucionaria es un eufemismo mucho más tóxico que todos los eufemismos de la corrección política juntos.

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La transversalidad de Donald Trump. -GabrielaBustelo /Vozpópuli-

Cualquiera con una cuenta de Twitter activa habrá tenido ocasión de comprobar o sufrir una de las conductas más grotescas que se practican en esta red social: el acoso por parte de tuiteros furibundos que tildan de ágrafo e indocumentado a cualquiera que mantenga una opinión distinta de la suya. Si hay algo que simboliza el abismo generacional que acompaña a la globalización es esta letanía de que en el siglo XXI ‒el más alfabetizado y menos pobre de la historia de la humanidad‒ ya no se leen libros como en los viejos tiempos. Este fenómeno no solo sucede en España y en el resto de Europa, sino también en Estados Unidos, donde el eslogan electoral de Donald Trump “Make America Great Again” (Logremos que América recupere su grandeza) se ha pretendido refutar con el sarcástico contra-eslogan “Make America Read Again” (Logremos que América vuelva a leer como antes).

En la llamada “Era de la Información” las generaciones audiovisuales –numerosas, pues incluyen a los nacidos a partir la década de 1970– parecen haber dado la espalda a la prosa, decantándose por la imagen o el microtexto (el tuit, el eslogan publicitario, la cita breve) como elemento central de las plataformas que usan para informarse. Esta preferencia por los formatos culturales/informativos breves no es solo propia de Occidente, sino que la comparten las nuevas generaciones del mundo entero. Un síntoma de la tardía aceptación de los nuevos formatos culturales por parte del establishment europeo ha sido el Premio Nobel de Literatura al cantautor estadounidense Bob Dylan. Como algunos veníamos escribiendo desde hace años, el pop no solo es un colosal contenedor cultural, sino que la música pop es el lugar donde se halla buena parte de la mejor poesía del siglo XX. La globalización entendida como un proceso de democratización mundial implica que hoy son las masas ciudadanas con sus Smartphones y sus ordenadores personales, ‒no las élites intelectuales con su altivo “¡Vete a leer!”‒, quienes deciden qué cultura prefieren, ergo cuál es la cultura que se va a consumir mayoritariamente durante las siguientes décadas. Como ha sucedido con Dylan, la divulgación masiva de su música coexiste con la calidad poética indudable de sus letras.

Malos tiempos para la pedantesca

Dos grandes víctimas de la revolución informática son la industria editorial y el periodismo clásico. Mientras la industria del libro renquea, el Slow Journalism propugna un regreso a los orígenes con textos más largos y más especializados. (¿Luchar contra la preponderancia de la imagen con una doble ración de palabras no es una batalla perdida de antemano?) Pero existe un tercer sector que ha quedado muy tocado: el académico. Mientras los politólogos estadounidenses se lamen las heridas y comienzan a analizar sus errores, algunos periodistas como el británico Michael Deacon han detectado que el Brexit y el Trumpazo no albergan un resentimiento contra las clases altas ‒como pudiera parecer por el sesgo antisistema de ambas campañas‒, sino un marcado resentimiento contra las élites intelectuales. “Creo que este país está muy harto de expertos”, decía el euroescéptico británico Michael Gove este verano.

Al democratizar el acceso a la información, la revolución tecnológica ha desenmascarado la pedantería como burda artimaña del intelectual de antaño, cuyo lenguaje impenetrable servía para amedrentar al lector y, con frecuencia, para enmascarar la ignorancia propia. Orwell atinó –también en esto– al exigir una prosa transparente como el cristal de una ventana. Hoy día, cuando todo el conocimiento humano se puede encontrar prácticamente gratis en Internet, un lenguaje claro es el primer filtro que sirve al lector para discriminar en su elección. Donald Trump no produce envidia por su riqueza ‒el arribismo le galvaniza contra la pertenencia a una saga económica‒ y en cambio se le admira por no formar parte de una élite cada vez más aborrecida: la intelligentsia. Trump ha intuido que la nueva política no implica una renovación de los partidos tradicionales, sino una personalización en la que el candidato es el mensaje, en una moderna vuelta de tuerca de Marshall McLuhan. El lenguaje trumpés ‒llano, reiterativo, identificable y cuajado de giros coloquiales‒ es una de las armas más poderosas del recién elegido presidente estadounidense. Y le separa tajantemente de la antaño poderosa élite intelectual, que la globalización va convirtiendo en una especie en peligro de extinción.

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La Democracia iPhone. -Gabriela Bustelo/Vozpópuli-

Nunca tantas personas han tenido acceso a tal cantidad de información en un entorno tan libre y tecnificado. Pero el acceso al conocimiento no garantiza la asimilación de ese conocimiento.

En Occidente tendemos a quejarnos machaconamente de todo, apenas conscientes de que no siempre tuvimos esta libertad que nos permite soltar exabruptos públicos casi diarios sobre el clima, la comida, la política, el deporte y la televisión. Basta mencionar un puñado de próceres de la historia europea ‒Julio César, Constantino, Carlomagno, Guillermo el Conquistador, los Reyes Católicos‒ para valorar la sufrida trayectoria de la democracia desde la Grecia de Pericles (pese a la intención igualitaria del cristianismo) hasta la Revolución Industrial y la Revolución Francesa. Probablemente fue Churchill quien apuntaló la democracia occidental como una cultura por la que merecía la pena vivir y morir, es decir, tal como la entendían los griegos. No en vano fue Churchill quien dijo con su pragmatismo socarrón: “Muchas han sido las formas de gobierno que se han ensayado y que se ensayarán en este mundo de pecado y aflicción. Nadie pretende que la democracia sea perfecta ni que sea sabia. De hecho, se ha dicho que la democracia es el peor sistema político que existe, exceptuando todos los demás que se han tanteado de un tiempo a esta parte”.

La democracia como marca registrada

La antorcha que prendió Grecia la lleva hoy Estados Unidos ‒la rama que al tronco británico sale‒, cuya democracia es casi una marca registrada. Basta ver una imagen de la Estatua de la Libertad o la bandera de las barras y las estrellas para saber de qué estamos hablando. Hoy prácticamente todos los países del mundo son democracias en mayor o menor grado. Desde los años setenta hasta comienzos del siglo XXI, cerca de 70 países se han convertido en democracias.

El atractivo de engancharse al tren democrático es comprensible: mayor riqueza, menos corrupción y menos guerras. Todo ello pudiendo convivir libremente con un futuro asegurado. A los coetáneos nos han tocado las mejores décadas de la historia de la humanidad, con un descenso de la pobreza mundial sin precedentes. La revolución informática ha acercado a los políticos a la población, despojándolos de su aura intocable. La sospecha de que los políticos son inútiles ya no es una queja retórica, sino que se ha convertido en algo fácilmente comprobable. Pese a la separación de poderes, las salvaguardas constitucionales, las legislaturas bicamerales y la rotación de partidos políticos, las democracias están controladas por minorías con frecuencia corruptas, como denuncia la serie estadounidense House of Cards. La pasión por el debate heredada con la democracia griega ha degenerado en un guirigay decadente donde todo se discute, pero poco o nada se resuelve.

El malestar en la cultura

Al intentar buscar a quien echar la culpa, la globalización aparece como la mala bestia a la que nadie había invitado y a la que nadie conoce bien del todo. La gran paradoja de la globalización es que mientras conecta de una manera casi íntima a 7.000 millones de personas, al mismo tiempo produce un sentimiento de alienación. Una persona con acceso a un iPhone o un iPad puede obtener cantidades ingentes de información y cultura antes no disponibles de manera inmediata y gratuita, pero Internet también exacerba los sentimientos de frustración. Hace ya casi un siglo Freud explicaba ‒en su ensayo El malestar en la cultura‒ esa alienación como un resultado inevitable de la presión que ejerce la sociedad occidental sobre cada uno de sus miembros, generando un sentimiento de culpa por no estar a la altura de las expectativas.

La globalización de la desinformación

La conducta del electorado occidental ha sido analizada durante décadas desde el punto de vista socioeconómico y psicológico, con resultados tan incuestionables como deprimentes. En general, los votantes de las democracias veteranas están lastrados por sus prejuicios. Del amplio grupo de personas con derecho a voto, una minoría sabe mucho de política y la mayoría no sabe nada. Es probable que estas proporciones hayan variado poco desde el nacimiento de la democracia, pero el iPhone genera la falsa impresión de convertir casi mágicamente a su propietario en un ciudadano bien informado. Por eso no debe extrañarnos que sea precisamente en las democracias prósperas y asentadas donde se están produciendo los comicios con resultados más aberrantes. Nunca tantas personas han tenido acceso a tal cantidad de información en un entorno tan libre y tecnificado. Pero el acceso al conocimiento no garantiza la asimilación de ese conocimiento. Tras una tortuosa trayectoria de 25 siglos, la democracia griega del ágora y el ostrakon se ha convertido en la democracia del iPhone, con grave peligro de volver a sucumbir.

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