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Au nom du peuple, español. -Inma Sequí/La Gaceta-

Confieso que sigo con notable interés –y gozo, ¿por qué no?- las pataletas verbales que nuestros proféticos, y en su mayoría, bien pagados periodistas, sacuden contra quien casi recién pisado el Despacho Oval, ha puesto en riesgo todos los sucios propósitos de las élites globalistas. Si es que había alguno pulcro. Y con Trump, el ocaso de ese sueño totalitario de centralización absoluta del poder de la mano de esta nueva, imparable y necesaria Derecha Alternativa a la que también nos queremos sumar en España.

Pero hay para todos, y Marine Le Pen no iba a escapar de los sicarios del Nuevo Orden Mundial o de los esputos de los ya predecibles liberaloides de guardia. Al menos aquí, donde Trump es una especie de enviado de Satán a este mundo de falsos aunque interesados bonachones, y Le Pen, la hermana gabacha a la que si sugieres públicamente pasas poco menos que a ser pariente no muy lejano del mismísimo Hitler. Sea como fuere, nadie dijo que el análisis de la progresía patria fuese inteligente. Sin embargo, y para socorro de zurdos y señoritingos enfundados en banderas de una más que cuestionable libertad, los españoles seguimos a la cola de nuestros vecinos europeos, observando con resignada paciencia lo que ocurre al otro lado de los Pirineos; donde los que un día pueden llegar a ser nuestros homólogos galos, no tardaron en advertir de la quiebra entre dirigentes y pueblo y que esto viene dado por el abandono de los primeros a estos últimos; donde saben sobradamente que estamos en guerra; y donde han palpado de primera mano el fracaso de estos pretendidos Estados Unidos de Europa y sus políticas.

Cierto que Trump ha representado un terremoto político, pero el cambio de ciclo histórico en Europa pasa por Francia, aun con los comicios holandeses por delante.

En cuanto a las propuestas presentadas por la hija de Jean-Marie en la ciudad de Lyon hace una semana y con las que pone rumbo al Eliseo bajo el hábilmente escogido eslogan “en nombre del pueblo”, son, en su mayoría de extrema lógica. Que no derecha. El Frente Nacional de Marine ha apostado por la supervivencia de Francia con promesas como la realización de un referendo sobre la salida de la catastrófica Unión Europea que supondría la recuperación de la soberanía nacional; el abandono del espacio Schengen por el que han circulado sin problemas terroristas como el tunecino que atentó en Berlín el pasado mes de diciembre; la salida de la OTAN que arma y protege a los mal llamados “rebeldes sirios” cuando son asesinos pertenecientes a Al-Qaeda; prioridad nacional en empleo con la creación de un impuesto sobre la contratación de asalariados extranjeros o la reducción de impuestos y trabas burocráticas a las pequeñas y medianas empresas. Además de otras que perfectamente podrían resumirse como un combate despiadado contra la delincuencia, el terrorismo y fundamentalismo islámico.

Ya hemos comprobado que no todas las rosas son rojas ni las lágrimas tienen porqué sabernos siempre saladas. Ahora, tomemos nota. Au nom du peuple, español.

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Las barbas de Francia a remojar. -Jorge Vílches/VozPópuli-

En momentos de crisis general de paradigma, como la actual, vence el que posee, propaga y organiza una identidad reactiva y fuerte. He aquí el éxito de los populismos nacionalistas, esencialistas, de reconstrucción de una comunidad aislándola del resto.

El próximo ciclo histórico de Europa pasa por Francia. Ni el Brexit ni Trump. Los grandes cambios en nuestra historia han procedido casi siempre de suelo francés desde 1789, y si apuramos, desde 1700, el momento en el que los Borbones heredaron el Trono español. La victoria del Frente Nacional, con la acertada consonancia entre líder, discurso y momento político, puede ser uno de esos episodios de la historia de Europa que todo lo transforma.

Las crisis políticas contemporáneas en Occidente son el resultado del agotamiento de un paradigma, y del surgimiento en consecuencia de una revolución cultural, en las mentalidades y en la percepción del mundo. La quiebra del mundo burgués, decimonónico, liberal y parlamentario de principios del siglo XX supuso el cuestionamiento, y luego el desprecio, de los pilares de la cultura oficial. Todo un modo de pensamiento, las costumbres que lo acompañaban y el establishment que lo sustentaba para su beneficio, se desplomaron.

El ariete fue una amalgama de nacionalismo tardío y socialismo totalitario que, con estilo populista, incluso nihilista, pretendía reconducir la comunidad hacia un supuesto paraíso. El paso previo era, claro está, acabar con la élite, su cultura, sus instituciones, y su lenguaje entonces  “políticamente correcto”.

La frustración, el miedo y el odio fueron los tres sentimientos que guiaron la política hace cien años, y ahora no vamos muy desencaminados. El discurso de Marine Le Pen transita por las dos grandes vías de entonces: el rechazo a lo existente y la promesa de reconstruir la comunidad, todo adornado de un diagnóstico difícilmente rebatible y de sonoras palabras. Es el truco del populismo, al que hay que discutir las soluciones, no su análisis de la realidad porque es jugar en su terreno, con sus reglas y conceptos, dando al tiempo la imagen de inmovilista.

Marine Le Pen se hizo con el poder en 2011 en el Frente Nacional, tras dura batalla interna, y emprendió una renovación que sacó a la formación del encasillado fascista. La marginación política a la que le habían sometido el resto de partidos, y el perjuicio que le causaba el sistema mayoritario, le han valido para presentarse como la respuesta antiliberal a la crisis.

La transformación del viejo Frente fue casi completa. La modernización del estilo populista, con una política de comunicación más potente y personalizada con eficacia, ha sido la clave para actualizar el mensaje político. Su diagnóstico catastrofista de la situación política y económica, de desorden social, de amenaza terrorista, lo van confirmando las noticias.

Ese relato del derrumbe de Francia le está sirviendo para propagar una retórica del miedo, tan cara a todo tipo de populistas, desde Trump a Iglesias. Las ideas las sueltan en eslóganes publicitarios, tales como “Está en juego nuestra existencia como pueblo”, o “Francia, primero”. Generado el miedo, la sensación de riesgo a perder más aún el confort, pasa a señalar a los culpables.

El Frente Nacional asegura que la responsabilidad de que Francia haya perdido su esencia es de la globalización –“mundialización” dicen en Francia- y del fundamentalismo islamista, no la falta clamorosa de libertad política o el olvido completo de la individualidad.

La globalización la entienden como una ideología que “despoja a la nación de los elementos que la constituyen”, y sin nación no hay Estado, dicen falsamente, y sin Estado no existe la República. Marine consigue así atribuir al Frente un nacionalismo republicano, que asume las ideas de 1789, como los demás.

Ahora bien, como buenos populistas, vinculan la recuperación de los principios republicanos y del interés nacional con el reintegro de la soberanía hurtada por la Unión Europea, la OTAN y los organismos internacionales –agentes de la globalización–. No es sorprendente que esto se pueda leer también en el documento político que los de Pablo iglesias llevarán a Vistalegre II. Lo cierto es que ha muerto el mito contemporáneo de la Europa unida. Por eso, Marine Le Pen promete un referéndum sobre la UE y salir de la estructura de la OTAN para devolver al pueblo su soberanía.

La líder nacional-populista ha conseguido restaurar un decálogo identitario para el francés común, y define la situación como de emergencia nacional. Por eso, junto a palabras como “resistencia” y “reconquista”, o llamamientos del tipo “¡No nos dejemos intimidar!”, promete, al igual que Trump, cumplir su programa inmediatamente, no como los políticos al uso.

Este discurso con esta líder envuelta en un estilo populista de libro, ha conseguido sacar de la abstención a mucha gente, a esos franceses hartos de los casos de corrupción, del multiculturalismo obligatorio y de la integración bidireccional –no solo del extranjero, sino de la comunidad que lo acoge-. Pero también ha conseguido el favor, como cuando ganó las elecciones europeas de 2014, de los que culpan de su desempleo, o de su pérdida de poder adquisitivo, a la modernización tecnológica obligada por la globalización, o a políticas del bienestar que creen demasiado generosas con quien viene de fuera; sobre todo si éste atenta contra quien le cobija.

Al igual que el populismo tradicional norteamericano con el que Trump aprovechó el encono del country contra la city, es la “Francia periférica” la que muestra esa rebelión contra el paradigma oficial de “París”.

El panorama, en fin, ayuda al éxito del Frente Nacional. No solo por la victoria del Brexit o Trump, sino porque la derecha gaullista se ha hundido. La corrupción de Fillon ha sido la puntilla, con un Sarkozy, además, investigado por financiación ilegal. Juppé, el tercero, representa como nadie el criticado establishment con una carrera política iniciada hace casi cincuenta años. La izquierda de Hamon, por el otro lado, propone un estatismo incapaz de vencer la propuesta de Marine, que no pide empresas públicas –pasto de la corrupción-, sino más responsabilidad del Estado.

En momentos de crisis general de paradigma, como la actual, vence el que posee, propaga y organiza una identidad reactiva y fuerte. He aquí este éxito de los populismos nacionalistas, esencialistas, de reconstrucción de una comunidad aislándola del resto, que se está produciendo a ambos lados del Atlántico. A la libertad ni se la llama, ni se la espera, lamentablemente.

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Le Pen puede ganar. -José G. Domínguez/LD-

Francia es como un terrón de azúcar flotando en una taza de café caliente: la parte visible semeja conservar impoluta su cartesiana geometría rectangular, pero la erosión acelerada de la zona sumergida anuncia una desintegración inminente. He ahí, sin ir más lejos, el desenlace de las primarias del Partido Socialista, algo más que un augurio de que podría, ya no solo quedar excluido de la segunda vueltas en las presidenciales, escenario que todo el mundo da por hecho a estas horas, sino caer a la última posición entre los cinco contendientes, por detrás de los fascistas light del Frente Nacional, de Fillon, de los social-liberales de Macron y del bloque de izquierdas que lidera Jean-Luc Mélenchon. El que fuera mayor partido socialista de Occidente junto al SPD podría estar a punto de migrar hacia la nada dentro de apenas cinco meses. Por cierto, la mitad de ese trabajo ya está hecho. Y es que el PSF únicamente necesita perder ahora a sus votantes: los militantes ya se han ido. Así, de los 280.000 afiliados con que contaba el partido en 2006, a día de hoy únicamente quedan 120.000 carnets pendientes de romper.

Hasta que irrumpió en escena la generación de los que andan por los treinta, esos y esas que darían un brazo y parte del otro por poder ser yanquis, los españoles, los españoles leídos por ser precisos, siempre soñaron con Francia, que era su ideal. La paradoja es que nosotros queríamos parecernos a los franceses y, al final, crisis del euro mediante, resulta que van a ser ellos los que se acaben mimetizado con los españoles. De hecho, el genuino drama de Francia es que cada día se parece más a España. E igual que en la Península Ibérica el grueso de la industria autóctona ha tenido que ser desmantelada por exigencia expresa del euro, a Francia le ha ocurrido algo no tan distinto. Incapaces, al igual que nosotros, de igualar la productividad de la industria germánica tras perder el escudo protector del franco, también ellos se han visto forzados a ir desmantelando poco a poco su tejido industrial. Un simple dato estadístico basta para ilustrarlo: en 1982, cuando aún el viejo Mitterrand presidía la República, el déficit comercial de Francia con la entonces RFA era de 28.000 millones de francos.

Treinta años después, y en francos constantes, ese mismo déficit se ha multiplicado por cuatro, nada menos que por cuatro, hasta sumar 108.000 millones. Lo dicho, en el fondo, españoles y franceses no somos tan distintos frente a la implacable aspiradora alemana. Francia necesitaría una moneda que valiese un 20% menos que el marco alemán. Pero esa moneda, ¡ay!, no existe. Por eso se está desintegrando el Partido Socialista tras su paso por el Elíseo. Por eso le ocurrió lo mismo antes a Sarkozy. Y por eso puede ganar Le Pen dentro de cinco meses. Porque, aquí, allí y en todas partes, el corolario de la desindustrialización es idéntico: el canto del cisne de la clase media. Tras la industria se van, y para no volver, los buenos empleos indefinidos, los salarios decentes, el acceso a la vivienda, los proyectos vitales consumados y las jubilaciones dignas. Porque, tras la desindustrialización, lo que llega en todas partes, igual en Francia que en España, es el desclasamiento. Por eso, igual allí que aquí, la ira. Le Pen puede ganar.

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