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El felipismo, o cómo echar a perder una democracia. -F.J.Losantos/LD-

Durante el mandato del PSOE a través de los diversos gobiernos presididos por Felipe González, en España se ha producido un auténtico cambio de régimen político. Sin romper con la forma de Estado, sin cambiar apenas la Constitución, conservando en apariencia las instituciones consagradas por la Ley y la costumbre, nuestro país ha sufrido cambios tan sustanciales con respecto a lo previsto y pactado por las fuerzas políticas que hicieron la Transición que, en rigor, los efectos de la letra han desaparecido con el espíritu. Puede discutirse si España sigue siendo una democracia o si se ha convertido en una dictadura silenciosa, en un régimen autoritario matizado por la corrupción. En cualquier caso, de la criatura alumbrada con tanto esfuerzo y no poca fortuna tras la muerte de Franco, apenas queda el recuerdo.

Cabe la regeneración, sin duda; cabe desear que la sociedad española, si es capaz de encontrar algunos dirigentes con el patriotismo y la visión histórica que demostraron los enterradores del régimen franquista, pueda volver a poner en pie el edificio constitucional y la costumbre de la libertad. Pero, naturalmente, para emprender la regeneración hay que reconocer que se ha degenerado, para restaurar las libertades hay que admitir que se han perdido y para poner en funcionamiento las instituciones hay que saber que instituciones no funcionan y por qué.

En los últimos tiempos, desde el propio Partido Socialista se alzan voces propugnando la regeneración de la vida pública. Extraña propuesta en quienes nunca han advertido de su deterioro. Como han sido los medios de comunicación críticos con el poder y, a ratos, la oposición de izquierda o de derecha los que han denunciado el pésimo funcionamiento del sistema, cabe temer que el Partido Socialista se adjudique también a dedo la contrata de limpieza de lo que el propio Partido Socialista ha ensuciado.

Cuando un partido ha conducido a un país a una situación políticamente insostenible, la higiene democrática recomienda su inmediata sustitución en las tareas de Gobierno. En el caso del PSOE, es tan grave el daño, tan extensa la autoría y tan difícil la reparación, que sólo un desalojo masivo de los cargos puede permitir alguna esperanza de que desaparezcan los malos hábitos. No es seguro que el partido o partidos que los sustituyan puedan cambiar las cosas para mejor, pero es indudable que si no lo intentan todo seguirá empeorando.

Cada país tiene lo que se merece, dicen los menos piadosos. En el caso de España, este axioma podría ser cierto, porque lo que el PSOE ha hecho, no lo ha hecho solo. En su decenio de poder omnímodo le han sobrado ayudantes, meritorios, secretarios, abogados, párrocos, verdugos y enterradores. En el entierro de la libertad el cortejo ha sido imponente, la representación social, de lo más brillante, el acompañamiento popular, numerosísimo.

Por eso, si la responsabilidad del partido de Felipe González es la más grave, desde luego no es la única. Puede incluso discutirse hasta qué punto el felipismo es producto de la voracidad política de los de arriba más que de la codicia de los de abajo. Sería cómodo imputar al laborista sevillano casi todos los males de la patria; sería además estupendo, porque con echarlo de La Moncloa nuestros males terminarían. Pero no es políticamente cierto ni intelectualmente justo. Un régimen cambia de naturaleza como fruto de muchos esfuerzos y de pocas resistencias, pero cuando realmente ha cambiado, no basta renovar la cúpula sino todo el edificio.

Nota: Este texto es un pasaje editado de “El felipismo. Cómo echar a perder una democracia”, segunda parte de La dictadura silenciosa, de Federico Jiménez Losantos, publicado en 1993 en la editorial Temas de Hoy.

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Siempre nos quedará Suresnes. -Antonio Burgos/El recuadro-ABC-

Como aquí seguimos esperando el avión de Lisboa de la formación de Gobierno, es como París en “Casablanca”: siempre nos quedará Suresnes. Que nos rejuvenece bastante. Cuanto estamos viviendo en estos mal llamados días de crisis en el PSOE, partido por gala en dos, aparte de preocuparme como a todo español bien nacido que no desee la destrucción y fragmentación de la Patria, me ha rejuvenecido bastante. ¡La de años que nos ha quitado de encima todo este follón sociata a los que vivimos la Transición y sus vísperas de clandestinidades! Vamos, que a Susana Díaz sólo le ha faltado vestirse con el traje de pana y el chaleco de cuello de cisne modelo Marcelino Camacho. Porque, total, como es de Sevilla, podía haberse puesto el nombre de guerra de “Isidora”, como Felipe González fue Isidoro cuando en Suresnes reinventó el PSOE desde el llamado Sector Renovado. Esto de los bandos en el PSOE no lo ha descubierto ahora Sánchez, atrincherado en Ferraz, “aferrazado” al poder, como Moscardó en el Alcázar No Se Rinde o el Capitán Cortés en La Cabeza. Lo siento, pero no tengo símiles del bando rojo de la guerra que puedan ser utilizados para la comparación sobre Sánchez atrincherado como en blocao rifeño de novela de Arturo Barea, donde sólo ha faltado que pongan sacos terreros en las ventanas de Ferraz. Esto de los dos bandos en el PSOE, venía diciendo, históricos y renovadores, es más antiguo que el hilo negro. El hilo con el que quiere coser el partido roto y desgarrado Susana Díaz, que va representando el papel de “La Salvaora”, pero sin Manolo Caracol y sin Lola Flores, sin Quintero, sin León y sin Quiroga.

¿Y lo de Verónica Pérez? Es tan pequeña, menuda y suave que, ¿saben cómo le dicen en Sevilla? ¡La Media Verónica! Y fue media verónica de plaza de Sevilla, de arte, de tendido de sol, pero de Rey Sol, su frase que viene pidiendo Macael urgentemente: “La autoridad soy yo”. Me recuerda lo que conté alguna vez. Aquel empresario del Reino de Valencia que se hizo un casoplón inmenso al que dotó de todas las medidas de seguridad. Le aconsejaron que, aparte de las alarmas conectadas con la Policía, se comprara un perro de presa amaestrado contra ladrones. Así hizo. Compróse un pastor alemán ya entrenado en tal menester, que le entregó su cuidador, dándole instrucciones para que el perro le obedeciera, que le entregó en un papel. Una noche que salió a cenar fuera, el empresario montó la alarma, soltó al perro por el jardín y fuése. Pero al volver y accionar el mando a distancia del portón del garaje, el perro se le abalanzó. Acordóse entonces de que se había olvidado en la casa el papel con las instrucciones de las palabras mágicas para amansar al perro. Y al valenciano no se le ocurrió más que gritarle al perro, que quería comérselo como si fuera un ladrón asaltante:

— ¡Che, que soy el dueño!

Tuvieron que dormir en un hotel, hasta que a la mañana localizaron al entrenador canino y pudieron atar al perro y entrar en la casa. Tal le ha pasado a Verónica Pérez, a la Media Verónica sevillana. Que se olvidó de los papeles estatutarios que dentro de Ferraz manejaba Sánchez, que había dejado suelto al perro, y no se le ocurrió, como al valenciano, más que decir:-

— ¡Quillo, que la autoridad soy yo!

Tuvo que volverse en el Ave como el otro tuvo que dormir en un hotel. Pero iba por el rejuvenecimiento. ¡La de años que me han quitado de encima estos gachés con sus peleas, este insensato demente de Sánchez! Esto está como cuando había en Toulouse un PSOE Histórico y en Sevilla, un PSOE Renovado. Sánchez va de Llopis. Susana, por sevillana, de Felipe. Sólo falta la foto de la tortilla. Y digo lo del cateto del “cómo estará el Ejército, que a mi hijo lo han hecho cabo”. Cómo estará España y cómo estará el PSOE, que nuestra esperanza (de Triana) es Susana Díaz, estrella de la ilusión de esta triste cabalgata sociata.

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No es un camino de rosas. -Gabriela Bustelo/Vozpópuli-

Entre las cualidades de España, la teatralidad −el sentimiento trágico unamuniano− es una de las más destacables. Somos un país ducho en escenificar debates cuyo apasionamiento con frecuencia encubre una realidad olvidada en el fragor de la batalla. Recapitulemos: después de 40 años de dictadura y habiendo dejado morir a Franco en la cama tras firmar sus últimas sentencias de muerte, los españoles nos hemos pasado otros 40 años votando, con un cuajo digno de mejor causa, a una piara de políticos corruptos. Chantajes, cohechos, donaciones ilícitas, simulaciones fiscales, desvíos de fondos públicos, atracos institucionales, timos autonómicos, mafias familiares: el imaginativo latrocinio político es horizontal, vertical y diagonal, abarcando todas las esferas de la administración española. En los cuarenta años de democracia española, como en los cuarenta de franquismo, la corrupción se ha dado por hecha, sin repercusiones electorales y sin producir demasiado escándalo al destaparse.

El PSOE, víctima de sí mismo

En el siglo XXI, gracias en parte a la globalización, los españoles nos hemos hartado por fin del tinglado nacional. Como sucede en el capítulo 15 de El mago de Oz −sátira política que Frank Baum disfrazó de cuento infantil−, los cortinajes han caído, dejando al descubierto la cutre tramoya. Pero si el votante español ha desarrollado desde comienzos de 2015 un detector de trolas y no pasa ni una, los políticos veteranos, víctimas del franquismo subconsciente, se aferran con uñas y dientes al instrumento de supervivencia preferido en España durante el siglo XX: la mentira. Nuestra grave crisis estructural se percibe como una metamorfosis política cuando, de hecho, es también un psicoanálisis nacional. Porque al morir Franco se proclamó con fanfarria que España se zafaba de un régimen dictatorial para engancharse por fin al tren occidental. Pero en la década de los ochenta España cayó abducida por una izquierda posfranquista que –con la complicidad de una derecha culpabilizada–, nos impuso la democracia bananera aún vigente.

La doble trama falsa del bipartidismo

En el caso de los partidos veteranos, la crisis que sufren ambos se debe a esta mentalidad de la mentira como modus operandi, que se enseña de una generación a otra (con los nacidos a partir de 1980 como primera generación que se libera). Si Mariano Rajoy fuese el líder de un partido conservador en otro país occidental, lo primero que hubiera hecho al tener conocimiento de una Caja B en el Partido Popular es disponerse a compartir públicamente su malestar con los españoles, ubicándose de inmediato en el sector de los peperos honestos que habían heredado un partido corrupto pero susceptible de cambiar. Su incapacidad para hacer esto le retrata ante los ojos de España como cómplice de una corrupción que a su vez sirve de pretexto a Pedro Sánchez para tener a España paralizada desde hace un año.

PSOE vs. PSOE

La mentira de Rajoy −por una mal entendida fidelidad al PP de Aznar que le aborrece desde hace años− es la que permite a Pedro Sánchez mantener la gran mentira socialista: el PSOE como el aguerrido partido que contiene al terrible franquismo. De hecho, el socialismo español no tiene propuestas, sino una ideología esquemática que hasta ahora lograba soliviantar a las masas para llevarlas a las urnas. Para sobrevivir, el PSOE maniqueo de Pedro Sánchez tendrá que aprender algo que en los demás países occidentales se aprende en el colegio: sin derecha no hay izquierda y sin ambas no hay democracia. En España desde Navidad de 2015 se escenifica la incapacidad de la izquierda para aceptar el triunfo democrático de la derecha. Con el talento español para el drama calderoniano −“por instantes todos somos farsantes”−, Pedro Sánchez nos quiere vender el proyecto de hiperlegitimación socialista heredado por Zapatero. Apoyado por los corifeos podemitas –“¡Cuídate de los Idus comunistas!”− que cínicamente denuncian un “golpe de régimen” contra el secretario general del PSOE, Sánchez sobreactúa desde hace meses en una trama lateral sin relación alguna con el argumento principal: la necesaria regeneración política de España. Convertirse en una democracia occidental implica que la izquierda española se libre de su sectarismo antidemocrático. Felipe González lo sabe. Por primera vez en 137 años, un grupo encabezado por socialistas históricos se plantea anteponer los intereses de España a los del PSOE. Lograr convencer a la militancia orgánica, criada a sus pechos, no será un camino de rosas.

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