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El respeto bien entendido. -Emilio Campmany/Libertaddigital-

En los países del norte de Europa y en Estados Unidos, los políticos dimiten cuando se descubre un comportamiento por debajo de lo exigible. Importa poco que la conducta sea o no constitutiva de delito y esté o no suficientemente probada en términos jurídicos. Basta la certeza moral de que el sujeto se ha conducido de una forma censurable. En el Sur somos más tolerantes, y lo que es reprobable en el Norte quizá aquí no lo sea. No me parece mal, especialmente si se trata de aspectos de la vida privada del político. Lo que no es tan edificante es la indulgencia con la que enjuiciamos procederes abiertamente inmorales bajo el pretexto de que no ha habido condena penal.

Piensen en Felipe González. Su Gobierno creó una organización terrorista responsable de asesinatos y secuestros. Durante su mandato, la corrupción alcanzó a instituciones que se creían ejemplares, como el Banco de España, la Guardia Civil y el Boletín Oficial del Estado. Habiéndose librado de la cárcel por los pelos, por los jueces amigos encumbrados por él al Supremo y por la benevolencia de Aznar, hoy perora desde todos los medios de comunicación y sus banalidades son escuchadas como las de un oráculo, amén de alabadas por los más insignes comentaristas, especialmente los de derechas.

La Gürtel y la evidencia de que el PP se financiaba con dinero negro de oscura procedencia no han impedido que el máximo responsable de esa situación, Mariano Rajoy, se volviera a presentar como candidato a la presidencia del Gobierno. Como en el caso de Felipe González, la ausencia de una condena penal nos obliga a todos a vivir en la ficción de que él nada sabía de lo que sucedía en su partido y que todo fue fruto de las maquinaciones de un tesorero codicioso y desleal. El electorado de la derecha, atenazado por el miedo a Podemos, se muestra dispuesto a tragar lo que sea en la segunda vuelta que casi con seguridad tendremos. Tan sólo exige algo de azúcar con que hacer pasar la hiel. La edulcoración corre por cuenta de los medios apesebrados de la derecha, que informan de las deslealtades de los subordinados pero omiten las inexcusables responsabilidades del jefe. A la vez, los líderes del partido, unos más salpicados que otros por la corrupción, aceptan ser dirigidos por alguien tan escasamente apto por temor a que otro que le sustituyera les descabalgara con los mismos argumentos por los que hoy debiera ser defenestrado Rajoy.

En última instancia, tanto el presidente como el resto de capitostes del partido se dirán, con alguna razón, que por qué habrían ellos de mostrar respeto a su electorado presentándoles candidatos intachables, cuando es el propio electorado el que no se respeta a sí mismo demostrando su disposición a votar a cualquiera, por muy sospechoso que sea, siempre que no haya sido condenado por sentencia firme. Y es que al respeto le pasa lo que a la caridad, que el bien entendido empieza por uno mismo.

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Quieto parao. -Emilio Campmany/Libertad digital-

Es fácil imaginar a Rajoy reunido con sus asesores, diciendo a los pocos que en algún momento se atrevieron a aconsejarle hacer algo: “¿Lo veis?¿Veis como siempre lo mejor es no hacer nada?“. Y a lo mejor resulta que el tío tiene razón. Hoy he oído a uno de sus habituales críticos admitir que en lo de Cataluña lo está haciendo muy bien. Aparte el hecho de que hacerlo muy bien está consistiendo en no hacer nada, no cabe duda de que el proceso de independencia se lo están cargando los independentistas sin necesidad de tener que despertar a Rajoy de la siesta.

Luego está el lío internacional que han provocado los atentados de París, donde Francia exige ayuda para combatir al Estado Islámico y el único que se la presta es Putin, mientras Obama dice que hay que seguir haciendo lo que hasta ahora. Aquí es verdad que a primera vista todo aconseja hacer lo que más le gusta a Rajoy, esto es, nada.

Sin embargo, hay que analizar los acontecimientos con un mínimo de seriedad. Aunque hoy parezca lo más probable, está por ver que elproceso de independencia de Cataluña vaya efectivamente a descarrilar. Pero si lo hace no será por la habilidad de Rajoy no haciendo nada, sino por el empeño de la CUP, que en estas últimas semanas está haciendo por la unidad de España mucho más de lo que Rajoy y su PP hayan podido hacer en estos últimos años. De estar la CUP controlada por el CNI, no podría estar haciéndolo mejor.

En cuanto a la situación internacional, aunque es cierto que es compleja y puede ser difícil decidir qué es mejor para nuestros intereses, si estar con Obama o con Hollande, lo cierto es que algo hay que decidir. Porque lo que en realidad está haciendo Rajoy no es adoptar la prudente posición de Obama, quien insiste en que basta apoyar a los grupos rebeldes que se oponen tanto a Bashar al Asad como al Estado Islámico. A lo que se está limitando Rajoy es a seguir de forma vergonzante, y quizá también vergonzosa, el viejo eslogan empleado por la izquierda contra Aznar y recuperado para la ocasión por Beatriz Talegón: No a la guerra”. Y con el Parlamento de Cataluña convertido en un circo y el “No a la guerra” espera Rajoy llegar sano y salvo al 20 de diciembre y seguir gobernando para poder continuar desenvolviendo su sabia política de no hacer nada.

Los expertos dicen que ambas circunstancias, la incapacidad de los independentistas de ponerse de acuerdo y la situación internacional, favorecen a Rajoy si acierta a no meter la pata de aquí al 20 de diciembre. No discuto que tengan razón, pero, si es así, hay que ver lo poco que dice de nuestro pueblo, naturalmente inclinado a seguir votando a quien ha demostrado que contra el independentismo catalán y el terrorismo islámico el único recurso de que dispone es el viejo aforismo tan nuestro deQuieto parao”.