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Pachi Lopezcaba. -F.J. Losantos/El Mundo-

El ‘pachismo’, como llaman en el PSOE a la última encarnación del rubalcabismo, es la novedad de la continuidad, la cronificación de una enfermedad que consiste en negarse a su curación. Rubalcaba ha logrado instalar al PSOE desde hace una década en la maldición gitana: “¡No te mueras nunca, siempre enfermo!”. Si Pachi (dejemos la grafía batua a los progres; los pachis, en español, siempre fueron pachis) fuera sólo López seguiría siendo Nadie; si es algo es por Lopezcaba, pero el factor Alfredo asegura que el cáncer del PSOE, que es la falta de una idea de España y un proyecto social común, seguirá sin operar.

Rubalcaba, que cuando fue líder del partido se convirtió en una nulidad llamada Rbcb, sigue siendo un maestro de la puñalada (“si te vuelves, te la clava”) y el entierro entre elogios de Pdr Snchz ha sido una verdadera filigrana. Los burócratas del pedrismo jalearon su radicalización parlamentaria, fingieron lamentar la derrota del noesnó y Lopezcaba lo convenció de dejar su escaño. Y hete aquí que Sancho le quita Rocinante a Don Quijote y lo despoja hasta de la mortaja de su resurrección política. La conjura de los Ares, Óscar López, Luena y, naturalmente, Pachi, que unen a la insignificancia intelectual la necesaria nulidad ética para vivaquear en la burocracia partidista, es una felonía magistral.

Por otra parte, esa ambición política que limita con la nómina alcanza en Lopezcaba la perfección: ni estudios, ni ideas, ni principios. Es el antagonista ideal de Susana Díaz, que acabó Derecho en diez años y desde la Junta. Pachi no pasó de primero de algo, pero a los 19 años ya era diputado. Las cualidades para hacer carrera política son inversamente proporcionales a las necesarias en la vida civil: a menos currículo, más obediencia.

La nulidad intelectual la compensa en política el sectarismo; y a Lopezcaba, le sobra. Lo mostró exhibiéndose con Otegui cuando Aznar ilegalizó a Batasuna, echando a Rajoy y María San Gil de la capilla ardiente de Isaías Carrasco o coceando al PP que lo hizo lendakari mientras abrazaba peneuvistas e hijotarras. Pachi es la sumisión perpetua del PSOE al separatismo diseñada por González y Cebrián al decapitar a Redondo Terreros. No disputará con Susana el derecho a heredar la ruina de Rajoy, se lo repartirán. Si él gana, ella será Griñán, si pierde, Rubial.

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De Carmena al cielo. -Jorge Bustos/El Mundo-

Muchos compatriotas disfrutan ante el conato de rebeldía, el golpe de autoridad, el desfile de los ideales. A mí, por alguna malformación espiritual, me emocionan desde siempre los procesos de maduración, el espectáculo de la serenidad y la asunción del crudo realismo. No es que vea algo indigno en toda emoción colectiva, como Borges: es que lo veo en casi todas las individuales. Por eso contengo el entusiasmo cuando veo a Errejón entrando en el Congreso con una chaqueta, desafiando a sus camaradas en camisa de leñador. O cuando oigo a Rita Maestre, la misma que fantaseaba a pecho limpio con iglesias en llamas, presumir hoy de la reducción de la deuda. Impactantes documentales en los que la larva de asamblea da paso trabajosamente a una mariposa representativa y parlamentaria. Y por eso debería aplaudir a doña Carmena, que excepcionalmente tomó una decisión basada en la ciencia y ceñida al protocolo.

Sin embargo ayer la restricción del tráfico no terminó de excitarme. El problema existe, desde luego: la boina de polución rivaliza en negrura y terquedad con la de Baroja, la densidad del tráfico rodado es de un exotismo que nos aproxima a Benarés y si Velázquez resucitara para volver a pintar el cielo de Madrid se calzaría una de esas mascarillas de chino hipocondriaco antes de morirse de nuevo. Algo hay que hacer. Pero si ya no es mucho pedir, habría que hacerlo bien.

Un enfisema pulmonar no es un problema ideológico a menos que se trate del enfisema pulmonar de un español. Entonces sí. Entonces pasa raudamente a las mesas de tertulia, donde solucionamos nuestras cosas mucho mejor que en las mesas de quirófano. Esperanza Aguirre hizo el ridículo -lleva haciéndolo tiempo y nadie que la quiera se lo dice- atribuyendo a Ahora Madrid un odio al coche premeditado y militante. Qué reservaremos para los radares, ¿”máquinas azufrosas de Satanás”?

Que Carmena adopte medidas impopulares porque crea en ellas al margen del cálculo electoral ofrece una lección a sus nietos políticos paridos en plató. La lástima es que sus buenas intenciones resulten tan indiscutibles como su incompetencia. Parchean, informan tarde, descreen de su propia apuesta al día siguiente de anunciarla, desaprovechan la ocasión de liderar un acuerdo ecológico que incluya a todos los niveles de la Administración, quizá porque la inclusión nunca fue su estilo. Un bochornoso amateurismo paraliza a su muchachada, incapaz de ejecutar casi la mitad del primer presupuesto ni de aprobar el segundo con respeto a la aritmética fiscal. Se presentan como el cambio, pero para cuando se consume la metamorfosis no garantizamos que Jordi Hurtado siga en su puesto.

De fondo hay algo más serio que la mera ineptitud. ¿Ingeniería social? Eso sería reconocerles destrezas excesivas. Su año y medio en el poder revela más bien la aridez imaginativa de la izquierda sílex, que gasta todas sus energías en el diagnóstico, en señalar las miserias del modelo consumista, pero carece de tratamientos que no abonen el huerto del ridículo. Se centra en derogar, multar, detener operaciones millonarias, epatar al burgués. Recela del mercado, y no sospecha que ella misma es un producto más -la utopía a su alcance, oiga: vótenos y salve el planeta- entre los que oferta el sistema. Recela de la autoridad, pero pronto le toma gusto a la prohibición. Clama contra el fascismo, pero se empeña en emanciparnos de los atascos y las colillas. Las viruelas, a la vejez, producen monstruos.

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La imposible derrota del Estado Islámico. -A.O.Moyano/El Mundo-

Podemos aventurar, con cierta aproximación, que el día en el que el Estado Islámico, el pérfido Daesh, sea vencido en Siria e Irak, y su Califato del mal sucumba, una ola de alegría y euforia recorrerá el mundo. Un mundo en vilo por las barbaridades cometidas por el grupo terrorista desde hace más de dos años, cuando la proclama de su líder, Abu Bakr al Baghdadi. Occidente respirará al rebajar su psicosis por los atentados, y los propios países musulmanes, con Siria e Irak a la cabeza, podrán sentirse, quizás, algo más aliviados.

Pero la realidad es que, tras ese virtual día épico, consecuencia de lo que imaginamos ingenua pero irresistiblemente como una última batalla contra la oscuridad, el ejército de interrogantes que plantea la caída de Daesh obligará a digerir rápidamente el optimismo por el triunfo. La victoria final no solucionará lo que aqueja a gran parte de Oriente Medio, porque Daesh, a pesar de todo, no es el problema fundamental; siempre ha sido el síntoma de un cúmulo de despropósitos mayores.

La caída del Califato, pues, no implica realmente la caída de Daesh. Es fácil caer en la tentación de interpretar lo contrario, pero existe una potente posibilidad de que el también llamado ISIS, extraordinariamente versátil en todas sus acciones, será capaz de transformarse de nuevo e involucionará de protoestado islámico medieval a organización terrorista clandestina.

“Casi con total certeza podemos aventurar que el Estado Islámico volverá a comportarse como un grupo clandestino cuando sea obligado a perder más territorio, sobre todo tras las futuras caídas de Mosul y Raqqa”, asegura Kyle W. Orton, investigador del think tank Henry Jackson Society. No sería una decisión nueva, desde luego, pues en el mantra yihadista siempre se ha repetido el principio de “inhiyaz ila al-sahra” (“Retiraos al desierto”), un proceder habitual al perder territorio. “No es nuevo. Daesh y los grupos terroristas de los que nació ya lo hacían en el Irak post-Saddam. El problema es que las circunstancias actuales son incluso peores que entonces. Ya tenemos informes de actividades clandestinas de Daesh en zonas supuestamente liberadas, donde extiende su influencia a través de redes de células yihadistas”, añade Orton. Efectivamente, se han registrado ataques en Kirkuk, Rutba, Sinjar o la propia Bagdad. Por su parte, en Siria, los yihadistas se han propuesto recuperar Palmira, todo un símbolo de liberación apenas ocho meses antes.

Por otro lado, las cabezas de la hidra yihadista se expanden por el mundo a través de sus provincias (wilayat). La influencia de Daesh es amplia pero dispar, y cuenta con filiales o grupos asociados en el Cáucaso, Libia, Nigeria (de la mano de Boko Haram), Yemen, Afganistán, Arabia Saudí o Egipto. Muchas de esas provincias se han adherido a Daesh en su cúspide de popularidad y éxito, siendo grupos terroristas locales que de facto no pertenecen a la organización. Habrá que esperar al final del Califato para saber si renuevan su lealtad a ISIS o si le dan la espalda y vuelven a andar su propio camino.

Viejas o nuevas fronteras

Paralelamente, analistas y expertos se preguntan si se podrá volver al status quo previo al Califato. En este sentido no parece que el fin de ISIS suponga la catarsis definitiva para apaciguar la zona, sino un elemento más, de tantos otros, que quizás haga las veces de acelerante de una concatenación de acontecimientos inquietantes.

Por un lado, políticos. ¿Volverán Siria e Irak a ser los legítimos posesores de las tierras ahora en manos yihadistas? Ciertamente, a pesar de que la situación nos pueda parecer homogénea en la zona, el desarrollo de los conflictos está siendo muy dispar en ambos países, cada uno con su propia idiosincrasia y urgencia. De acuerdo con Ignacio Álvarez-Ossorio, profesor titular de Estudios Árabes de la Universidad de Alicante, “hay que distinguir claramente entre los casos de Irak y Siria. En Irak, la ofensiva contra Daesh sólo ha sido posible cuando ha existido un consenso interno entre los principales actores políticos chiíes, kurdos y sunníes para combatirlo y, sobre todo, en torno a quién gobernará sus territorios. Ese consenso todavía no existe en Siria, donde el régimen está concentrando todas sus fuerzas en combatir a los rebeldes y la lucha contra ISIS ha quedado relegada a un segundo plano”. Sobre el terreno, quien realmente lo está combatiendo son las Fuerzas Democráticas Sirias, una heterogénea coalición armada por EEUU y dirigida por las YPG kurdas.

Igualmente, los papeles y responsabilidades de Damasco y Bagdad se antojan tan distintos como difíciles. “La herida abierta desde 2003 todavía es muy fuerte en Irak”, explica el corresponsal en Oriente Medio Mikel Ayestaran, “por lo que es el momento de probar una forma distinta de tratar a sus ciudadanos tras la caída del Califato. En Siria, la gente va a volver a estar de lado del gobierno y muchos abrazarán a a Asad como un mal menor, pues no les queda otro remedio y la alternativa que han visto no es la que esperaban”. En efecto, la supervivencia del régimen a lo largo de estos más de cinco años de intensa guerra civil se ha acentuado en los últimos tiempos hasta el punto de estar cerca de decantar el conflicto hacia su lado.

En cualquier caso, parece evidente que no será un proceso ni sencillo ni rápido. En muchos puntos de ambos países se recibió con los brazos abiertos a los yihadistas por parte de ciudadanos hastiados de sus respectivos gobiernos. Sólo la crueldad de Daesh y el paso del tiempo, ahogado por una creciente presión militar, han provocado imágenes de alivio en las plazas liberadas. Pero siguen las dudas, a pesar de todo. “En muchísimos sitios no hay apoyo social y civil a Damasco o Bagdad, y superar ese escollo va a ser muy complicado. Por ejemplo, mantener una autoridad iraquí en Mosul se me antoja casi imposible”, añade Ayestaran. El propio Daesh se ha encargado durante su ocupación de emponzoñar aún más las tensas relaciones entre los distintos grupos bajo su control, con el fin de enfrentar a unos con otros.

Así, ¿qué alternativa política eficaz queda para pacificar el escenario post-Califato? La modificación de fronteras es una de las opciones que se barajan. Sin embargo, hasta ahora sólo parece una opción maculada por los ingentes intereses internacionales en la zona. La guerra contra el Califato, el indiscutible enemigo común de puertas afuera para todas las potencias, se ha destapado como un enorme tablero de ajedrez con muchos jugadores, desde EEUU y Rusia, hasta Irán y Arabia Saudí, quienes libran su particular guerra fría. No es ningún secreto el interés de Teherán en incrementar su influencia en un debilitado Irak, una prioridad desde la caída de Saddam. Su postura es la de no cambiar los estados afectados y dejar las fronteras tal y como están, algo secundado por Rusia y la Siria de Al Assad. Por otro lado, Riad no vería con malos ojos un Oriente Medio aún más fragmentado en el que poder proyectar su poderosa sombra.

“Irán y Arabia Saudí, con sus aliados del Golfo, han financiado desde el primer momento a distintos grupos en Siria e Irak para incrementar su influencia”, explica el experto en geopolítica y seguridad Peter Bergen. “De hecho, las milicias chiíes apoyadas por Teherán han alcanzado una expansión enorme. Éste es otro episodio del pulso que libran ambos países y que, precisamente, tiene como una de sus consecuencias la aparición de grupos como Daesh pasado un tiempo en estados fallidos como Libia, Yemen o los propios Siria e Irak”.

En cualquier caso, cuesta creer que un Asad reforzado por una victoria militar frente a los rebeldes permita la autonomía de alguno de sus territorios, aun habiendo amplias zonas del país que no ocultan su desprecio a Damasco tras un lustro de salvaje conflicto. Tampoco parece probable que Bagdad se preste fácilmente a negociar la modificación de sus fronteras.

Sin embargo, existe un elemento que sí podría influir en esta alternativa, los kurdos. “La modificación de fronteras regionales no tendrá relación con la caída de Daesh, pero sí con la posible irrupción de un estado kurdo”, señala Álvarez-Ossorio.

En los últimos tiempos los kurdos sirios han intentado emular a sus compatriotas iraquíes en la exigencia de un estado federal en Siria, donde dispondrían de una amplia autonomía. “Se está creando una política de hechos consumados en la zona que podría allanar el terreno a la proclamación de un estado kurdo, opción que ni Damasco ni Bagdad aceptarán de buen grado, y tampoco Turquía, sobre todo si dicho estado está en la órbita del PKK”, explica Álvarez-Ossorio. Aun así, también es evidente que las identidades nacionales se están redefiniendo a toda velocidad. Si en el caso iraquí los kurdos tienen una posición de fuerza, en el caso sirio esta fortaleza es más coyuntural y está directamente relacionada con la necesidad de combatir a Daesh. Una vez derrotado y con la guerra siria finalizada, la autonomía de las zonas kurdas sí podría ser puesta en tela de juicio por el poder central.

Paralelamente, Turquía ha sido un elemento de importancia capital desde el comienzo de las operaciones yihadistas. Llegó a ser una de las fronteras más porosas para la llegada de combatientes voluntarios y autopista del mercado negro para el abastecimiento de Daesh. Sólo hasta el cierre a cal y canto de sus puertas y ventanas apenas hace unos meses, el gobierno de Erdogan no ha dado un decidido paso para combatir a las huestes de Al Baghdadi. O para ser justos, al menos no facilitarle tanto las cosas. El precio que han pagado los otomanos, y que aún están pagando, tampoco es pequeño. Sufren un incesante rosario de atentados aliñado con el terror provocado por independentistas kurdos como los miembros del grupo terrorista TAK.

El destino de kurdos y turcos parece inevitablemente entrelazado, pero ni siquiera la derrota de Daesh, el supuesto enemigo común, ni el innegable mérito y sacrificio de los peshmergas, garantiza un futuro nuevo estado.

Principalmente porque los propios kurdos demuestran unas irreconciliables brechas políticas entre ellos. Un ejemplo son las pésimas relaciones entre el KRG, el organismo de gobierno oficial del Kurdistán iraquí, y las autoridades de Rojava. La frontera entre ambas regiones está cerrada parcialmente desde hace meses, la primera conservadora y la segunda socialista. El partido del presidente kurdoiraquí Barzaní en Rojava, el PDK-S, ha sido incluso acosado por el PYD, brazo del PKK en Siria. “Se puede decir que el KRG tiene mejor relación con Turquía que con Rojava, especialmente en materia comercial”, señala el corresponsal Lluís Miquel Hurtado. Más allá, hay muchos territorios del Califato, como Raqqa, Deir Ezzor e incluso áreas de Mosul y Nínive, donde es muy difícil que la población tolere un dominio kurdo, al que consideran extranjero o, en cualquier caso, ajeno.

Casi 18.000 yihadistas han vuelto a Europa

Pero más allá del aspecto político-militar de la futura derrota de Daesh, uno de los temores más extendidos y acuciantes en Occidente es el retorno a sus países de origen de los yihadistas que vuelven del Califato. A medida que las tierras en su poder se constriñen, el incremento de retornados se incrementa. Fuentes de la UE calculan que son ya cerca de 18.000. El periódico alemán Die Welt ha publicado recientemente algunos datos de un informe confidencial del gobierno de Berlín en el que se alerta de que sólo el 10% de todos los retornados al país teutón desde Siria e Irak manifestaban cierta desilusión con su experiencia yihadista. Por otro lado, cerca de la mitad (48%) sigue comprometida con los ideales de la yihad y mantiene vínculos familiares o amistosos con otros extremistas. El informe concluye que cerca de un ocho por ciento sólo volvió a Europa para tomar un respiro antes de volver a los campos de batalla del Califato.

El experto en yihadismo e investigador de la Universidad George Washington, Amarnath Amarasingam, explica la existencia de distintos perfiles de retornados y la necesidad de tratarlos especialmente a cada uno de ellos. “Vemos cómo, por un lado, existen retornados que podríamos llamar ‘operacionales’, es decir, aquellos capaces de atentar, como los atacantes de París o Bruselas. Por otro lado, están los ‘desilusionados’, quienes fueron al Califato en busca de la utopía yihadista pero encontraron algo muy diferente. Y, por último, los ‘desocupados’, individuos que han abandonado el campo de batalla por heridas de guerra o pura supervivencia pero que se mantienen radicalmente convencidos por el ideario del yihadismo”. El gran problema, sin embargo, es saber quién es quién en este peligroso juego en el que no faltan voces que recelan de una posible reinserción posterior a un castigo penal. “Personalmente sí creo en la reinserción“, indica Amarasingam, “ya hemos tenido experiencias similares con individuos provenientes de Afganistán o Somalia. Todos deben pagar por sus crímenes, pero siempre en pos de una reinserción”.

Por su parte, Mubin Shaikh, experto en radicalización y contraterrorismo, apunta: “Hay que ser conscientes de que no puedes reintegrarlos a todos. Simplemente porque muchos de ellos creen de verdad que no han hecho nada malo e incluso llegan a radicalizarse aún más al sentirse acosados”.

El propio Shaikh fue un adolescente radicalizado por los talibán cuando viajó desde su Canadá natal hasta Pakistán. Tras los atentados del 11S, comenzó un proceso personal de ‘desradicalización’ y actualmente es una de las figuras más activas en el mensaje de la recuperación de jóvenes radicalizados. “Los jóvenes son los mejores candidatos a la reinserción y hay que apostar por ellos. Sin embargo, con aquellos que han crecido en una zona de guerra, es mucho más difícil”, añade Shaikh.

Es un problema, desde luego, que no acepta prórrogas y para el que se han propuesto soluciones de todo tipo, desde programas de reinserción como los iniciados en varios países, Francia entre ellos, hasta teorías polémicas como la publicada por el centro de estudios israelí Begin-Sadat y firmada por el profesor de la Universidad de Chicago Efraim Inbar. Inbar propone no acabar con el Califato, sino mantenerlo debilitado y cercado para contener dentro de sus fronteras la mayor cantidad de yihadistas contenidos. ¡Ah!, y de paso frenar las ambiciones de Irán. “Es de locos”, señala Amarasingam, “primero, porque la naturaleza de los grupos terroristas es siempre expansiva, no se pueden contener. Segundo, por una cuestión puramente moral y ética; ¿cómo dejar que un grupo tiránico establezca su control en vastas áreas donde viven millones de personas?”.

Pero, ¿cómo reintegrar lo que parece una causa perdida? Shaikh explica que la cooperación con las autoridades, el deseo sincero de rehabilitación, el testimonio público de sus acciones pasadas, y la colaboración con la comunidad, son “requisitos básicos para empezar a trabajar”.

En realidad, Daesh ha sido consciente en todo momento del tremendo potencial destructivo de los retornados. Y nunca ha escatimado recursos y estructuras para sacarle el mayor partido posible. En una entrevista publicada en el New York Times el pasado mes de agosto, un excombatiente alemán de ISIS hoy preso, Harry Sarfo, confesaba haber pertenecido al EMNI, un organismo del grupo terrorista dedicado al entrenamiento específico y a la ‘importación’ de individuos extraordinariamente radicalizados. “Me dijeron, ‘¿Volverías a Alemania? Te necesitamos allí'”. Querían multitud de ataques a la vez en Inglaterra, Francia y Alemania”, aseguraba Sarfo. “Nos enviaron a cientos. A cientos. Eso fue antes de los atentados de París”.

El EMNI estuvo en su día gestionado por Abu Mohamed al Adnani, célebre portavoz del Califato, mano derecha del califa Al Baghdadi y finalmente abatido en un bombardeo este verano. Al Adnani es fundamental para entender la naturaleza y el desarrollo de Daesh. Autor del célebre discurso en el que instaba a todo musulmán a atentar con cualquier medio a su alcance, además fue el jefe y uno de los principales diseñadores de la descomunal maquinaria de comunicación y propaganda de los yihadistas.

Cuando caiga Daesh, su actividad en estos campos ya habrá marcado un claro e irrenunciable precedente para grupos similares. En comunicación y propaganda, con la figura de Al Adnani bien reconocible, esta revolución marca el discurso terrorista del futuro cercano. Las bases del relato terrorista clásico han variado indudablemente, fundamentado ese cambio en las nuevas tecnologías y el cuidado de la narrativa, mucho más eficiente y atractiva que antes. Desde el asesinato filmado del periodista James Foley, muchos medios occidentales asumieron como noticioso cualquier contenido emitido por Daesh, llegando a cerrar el circuito de la propaganda precisamente deseada por los terroristas. En este sentido, ante la avalancha de contenidos, en muchos casos efectistas y con ningún valor informativo, tiene lugar una nueva reflexión sobre lo que en realidad es noticioso más allá del espectáculo. Se antoja fundamental, por consiguiente, establecer una política de consumo y una formación apta para contrarrestar estos perniciosos efectos, sobre todo para aquellos segmentos de la sociedad especialmente sensibles a la propaganda del terror y la captación. Hay que asumir que los nuevos canales de comunicación, con las redes sociales al frente, requieren un uso responsable y concienciado, pues se ha convertido en la principal autopista informativa del terrorismo moderno.

¿Es posible otro Califato?

Es, quizás, la gran pregunta que nos haremos todos cuando se capture la última bandera de Daesh. Aventurar con certeza la posibilidad de un nuevo Califato puede resultar peregrino, pero lo cierto es que los ingredientes que se cocinaron a fuego lento durante años y que dieron luz al protoestado de Al Baghdadi, no son elementos tan extraordinarios en una zona inestable como Oriente Medio.

En su día, la fallida primavera árabe siria, el fracaso de la postguerra iraquí, y el secular conflicto entre suníes y chiíes, traducido a modo de cuantiosos patrocinios de Arabia Saudí y las monarquías del Golfo al todavía germinal Daesh, provocaron el auge del Califato.

“Claro que es posible que Daesh u otra organización pueda recuperar y establecer de nuevo un Califato similar”, opina Kyle W. Orton. “Más aún, en el improbable caso de la erradicación total de Daesh, lo que sí pervivirá será el modelo y la certeza de que el Califato puede lograrse”.

Es entonces cuando todos los ojos vuelven a la gran organización terrorista, la que siempre ha estado ahí aun siendo eclipsada por Daesh. No parece probable que Al Qaeda inicie un proyecto califal, pero quizás no lo necesite. Aunque también haya sufrido por el ingente trasvase forzado de yihadistas con el meteórico auge de ISIS, de la que fue matriz en su día, las huestes clandestinas de Al Zawahiri controlan de facto varios territorios en Siria, Yemen o el norte de África, entre otros enclaves del mundo árabe.

En este panorama incierto, pero con evidentes sombras tenebrosas en el horizonte, parece una obviedad destacar la importancia de iniciativas políticas que comprendan la conciliación, el trabajo, la educación y el desarrollo. Como vemos, será sumamente complicado, pues dependerá del grado de influencia y cooperación de las distintas potencias internacionales y regionales. Y por supuesto dependerá también del tiempo; el que será necesario en grandes cantidades para intentar cicatrizar las muchas y profundas heridas que ha provocado Daesh.