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La ola de violencia que nos acecha. -Jorge Vílches/Vozpópuli-

La crisis que vivimos es tan similar a la que tuvo Occidente en el primer tercio del siglo XX que asusta. No cabe duda a estas alturas de que algo está cambiando. De hecho, muchos analistas, como no saben explicarlo se contentan con insultar a los votantes o la gente.La decadencia de Occidente está definida por tres evidencias: el descrédito del paradigma político que sustenta los regímenes democráticos actuales, el cuestionamiento del sistema de creencias, y la mediocridad de las manifestaciones culturales. El diagnóstico es parecido al que describió Oswald Spengler en su conocida obra, publicada entre 1918 y 1923, aunque la solución organicista y racial que propuso el filósofo es repudiable. El resultado de aquella decadencia fue una espiral de violencia.

Las democracias viven hoy una fase de descrédito no conocida desde las décadas de 1920 y 1930. No es solo que la palabra “democrático” se bastardea, sino que fallan sus dos pilares fundamentales: el consentimiento y la legitimidad. Los ciudadanos no se sienten representados por la brecha que se ha abierto entre ellos y la clase política –ahora sí nos vale este concepto de Gaetano Mosca-. La soberanía se delega en representantes de partidos que han tomado las riendas políticas, económicas, sociales y culturales del país. Son Estados de Partidos; sí, como ya vislumbraron Carl Schmitt y Trieper también en la Europa de entreguerras. Ahí una indudable respuesta a esta dominación.

El sistema político y de creencias de principios del XX se asentaba en la hegemonía cultural del liberalismo. La rebelión de las masas contra ese paradigma liberal, con aquel nihilismo que lo invadió todo, la canalizaron los populismos, tanto el fascista como el comunista. Ambos quisieron reconstruir la comunidad, ya fuera nacional o proletaria, sobre principios nuevos. Eran reaccionarios aunque se revistieran de progresistas porque su intención era sacrificar la libertad de todos para aumentar el confort de una parte.

La acción de los políticos, su sistema partitocrático y la legalidad del establishment de aquella época no les confería legitimidad. Los populistas tenían otro concepto de legitimidad; el de la voluntad de la nación o del proletariado para cumplir su proyecto político. No importaban los resultados electorales, ni siquiera el imperio de la ley, sino avanzar en la destrucción de lo existente y conducir al “pueblo elegido” hacia el paraíso.

El liberalismo era señalado como el culpable -actitud que aún perdura–, y servía para crear monstruos políticos a los que responsabilizar de los problemas y contra quien combatir. Lo burgués, el deseo de progresar y enriquecerse individualmente, la iniciativa propia sin comulgar con el “bien común”, levantar la bandera de los derechos individuales y pedir el retroceso del Estado, eran despreciables. Incluso el término “burgués” cambió, y “aburguesarse” adquirió una connotación peyorativa, de enemigo del pueblo.

Hoy, en esa decadencia, estamos en la reacción ante la dictadura de lo políticamente correcto, ese catálogo de tabúes y correcciones ridículas que llaman continuamente a la censura y que limitan la libertad de expresión. El problema se agrava cuando esa dictadura del lenguaje en la educación y en los medios se acompaña de políticas públicas: la reducción efectiva de las libertades, de la individualidad, es mucho mayor.

¿Para qué hablar de la mediocridad de las artes? Todo aquello que toca el Estado acaba siendo encarrilado para no molestar al político que subvenciona o que da la concesión administrativa. Incluso la protesta callejera está encabezada por artistas o cantantes de carrera declinante que buscan hacer negocio o relanzarse, como hemos visto en la Women’s March contra Trump, o con los “actores de la ceja” en España.

La violencia se está instalando poco a poco, al igual que en la Europa de entreguerras, aunque de otra forma. Utilizando el lenguaje izquierdista, se trata de una violencia estructural, adaptada a la sociedad del espectáculo y a la eficacia de la estrategia de los movimientos sociales. La toma de las calles y de los “espacios públicos”, las performances, los linchamientos en las redes y en las televisiones, las persecuciones personalizadas con escraches, la demonización del adversario, la adopción de un lenguaje belicista, de odio calculado, el silenciamiento de los que piensan diferente, la vuelta a la simbología y a la fraseología comunitaristas, el encumbramiento de los “activistas”, o la comprensión del terrorismo, son algunas de sus manifestaciones.

Wright Mills, sociólogo norteamericano, afirmaba en “La élite del poder” (1965) que su país estaba gobernado  por una red de jerarquías que controlaba la política, las universidades y los medios de comunicación. La consecuencia, decía, era que el voto cambiaba pocas cosas. Mills creía que los intelectuales habían sustituido a la clase obrera como agente de cambio –algo en lo que coincidía Herbert Marcuse, gurú de la New Left–. Aquella generación tomó el poder, creó su paradigma, se llamó progresista, y lo impuso como pensamiento único.

Esto tiene su plasmación en la vida política. El día de la investidura de Rajoy las izquierdas prepararon un asalto al Congreso. No es la primera vez en la Historia, ni será la última. No fracasaron porque consiguieron su objetivo: inocular en el imaginario que la legitimidad popular contradecía la legalidad, y que había otro camino para cumplir el sueño, el de las demostraciones callejeras de fuerza.

El progresismo internacional de estos adalides del nuevo paradigma lo ha vuelto a hacer; esta vez en Estados Unidos. El día de toma de posesión de Trump desató esa violencia posmoderna de medios y redes, que provocó y organizó (y quizá, financió) el desfile hippie de protesta, como señaló aquí Paul Craig Roberts. Era un toque de atención a todo aquel que, en ejercicio de su libertad y dentro de la legalidad, ose cuestionar su dominio absoluto y exclusivo, su negocio.

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“Los Deplorables” en Washington, “Los Miserables” en Madrid. -F.J. Losantos/LD-

Los seguidores de Trump han adoptado el insulto que les dirigió Hillary Clinton en la campaña: “deplorables”. Y como “Los deplorables”, que guarda el eco de la estúpida novela de Victor Hugo y luego exitoso musical Los Miserables, se han presentado en Washington tras ganar las elecciones a todos los periódicos, radios, televisiones, élites políticas, intereses económicos, Unión Europea, China, Iberoamérica y ese ejército progre que, en Madrid sin ir más lejos, amenaza con invadir los Estados Unidos de América. “América”, dicen Los Deplorables; y Los Miserables de Madrid se lo reprochan. Pero los hispanos, americanos antes que ellos, los llaman así. Cuando los insultan, “gringos”; cuando piden la green card, “americanos”. Para un español es triste, pero así es.

Cebrián, dispuesto a pararle los pies a los USA

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Ningún periódico ha hecho tanto daño a la nación española como El País. Ninguno ha hecho tan miserablemente el ridículo como cuando el 12S tituló: “El mundo en vilo a la espera de las represalias de Bush“. Para el capomedia favorito de casi todos los presidentes del Gobierno en los últimos cuarenta años (de Arias Navarro a Rajoy) “el mundo” no estaba aterrado, conmovido o indignado por la masacre de las Torres Gemelas, sino por lo que los USA hicieran en su defensa. En los países musulmanes, bailaban en las calles; los comunistas decían: “los yanquis se lo han ganado”; lo que nadie discutía es que las víctimas del 11S -los USA y Occidente- tuvieran derecho a defenderse. Sólo Cebrián. Sólo El País.

Ayer, el editorial del diario mantenido por Rajoy y Soraya daba un ultimátum a la nueva Administración USA: “Toca ahora, dentro y fuera de EEUU, estar vigilantes. Igual que Obama anunció en su despedida que intervendría si Trump se extralimitaba y dañaba derechos o libertades básicos de los estadounidenses, los demás países también deberán fijar con toda claridad cuáles son las líneas rojas que no piensan dejar sobrepasar a Trump.

No se leía nada semejante en España desde que un editorialista del diario falangista dirigido por el padre de Cebrián se quitó la chaqueta, se arremangó la camisa azul, se sentó a la máquina de escribir y dijo: “¡Se van a enterar en El Kremlin!”. Menos mal que no se enteraron.

Pero que Obama, el Padrino de Irán, Cuba, las FARC y Venezuela, diga que “intervendrá”, como una especie de Unabomber de Hollywood, contra el Gobierno legítimo de los USA cuando, según decidan él, sus nobles aliados islámicos, narco-comunistas y archiprogres, “se extralimite” el presidente de los USA, debería preocupar a todos los demócratas. No a El País, defensor de todas las fechorías liberticidas -en especial la de Colombia, donde tantos intereses comparte con Santochenko- de Obama, cuyo legado hemos analizado aquí. Pero Neoperón va a estar recogiendo fondos para Evita-Michelle, así que “frenar” a Trump será cosa de Cebrián.

En cierto modo, el inevitable paso a la acción -militar, por supuesto- del académico de Prisa -y corriendo- coronará su trayectoria intelectual. Y si gana la guerra, puede suceder a Churchill, Dylan y, seguramente, Messi como Nobel de Literatura. Pero deberá tener en cuenta la experiencia del descendiente de Mambrú -Marlborough- que tuvo que limitarse a aguantar las bombas nazis en Londres hasta que un día Japón atacó Pearl Harbour, Roosevelt declaró la guerra a Tokio y Hitler -extrañamente- a los USA. Con Francia no se pudo contar ni antes ni casi durante ni después de que los americanos los liberaran de Berlín y de Vichy. Tampoco con Italia, entonces con el payasesco Mussolini y ahora con el payaso Beppe Grillo. Theresa May, la Pasionaria del Brexit, está más por cortejar a Trump que por ponerle líneas rojas, alambradas o peros. En cuanto a Alemania, paga el gas en Moscú y tiene constitucionalmente limitada la acción militar. Así que Cebrián deberá tomar la iniciativa.

En PRISA John Carlin estará ya pasando lista a las Nuevas Brigadas Internacionales de Janli, que saldrán de la SER, desfilarán por la Gran Vía, cruzarán el Atlántico y se apostarán en la margen izquierda del Potomac. Pitita, Tania (la Guerrillera Heroica de Rivas-Vaciamadrid), Irene y demás dipunovias podemitas serán artilleras o soldaderas. De La Habana partirá Willy Toledo y la Brigada de los Goya. Y por la derecha, en majestuoso movimiento de flanqueo centrista, confluirá el Ejército Rojo de Soraya, con la teórica rockera y grupie podemita Andrea Levy en el papel de Rosario “La Dinamitera” de la División de El Campesino, recientemente fallecida.

Pablenin y Errejín combatirán juntos el heteropatriarcado masculino con los rufianes de la Esquerra, las vigorosas heroínas hirsutas de la CUP y toda la patulea batasuna. Con el Emperador Janlileón al frente y el mariscal Tigrekán al aparato, Trump está perdido. La única esperanza para la abyecta y fascista democracia americana es que Melania se enfade, se acuerde de su infancia comunista, se descalce los guantes y se tire al cuello de Janlileón.

Feministas de guardia, en marcha atrás

Pero Cebrián no está solo. Ayer, titulaba El Mundo, sin ironía: “Mujeres de todo el mundo marchan contra Donald Trump“, aunque dos días atrás aseguraba que “la calle” estaba ya alzada, adoquín en mano, contra el presidente electo de los Estados Unidos.

Si uno no supiera que cuando la prensa progre, que es casi toda, dice “mujeres” hay que entender “feministas de izquierda, actrices y políticas”, creería que las “mujeres de todo el mundo” se manifestarían en Washington para instar a Trump a romper relaciones con Arabia Saudí, el aliado preferido de Hillary Clinton, o con Irán, el nuevo socio antisemita preferido por Obama, porque sunnitas y chiítas machacan a las mujeres. Claro que entonces habrían “marchado” contra Hillary por prestarse a la vil tarea de destruir civilmente a Monica Lewinsky para proteger el abuso de poder de su marido con una becaria en la Casa Blanca. Y no marcharon. Es más, apoyaron la hipócrita, machista y repugnante estratagema legal de los Clinton -porque Hillary siempre apoyó a su hombretón, el Presidente- que defendieron, apoyándose en una sorprendente lectura de la Biblia, que el sexo oral y la íntima introducción de un habano en la becaria no era sexo.

¿Qué era, entonces? ¿Geografía, geología, habanología? ¿O simple abuso de poder de un hombre con una joven empleada? Esto último, claro, siempre que el hombre no sea progre. Entonces se desentierra la canción Stand by your man y adelante con los farolillos rojos. Nixon dimitió por mentir. Hillary mintió respaldando a su marido y en esa mentira al servicio del hombre y la trola fundó su campaña de “una mujer a la Casa Blanca”. ¿No era mujer la becaria? No. Era un obstáculo para una izquierdista. Y un obstáculo así se sacrifica en aras de la dignidad de género… de la progre.

¿Son peores los Deplorables que los Miserables?

Cayetana Álvarez de Toledo, alma de la única asociación a la que pertenezco, Libres e Iguales, y persona de mi mayor consideración, publicó ayer un tremendo artículo en El Mundo, tras intentar en vano asistir a la investidura de Trump. La crítica liberal al discurso era impecable. Pero me sorprendieron algunos párrafos, que merecen comentario. El primero éste:

La zona estaba blindada. Unos metros más allá, coincidimos con uno de los tantos grupos que habían venido a boicotear la toma de posesión. De pronto, recibimos un fuerte empujón por la espalda. Ana, antigua ministra de Exteriores, referente de racionalidad, la persona menos sectaria que he conocido, había sido violentamente zarandeada. La vi desaparecer bajo un amasijo de cuerpos y carteles de ‘Black Power is Back’ e ‘Indigenous Resistance’. Una chica delgadita con el pelo desteñido de azul y hierro en los dientes me gritó: “¡El paso está cerrado!” Le contesté: “Quiero llegar al Mall”. Me replicó: “¡Me da igual, la calle es nuestra!”Unas horas después, la policía intervenía con gases lacrimógenos.

¿Tiene la culpa Trump o la policía de los energúmenos anti-Trump? Lamento que el coincidir con la patulea que, como los de “Rodeemos el Congreso”, se manifestaban contra el presidente elegido democráticamente, Ana y Cayetana se vieran privadas del espectáculo de un discurso que ya supondrían malísimo. ¿Se sorprendieron? Lo curioso es que de la fétida contigüidad con los liberticidas salga este ‘ataque preventivo’ contra los que estamos hartos de antitrumpismo: “La derecha comete un grave error al asumir a Trump como uno de los suyos. ¿Y debe por ello hacer causa común con Obama y la izquierda? ¿Un Frente Popular Anti-Trump?

Se queja mi admirada Cayetana de “la desmoralización que produce ver a personas inteligentes hacer contorsiones morales y dialécticas para defender a Trump. Acusan a sus críticos de elitistas pero luego invocan a las élites republicanas, judiciales e institucionales como garantía frente a los posibles desmanes del nuevo presidente.” Y, de pronto, carga contra los que “”exculpan”” (sic) a los votantes de Trump: “Dicen que son gente racional y bien informada pero luego les exculpan con argumentos que lo desmienten:No sabían exactamente lo que votaban”, eufemismo de ignorancia. Votaron movidos por la ilusión, eufemismo de frivolidad. Votaron contra Obama, eufemismo de irresponsabilidad. Un demócrata debe aceptar dos premisas esenciales: el pueblo siempre tiene la responsabilidad y el pueblo a veces se equivoca. ‘We, the people…’ no siempre acertamos.

Demasiados “eufemismos” traídos por los pelos. No, no acertamos siempre cuando votamos. Ni cuando opinamos. Para eso están las ‘elitistas’ instituciones de los USA: para rectificar. Lo que a mí me preocupa es ver a “gente inteligente” arrastrada por la marea roja del antitrumpismo. Cayetana dice que Trump “no tiene ideología, ha cambiado de partido cinco veces y su política ataca los fundamentos de la modernidad política: la nación cívica, la apertura económica, la alianza atlántica y una Europa unida. Cierto. ¿Sólo Trump? ¿Y Rajoy? ¿No ha cambiado su partido, el PP? ¿Es España una nación cívica? Entonces, no existiría Libres e iguales.

Yendo al fondo de la cuestión: ¿Debe Trump defender Europa de los europeos? ¿O es que los americanos son responsables -como en las dos guerras mundiales- de elegir bien para que los europeos podamos seguir eligiendo mal? No. Las responsabilidades se asumen, no se transfieren.

En Washington estrenan Los Deplorables. En Madrid reestrenan Los Miserables. Lo peor de Washington es que empieza a parecerse a Madrid.

Ver artículo original:

No voy contra Trump. -Antonio Burgos/El recuadro-ABC-

Bienvenidos a este oasis de paz, un artículo donde no se pone como los trapos a Trump, sino todo lo contrario. Y donde únicamente se le critica porque, existiendo un santoral tan extenso, a su puñetero padre no se le ocurrió otra cosa que ponerle al niño el mismo nombre que al Pato Donald. ¿Tan aficionado era a Walt Disney como para hacerle al niño esa faena? Es como los padres sevillanos que en una época en la que estaba de moda le pusieron a su hijo Jonathan. Una trastá. Incluso hay un torero levantino que se llama así, Jonathan Varea. Por lo que el hombre se pone en los carteles sólo el apellido como nombre artístico: Varea a secas. Me ha contado Rocío de la Cámara que el otro día, que estuvo tentando en su casa, Varea le confesó:

— Ganadera, ¿usted cree que en los carteles se puede anunciar un torero que se llame Jonathan?

Ni me lo imagino. Como no me imagino el título de una crónica taurina al hilo de las tablas de Corrochano con Cayetano y Ronda, que se titulase: “Es de Castellón y se llama Jonathan”. Bueno, pues a lo que íbamos al comienzo, a lo de Trump: “Es de Nueva York y se llama Donald”. Como el pato. Pero no se trata del pato, sino del tigre. La progresía mundial le está dando la del tigre desde que lo eligieron libremente los americanos: leña al mono del tío del tinte al que se le fue la mano con la camomila. Y ayer, ni te cuento la que le liaron no sólo en Washington, sino en el mundo entero. No hay nada que vista hoy más ante la progresía que largar fiesta contra un señor como Trump que los americanos han elegido libremente. Y sobre el que algunos, que nos hemos situado en la otra orilla de esta corriente dominante y arrasadora, esperamos que no todo sea como lo pintan y nos dé muchas buenas sorpresas. De momento me encanta eso del “jornal para los nuestros”, en plan Padilla Crespo, que le ha aplicado a la Casa Ford: “Si fabrican ustedes los coches en México en vez de dar trabajo aquí, los voy a crujir a aranceles”. También cuando eligieron a Juan XIII largaba la gente, que si tal y que si cual, y fíjense el cambiazo que le pegó a la Santa Madre Iglesia.

Y aquí quería llegar, a la Iglesia y a la fe religiosa. Que los americanos no tienen cobardía alguna en proclamar. De momento, en sus monedas ponen “In God we trust”. Que traducido resulta poco menos que aquel “Corazón de Jesús, en Vos confío” de los antiguos detentes. Y la ceremonia de jura del nuevo presidente empezó con su asistencia oficial a un servicio religioso en la Iglesia Episcopal de St. John´s. No como señor particular, no, sino como presidente de los Estados Unidos. ¿Se imaginan aquí que la toma de posesión de un presidente del Gobierno comenzara con una misa en La Almudena? ¿Qué dirían los progres? Fue la proclamación de Don Juan Carlos I como Rey y hubo una misa en Los Jerónimos, con la histórica homilía de Tarancón, pero proclamamos a Don Felipe VI y me parece que en las Cortes hasta quitaron el Crucifijo, por el qué dirán. Trump juró ayer su cargo sobre la Biblia, como manda la tradición de un país que no ha arrasado con las suyas, ni se ha acobardado ante la ola laicista. Lo hizo ante dos Biblias, dos, por falta de una: la suya, que se llevó de su casa, y la oficial e histórica de la Casa Blanca, sobre la que Abraham Lincoln juró su cargo y lo hicieron todos los sucesivos presidentes. Y juró, no “prometió”. Como habían jurado, no prometido, los presidentes que la progresía mundial tiene por referentes, como Kennedy o como el saliente moreno Obama, quien por cierto ha aprovechado muy a la española los últimos días de su mandato para meter todas las bacalás posibles y jugar unas cuantas jangás al que viene.

Yo, ¿que quieren que les diga? Me cuento entre los que razón de más que la progresía mundial esté contra él para que me ponga a favor del que tiene nombre de pato de Walt Disney. Y una vez más siento envidia de los americanos, que no se avergüenzan de Dios, ni de su Biblia ni de sus sentimientos religiosos. Vamos, igualito que aquí, ¿no, arzobispo Asenjo?

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