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Histeria contra Trump. -Daniel R. Herrera/LD

El pasado martes, el portavoz del Gobierno de Trump, Sean Spicer, fue preguntado tres veces en rueda de prensa sobre la muerte en Yemen de la hija de ocho años de Anwar al Awlaki, que fuera líder de Al Qaeda en la zona, en un ataque de los SEAL en el que “todo salió mal”. Es la primera operación de este tipo de la era Trump. Ningún periodista preguntó en rueda de prensa por la muerte del hijo de 16 años de Al Awlaki, también víctima colateral de un ataque con drones, en 2011.

No se crean que este doble rasero se debe a que Obama es negro y, por tanto, todo el que lo criticara fuera descalificado inmediatamente como racista. Tampoco porque Trump sea Hitler reencarnado. El doble rasero de la prensa estadounidense existe desde que tengo memoria. Las principales televisiones y periódicos tratan con guante de seda a los políticos demócratas y con puño de hierro a los republicanos. Si saben algo de inglés, pueden jugar a algo muy divertido que hago yo de vez en cuando: si hay algún escándalo de algún político desconocido, busco dónde se menciona su filiación. No falla: si es republicano, lo verán en las primeras líneas, cuando no en el titular; si es demócrata, a veces hay que bajar más de diez párrafos para enterarse.

Sí, ya sé que existe Fox News. Y el Wall Street Journal. Pero nada más, fuera de la jungla digital. Un periódico económico y una cadena de televisión por cable. Enfrente tienen a la práctica totalidad de diarios de información general del país, a todas las cadenas generalistas y a las demás cadenas de televisión por cable, de CNN a HBO. Los corresponsales de los medios españoles, con pocas y honrosas excepciones, tienden a repetir como loros lo que dicen esos medios. La opinión publicada está firmemente en un lado de la balanza. De ahí que tenga sentido que el ahora presidente haya declarado que la prensa es el verdadero “partido de la oposición”, especialmente porque después de sus derrotas electorales los demócratas tienen problemas para ejercer como tal.

El problema con el que se están encontrando los medios es que se enfrentan a un republicano –bueno, más o menos– que sí sabe cómo funcionan y cómo manejarlos. Lo hizo durante las primarias y lo volvió a hacer durante la campaña contra Hillary. Trump se alimenta de los escándalos que le crean los medios con cada una de sus palabras y, desde hace dos semanas, cada una de sus acciones. Están acostumbrados a montar una guerra mundial por cada desliz republicano; pero como Trump es capaz de crear varias decenas de motivos al día, la única respuesta de la que son capaces es la histeria. Una histeria continua, retransmitida en directo 24 horas los siete días de la semana, y que no queda reducida a una web y unos cuantos frikis a los que nadie hace caso.

El problema es que, cuando hay mil motivos nuevos para oponerse al presidente cada día, al final no queda ninguno serio. La mayor parte de la gente termina por dar por sentada la histeria. Sí, naturalmente, existe y existirá un núcleo de politizados que se indignará con todas y cada una de las cosas que los medios decidan que son un escándalo. Los seguidores más acérrimos de Trump tomarán cada nueva erupción de indignación moral en los medios como una prueba más de que son fake newsy el partido de la oposición. Pero ¿qué harán los que están en el medio? ¿Los que votaron a Obama en varios estados clave en 2008 y 2012 pero optaron por Trump en 2016? ¿Los que sin estar demasiado politizados se decantaron por uno o por otro?

Previsiblemente, esta continua histeria acabará siendo tomada como mero ruido de fondo al que no prestar atención. Cuando Trump meta realmente la pata, ¿quién escuchará a los histéricos? Cuando al día siguiente de su toma de posesión ya había manifestaciones tomando las calles en su contra, ¿quién hará caso a una manifestación montada en contra de una decisión que realmente podría provocar rechazo? Y si tanto los medios como los demócratas montan una guerra mundial por el decreto de restricción de la inmigración de Trump, cuando no dijeron nada cuando se congelaron los visados para iraquíes en 2011 o, mucho más recientemente, cuando se restringió la llegada de refugiados cubanos, ¿creen que realmente les tomarán en serio muchos americanos fuera del círculo de los votantes demócratas más acérrimos?

Las encuestas ya han mostrado que, pese a la supuesta oposición masiva a la medida –incluyendo la de no pocos republicanos–, en realidad hay más gente a favor que en contra. Y no se entiende cómo una restricción temporal a la entrada en el país es peor que, pongamos, el internamiento en campos de los americanos de ascendencia japonesa durante la Segunda Guerra Mundial, ordenada por el ídolo nacional –y especialmente de los demócratas– Franklin Delano Roosevelt. Si el país no descendió a los abismos del totalitarismo entonces, cuando además estaba de moda, ¿realmente alguien se cree en serio que lo va a hacer ahora?

Es perfectamente comprensible que no guste esa medida. Si a un librecambista como yo le parecen mal las restricciones que está poniendo Trump al libre comercio, ¿cómo le va a gustar este decreto a quien aboga por unas fronteras más abiertas? E incluso quienes están a favor del decreto, ¿cómo no llevarse las manos a la cabeza ante su incompetente puesta en marcha, con las restricciones a los residentes con tarjeta verde y las informaciones de que ninguno de los muy competentes generales que ha nombrado Trump participó en ella? Pero una cosa son las críticas legítimas que pueda hacer cada uno desde su posición y sus ideas, sobre qué es lo mejor para un país o para el mundo, y otra ver poco menos que el resurgir del fascismo detrás de ellas sólo porque el nuevo presidente sea un personaje, la verdad sea dicha, bastante repugnante.

Cuando un votante medio vea las imágenes de las protestas contra el juez elegido por Trump para formar parte del Tribunal Supremo registradas minutos después de que el presidente anunciara su nombre, ¿qué va a ver? Carteles impresos con la palabra Oppose y el nombre de Gorsuch escrito a mano, lo que dejaba claro que daba igual el elegido: iban a protestar igual. Y otros carteles impresos con la leyenda “Gorsuch peligroso y extremista”, algo que apesta a concentración espontánea y nada preparada de antemano. En fin, un señor que fue confirmado unánimemente por el Senado para el tribunal de apelaciones en el que trabaja ahora, de buenas a primeras es un “extremista”. Y los líderes del Partido Demócrata en ambas Cámaras apoyando ese mensaje. Buen trabajo, chicos. No se os nota nada.

Si todos los aciertos, los errores y los fracasos de Trump siguen siendo recibidos de esta manera, no es difícil augurar que será reelegido en 2020. Y quizá entonces ni siquiera se le quede clavada en su monumental ego la espinita del voto popular.

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Feminismo de diccionario. -Daniel R. Herrera/LD-

Cuando alguien intenta analizar con un mínimo de sentido crítico el feminismo actual, una respuesta frecuente consiste en enviar al pobre crítico a leerse el diccionario, como si todo el conocimiento humano pudiera contenerse en una breve definición de una frase. Así, a quienes observamos que buena parte del feminismo ha derivado en victimismo, doble rasero y discriminación y odio contra el hombre se nos dice que no, que simplemente es la “ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres”, que es lo que dice la RAE. Y, por tanto, si estás en contra del feminismo estás en contra de la igualdad de derechos.

Aunque no se lo crean, eso lo dicen los mismos que un cuarto de hora antes te decían lo justa y necesaria que es la discriminación positiva, ya sea en forma de cuotas o de diferente trato penal en función de lo que tengas entre las piernas. Y que un cuarto de hora después argumentan que, por ejemplo, los teleñecos son de un machismo recalcitrante, obviando que, si fueran coherentes, deberían limitarse a llamar machismo a la “actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres”, que es la definición del diccionario.

La penúltima salida de pata de banco de este feminismo de diccionario ha sido la petición de retirada a la editorial Santillana de un libro de texto que ya no edita porque contenía la ocurrencia de querer explicar con un mínimo de profundidad las distintas corrientes feministas surgidas desde los años 70, desde la radical de Lidia Falcón o Beatriz Gimeno hasta el feminismo individualista de Christina Hoff Sommers, Wendy McElroy o Camille Paglia. Ha causado, al parecer, especial escándalo el reconocimiento de que existe una variante del feminismo radical de género que considera el lesbianismo la única opción sexual compatible con la liberación de la mujer. Pero no hay más queleer a la diputada podemita Gimeno para darse cuenta de que esa corriente existe, y asomarse un poco al feminismo norteamericano para saber hasta qué punto está extendida.

Limitarse al diccionario para definir cualquier ideología es ridículo, porque al final el movimiento se demuestra andando. Naturalmente que en su origen el feminismo luchaba por la igualdad entre hombres y mujeres. Pero han sido los propios feministas quienes con sus palabras y actos a lo largo de los últimos años y décadas han ido cambiado el significado del feminismo, demostrando a cada paso que no buscan la igualdad sino tratar a los hombres como el enemigo. Por eso la inmensa mayoría de la gente es favorable a la igualdad pero muchos menos se consideran feministas. Por eso el feminismo se ha ido convirtiendo en una palabra sucia aunque todos admiremos a Campoamor.

Al final, lo que quiere el feminismo de género es poder emplear de escaparate la lucha por la igualdad, que es una causa bonita y compartida por todos, para poder seguir diciendo por detrás que hay que meter a los hombres en campos de concentración y que denunciar que también hay hombres maltratados es machista. Y aunque puedan mantener la ficción en buena parte de la opinión publicada, la universidad y la administración, fuera de ella hace ya muchos años que no cuela. Pero claro, para facturar les basta.

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Jordi Évole y Donald Trump, unidos por el odio a los pobres. -Daniel R. Herrera/Libertaddigital-

Por distintos motivos, desde posiciones ideológicas teóricamente opuestas, lo cierto es que Donald Trump y Jordi Évole opinan lo mismo: que las exportaciones desde países asiáticos deben frenarse, cuando no parar por completo. La razón es que los costes laborales son tan bajos que nos quitan empleos aquí para crearlos allí, generalmente en condiciones que nos parecerían inaceptables a españoles y norteamericanos. Es uno de los argumentos de campaña de Trump, y la base del último programa de Salvados.

Lo curioso es que lo mismo que nos parece de una xenofobia inaceptable en el millonario americano, resulta de una calidad moral suprema cuando es el follonero progre quien nos lo suelta. Pero cuando Évole nos anima a mirar la etiqueta con la procedencia de una prenda para evitarla horrorizados si resulta que viene de Vietnam o Camboya, ¿en qué se diferencia de un político que quiere poner freno al libre comercio entre los países desarrollados y estas naciones asiáticas? En ambos casos, de tener éxito, el resultado sería exactamente el mismo:condenar a la pobreza extrema a los millones de asiáticos que están saliendo de ella gracias a la industria textil.

No hay nada más racista que viajar a Camboya a decirles a los camboyanos lo que es mejor para ellos. Cuando Jordi Évole, todo ufano, se pone a hacer demagogia a las trabajadores asiáticas sobre lo que cuesta un jersey en España y lo poco que cobran ellas, una de ellas le responde que lo que quiere no es que miremos la etiqueta de las prendas sino que compremos toda la ropa camboyana que podamos, porque así ellos tendrán más trabajo y mejor pagado. ¡Claro que sí! De ese modo se desarrolló España, se desarrolló Corea del Sur, se desarrollan China y la India. Aprovechándonos de aquello que hacemos mejor a mejor precio que los demás para obtener así de los demás lo que éstos hacen mejor a mejor precio. Se llama comercio, prosperidad, riqueza. El mundo fue pobre hasta que el capitalismo logró que la humanidad, poco a poco, saliera de esa condición. En Inglaterra, el país que lideró el cambio, les costó siglos. Ahora bastan unas décadas. Gracias a que invertimos para construir fábricas allí y luego les compramos sus jerseys y sus móviles.

Tener ropa hecha en Vietnam, Camboya o cualquier otro país pobre no es motivo de vergüenza sino de orgullo. Porque todos los miles demillones que solidariamente donamos a África no han servido para nada, pero los bienes que compramos, los Made in Taiwan o Made in China, sí están consiguiendo lo imposible: que millones de personas salgan de la pobreza cada año en todo el mundo, a una velocidad nunca vista en la historia de la humanidad. Y dan la excusa de los derechos laborales, que son ya mejores que los que tenían hace una década, y más que lo serán según vaya prosperando el país, como pasó en España y como ha pasado en todo el resto del mundo.

Ni a Jordi Évole ni a Donald Trump les importa un pimiento lo que piensen, quieran o necesiten los camboyanos reales de carne y hueso. Pero Trump al menos es sincero y reconoce que sólo mira por el bien de sus compatriotas, y por eso lo odiamos. Évole, en cambio, tiene entre manos un negocio mucho más sucio que el del yanqui: disfrazar de sincera preocupación por el prójimo lo que no es sino una pura y dura masturbación ideológica. A Évole sólo le preocupa que Évole y sus espectadores se sientan bien consigo mismos enarbolando la bandera de la indignación moral. Y si en nombre de esa bandera se tienen que llevar por delante las vidas, las esperanzas y los sueños de millones de camboyanos, que así sea. Si algo quedó claro en el último Salvados es que los pobres lo que quieren es trabajar y vendernos el fruto de su trabajo, mientras los progres pretenden impedírselo para que sigan siendo pobres y así poder sentirse muy solidarios dándoles limosna. Elija usted a quien prefiere hacer caso: yo lo tengo muy claro.