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Cristina y la doctrina de la mujer florero. -Jesús Cacho/Vozpópuli-

“Afortunadamente vivimos en un Estado de Derecho, y cualquier actuación censurable deberá ser juzgada y sancionada con arreglo a la ley. La Justicia es igual para todos”. Discurso de Navidad del rey Juan Carlos I en la noche del 24 de diciembre de 2011. Once días antes, Mariano Rajoy había sido investido nuevo presidente del Gobierno, sin que España se hubiera repuesto aún del escándalo provocado por el yernísimo Iñaki Urdangarin, esposo de Cristina de Borbón, acusado de apropiación indebida de fondos públicos y fraude a Hacienda. “Necesitamos rigor, seriedad y ejemplaridad en todos los sentidos. Todos, sobre todo las personas con responsabilidades públicas, tenemos el deber de observar un comportamiento adecuado, un comportamiento ejemplar”. Mismo Rey, idéntico discurso.

El sábado 14 de abril, tres meses y unos días después del discurso navideño, el país se desayunaba con la noticia de que el Jefe del Estado, el del “comportamiento ejemplar” exigible “a todos, sobre todo a las personas con responsabilidades públicas”, había sido intervenido de urgencia en una clínica madrileña, tras haber sufrido un grave accidente en Botsuana cuando cazaba elefantes en compañía de su querida, una sedicente princesa alemana de nombre Corinna y apellido impronunciable. El trompazo había ocurrido en plena madrugada del viernes 13 de abril, mientras España estaba a punto de irse a pique por el sumidero del default, la simple y pura quiebra, con la prima de riesgo por los 560 puntos básicos, pero la Casa del Rey no informó de lo ocurrido hasta las 9,30 de aquel sábado, cuando el Monarca, ya operado, se recuperaba en la UCI del Hospital USP San José de Madrid.

En la tarde del lunes 2 de junio de 2014, el presidente del Gobierno hizo pública la renuncia al trono de España de Juan Carlos I en favor de su hijo, el príncipe Felipe, que días después pasaría a convertirse en Felipe VI, en la única operación realizada con tanto éxito como discreción por el destartalado establisment de un régimen, el del 78, que había llegado exangüe, casi arrastrándose, a la abdicación. Junio de 2014 marca, por eso, el final del régimen de la Transición. La sentencia conocida el viernes sobre el llamado “caso Nóos”, condenando a Iñaki y absolviendo a Cristina, es, sin embargo, un episodio más de ese juancarlismo aparentemente superado, en coherencia con la pieza publicada aquí el 12 de enero de 2016 (“No es el juicio de Cristina de Borbón, sino el de su padre”). El último escándalo de la Transición.

Ángela Martialay, experta en tribunales de Vozpópuli, ha dicho de la comentada que es “una de las peores resoluciones judiciales que he leído en años, si no la peor”. Casi mil folios de torturado castellano que apenas dedica 3 a absolver a la Infanta de España. Valga la opinión del juez José Castro, instructor durante 5 años del caso: “la sentencia plantea un montón de incógnitas, pero deja claro que el tribunal sentenciador ha dado por bueno que la infanta Cristina era una mujer florero que no se enteraba de nada, que firmaba el autoalquiler de su palacete de Pedralbes sin saberlo, que estaba en la empresa Aizoon siendo una ingenua…” Es evidente que Cristina, hija de Rey y hermana de Rey, ha recibido distinto trato que la folclórica Isabel Pantoja, otra mujer enamorada de su pareja que, sin embargo, fue a dar con sus huesos en la cárcel. Es la “Doctrina de la Mujer Florero”, emula de aquella otra llamada la “Doctrina Botín”, a la que con idéntico derecho aspiran a acogerse Rosalía Iglesias, esposa de Luis Bárcenas, y la exministra Ana Mato, entre otras muchas.

Servidumbre voluntaria

Especular ahora sobre la existencia o no de “presiones” sobre las tres magistradas que han dictado sentencia parece un ejercicio inútil. Probablemente no hayan necesitado ni eso. La infanta no es una cualquiera, de modo que cabe la posibilidad de que, partiendo del principio de la servidumbre voluntaria sobre el que teorizó La Boétie, sus señorías hayan preferido sacrificar la verdad en el altar de la cautela, que siempre será preferible arrostrar algunas críticas extramuros del régimen que contar con la animadversión del mismo. Humano, demasiado humano. Un fallo (en el doble sentido de resolución judicial y de chapuza infecta) en línea con el “pacto del cortafuegos” que Rajoy (“A la Infanta le irá bien”) y su entonces ministro de Justicia, Ruiz-Gallardón, propusieron al entonces rey Juan Carlos: Urdanga asumiría las culpas –no había manera de enmascarar el delito- y entraría en prisión, a cambio de que la Infanta quedara libre de polvo y paja tras una brillante interpretación de la partitura de la mujer tonta y enamorada que no se entera de nada, un papel que ha gestionado con eficacia el fiscal Horrach, convertido en una especie de abogado defensor de la acusada.

Alguien ha argumentado que a la Corona le hubiera venido bien una condena, siquiera testimonial, de la Infanta, entendida la sanción como escarmiento, como mensaje a caminantes de que “de ahora en adelante, aquí no roba ni el rey de España”, pero esa es la cuestión, ese el nudo gordiano, la losa de oprobio que aprisiona el futuro de la Institución. Para condenar a Cristina hubiera sido necesario llevar antes a juicio la conducta de su padre el rey emérito, y eso es precisamente lo que el sistema no puede aguantar, o por lo menos no todavía: someter siquiera a escrutinio público la conducta de Juan Carlos I, origen de la corrupción en cadena que ha terminado anegando la vida política española. El juicio imposible a un personaje que sigue siendo inviolable por razón de cargo. “Hay prohibiciones que no pueden concretarse en un nuevo precepto”, escribía Secondat (Manuel Jiménez de Parga, expresidente del TC) en abril de 2012 en El Mundo. “Por ejemplo, que el Rey no tenga una amante fuera del matrimonio o que no reciba un tanto por ciento de las operaciones económicas internacionales”. Sobre el reinado de Juan Carlos y sobre el origen de su cuantiosa fortuna, los españoles tienen que seguir pasando calzados con albarcas o con la ayuda de esos zancos de madera que en algunos lugares aún utilizan para cruzar ríos o simplemente chapotear sobre el barro.

No ha sido, pues, un juicio a Cristina de Borbón y a su marido, sino a la corrupción del juancarlismo. En este diario la hemos denunciado sin tapujos, de modo que resultaría ocioso incidir sobre el asunto. Yo mismo escribí un libro al respecto, pronto hará 20 años, cuando algunos de los más conspicuos críticos actuales del emérito se la cogían con papel de fumar. Ocurre que la hija de su padre y el marido de la hija de su padre no han hecho, ellos lo creen así, otra cosa que no vieran hacer en casa, en la Zarzuela, durante un montón de años, de ahí la estupefacción del talonmanista, incapaz de entender lo que le ha ocurrido, negado para comprender que la Justicia pretendiera condenar como oprobioso lo que en su suegro no pasaba de ser diaria aventura galante. Se ha perdido una gran ocasión para ejemplarizar, cierto. Y se ha asestado un duro golpe al prestigio de la nueva monarquía que encarna Felipe VI, un hombre en cuyas alforjas no figuraba, que se sepa, ninguno de los gatuperios que pueblan las de su padre.

Una sentencia que hace daño a Felipe VI

Pertenezco a ese grupo de españoles que, ideológica y vocacionalmente republicanos, han optado por posponer el debate monarquía-república para tiempos mejores, ello en vista de los problemas de todo tipo que asedian ahora mismo a una España cuya propia existencia como nación está en entredicho, y en la esperanza de que sean las futuras generaciones las que se encarguen de despejar la incógnita en un entorno mucho más favorable, más próspero, más profundamente democrático que el actual. Para quienes hemos asumido ese compromiso, el respeto al mandato constitucional, la ejemplaridad en la conducta personal y una exquisita neutralidad política son condición sine qua non para la continuidad de Felipe VI en el trono. Todo eso, más la necesidad de hacer olvidar en el día a día el funcionamiento de la Corona durante la Transición como poder autónomo, alejado del control democrático y envuelto en un espeso velo de opacidad, ello con la complicidad de los sucesivos presidentes del Gobierno. En estos casi 3 años de reinado, el talante del nuevo Rey había logrado hacer olvidar no pocas de las tropelías cometidas por su padre. El fallo judicial del viernes quiebra esa tendencia y deja el prestigio de la nueva monarquía muy perjudicado. Esta sentencia le hace daño. ¿Cuánto? El tiempo lo dirá.

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Federico: “A este paso Soraya acabará deteniendo a Felipe VI. -F.J. Losantos/Libertaddigital-

Federico Jiménez Losantos analiza las últimas operaciones contra la corrupción y la detención de la cúpula de Manos Limpias.

“Hay tal estado de terror y de corrupción de la moral en el Partido Popular que hasta los decapitados se van callados y asustados en lugar de denunciar. Soria es como Errejón.

Cuándo uno ve la descomposición y la corrupción de la Policía, la Fiscalía, jueces, cuando España está como Italia en el año 92.

Con Soraya que está liquidando a todo el PP que pueda heredar a Mariano el día 25 de junio.

Por otro lado, “van a perdonar a Manos Limpias a cambio de que se retire de la acusación popular del caso Nóos”.

A este paso Soraya acabará deteniendo a Felipe VI”.

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Alierta, uno de los vuestros. -Ana Tudela/ctxt-

El presidente de Telefónica ha sido una pieza útil para los intereses del bipartidismo. Jugando con las puertas giratorias, los altos dividendos y un delito prescrito, ni se va del todo ni se va de vacío: 50.000 millones de deuda y 35 de pensión.

14 de abril de 2009. Audiencia Provincial de Madrid. 8.45 horas de la mañana. Todo el mundo espera la llegada de la jueza Manuela Carmena, hoy alcaldesa de Madrid, encargada de presidir el tribunal que juzgará a una de las personas más poderosas del país, el presidente de Telefónica. César Alierta ya ha llegado y espera junto a la puerta de la sala rodeado de su terna de abogados y de los primeros espadas de su numeroso equipo de comunicación. Los periodistas que cubren habitualmente el sector de las telecomunicaciones están allí, junto a él, pero no le preguntan nada. Ya han recibido las indicaciones oportunas. No toca. Una joven redactora de una agencia de comunicación llega unos minutos más tarde y ve el cielo abierto para conseguir unas declaraciones. Se acerca a Alierta, le pregunta amable y el presidente de Telefónica la despacha afeándole que sea la única que no se ha enterado de cómo comportarse. El resto calla. Vuelve el silencio.

El juicio a Alierta es una pastilla de avecrem del caldo en el que se ha cocido España en las últimas décadas pero también de la figura del aún presidente de Telefónica. Un concentrado de ingredientes que no dicen mucho de los resultados de la gestión del zaragozano al frente de la gran multinacional española (un gigante hoy presente en 20 países y con 322 millones de clientes que se ha colocado en primera línea del sector a nivel mundial) pero sí de ese toque de sabor que trajo consigo. Por eso es tan útil ese momento para empezar a desmenuzar la figura de Alierta. Todo estaba allí, amalgamado pero presente: el control de la inmensa mayoría de los medios (que en su mayoría no destacaron la información del juicio incluso cuando la sentencia demostró que hubo delito aunque se considerase prescrito); su pulso con Pedro J. Ramírez (que impulsó el caso en 2002 desde las páginas de El Mundo meses después de ver frustradas sus intenciones de hacerse con Onda Cero, entonces parte de Telefónica Media); la estrecha relación con la familia de su mujer (ya que el juicio por uso de información privilegiada se debió al enriquecimiento del sobrino político de Alierta Luis Javier Placer con la compra de acciones de Tabacalera cuando Alierta presidía la compañía) y el logro de haber sabido situarse de verdad en el centro del tablero político, a salvo de los ataques de uno y otro polo del otrora todopoderoso bipartidismo, convirtiéndose en pieza útil para los intereses de todos. Porque si el PSOE había pedido mil y una explicaciones, comparecencias e intervenciones de la Fiscalía cuando se destapó el caso Tabacalera en 2002, para cuando se inició el juicio y se supo la sentencia ya no tenía nada que reprochar al presidente de Telefónica. El PSOE estaba en el poder y Alierta era un amigo. Un dato: uno de los peritos de parte en favor de Alierta en el juicio fue José Manuel Campa, nombrado mes y medio después de que se iniciase el proceso, secretario de Estado de Economía por el Gobierno de Zapatero.

Pedigrí popular

Hubo un tiempo en que lograr la empatía de la práctica totalidad del arco parlamentario no parecía tarea fácil. Alierta ha sido y es un hombre con ocho apellidos del PP, cosido por línea directa a un pasado que apunta directo al bando vencedor de la Guerra Civil. Su padre, Cesáreo Alierta Perela (1909-1974), “se incorporó voluntario el 18 de julio de 1936 al regimiento de infantería Génova como oficial de complemento y después de la Legión” para luchar con el ejército sublevado. Así lo explica La Vanguardia Española en su edición del 1 de marzo de 1966 con motivo del nombramiento de Alierta Perela como alcalde de Zaragoza en aquellos tiempos en los que no era el vecino el que elegía al alcalde sino el ministro de Gobernación a propuesta del Gobernador Civil. “Terminada la guerra”, continúa La Vanguardia Española, el padre de Alierta “en la vida civil dedicó sus actividades a negocios industriales”.  Y “en 1952, fue elegido presidente del Real Zaragoza Club de Fútbol”, que hoy le debe entre otras cosas la construcción del Estadio de la Romareda.

El joven Alierta Izuel (Zaragoza, 1945) creció en una familia adinerada y de moda, ligada a la política y al fútbol nada menos, rodeado de constantes loas a su apellido y habituado a pasar en Zaragoza por una calle con un nombre igual al suyo, el de su padre. Su padre, el alcalde a quien al despedirse del cargo por motivos de salud ABC le dedicó aquella columna el 6 de junio de 1970 de la que podrían haberse copiado ahora algunas frases para incluirlas en las crónicas sobre la marcha del hijo, huérfanas en su mayoría de crítica salvo por parte de alguno de los habituales ya mencionados. “Deja una corporación ágil, moderna y capacitada para las nuevas funciones que en su día puedan encomendársele”, dijo ABC del padre. “Bien puede decirse que ha declinado el puesto en olor de muchedumbre” (sic), añadió.

Su hijo  Alierta Izuel lo tenía todo para triunfar en este país donde el dinero y las buenas conexiones eran fundamentales. El único hándicap parecía ser su enorme timidez, un rasgo del que hablan no pocos de los que lo han tratado, que aseguran incluso que ha podido mostrarlo como alguien menos lúcido de lo que es. Algunos recuerdan su nerviosismo en 2010, a pesar del poder que acumulaba ya, cuando tuvo que pronunciar un discurso en aquella cena con la canciller alemana Angela Merkel y el entonces presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, en Hannover, con motivo de la feria tecnológica Cebit. Resulta difícil relacionar esa imagen del Alierta tímido con el mismo joven al que los rumores sitúan de madrugada de juerga con los amigos tomando prestado un tranvía de Zaragoza para darse una vuelta. Quizás sólo sean rumores.

Hizo sus propios méritos antes de aterrizar en la era de las privatizaciones, que lo llevó hasta el asiento de honor del empresariado español. Se habla de su buen hacer siendo muy joven como gestor al frente del área de Mercado de Capitales del Banco Urquijo y después como presidente de la agencia de valores Beta Capital, que sería adquirida por el polémico Javier de la Rosa. Si fue brillante en esa etapa, fueron los contactos los que lo catapultaron a la primera fila en el momento adecuado. Su conocida cercanía con Rodrigo Rato, que le ha traído el último disgusto un día después de anunciar que se marcha de la compañía, dicen que le vino a través de un paisano, Manuel Pizarro.

El expresidente de Endesa habría introducido a Alierta en los círculos del PP poco antes de que José María Aznar ganase las elecciones de 1996. Una vez en Moncloa, los populares se apresuraron a terminar la tarea de privatizar la gran empresa española que habían iniciado los socialistas, tras cuyos gobiernos ya solo quedaba en manos del Estado el 21% de Telefónica, el 28,1% de Argentaria, el 10% de Repsol, el 3,8% de Gas Natural, el 52,4% de Tabacalera y la gran joya de la abuela: el 67% de Endesa.

Antes de ponerse a privatizar como si no hubiera un mañana, los populares colocaron a sus allegados al frente de las empresas que iban a pasar casi por completo a manos del mercado. En cuestión de meses, los elegidos se rodearon de consejeros a los que se colgó el cartel de independientes pese al dedazo que los había señalado, y cambiaron los estatutos de las empresas blindándose con normas como la obligación de llevar tres años en el consejo para ser nombrado presidente o en su defecto lograr el apoyo del 85% del consejo (como se impuso en Telefónica, lo que acabaría beneficiando a Alierta, como se verá).

Los elegidos

No fueron seleccionados con luz y taquígrafos, que al fin y al cabo esto es España, sino en reuniones en petit comité con la participación habitual del entonces todopoderoso vicepresidente económico Rodrigo Rato, el ministro de Industria Josep Piqué, y los poderes fácticos: Josep Vilarasau, director general de La Caixa, y Emilio Ybarra, presidente del BBV. La participación de las entidades financieras en el capital de las privatizadas y su papel de núcleo duro es también marca made in Spain ideada por los gobiernos de Felipe González, una rara avis que no se ha dado en otros países de Europa con procesos de privatización similares.

Gracias a su relación con Pizarro, Alierta es seleccionado para la presidencia de Tabacalera como hombre de Rato y con el aval añadido de ser amigo de Francisco González, el primero al que colocó el Gobierno de Aznar al frente de Argentaria, en sustitución de Francisco Luzón y hoy aún presidente del BBVA (uno de los pocos que van quedando de la vieja guardia).

Su paso por Tabacalera fue el que tenía que ser en aquel momento en que el sector estaba inmerso en pleno proceso de consolidación dado el declive del consumo de tabaco en el mundo salvo en el mercado de puros, en el que Alierta colocó a Tabacalera como líder mundial. El zaragozano se dedicó a sanear. Cerró fábricas, recortó gastos y se encargó de fusionar Tabacalera con la francesa Seita, lo que dio lugar a Altadis.

Pero en medio de esa gestión se cruza la mayor mancha de la trayectoria de Alierta. La que lo llevará al mencionado juicio. Según la sentencia que firma Manuela Carmena, se consideran hechos probados que “Cesáreo Alierta ideó la forma de aprovechar el conocimiento de determinados datos sustanciales relativos al mercado bursátil por las operaciones que se iban a realizar y la repercusión que iban a tener (…) para obtener una ventaja patrimonial considerable”. Esas operaciones eran la decisión de comprar activos de la división de cigarros de la americana Havatampa (operación anunciada a los mercados a través de la CNMV el 11 de septiembre de 1997) unida a la decisión de subir las labores del tabaco rubio nacional de mayor consumo (Fortuna) un 9,43%, tomada ese mismo 11 de septiembre de 1997 y comunicada a la CNMV cuatro días después.

“Entendiendo que la noticia de la adquisición de la tabaquera antes mencionada iba a tener repercusión en el precio de las acciones de la sociedad (Tabacalera), (Alierta) se puso de acuerdo con Luis Javier Placer Mendoza (sobrino político del hoy presidente de Telefónica) para que, apareciendo este último como único interviniente de la operación fuese quien llevara a cabo determinada inversión (…) que iba a ser manifiestamente rentable”. Tan rentable como para suponer una ganancia de 309 millones de pesetas (de las antiguas, no hay otras de momento) en un lapso no superior a seis meses. Las acciones habían sido compradas además a través de la empresa Creaciones Baluarte, constituida por Alierta y su mujer y domiciliada en un principio incluso en su casa, mediante un crédito otorgado por el Banco Urquijo (la antigua entidad en la que había trabajado Alierta), préstamo que fue traspasado al sobrino junto con la sociedad a pesar de que los avales de uno y otro para responder de la póliza de crédito obviamente no eran comparables.

La operación durmió el sueño de los justos durante años en las tripas de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV). Porque sí hubo investigación por parte del regulador, dado el enriquecimiento de familiares del presidente de Tabacalera, pero el expediente tal cual se abrió fue archivado por el entonces jefe de los servicios jurídicos de la CNMV, Antonio Alonso Ureba, quien sería nombrado secretario del consejo de Telefónica cuando Alierta llegó a la presidencia de la teleco.

Presidente de Telefónica

La buena suerte no existe pero sí el cruce perfecto de factores, y eso es lo que llevó a Alierta al frente de Telefónica desde la presidencia de Tabacalera. Si en la primera ronda de elegidos fue el compañero de pupitre de Aznar en el Colegio del Pilar Juan Villalonga quien fue colocado en la presidencia de la compañía, las andanzas de este lo pusieron en el disparadero en pleno proceso de elecciones generales del año 2000. El cóctel fue letal: el escándalo de los planes de stock options para directivos, el intento de fusionar Telefónica con una empresa pública holandesa como era KPN en contra del núcleo duro y de buena parte de los independientes del consejo, y su estilo espectáculo, tan poco adecuado en época de decisiones de voto, sentenciaron a Villalonga pero no lo fulminaron. El error definitivo fue que dejase a su mujer, Concha Tallada, íntima amiga de la mujer de Aznar, Ana Botella, por la Miss México Adriana Abascal. Mucho se habló de cuánto tuvo que ver Aznar en la reapertura de la investigación a Villalonga por parte de la CNMV.

Había que buscar sustituto en Telefónica, una privatizada que seguía con la acción de oro en manos de un Gobierno que iba de liberal pero ponía y quitaba presidentes, y fue entonces cuando se vio que no era tarea fácil. Los cinturones de seguridad ideados por los elegidos eran realmente férreos. Se planteó elegir a alguien que no perteneciese al consejo, pero los fieles a Villalonga (Alberto Cortina, Martín Velasco, Pedro Ballvé) podían tumbar la votación; se planteó nombrar a Isidro Fainé, pero su acumulación de poder podía molestar a BBVA, y entonces Rato señaló a Alierta. Cumplía el requisito de llevar más de tres años en el consejo (llevaba cuatro). Hubo dudas. Algún consejero dejaría después caer a la prensa que en su paso por el consejo Alierta no había abierto la boca (¿de nuevo la timidez?), detalle que les hacía dudar si sabía algo del negocio de las telecomunicaciones. Pidieron un consejero delegado, un contrapeso, y entonces las miradas se volvieron hacia Fernando Abril, el hijo del vicepresidente del Gobierno con la UCD que había sido enviado por Villalonga al rincón de las Páginas Amarillas para que no le hiciera sombra. Abril fue nombrado consejero delegado de Telefónica.

No duró mucho. Alierta nunca ha admitido una sombra de poder a su lado. Hay exministros que aún se sorprenden de que Alierta acudiese siempre solo a las reuniones, nunca con su segundo, como sí hacían los primeros espadas de otras compañías. El tándem no funcionó porque Abril chocó una y otra vez contra el muro levantado por Alierta sobre su cabeza. No fue el último en chocar contra el presidencialismo del zaragozano. Les pasaría también a Luis Lada o a Santiago Fernández Valbuena. A unos y otros que se rindieron a lo obvio, la imposibilidad de crecer en Telefónica. Se fueron sin hacer ruido porque, eso sí, Alierta se encargaba de que tuvieran todo solucionado al salir de la línea ejecutiva.

La llegada a la presidencia de José María Álvarez-Pallete puede parecer la excepción a esa norma y no lo es. Está en el momento adecuado sentado a la derecha del presidente. Pallete fue nombrado consejero delegado en 2012 después de una dura Junta de Accionistas en la que el 25% del capital representado, formado mayoritariamente por grandes fondos de inversión internacionales, votó en contra de la renovación de Alierta entre otros motivos por lo que consideraban una excesiva acumulación de poder. Telefónica ya no es lo que era tras la privatización, con el capital atomizado en manos de pequeños accionistas sin organización entre sí y las decisiones en manos de la ejecutiva y el núcleo duro. En este mundo en pleno cambio ya no resulta tan sencillo hacer y deshacer. Ni siquiera está claro que sirvan los incontables favores que se ha hecho al mundo de la política, porque el Parlamento se ha llenado de colores y España no tiene ni idea de quién va a firmar el BOE en la próxima legislatura cuando ya se han cumplido cien días desde las últimas elecciones generales.

La globalización de la puerta giratoria

El rescate de políticos a través de la puerta giratoria ha funcionado hasta ahora. Sin duda Telefónica durante la era de Alierta ha sido uno de los engranajes que han alimentado esa rueda en la que tanto tienen que ver de nuevo las conexiones y un concepto que es crucial para entender el perfil del presidente de la multinacional: el valor de la fidelidad. Por fidelidad se la ha jugado con quien ya solo podía complicarle la vida: como Rato, como Urdangarín.

La traición no se conjuga en casa de los Alierta. No hay vuelta atrás si se pasa ese umbral. Para hacerse una idea, en una conversación con un reducido grupo de periodistas hace años se le preguntó por la posibilidad de volver a patrocinar a Fernando Alonso, el bicampeón español de Fórmula 1, que había cambiado el monoplaza de Renault, con las pegatinas de Telefónica, por el de McLaren cuando este ya tenía en el alerón pintado el nombre de Vodafone. A Alierta se le ensombreció el rostro y mirando fijamente a quien preguntaba como no acostumbraba a hacerlo respondió algo que significaba “jamás” pero con otras palabras. Que el asturiano hubiera anunciado su marcha cuando McLaren ya tenía patrocinador después de haber recibido el apoyo durante años de Telefónica no era algo que Alierta fuese a olvidar fácilmente.

Sea por fidelidad o por mantenerse a bien con el poder, en la teleco han encontrado sitio Elvira Fernández (esposa de Mariano Rajoy), Iván Rosa Vallejo (marido de Soraya Sáenz de Santamaría), Elvira Aznar (hermana del expresidente) o Andrea Fabra (hija del famoso presidente de la Diputación de Castellón condenado por defraudar a Hacienda, esposa del exconsejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid Juan José Güemes y famosa por pronunciar aquel “¡que se jodan!” desde la tribuna del Congreso cuando el PP anunciaba una reducción de los derechos de las prestaciones de los desempleados).

Manuel Pizarro (hoy en El Corte Inglés) también tuvo su paso efímero por la teleco, donde también recalaron Carlos López Blanco, que había sido secretario de Estado de Telecomunicaciones, y Alfredo Timmermans, secretario de Estado de Comunicación.

Pero si estos nombres resultan llamativos, aún más lo han sido los de Eduardo Zaplana, cuya única labor conocida para Telefónica no fue dentro de la teleco sino cuando le firmó el ERE de 15.000 empleados siendo ministro de Trabajo, y sobre todo el de Rodrigo Rato. Alierta lo fichó como asesor internacional en enero de 2013, cuando ya había sido imputado por el juez de la Audiencia Nacional Fernando Andreu por el proceso de salida a Bolsa de Bankia. Ese fichaje es la causa de la imputación de la compañía, adelantada por El Españolun día después de anunciarse la salida de Alierta.

También el PSOE ha encontrado su hueco, aunque menos ancho, en la época de Alierta, con nombramientos como el de Javier de Paz, exsecretario de las Juventudes Socialistas; Javier Nadal, ex director general de Telecomunicaciones, o Narcís Serra, exvicepresidente del Gobierno e imputado por su gestión al frente de Catalunya Caixa. El último y sonoro fichaje socialista ha sido el de Trinidad Jiménez, cuyo paso a Telefónica fue negado una y otra vez por el candidato socialista a la presidencia del Gobierno, Pedro Sánchez, agarrándose a que no se iba al consejo (ha fichado como asesora) y no se había ido aún (tuvo la deferencia de esperar a que hubieran pasado las elecciones). En el PSOE, aseguran diversas fuentes, hubo quien, dentro de la vieja guardia socialista, pidió, por no decir exigió, la cabeza de Alierta al llegar Rodríguez Zapatero a la Moncloa. No fue el estilo de ese Ejecutivo quitar y poner piezas a esas alturas. Se mantuvo Alierta como lo hizo otro de los que se dijo que podían caer con el desembarco del nuevo gobierno: Francisco González, presidente del BBVA.

Respecto a la Casa Real, con cuyo antiguo jefe, el rey emérito Juan Carlos I, tan buenas relaciones guardaba Alierta, Telefónica, que en estos tres lustros siempre ha parecido salir al rescate de los símbolos del sistema, contrataba a Iñaki Urdangarín como consejero y presidente de la Comisión de Asuntos Públicos de Telefónica en Latinoamérica y EE.UU. a mediados de 2009, permitiendo a los duques de Palma desplazarse al otro lado del charco, lejos de los focos que estaban a punto de encenderse sobre ellos en el marco de la investigación delcaso Nóos. 

A pesar de estos fichajes tan sonados, dicen fuentes de la compañía que no es ahí, en los puestos de renombre, donde hay que mirar para encontrarse al mayor número de exmiembros de la política española, sino en los puestos intermedios con apellidos mucho menos mediáticos.

La puerta giratoria es marca Alierta y si su paso por la teleco ha supuesto el mayor impulso a su internacionalización, con presencia actualmente en más de veinte países y 322 millones de clientes, se ha llevado su estilo de fichar en la política allí donde ha ido. Por poner algunos ejemplos, para Telefónica en Brasil fichó a Luiz Fernando Furlan, nombrado posteriormente ministro de Desarrollo, Industria y Comercio Exterior en el Gobierno de Lula da Silva y nombrado de vuelta como consejero de Telefónica en 2008. Hasta mayo de 2015, cuando fue nombrado presidente de la filial de Brasil Amos Genish, ocupaba ese cargo Antonio Carlos Valente da Silva, exmiembro del comité directivo de la Agencia Nacional de Telecomunicaciones (Anatel) y quien antes del cargo en Brasil fue presidente de Telefónica en Perú. En México, Alierta nombró como presidente de la filial de Telefónica a Francisco Gil Díaz, que no sólo había sido secretario de Hacienda con el Gobierno de Vicente Fox sino que rivalizaba con el que fue tantos años enemigo número uno de Alierta, el magnate Carlos Slim, tras haberse visto obligado a vender su empresa de telecomunicaciones Avantel en el año 2000.

El empeño en rivalizar con Carlos Slim se ha cruzado en no pocas de las operaciones de Telefónica en la época de Alierta. El empresario español tiraba de chequera allí donde sonase que iba a entrar el mexicano, incluido el complicado mercado italiano, donde entró tras meses de rumores de la compra de Telecom Italia por Slim. Tras años de lucha, Telefónica terminaba por salir del capital de Telecom Italia en 2014.

Fue curioso ver a Alierta en octubre de 2015, en una charla en A Coruña moderada por Juan Luis Cebrián, en la que participaba también Carlos Slim, tratar de empatizar con el que fuera su gran rival para sacar a la palestra una vez más a sus enemigos más nombrados de los últimos tiempos, los OTT (over the top, o proveedores de servicios de Internet) como Google, Whatsapp, etc. Los tiempos cambian, los enemigos también. Y en esa charla en la que Alierta pareció mucho más desatado de lo habitual (ver vídeo aquí), se sentaba otro de los grandes protagonistas de su historia: Cebrián.

El golpe mediático

La noche del 8 de mayo de 2008, el reducido equipo de cinco personas que tomaba las grandes decisiones de Telefónica, incluido Alierta, apostaba por una operación que cambiaría el panorama mediático español. PRISA había decidido meses antes lanzar una OPA (una oferta de adquisición) a 28 euros por acción para hacerse con el control total de su filial Sogecable, de la que ya tenía el 50,07%. En la cabeza del hombre que ideó la operación, Juan Luis Cebrián, no se planteaba en ningún momento que Telefónica acudiría a la misma. Por eso y porque la normativa bursátil obliga a tener el capital dotado por la totalidad de las acciones a las que se dirige la oferta, cubrió la participación de Telefónica con un crédito puente con condiciones draconianas que pensaba devolver por no haber sido necesario su uso una vez finalizase la OPA. Pero la noche antes de vencer el plazo para acudir a la oferta aquellas cinco personas decidieron que Telefónica sí acudiría, y vendería su 16,79% obligando a PRISA a utilizar el crédito puente. Dicen que Cebrián tiró de todos los hilos que encontró a mano para evitarlo pero no sirvió de nada. Alierta había hecho una de sus grandes jugadas. Los vaivenes de PRISA tienen mucho que ver con lo que pasó entonces, en los albores del estallido de la crisis. Su lucha por conseguir la refinanciación del crédito puente, los cambios en su accionariado y la entrada en el mismo de la propia Telefónica son los lodos de aquellos polvos.

La marcha

La parte más humana de Alierta ha sido ensalzada por todos los que lo han tratado por la devoción con que cuidó a su mujer en sus últimos años durante su lucha contra el cáncer. Su fallecimiento transformó a Alierta en otra persona. Hace unos meses, un político que acababa de reunirse con él para comentarle las líneas del programa económico de su partido para las elecciones generales se confesaba impresionado por cómo había afectado al presidente de Telefónica la muerte de su esposa.

“Alierta es un buen hombre, estoy convencido, muy listo, muy directo, muy maño”, dice un exministro que lo trató durante años. “Muy personalista en su gestión, incapaz durante años de romper los vínculos con la política pero un buen hombre”, insiste. Y destaca que ha sido una gran idea dejar atada su sucesión al abrigo de dedazos de gobiernos de turno por una vez en la historia de Telefónica, ahora que la política está tan revuelta.

Pero las cosas cambian día a día en esta España que ya no es en la que nació, creció y prosperó, y Alierta ha descubierto que la nueva guerra ya no es para él. Sus antiguos compañeros en las mesas del poder van desapareciendo de la foto. Falleció Emilio Botín, el rey Juan Carlos abdicó, nadie sabe a qué oídos habrá que susurrar medidas económicas en los próximos meses como hicieron Alierta y el resto de la primera plana del empresariado español desde el Consejo Empresarial de la Competitividad (un lobby en toda regla hoy apagado) durante la crisis.

El consejo de Telefónica exige un remozado a fondo si de verdad quiere entrar en la era digital. La presencia en el consejo de los grandes allegados de Alierta, aunque figuren como independientes o externos, como Alfonso Ferrari (74 años), Carlos Colomer (71 años) o Gonzalo Hinojosa (70 años) no puede prolongarse mucho más. Tampoco la escasa presencia de mujeres. Solo ocupa puesto de consejera Eva Castillo, cuando la intención es que en 2020 las consejeras representen al menos el 30% de los puestos de las cotizadas.

Ni se va del todo ni se va de vacío. Seguirá como consejero y al frente de la Fundación y con proyectos como la Fundación Profuturo, en la que ha implicado a su amigo el papa Francisco, al que visitó personalmente en el Vaticano para anunciarle su decisión de dimitir. Alierta conoce al jefe de la Iglesia Católica gracias a su amigo de la juventud Luis Blasco, que siendo presidente de Telefónica Argentina los presentó hace ahora ocho años.

La generosidad de Telefónica a través del dividendo, muy por encima de otras telecos a pesar de su abultada deuda (49.921, cerca de cinco puntos del PIB nacional), ha revertido con fuerza en el patrimonio de Alierta, propietario de más de 50 millones de euros en acciones de la compañía. Además, se marcha con una jubilación de 35,5 millones de euros, pactada en julio de 2014 a cambio de eliminar su blindaje.

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