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España necesita una Inquisición. -Carmelo Jordá/LD-

Vistas las dificultades para decidir qué vehículos deben circular por las rúas o qué espectáculos de carnaval hay que prohibir; y visto sobre todo que lo que de verdad nos mola a unos y a otros es la censura, creo que lo que España necesita de verdad es un buen Sóviet de la Inquisición.

Sí, soy consciente de que el nombre queda un poco feo, pero también sería un bonito homenaje a nuestras tradiciones, y no habría que preocuparse porque esta vez lo haríamos bien. ¿Cómo? Les voy a explicar mi idea y verán cómo también les gusta.

Sería una institución en la que daríamos entrada a muchos representantes de las más diversas procedencias: un par de obispos, algunos meapilas, una persona por cada letra del colectivo LGTBI –pero con el compromiso de no poner muchas más letras, que a este paso se hacen con la mayoría absoluta–, unos pensionistas, gente que tenga enfermedades, raras o no, representantes de todos los equipos de la Liga…

Especialmente importante serían los vocales de carácter territorial: harían falta sobre todo gallegos, catalanes y murcianos, gente sufriente en general, pero habría que dar entrada a todas las naciones, nacionalidades, regiones y ciudades de España. Así como a representantes de las profesiones, de los distintos festejos populares, de cofradías y asociaciones vecinales… Supongo que ya se hacen ustedes una idea.

La tarea de este sóviet inquisitorial sería, principalmente, vigilar que nadie ofendiera a nadie, que ningún sentimiento se viera afrentado, que todas las conciencias pudieran descansar con absoluta tranquilidad por la noche, cuando apagasen la luz tras un hermoso día sin sobresaltos.

Para empezar, nuestros inquisidores se concentrarían en dar un repaso a las redes sociales, a los medios de comunicación, a las televisiones… Más adelante seguirían con los espectáculos en directo: teatros, exposiciones y happenings varios.

A partir de ahí habría que empezar a refinar, porque las ofensas pueden estar en cualquier parte: por ejemplo, en los escaparates en los que sólo encontramos un tipo de maniquí, en claro desprecio de los que no tenemos una figura tan estilizada. Sin mencionar también los precios: ¿puede haber algo más ofensivo para un honrado comerciante que la obscena exhibición de precios más baratos que los suyos? ¡Fuera precios de los escaparates y los catálogos!

Así, poco a poco y ámbito a ámbito, nuestra nueva Inquisición iría dejando una sociedad sin mácula hasta que un día, quizá tras el requerimiento de la patronal de vendedores de sustancias adictivas, la asociación de ciudadanos con una espalda creativa y el colectivo de personas con diversidad piernal, se prohibiera ese denigrante libro de Gloria Fuertes, El camello cojito, para tranquilidad y solaz de toda la gente de bien.

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El PP y la socialdemocracia: ¡esto no es lo que parece! -Carmelo Jordá/LD-

El gran Pablo Montesinos recogía en Libertad Digital este sábado la anécdota que yo creo que define lo que ha sido este congreso –por llamarlo de alguna manera– del Partido Popular –por llamarlo de alguna manera–.

La noticia es deliciosa, vale la pena leerla, pero por si acaso se la resumo: un incauto compromisario pedía que el PP recogiese en sus estatutos que no es socialdemócrata, tal y como lo ha hecho Ciudadanos en su también reciente congreso, pero el flamante coordinador general de los populares se negaba en redondo: “¡Me ofendes!”, llegaba a decir Maíllo.

La escena me recordaba a la típica situación en la que un cónyuge es pillado por su pareja en la cama, desnudo y con un señor o una señorita al lado, a pesar de lo cual lo niega todo: “Esto no es lo que parece, cómo puedes pensar eso de mí, me ofendes”, replica el adúltero en la única actitud que en ese momento parece digna, pero que todos sabemos que no lo es.

Porque lo cierto es que el PP lleva varios años encamado con la socialdemocracia, al menos desde diciembre de 2011, cuando decidió “desconcertar a la izquierda” –Montoro dixit– con el astuto truco de hacer lo mismo que haría ella pero más. Acto seguido nos atizaron la mayor subida de impuestos que se recuerda y desde entonces ya ha sido todo un no parar de socialdemocracia.

Socialdemocracia de la peor: de la que sube impuestos, de la que apuesta al cien por cien por el mantenimiento del Estado del Bienestar y de una Administración elefantiásica, de la que no se molesta en cambiar ni una sola de las leyes ideológicas promulgadas anteriormente para dar un giro a la izquierda a la sociedad, de la que mantiene los privilegios de los grupos de presión, de la que reparte graciosamente subvenciones a troche y moche…

Socialdemocracia, en suma, por delante y por detrás, de arriba abajo y de un lado al otro, lo lógico en un partido que expulsó hace tiempo a conservadores y liberales; lo lógico en un partido que se ha negado a librar ninguna batalla de ideas en un país en el que la opinión publicada está en manos de la izquierda de una forma abrumadoramente mayoritaria.

Lo cierto es que la negación tan contundente del ahora poderoso Maíllo me causa hasta una cierta ternura: fue una forma tan torpe de negar lo evidente que casi lo hace entrañable. Pero, eso sí, quizá el PP debería ponerse menos digno y admitir que un poquito socialdemócrata sí que es, porque hay pocas cosas peores que ser socialdemócrata; y una de ellas, desde luego, es no ser nada.

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Dos visiones del #BoicotATrueba . -C. Jordá-P. Molina/LD-

Boicotear a Trueba, ¿para qué?-  por Carmelo Jordá/LD

Anda la feligresía progre de lo más indignada porque por lo visto el fascismo franquista carpetovetónico más rancio y casposo está boicoteando una película de Fernando Trueba, la recién estrenada La reina de España.

Yo, la verdad, me enteré del supuesto boicot con los primeros alaridos de la prensa socialdemócrata, como diría Espada, y desde luego no ha influido en lo más mínimo en mi decisión previa de ir o no ir a ver la película, tomada en base a tres factores clave: que por desgracia voy poco al cine, que hace años queTrueba no me interesa lo más mínimo y que las críticas no eran precisamente entusiastas, lo cual, tratándose de una producción española dirigida por Trueba y con un larguísimo reparto de actores amiguitos de los críticos, sólo puedo interpretarlo como que la película es un peñazo de tamaño superlativo.

Parece ser que el malvado boicot ha surgido por aquellas declaraciones de Trueba en las que afirmó no haberse sentido español “ni cinco minutos” en toda su vida. Por supuesto que el cineasta tiene derecho a no sentirse español, a creerse malayo o a jurar fidelidad eterna a Daenerys Tragaryen, pero hay que reconocer que queda feo que lo digas cuando estás recibiendo un Premio Nacional que, además, tiene una dotación económica.

No sé si la respuesta a aquella estupidez es boicotear una película o cualquier otra cosa, lo que está claro es que hay una cierta casta de gente en este país –de la que ya hemos hablado aquí alguna vez– que cree que sus actos no deben acarrearles ninguna consecuencia, bien porque están en posesión de algún tipo de verdad absoluta que a los demás se nos escapa, bien porque su arte es tan excelso que debemos olvidar todo lo demás de cara a su disfrute. Gocen ustedes de mi genialidad y denme las gracias, parecen pensar, y sería un argumento quizá hasta aceptable… si de verdad fuesen así de geniales.

Por otro lado, también es cierto que así era cuando la opinión pública sólo estaba en manos de una serie de medios relativamente corta, llenos de amigos y de críticos muy poco críticos. Pero hoy en día, ¡ay!, cualquier facha te monta un boicot por las redes sociales sin que lo bendigan en El País ni nada, lo que obviamente ya no es libertad de expresión sino un insano libertinaje que deja un lamentable reguero de salas vacías. La gente es que ya no obedece a Évole ni a la hora de vestirse, ni al elegir supermercado ni para ir al cine, no sé a dónde vamos a llegar.

Pero lo más importante de todo este asunto no es si el boicot es justo o injusto, porque no es ni una cosa ni la otra: quien quiera, que vea la película de marras, y quien no quiera, que no la vea, sea por las razones que sea. Lo más importante es, digo, que boicotear a Trueba es una tontería… porque ya se boicotea él solo.

La reina de España se ha pegado una torta fenomenal en la taquilla porque una secuela de una película de hace 20 años podría haber interesado… hace 19 años; porque a la gente que de verdad llena los cines les hablas de Trueba y te preguntan quién es ese; y, en definitiva, porque la cosa no tiene buena pinta.

Para lo único que ha servido el boicot, señores, es para que ahora la progresía le eche la culpa del fracaso a los fachas y poco menos que a Franco, y no a un cineasta al que le gusta insultar a su público y que admite que no hace las películas pensando en la taquilla. Vale, macho, pues que te aproveche.

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El fascismo se ensaña con Trueba.  por Pablo Molina/LD

La última película de Fernando Trueba no ha concitado precisamente el entusiasmo de la crítica. Basta echar un vistazo a las menciones de los expertos para comprobar que La reina de España no ha provocado un arrebato de admiración hacia el director apátrida y su más reciente obra maestra.

“Más sombras que luces” (El País), “historia deslavazada” (ABC), “poco convincente” (Cinemanía), una película “víctima de sí misma” (Fotogramas) y así: los que saben de cine coinciden en que la película no es un truño infumablepero tampoco una obra que vaya a marcar un hito en la historia de la cinematografía. Así pues, hay un amplio consenso en que la experiencia de ver a Penélope Cruz impostando de manera insoportable el acento andaluz no vale el precio de la entrada.

Esta reticencia de la crítica hacia el último trabajo de Fernando Trueba carecería de importancia si no fuera acompañada de un desdén aún más profundo por parte de la audiencia, que es lo que realmente duele, no vamos ahora a engañarnos. En el primer fin de semana de proyección las cífras han sido, digamos, francamente mejorables. Seríamos injustos si dijéramos que no ha ido a verla ni el Tato. Él si ha ido, pero cuando comenzó la proyección la sala estaba medio vacía.

Como los progres son sublimes y su talento no puede cuestionarse, a la hora de buscar explicaciones al castañazo taquillero se ha impuesto la tesis de que todo obedece a un boicot del facherío. Los que no leen El País ni ven el programa del Follonero, o sea los fascistas, no soportan que un librepensador de mirada progresista tenga un arrebato de genialidad y denueste al casposo nacionalismo español justo cuando recibe un premio de la nación que tanto desprecia. Bien, es una posibilidad, de ahí que la abajofirmancia progre haya sacado la trompetería para denunciar el terrible acoso a uno de sus miembros más significados.

Si entramos en el terreno del delirio podríamos valorar también la posibilidad de que la última película de Trueba sea una castaña insoportable, nivel Kiarostami en su etapa introspectiva, pero dejemos esa cuestión en el ámbito de las valoraciones personales.

En todo caso, si es cierto que los fachas han rechazado el privilegio de admirar la película, lo cierto es que están en su derecho. Al contrario que el propio Trueba, que en unos Premios Goya exhibió una pegatina pidiendo el boicot a Coca Cola, los espectadores que voluntariamente deciden ver otra película se limitan a ejercer su libertad sin comprometer a los demás. Porque el facherío gasta su dinero en aquello que estima conveniente. Sí, ya sabemos que es una de las consecuencias más lacerantes del sistema capitalista, pero hasta que el Chepas no ponga orden la gente va a seguir decidiendo por sí misma en qué gasta su dinero.

Sin embargo, Trueba no debería quejarse por una razón muy sencilla que compensa sobradamente los desplantes de la derechona: el partido al que votan los fachas va a seguir concediéndole premios y una abultada subvención.

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