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El PSOE como epítome de un régimen que termina. -Vozpópuli-

Si hoy ha saltado por los aires el PSOE, que durante décadas ha ostentado un poder extraordinario, cualquier cosa es ya posible, incluso que el PP siga sus pasos si no escarmienta en cabeza ajena.

Al final el tapón saltó, el primero de dos. Pedro Sánchez, a pesar de su resistencia numantina, del filibusterismo desplegado en el comité federal, con el que ha alargado innecesariamente una muerte anunciada, no ha podido torcer el pulso de los barones socialistas amotinados, que, ahora, habrán de gestionar una herencia envenenada y ver la manera, si ello es aún posible, de recomponer un PSOE, más que roto, hecho añicos.

Por más que el dimitido secretario general planteara la jornada de ayer de tal suerte que pareciera que se iba a dirimir si el PSOE se entregaba al PP o enarbolaba la bandera de la verdadera izquierda, lo cierto es que Sánchez ha pagado por sus muchos errores y su incompetencia, no por su impostada pureza ideológica. Incapaz de recomponer a un partido ya partido en dos por su antecesor, José Luis Rodríguez Zapatero, ha ido de derrota en derrota electoral hasta la dimisión final. Tal ha sido su falta de reflejos, su nula habilidad política que, para conservar algún poder, ha terminado por suplicar a sus íntimos enemigos; aquellos que aspiran a canibalizar al Partido Socialista para, en un futuro, asaltar los cielos.

Pedro Sánchez no es un mártir de la izquierda, ni mucho menos: es víctima de su propia mediocridad. Una mediocridad que, de manera muy burda, ha intentado travestir a última hora de pureza ideológica, olvidando convenientemente que pocos meses antes había firmado un acuerdo de investidura con Ciudadanos, partido al que en esa izquierda pura tachan de “marca blanca del PP”, u ocultando que, para salir del atolladero en el que él solo se había metido, no tenía ningún reparo en pactar con los nacionalistas catalanes, devenidos hoy en secesionistas, que, como es sabido, son gente de bien, ajena a la corrupción que exuda España, no como el malvado Mariano.

Con todo, lo peor es que la mediocridad de Pedro Sánchez no es la excepción sino la norma. El fondo de armario del PSOE no incita ni mucho menos al optimismo. Con unos cuadros dirigentes tanto o más mediocres que el dimisionario, no parece que el futuro vaya a ser mejor que el sonrojante presente socialista. Sin ir más lejos, el espectáculo ofrecido ayer por la crème de la crème de sus cuadros dirigentes, con instantes verdaderamente apoteósicos, donde la crispación de los presentes a punto estuvo en degenerar en algarada general, no se corresponde, o no debería, con lo que cabe esperar de una formación política que ha gobernado durante más de dos décadas un país que, hoy por hoy, es la decimosegunda potencia económica mundial. Espectáculo que no es ya síntoma de un partido roto, hecho añicos, sino prueba bochornosa del bajísimo nivel de sus cuadros dirigentes y de buena parte de la tropa que aspira a sucederles.

Pase lo que pase ahora, y sea cual fuere la hoja de ruta que alcancen a pergeñar los que quedan en el puente demando del pecio llamado PSOE, es evidente que el monumental lío no se va a arreglar en dos días, ni siquiera en dos años, de hecho, puede no tener remedio. Así pues, el único partido con implantación nacional que queda aparentemente entero es el PP, unido, claro está, por el pegamento del poder. Todas la demás formaciones del mapa político español, exceptuando un Ciudadanos muy desdibujado, o bien son partidos-movimiento, como Podemos y sus mareas, o bien son nacionalistas o bien son agrupaciones para gobernar a lo sumo una polis, como sucede con Ada Colau en Barcelona. Asistimos pues a una atomización del mapa político que, en cierta manera, se corresponde con la lenta pero inexorable pulverización del sistema institucional surgido en 1978. Desde esta perspectiva, el PSOE no es más que otro pilar fundamental en el equilibrio de ese modelo que se viene abajo. Queda pues el PP de Mariano como garante del Estado, lo cual vistos y conocidos sus méritos no resulta demasiado reconfortante.

Tiene su lógica que un modelo nacido para ser controlado por partidos construidos de arriba abajo, terminara siendo dinamitado por los excesos de los propios partidos. De hecho, diríase que, a día de hoy, los partidos no son la solución sino el problema. Y el PSOE es prueba de ello. Esa explicación romántica que venden los derrotados y sus simpatizantes, según la cual el PSOE ha terminado rompiéndose al traicionar la pureza de la izquierda, es falso. El PSOE ha saltado por los aires porque hace demasiado tiempo que es una organización refractaria al talento, al mérito… y al altruismo; un partido cerrado, endogámico y destinado al medro, en el que cada cual se sirve a sí mismo y donde, una vez cogido el sitio, nadie se mueve del asiento. Al fin y al cabo, Pedro Sánchez no cayó del cielo; como Zapatero, vino impuesto por quienes manejan los hilos.

Sin embargo, en el PP en vez de salivar ante una investidura a priori mucho más cercana, deberían tomar buena nota y escarmentar en cabeza ajena. Si hoy ha saltado por los aires un PSOE que durante décadas ha ostentado un poder extraordinario, cualquier cosa es ya posible, incluso que el PP siga sus pasos. Así que tomen nota, porque esto no es el final, ni siquiera es el principio del final, pero sí tal vez, el final del principio.

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Los cadáveres del bucle electoral. -Javier Somalo/Libertaddigital-

El mapa de España ya no se tiñe de azul o rojo sino de negro corrupto, auténtica mayoría absoluta de nuestra nación.

El bipartidismo y sus socios han arrastrado a su cuneta a demasiadas víctimas: la democracia parlamentaria, la libertad de información y, por encima de todo, la Justicia.

Antes de anunciarnos si votaremos en unas terceras elecciones dicen que habrá que esperar a otras elecciones, las gallegas y vascas, que vienen convenientemente aderezadas con sus correspondientes casos de corrupción arrojadiza –sea septentrional, meridional o global– a toda página. Corrupción, sumarios, elecciones, investiduras fallidas y de nuevo corrupción y más sumarios y vuelta a las urnas y a las mayorías insuficientes que llevarán a pactos lábiles y a minorías ilusas. Y se corregirán los prospectos de posibles acuerdos por la aparición de nuevos casos de corrupción. Y seguiremos preguntando “¿por qué aquí sí y allí no?” y el parlamentarismo sucumbirá a la dictadura del electoralismo mientras la Justicia, la Educación y la libertad misma se desmoronan como un infantil castillito de arena a orillas del mar.

Este condenado bucle en el que nos han metido empieza a tomar forma de destructivo ciclón agitado de izquierda a derecha y viceversa por los que se empeñan en eternizar su pulso, los cocheros del armón fúnebre de nuestra democracia parlamentaria que nos llevan a votar como remedio, no sólo del bloqueo institucional, sino de la corrupción, que es la razón misma de la parálisis y de las pérdidas millonarias de votos, como ha denunciado Alberto Núñez Feijóo. Cierto. El mapa de España ya no se tiñe de azul o rojo sino de negro corrupto, auténtica mayoría absoluta de nuestra nación. ¿Para cubrir la inepcia general en la formación de un gobierno de urgencia? Elecciones ¿Para olvidar a Chaves y Griñán? Elecciones. ¿Para borrar a Barberá? Elecciones. ¿Y entre medias? Campañas electorales y de nuevo corrupción. La democracia parlamentaria yace pues, herida de muerte, digamos que con pronóstico reservado, por albergar alguna esperanza.

También la libertad de información, cimiento de toda sociedad democrática, vive tiempos de oprobio –no por primera vez, por supuesto– desde que un SMS se convirtió en titular de una portada de papel. Siempre hubo silencio y manipulación, acción y omisión en los medios públicos nacionales, catalanes y andaluces –cada uno esmerado en la cochambre de su competencia– y casi siempre se practicó la persecución y el control a los medios privados, pero el empellón de estos últimos años no tiene precedente en democracia.Pensábamos que el monopolio de Polanco era perverso y jamás habríamos apostado a que un duopolio pulverizaría aquellas marcas. Sí, gracias a unos y otros, y no todos políticos, la libertad de información también boquea, falta de aire.

En cuanto a la Justicia, ni siquiera se presta a autopsia porque las causas de su deceso son evidentes y presenta un rigor mortis indiscutible. Venía muriendo desde 1985 y tuvo la clásica y dramática mejoría terminal que alivia los últimos instantes cuando Gallardón anunció que Montesquieu tenía razón minutos antes de exhumarlo para someterlo a escarnio. Nada se puede esperar de ella hasta que no se instaure –lo propuso Ciudadanos en su pacto, lo obvió Rajoy en su discurso y lo medio olvidó su socio en las réplicas– la independencia judicial.

Mientras esperamos tan gloriosa venida, sólo cabe congelar una mueca de desprecio –y perseverar en la denuncia aunque nos corten la luz– cuando leemos que Cándido Conde Pumpido, que tiene la corrupción en casa y que animaba con su ejemplo a mancharse la toga con la pólvora de ETA –”el polvo del camino”, decía él–, será el instructor del caso Rita Barberá si alguna recusación por enemistad manifiesta no lo impide. Otros, como la juez  Mercedes Alaya –Marino Barbero redivivo– quedaron volatilizados cuando su instrucción instruyó. Por supuesto, seguirá habiendo jueces re-togados que, tras morar en la política a uno y otro lado, son jueces “conocedores””, o sea parciales, que viven en y del sistema de reparto partidista de la Justicia, cementerio de Montesquieu, osario de la Democracia. Pretenden incluso que nos acostumbremos también a que una comunidad autónoma en la que se ha robado a espuertas –se dice que el montante hediondo es el mayor de Europa– esté fuera de la Ley, haga gala de ello atesorando sentencias melifluas y, a cambio, reciba religiosamente una subvención colaboracionista.

A todo esto, Susana Díaz –”seré implacable contra la corrupción“– habla de la “honradez y honestidad” de “Pepe y Manolo”, que así se dirige a Chaves y Griñán, y ya se discute si uno se enriquece con nuestro dinero o “sólo” le sirve para financiar ilegalmente un partido o se limitó a blanquear propinas. Eso sí, del dinero robado nada se dice porque en España el latrocinio político se salda, como mucho, con el olvido: ya se fue, ya no es del partido, ya sacrificó su escaño, ya no tengo autoridad… ya se puede jubilar y hasta morir sin dar cuenta de un solo céntimo. Siendo astronómicamente más grande la corrupción del PSOE o la del clan Pujol y Compañía que la del PP, no hay lugar para indulgencias aunque, como defendía el editorial de Libertad Digital, sí sea preciso mostrarla toda y medirla como merece so pena de incurrir en ella, amén de en una flagrante injusticia.

No hay demasiados mimbres para una segunda Transición salvo que los agitadores del bucle que amenaza ciclón, Rajoy y Sánchez, hagan mutis por el foro y los partidos resultantes se vuelvan como un calcetín. Claro que tal milagro tampoco garantizaría la sanación si quienes vienen detrás son los que asoman.

En triste definitiva, los políticos delegan en el ciudadano la lucha contra la corrupción poniéndolo a votar una y otra vez mientras entre ellos se van levantando las faldas en las portadas o en los telediarios completando el infinito y perverso bucle que engulle a nuestra historia reciente. Cuarenta años de dictadura, cuarenta años de democracia. Pues cuidado con los bucles.

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La rebelión del muñeco mecánico. -Gabriela Bustelo/Vozpópuli-

El 15 de marzo de 2015 Felipe González explicaba en su medio afín –cuyo consejo editorial acaba de incorporar a Alfredo Pérez Rubalcaba− que venía de tomar un café con Manolo Chaves, “una persona absolutamente íntegra”. En la prolija entrevista González insistía en que la lucha contra la corrupción no debe exonerar a quienes hayan abusado del dinero público para enriquecerse o enriquecer a amigos, apostillando que es necesario acabar con la instrumentalización de la justicia.Mariano Rajoy ha defendido en varias ocasiones a Rita Barberá con similares argumentos amiguistas –“he hablado con Rita y dice que es inocente”− para establecer su supuesta honradez, reiterando una y otra vez que el PP ha sido y será implacable contra la corrupción. Conforme van cayendo los caciques del bipartidismo, con décadas de retraso, las hemerotecas cantan La Traviata mientras el sucio mastodonte de la justicia española parece funcionar de pronto a las mil maravillas. Sucede que la vieja España bipartidista, arrinconada por el regeneracionismo ciudadano, mueve sus resortes para intentar arañar el apoyo popular que se le escapa.

Dos cabalgan juntos

El bipartidismo español es el periodo comprendido entre la mayoría absoluta (48,11% del voto) de Felipe González en 1982 y la segunda mayoría absoluta (44,63% del voto) de la democracia española, obtenida por Mariano Rajoy en 2011. Mientras el presidente socialista usó su mayoría para blindar con leyes orgánicas la corrupción judicial, bancaria, sindical y educativa, el presidente Rajoy ha despreciado su mayoría como instrumento para desmontar el tinglado y adaptar España al siglo XXI. El pope socialista Javier Pradera –sin duda recordado en ese consejo editorial de El País al que acaba de incorporarse Rubalcaba− escribía en 1993 un libro publicado con dos décadas de retraso por la alta dosis de autocrítica que contiene, incompatible con la España de entonces. En Corrupción y política. Los costes de la democracia Pradera adjudicaba el papel de forjador de la corrupción española al PSOE, maestro en incorporar el latrocinio como tara sistémica de nuestro sistema institucional, fielmente secundado por el Partido Popular. El PP, émulo perpetuo del PSOE, parece seguir hechizado por su partner in crime, que dicen los ingleses, su compañero de fechorías. Apenas un lustro después de los Pactos de la Moncloa el Partido Socialista comenzó su tarea de blindaje del poder, incorporando al PP como comparsa, hasta llegar en 2004 la gran traición socialista a la democracia española por vía del presidente accidental José Luis Rodríguez Zapatero, cuya autarquía de izquierdas es la fantasmagoría que defiende Pedro Sánchez con ese NO que asombra a los líderes europeos, a los corresponsales internacionales, e incluso a sus compañeros de partido más honestos, entre los que destaca, por cierto, Felipe González, padre del invento. En los 14 años de moncloato socialista se cimentó la estructura nacional −considerada intocable, como ha demostrado Rajoy−, con todo el elenco de problemas orgánicos enquistados. González neutralizó la separación de poderes e institucionalizó el nacionalismo; demonizó a la derecha copartícipe; inventó la cínica “política antiterrorista”; permitió el blindaje del partidismo y la hipertrofia de lo público; politizó la educación y fomentó la endogamia universitaria; oficializó el antiamericanismo que cristalizó en el ridículo cósmico de Zapatero; compadreó con las dictaduras vendibles o comprables; promovió la cultura de la subvención y el autobombo. Como quien juega a los Legos, Felipe González convirtió a España en la monarquía bananera disfrazada de democracia europeaque ahora su acólito Pedro Sánchez −con el mismo eslogan ochentero del “Cambio”−, quiere imponer a toda costa.

Vientos y tempestades socialistas

Por eso ahora cuando Pedro Sánchez –socialista prefabricado de manual− vaga por España como un muñeco mecánico, agitando la cabeza y croando “No, no, no”, hay que reconocer que el asunto da risa. Ya será menos la publicitada desesperación de Felipe González, la de su compadre Juan Luis Cebrián y la de ese Rubalcaba que dimitió en 2011 con 110 escaños (que ya los quisiera el PSOE por Navidad). Como ya será menos lo del complot en las altas instancias del partido y del periódico El País. Para meter en vereda al Frankenstein guaperas hubiera hecho falta ese Javier Pradera que ya en los años noventa confesaba en petit comité haberse equivocado políticamente en todo. ¡Ay, PSOE, de dónde sacas, para tan poco como destacas!

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