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Muerte, realidad y ficción. -J.Somalo/LD-

Qué tiene el 11-M que pueda interesar a un cineasta francés y no interesar en absoluto a cuatro partidos políticos españoles, dos de los cuales estuvieron en el Gobierno durante la masacre y el juicio? Resulta inquietante.

Es cierto que Cyrille Martin realiza el documental El nuevo Dreyfus en torno a Jamal Zougam, único preso por el ataque terrorista, con la pretensión de documentar la presunta islamofobia que hubiera detrás de su encarcelamiento. Pero lo cierto es que, desde Francia, recorre un camino que en España ya sólo interesa a unos pocos mostrando las innumerables y profundas lagunas del más dramático atentado de nuestra historia.

Trece años después de la masacre, Libertad Digital ha preguntado a los cuatro principales partidos del arco parlamentario español: PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos y también a jueces y fiscales. Prácticamente no queda nadie de los de entonces y los últimos en salir pertenecían a las cloacas y nos han dejado como despedida otro charco hediondo. El caso es que la operación de borrado en las mentes de nuestros políticos ha sido rotunda. ¿Qué les ha parecido el documental de Cyrille Martin? No lo han visto. No comentan vídeos de ninguna clase. Es cosa juzgada. Como mucho, alguno lo considera “interesante”.

Las fosas de la guerra civil merecen Ley y Memoria, investigación y exhumación; los trenes desguazados pasaron por los hornos de fundición cuando aún había cadáveres anónimos y hoy son lavadoras, lavaplatos, carrocerías de coche… Qué bien se nos da reciclar en España, convertir una cosa en otra haciéndola desaparecer, en una especie de cadena eterna más parecida al tormento de Sísifo que a un “ciclo sostenible”. No me sorprende el silencio de PP y PSOE pues estaban allí el día de autos y sospecho que es su única salida. Tampoco el de los jueces y fiscales, pues ya algunos dejaron claro entonces que no todos los crímenes requieren de los elementos básicos para su investigación y condena, a saber: autor, escenario y arma homicida. En cuanto a Podemos, uno de los frutos de aquel cambio de Régimen, sólo recuerdo que su silencio –dicen que no han visto el vídeo de Martin– contrasta con los gritos de “¡Quién ha sido!” frente a la sede del PP en Madrid. Lo que no me explico es que Ciudadanos también se normalice en esta cuestión. Quizá los pactos coyunturales llevan, sin que uno se dé cuenta, a los estructurales. Ingenua decepción.

Esta semana en el programa de Federico Jiménez Losantos en esRadio, la Defensora del Pueblo, Soledad Becerril, hizo honor al título de su cargo convirtiéndolo en algo útil al denunciar, entre otras muchas cosas, el olvido del terrorismo etarra en los libros de texto escolares. Pero, si ni eso hemos conseguido, ¿qué dirán esos manuales sobre el 11-M? Probablemente no se considere parte de la Historia de España. Las acciones –y omisiones– ya tienen consecuencias: en el décimo aniversario de los atentados de Madrid, Libertad Digital preguntó a jóvenes sobre la masacre. Lo grave fue –y es– que no había olvido sino puro desconocimiento.

Sigo preguntándome pues, qué puede interesar más a un cineasta francés que a un político español y me viene a la memoria el atentado de Omagh, en 1998: treinta muertos y centenares de heridos por el estallido de un coche bomba en la ciudad norirlandesa.

El llamado IRA-Auténtico asumió la autoría pero reconoció que le sorprendieron los efectos, pues no habían calculado tal matanza. Evidentemente, el terrorista es terrorista y nada más, no cabe medida de su crueldad, pero la duda de la banda y lo irregular del proceso judicial tuvieron efectos similares a los del 11-M entre las víctimas: un cierre en falso. Sin entrar en demasiados detalles, algunas crónicas del momento, como la de El País o El Mundo, así como una más reciente recopilación en Libertad Digital dan una idea de las irregularidades en la investigación de un gran atentado, siete años antes de nuestro 11-M.

Ahí queda otra película documental, titulada Omagh como denuncia. Fue un éxito de crítica cinematográfica en todos los diarios nacionales españoles.

Movistar TV está emitiendo actualmente Muerte en León, sobre el asesinato, el 12 de mayo de 2014, de Isabel Carrasco, política del PP y presidenta de la Diputación de León en el momento de su muerte. En esta ocasión el director de la miniserie es un británico, Justin Webster, y plantea una larga lista de dudas en torno a la investigación. Son dudas que cumplen todos los requisitos de una prueba que ni siquiera han llegado a incorporarse al sumario. Sí, también nos suena. Bien es verdad que Webster es autor de un libro, Conexión Madrid, en el que la versión oficial del 11-M queda perfectamente consolidada en torno a los personajes de El Chino y El Tunecino y la presunta radicalización islamista que les llevó al crimen. Ese árbol no me impedirá ver el bosque, como en el caso de Cyrill Martin y la islamofobia. Lo que parece claro, en cualquier caso, es que España es un terreno fértil para el cine documental extranjero. Las “cosas juzgadas” en falso es lo que tienen, que permiten mezclar ficción y realidad –por muy documental que sea, el ciudadano siempre interpretará que está viendo una película– y llevar a la pantalla episodios como el 23-F, del que se han hecho hasta parodias cómicas de la mano de Jordi Évole, los GAL o el 11-M para que luego los políticos puedan decir que no opinan “sobre vídeos de ninguna clase” o, sencillamente, que no lo han visto.

Hace muchos años que el 11-M se asume como una Red de Mentiras, película de Ridley Scott donde, por cierto, encontramos un supuesto plausible –ficción, claro– sobre lo que pudo ocurrir en el piso de la calle Carmen Martín Gaite de Leganés donde dicen que se inmolaron los autores materiales del 11-M –vecinos de pared de un policía español– tras un tiroteo con los GEO que no dejó un solo casquillo y la única mancha de un borbotón de sangre de Javier Torronteras. El policía murió en la operación y fue la única víctima “enemiga” de una inmolación colectiva que bien podría haber provocado una masacre en los trenes sin necesidad de mochilas viajeras, ni de teléfonos con tarjeta, ni de espaciosas Kangoos, ni de sublimados Skodas, ni de chamizos en Moratas, ni de Gomas 2-ECO, ni nada de nada. Las estaciones de cercanías de RENFE no son precisamente el aeropuerto JFK en cuanto a medidas de seguridad. Ese atentado sería inequívocamente yihadista y de los más rentables para su causa. Por cierto, ¿qué creen que sucedería si preguntáramos a los políticos, jueces o estudiantes de hoy sobre el hecho de que el cuerpo de Torronteras fuera profanado poco después en su tumba –que ni siquiera estaba identificada– sin dejar una sola huella pese a la manipulación que supuso intentar robar el cuerpo alzándolo por una tapia y, al fracasar en la operación, tratar de calcinarlo y terminar por machacarlo con un pico? Nos dirían que fue una venganza islamista –ya lo dijeron– aunque quedara demostrado que jamás se haya producido episodio similar, aunque carezca por completo de sentido si no se buscaba sencillamente borrar dramáticamente una prueba más. Y, ¿qué dirían si les recordáramos que el caso en cuestión está cerrado por un Juzgado de Plaza de Castilla por falta de autor material? ¿Habrá que esperar a una película? El guion de la ficción se me ocurre; el de la realidad me da pavor.

Después de Omagh, de El nuevo Dreyfus y hasta de Muerte en León sólo podemos formularnos más y más preguntas. Si recopiláramos las que nos hemos hecho en LD sobre el 11-M en estos trece años superaríamos con creces el millar. Pero, claro, no las hemos formulado todas. El análisis sobre “el pre y el post 11-M” llenó páginas aquel foro con el que Luis del Pino empezó a compartir con los lectores informes y pesquisas sobre el atentado; muchas de aquellas disquisiciones cobran un enorme interés en perspectiva. Como ya he dicho –quizá hasta aburrir– alguien consiguió que todo condujera a ETA antes del atentado y que todo condujera al islamismo inmediatamente después del golpe. Tres días sería el tiempo justo. Después, el necesario silencio haría el resto de forma espontánea.

Si, de alguna manera –permítanme la ficción–, unos y otros supieran que el 11 de marzo de 2004 se produciría un episodio terrorista en Madrid a tres días de unas elecciones generales, y si ese mismo 11 de marzo, al conocerse la tragedia, todos ellos lamentaron una masacre que no entraba en ninguno de los planes, lo único que cabría después es un silencio generalizado. Pero no un silencio pactado. Un silencio culpable y ecuménico, garantía absoluta de impermeabilidad, un silencio como el que, trece años después, siguen guardando a preguntas de Libertad Digital.

Parece lógico que sólo unos Servicios de Inteligencia serían capaces de un guion así, un guion de la realidad, mucho más complejo que los de ficción, capaz de sacar provecho a planes imperfectos, a múltiples rumores previos al atentado, a simples faroles o tramas de cartón piedra para asestar un golpe letal delante de sus narices. Si fuera así, quedaría contestado porque un anarquista francés está más interesado en el 11-M que un político español. Quizá la deriva de la realidad a la ficción permita decir o ver cosas que hace pocos años eran impensables. Un año más –y van trece– España olvida su trágica realidad, enterrada por una perversa ficción.

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¿Se entiende mejor la infamia en francés? -Javier Somalo/LD-

Un nuevo Dreyfus, es un documental realizado por Cyrille Martin que cuestiona la sentencia sobre los atentados del 11-M. Dicho esto, es inevitable verlo. No exhibe efectos especiales ni dramáticas recreaciones ni ha requerido de grandes presupuestos de producción. Sólo necesitaba una importante labor de documentación cinematográfica impensable en España. El vídeo habría sido imposible sin el trabajo realizado durante tantos años por el inolvidable Fernando Múgica –el primero en advertir el engaño– en El Mundo y Luis del Pino en Libertad Digital. Un nuevo Dreyfus recoge lo ya investigado, resumido y explicado en innumerables ocasiones –todo es poco– por estos dos periodistas. La valiosa novedad es que lo haga.

Si merece la pena ver este documental es porque hay una persona más que no se cree la versión oficial de los atentados y encima es francés y de izquierdas. Esto molestó sobremanera a Ignacio Escolar cuando su periódico entrevistó hace meses al autor por otro asunto y salió a la luz la preparación del vídeo en el que, para más inri, nos citaba como fuente de inspiración. Tanto escoció el asunto que la noticia se esfumó y cerraron capítulo con un editorial de contrición. Esta es la segunda razón por la que merece la pena verlo y difundirlo.

El trabajo de Cyrill Martin me ha ayudado a recordar una vez más que todo lo sucedido antes del 11-M debía servir para encajar las piezas en sólo tres días. El diseño fue magistral. Criminal pero magistral.

Por aquel entonces era difícil no haber tenido noticia de las 13 mochilas explosivas que ETA habría querido colocar en la estación de esquí de Baqueira Beret. Igualmente, era casi imposible no conocer la famosa furgoneta de Cañaveras cargada con 500 kilos de explosivos destinados a Madrid. Diez días antes de la masacre de Madrid, el 1 de marzo de 2004, pudimos leer en la prensa titulares como este: “ETA planeaba atentar hoy entre Alcalá de Henares y Madrid” (ABC). Según la Policía –o eso dijeron– esa era la zona marcada en unos planos hallados en la furgoneta junto a varios croquis de vías férreas. Por si faltaban antecedentes, a finales de febrero de 2004, el CNI hasta llegó a la conclusión –o eso dijeron– de que ETA ya estaba preparada para detonar bombas de forma remota con teléfonos móviles tras haber solucionado un problema técnico de desfase. De hecho, ya lo había intentado hacer en el cementerio de Zarauz contra la cúpula del PP vasco a la que habría volado por los aires si les hubiera funcionado el letal invento. Eso sí, ETA no usaba el teléfono como un simple despertador con tarjeta SIM –o sea, con tarjeta de visita–, que para eso ya están los temporizadores de toda la vida. De modo que la misma pista etarra nos llevaría a la islamista a través de esa tarjeta SIM de visita que se usó en un teléfono… al que nadie llamaría desde un lugar alejado para hacer volar los trenes. El señuelo se encontró en una mochila-bomba que jamás habría estallado porque faltaba la conexión eléctrica, que además no tenía metralla y que apareció en una comisaría como un níscalo en un pinar. Cuanto más cundiera la vía etarra más dura sería la caída.

También resulta difícil de olvidar el No a la Guerra español, el de las pegatinas en el Congreso, en los Goya, en las manifestaciones que acusaban a Aznar de criminal de guerra, el de aquella icónica “foto de las Azores“. Por si fuera poco, cuatro meses antes del 11-M cayeron asesinados en Bagdad siete agentes españoles del CNI. A algunos no les quitó el sueño decir que lógicamente merecíamos un castigo. Estímulo-Respuesta.

Había que documentar antecedentes para ambas vías: la etarra y la islamista. Y las dos estaban perfectamente cubiertas para salir a escena en su momento justo. Pero no eran las únicas: había más de dos posibles salidas en el catálogo. Si alguien quisiera encontrar un hilo de investigación del 11-M ligado al narcotráfico lo encontraría. Si optara en cambio por una trama radicada en locales de alterne con implicaciones policiales, también lo hallaría. ¿Y en la extrema derecha? Por supuesto, también había madeja preparada para enredar. Y en Asturias, y en chabolas… Muchas de estas pistas estaban precocinadas por si alguien quería picar entre horas y aumentar así la confusión. Eran vías muertas, lugares en los que se han encontrado colegas de profesión y sus respectivas fuentes: unos llegando, otros saliendo y algunos viviendo. Nada que ver con aquellas que iban a conseguir los efectos perseguidos: el triunfo de la autoría islamista y, por supuesto, el estrepitoso fracaso de la etarra. Era crucial que se cumplieran las dos. Las intermedias quedarían colocadas en el terreno conspiranoico como demostración de lo ridículo de algunas investigaciones. Fue Javier Gómez Bermúdez el que narró ese acto del macabro sainete, el encargado de repartir mensajes a los muchos comensales con los que compartió mesa, mantel y a los que dirigió palabras de aliento antes de encerrarse a juzgar en esa soledad tan abarrotada de sombras.

No sólo las autoridades sino el pueblo español tienen claro que ha sido obra de ETA“, se escucha decir a un corresponsal francés en Madrid durante un informativo al que alude Cyrille Martin en su cinta. Esa era la clave. Cuanto más arraigara esta idea más posibilidades de éxito tenía el giro final, el golpe. Llegado el momento sólo había que cambiar el guión para que todo, absolutamente todo, pasara de las txapelas a los turbantes. El aparente rigor formal sólo necesitaba estar vivo unas horas. Cyrille Martin lo recuerda con acierto al evocar la cobertura de la cadena SER: “La noticia falsa de los terroristas suicidas y otras noticias desconcertantes aumentaron el ambiente de confusión durante los primeros días“. Después habría que taparlo pero en eso ya hay muchos especialistas en España aunque últimamente estén a la gresca –o eso dicen– a cuenta del destape de las claocas. Pero si Martin asume que aquella noticia era falsa echo de menos que se pregunte por qué. ¿Lo hacía la SER a conciencia? ¿Cree que estaba manipulada desde fuera? ¿A qué conclusión llega Martin? Parece que lo reduce a la mera competencia editorial. Es simple, pero hasta en eso demuestra que conoce bien a todos los actores de su película.

Sorprende y consuela ver, fuera de esta casa, tan severo cuestionamiento de las prácticas de investigación judicial del 11-M: “Ningún testimonio contra Zougam es fiable y en realidad nadie vio a los miembros del supuesto comando en los trenes, ni a Zougam ni a los otros siete“. En la pantalla, todas las pruebas falsas se van borrando de un gráfico enmarañado que la sentencia logró simplificar hasta llegar a un crimen cometido sin arma homicida, sin escenario –los vagones fueron destruidos antes incluso de que todos los cadáveres fueran identificados– sin testimonios o con testigos falsos, sin autor intelectual y con autores materiales muertos en circunstancias no documentadas, sin autopsia. Bueno, y con el omnipresente Jamal Zougam, a quien el autor califica como el nuevo Dreyfus.

Libertad Digital jamás fue a buscar una autoría determinada de los atentados por mucho que nos quisieran llevar a ello, que lo hicieron. La realidad nunca nos estropeó un titular y quizá por ello llegamos a ser tan molestos y ahora tan útiles. Cyrille Martin se declara más proclive a la versión que en su día esbozó Fernando Múgica: el aprovechamiento exterior de sendas tramas en PP y PSOE en torno a un atentado terrorista etarra próximo a las elecciones del 14 de marzo de 2004. En lo que estamos de acuerdo, y es lo único que me importa trece años después, es en que la sentencia no descubrió la verdad, la ocultó. Se consintió, mientras no se dirigía, la manipulación de pruebas, su desaparición y hasta su fabricación. Trece años después siguen vivas las mismas preguntas y ya hasta las formulan otros.

En España, si un médico tiene acento extranjero o necesita traductor, se le presupone mejor formación que al de la consulta de la esquina. Somos así. Hoy hay un francés más preocupado por lo que pasó que muchos españoles y que todos los políticos. Aunque la Verdad, como los niños, no vendrá de París, por si acaso, empecemos a preguntar: Qui a eté l’assasin? Qui l’a fait? Qui est coupable?

Cloacas desbordadas. -Emilio Campmany/LD-

La Convergencia de Mas se echa al monte, se hace independentista y empiezan a salir cuentas de los Pujol como robellones en otoño. No sólo cuentas, también coches y bolsas de basura preñadas de billetes de quinientos euros, además de la novia de Pujol junior. Pero nadie va a la cárcel. Pujol comparece ante el Parlamento catalán y amenaza con tirar abajo todo el árbol si siegan su rama. Y, claro, nadie saca la sierra eléctrica. Luego, salen viejas informaciones del rey entreveradas con una posible cuenta en Suiza. La Convergencia de Puigdemont amenaza con volver a celebrar el referéndum, que no se sabe cuántos necesitan convocar antes de reunir el valor suficiente para proclamar la independencia de Cataluña, y la Guardia Civil hace una redada en Barcelona y arresta a un puñado de políticos corruptos del partido que fundara Jordi Pujol. Hay un pendrive en la Audiencia Nacional, entregado por la UDEF como prueba contra los Pujol, que quizá sea el fruto de un pirateo informático ilegal, con lo que las pruebas contra ellos serían anuladas. No sólo, sino que aparece un segundo pendrive que un policía dice haber encontrado haciendo limpieza en su despacho que no se sabe qué contiene. Hacen luego una entrevista a un policía jubilado y dice que hay informes muy interesantes, especialmente del 11-M. No cuenta lo que dicen porque no los ha leído. Y todo ello en medio de una gresca en la que están metidos varios policías, todos ellos con impagables servicios a la patria que no nos pueden detallar, entre los que se encuentra uno llamado Villarejo que, mientras los prestaba, se hizo millonario.

¿Qué está pasando? No es fácil saberlo, aunque pueden darse algunas cosas por seguras. La primera es que de la fortuna que los Pujol amasaron mientras el jefe del clan ocupaba la presidencia de la Generalidad no nos habríamos enterado si Convergencia se hubiera limitado a hacer lo que siempre hizo, pedir dinero por redondear las mayorías parlamentarias de PSOE y PP. La segunda es que, aunque se haya expuesto parte de la porquería que guardan en el trastero, los Pujol no pueden ir de ninguna manera a la cárcel porque entonces saldría la mucha que hay en otros ilustres desvanes, incluido el de nuestro rey emérito. La tercera es que, después de que se atrevieran a filtrar la grabación que al ministro del Interior le hicieron en su despacho, el PP está intentando limpiar la Policía. Con su acostumbrada torpeza, ha dado sin querer una patada al avispero, provocando una guerra sorda entre las facciones que se reparten el poder y de las que no se sabe si hay alguna de la que uno pueda fiarse. No sólo, sino que alguna de ellas, por evitar ser arrumbada, amenaza con sacar más estiércol del mucho que han generado quienes han gobernado España en estos últimos años. Lo más probable es que al final nadie pague por los muchos desmanes cometidos, las aguas negras se calmen y las cloacas del Estado dejen de emanar hedores. Lo cual no quiere decir que no vayan a seguir tan sucias como siempre.

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