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¿Quién manda en nuestras sociedades? ¿El Estado o las grandes corporaciones? 

Instituto Mises Cuba

Extracto del debate con Juan Torres organizado por el Círculo Liberal Bastiat.

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La perversa moral de hacer caridad con lo ajeno. -María Marty/Elcato.org-

María Marty considera que la práctica de ser generoso con lo ajeno no es otra cosa que violar el derecho de propiedad y convierte a la víctima en delincuente.

Imagina este escenario. Llegas a tu casa luego de un intenso día de trabajo. Estás disfrutando de un merecido descanso y de aquellas cosas agradables que pudiste comprar gracias a tu propio esfuerzo.

Al rato escuchas un golpeteo en la puerta de entrada. Del otro lado te encuentras con un completo desconocido que dice ser tu vecino. Antes de que puedas saludarlo, te dice que viene a llevarse lo que le corresponde. Lo mirás con cara de “no entiendo de qué me hablas”, así que te repite, esta vez con mayor lentitud, que viene a reclamar su porcentaje de tus ingresos.

En ese momento comienzas a dudar si debes llamar a la policía, hasta que él mismo te amenaza con llamarla si no procedes a entregarle lo que te está exigiendo.

En un esfuerzo por mantener la calma le preguntas qué derecho tiene él a realizar ese reclamo, a lo que responde:

“Tengo cinco hijos a los que alimentar. Mi hermana, que no tuvo mi suerte, tiene que hacer un tratamiento de fertilización asistida para quedar embarazada. Mi hermano que es científico quiere investigar la evolución del mono sudamericano y su hijo de tres años, que es mi sobrino, tiene que ir al colegio. Tenemos necesidades que satisfacer, pero no los recursos. Así que tengo algunos derechos sobre usted, ¿no le parece?”, explica con cierto tono prepotente.

En ese momento te pellizcas para chequear que no estás alucinando, pero todo es muy real. Así que luego de salir de tu asombro, le cierras la puerta en la cara y continúas con tu vida normal.

Aquí está la cuestión de suma importancia: ¿por qué aquello que consideramos una locura viniendo de nuestro vecino desconocido, lo consideramos algo lógico y noble cuando el vecino desconocido, en vez de presentarse personalmente, manda a un intermediario llamado Gobierno?

¿Qué nos sucede que cada vez que se menciona la palabra “Gobierno” o “ley” todo se vuelve confuso y nuestro cerebro deja de funcionar? ¿Por qué esas dos palabras pueden, mágicamente, transformar toda inmoralidad e injusticia en algo completamente decente y justificado? ¿Por qué lo que no le permitiríamos normalmente a nuestro vecino se lo permitimos a quien justamente debería velar por nuestra propiedad y no arremeter contra ella?

En la realidad, la historia de arriba tiene un final muy diferente. El vecino entra en tu casa y se lleva lo que considera necesario. Antes de irse, te palmea la espalda y te dice que deberías estar orgulloso de cumplir con tu deber, a diferencia de otros delincuentes que deciden esconder sus ingresos para no colaborar.

Seamos honestos. Si el Gobierno y la Ley no estuvieran implicados, nadie dudaría en calificar la situación como un “robo” simple y llano. Pero la esencia de un acto no cambia porque el Gobierno y la Ley estén implicados. Como mucho, puede transformar la acción en legal, pero no por ello en moral.

Muchos de los argumentos que tratan de justificar el cobro de impuestos, alegan que el problema no está en su naturaleza coercitiva sino en lograr establecer un porcentaje “razonable” de impuestos a cobrar y en encontrar a un político honesto que haga una buena utilización de los mismos.

¿Qué es un porcentaje “razonable”? Nadie lo define. Lo razonable para el demócrata estadounidense, Bernie Sanders, puede diferir mucho de lo que pudo ser razonable para Thomas Jefferson. Lo que considera razonable Nicolás Maduro debe también diferir de lo que considera razonable el Primer Ministro de Australia.

“Razonable” puede ser un 2% o un 99% de los ingresos, dependiendo la inclinación política del gobernante de turno y su visión de cuáles son las funciones del Estado.

Por otro lado, se dice que el cobro de impuestos está justificado en la medida que se haga una buena utilización de los mismos. Pero nuevamente, “buena utilización” es un concepto muy amplio que requeriría que todos compartiéramos la misma escala de valores.

Con todas las necesidades insatisfechas que hay, ¿qué sería una buena utilización de los recursos? ¿Hacer una ruta en un lugar inhóspito o un nuevo hospital? ¿Mantener una línea aérea de bandera o aumentar los sueldos a los maestros? Una buena utilización según la visión de uno, puede ser una pésima utilización en la visión de otro.

Por último, está el argumento que se centra en la honestidad. Si el gobernante no es corrupto y no se roba lo recaudado, entonces el cobro de impuestos está justificado desde el punto de vista moral. Llevado al caso de nuestro ejemplo anterior: si el vecino reparte lo que se robó y no se queda nada para él, entonces su accionar está justificado.

Hemos llegado a una situación donde ya no nos preguntamos acerca de la naturaleza moral de los actos, sino simplemente acerca de su conveniencia y legalidad. El fin ha pasado a justificar los medios y la ley ha pasado a sustituir el concepto de derecho y justicia.

La política de ser generoso con lo ajeno —que no es otra cosa que la política de violar el derecho de propiedad— ha transformado al victimario en noble y a la víctima en delincuente. Ha generado, como era de esperarse, las consecuencias lógicas de su errada moralidad: desde evasión y paraísos fiscales, hasta vagancia, falta de productividad, huelgas y violencia.

La solución es volver a limitar al Gobierno y a la ley a su función objetiva, libre del peligro del capricho, visión o carácter moral del gobernante de turno. Su función de proteger el derecho a la vida, la libertad y la propiedad de todos los individuos por igual.

Mientras siga jugando al que “parte y reparte (llevándose la mejor parte)” continuará arruinando sociedades. Y más rápido las arruinará cuanto más generoso con lo ajeno decida ser.

Este artículo fue publicado originalmente en PanamPost (EE.UU.) el 24 de mayo de 2016.

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De burkinis y de libertades individuales. -Liberal enfurruñada/OK Diario-

Los libertarios de manual lo tenéis claro, un liberal no puede estar a favor de que se prohíba nada. Tenéis que defender el aborto, la prostitución, el suicidio, y hasta la posibilidad de que una persona libre se venda a sí misma como esclava, siempre que lo haga voluntariamente. Pero también existimos otros liberales que todas esas cuestiones las sometemos a diferentes filtros de sentido común y que antes de pronunciarnos examinamos en profundidad el alcance de cualquiera de esas pretendidas libertades, porque ya sabemos que donde comienzan a aparecer distintas libertades, empieza a desaparecer la libertad.

Muchos vais a estar de acuerdo conmigo en que la mejor definición que de libertad podemos hacer es la que expuso Friedrich A. Hayek en Los fundamentos de la libertad cuando definió el ‘estado de libertad’ como “aquella condición de los hombres en cuya virtud la coacción que algunos ejercen sobre los demás queda reducida, en el ámbito social, al mínimo.” El estado en virtud del cual un hombre -o más bien mujer, en el caso del que me voy a ocupar- no se halla sujeto a coacción derivada de la voluntad arbitraria de otro o de otros lo define Hayek como libertad «individual» o «personal». Y este es el concepto fundamental que nos ocupa puesto que no existirá libertad bajo coacción violenta y hasta que no desaparezca esta coacción ninguna elección podrá calificarse como libre.

En estos momentos sufrimos en occidente el creciente uso de prendas de vestir femeninas no tradicionales en el mundo islámico, sino que, por el contrario, representan sólo un símbolo político del que se sirven los fundamentalistas islámicos de extrema derecha para aumentar su visibilidad e imponer sus opiniones a expensas de las mujeres. Muchos expertos señalan que estas prendas no proceden ni siquiera de un mandamiento islámico. Algunos países de nuestro entorno han decretado la prohibición del uso del velo en las escuelas públicas, la prohibición general del burka y del nikab y algunas ciudades comienzan a prohibir el burkini. Y existen ya sentencias de tribunales que niegan el derecho a usar estas prendas en determinadas circunstancias. Pero se prohiben argumentando, en ocasiones la laicidad del Estado, otras veces la seguridad e incluso a veces la higiene; no como principio moral en defensa de la verdadera libertad de las mujeres, tal y como yo propongo que se haga.

Los detractores de estas normas restrictivas pretenden defender una supuesta elección libre por parte de una minoría de musulmanas a vestir como ellas desean, pero callan ante la inmensa mayoría que es masacrada por negarse a usar estas prendas por todo el mundo. Luchan contra el imperialismo capitalista poniéndose al lado del islamofascismo más radical. La mujer musulmana es coaccionada violentamente por sus familiares, vecinos e imanes, haciéndoles creer desde niñas que su cuerpo es el pecado y que ellas son responsables de la violenta excitación sexual machista. Protestan para defender el derecho de una ridícula minoría de mujeres musulmanas a las que se les impide usar libremente la ropa que supuestamente desean, pero no dicen una palabra sobre la inmensa mayoría de ellas que son forzadas violentamente a usar unas prendas que las humillan, representando la opresión que estas sociedades de extrema derecha fundamentalista, machistas y heteropatriarcales a nivel medieval, ejercen sobre ellas. En defensa de la libertad y en la lucha contra el machismo en occidente no podemos dar ni un sólo paso atrás. Hasta que del mundo islámico desaparezca toda violencia coactiva contra las mujeres deberemos prohibir los símbolos de su sumisión.

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