La vuelta de los rebaños. -Jorge Vilches/Vozpópuli-

La ocupación violenta de la sede del PP en Barcelona por parte de las Tropas de Asalto independentistas, armadas de atril y micrófono de la TV pública, es una muestra de la vuelta de los rebaños. Los pastores silban y las ovejas, disfrazadas para la violenta performance, obedecen como un solo hombre, felices de cumplir su objetivo colectivo.

Los sociólogos de la izquierda y sus periodistas lo llaman “activismo”; es decir, la puesta en práctica del “compromiso social” frente la pasividad de la gente que no sabe o no puede enfrentarse a “la verdad”. Es una manera snob de llamar a la tradicional agitación y propaganda propia del socialismo desde mediados del siglo XIX.

Aquellos agitadores y propagandistas veían la vida social como la lucha de sujetos colectivos, por lo que, en contra del espíritu liberal y democrático, trataron de convertir a la gente en rebaño obediente. El proletariado solo era uno, con un interés y un objetivo, y ellos eran sus únicos y verdaderos portavoces. Por eso, el rebaño proletario debía moverse, balar o saltar las vallas cuando el pastor dijera.

Luego llegó el nacionalismo tardío, ese que constituye la columna vertebral del catalanismo ideológico, y aprovechó la barata mecánica de la identidad colectiva. Tristemente, la nación y el trabajo, libres ya de la competencia con el cristianismo, aparecieron como los dos pilares únicos para definir la personalidad individual.

La vida política del siglo XX, antes y después de 1945, terminó por inocular a la sociedad que solo se era persona sintiendo una identidad colectiva con un proyecto común, si se era parte del engranaje de una máquina en dirección al Bien, al Paraíso.

Ahora nos encontramos con el paroxismo del paradigma colectivista. Al tiempo que las instituciones de la mundialización se empeñan en agrupar a la gente por su género, inclinación sexual o raza, el internacionalismo antiglobalización, ese que se mueve entre el nacional-populismo y el populismo socialista, retorno a las naciones y al pueblo. Es una guerra contra la burocracia y la imposición de las instituciones globales para imponer otras que hagan ingeniería social en otro sentido. En el fondo es una lucha de oligarquías, el juego de la circulación de élites de Pareto, usando las técnicas del pastor.

La utilidad del pastoreo político es indudable. Por eso, entre otras cosas, se ha impuesto en el PP balear el pancatalanismo. ¿Para qué defender la libertad cuando es más útil en las urnas sumarse al Concejo Político de la Mesta de Pastores? El rebaño, con su diminuta identidad colectiva, su victimario y martirologio, y el callejeo de su crítica subvencionada, es mucho más manejable en esta sociedad infantilizada y sentimental, que el individuo libre.

¿Por qué no alentar a las masas, simples cifras con camisetas de colores, banderas y pancartas, para usarlas en la negociación? Es una respuesta lógica si comprobamos que a un pulso a la legalidad, a la Constitución, o a un anuncio de golpe de Estado, el Gobierno contesta con una lluvia de millones. Más dinero público para introducir a los orondos secesionistas en un Estado Minotauro, interdependiente, con un falso juego donde unos amagan con romper y otros subvencionan gracias al despojo fiscal de la “sociedad opresora”. El negocio político es redondo porque la responsabilidad siempre es del otro.

Los rebaños no han vuelto a la primera línea porque existen pastores, sino porque el estatismo de un lado y de otro ha destruido la individualidad que tanto costó construir en el XIX. Contaba Ludwig von Mises en “Gobierno omnipotente” (1944) que la idolatría del Estado se inoculó en Alemania en un lento proceso en el que profesores, escritores y artistas ridiculizaron el liberalismo y la democracia, y exaltaron la reconstrucción de la comunidad nacional sobre la legitimidad proporcionada por los derechos sociales.

Ese estatismo no es nada sin soberanía ni territorio; es decir, sin la posibilidad de que ese Estado redentor y mágico pueda hacer sin cortapisas “el Bien” sobre su pueblo. Es un resorte movilizador que responde a la lucha de oligarquías –los pastores-. Mientras, los defensores de la libertad y del individuo quedan inermes en una sociedad articulada sobre la existencia ineludible y necesaria del Estado paternalista constructor de rebaños al servicio de la oligarquía “benefactora”.

Ya escribió George Rude en “La multitud en la Historia” (1964), que todos esos motines, algaradas, huelgas, saqueos, ajusticiamientos, incendios de la época contemporánea, y lo que ahora llamaríamos “perfomances”, dirigidos por políticos, solo alimentaron la esperanza de la gente, pero no cambiaron sus condiciones de vida. Fue, y es, “el vino nuevo en odres viejos”.

Al pastor solo le interesa que el rebaño sea feliz y le sirva en el mercado político. En la democracia del futuro, escribía Tocqueville, habría una masa de hombres ansiosos de ser iguales y de conseguir pequeños placeres para “llenar sus almas”. Sobre ellos, decía, estarán los políticos que harán todo lo posible para mantener a la gente en la infancia, como ciudadanos-niño, “felices, siempre que no piensen en nada más que en pasarlo bien”.

El rebaño político se pastorea prometiendo la felicidad que llena las almas de sus  ovejas. La oligarquía en pugna consigue ese “estado feliz” si consigue que el individuo vea como única solución vital el sentirse participe de un proyecto colectivo histórico, y que comulgue con el pensar, sentir y actuar marcado como moderno y conveniente. Los rebaños han vuelto para quedarse, pero como diría el cerdo orwelliano de “Rebelión en la granja”: “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”.

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