Penes, vulvas e ingeniería social. -Jorge Vílches/Vozpópuli-

La reacción airada e insultante de los medios y de ciertos cargos públicos a un mensaje políticamente incorrecto es una prueba de la dictadura del pensamiento único. El establishment ha saltado de sus poltronas públicas o subvencionadas porque alguien –me da igual quién- ha emitido un mensaje–me da igual qué- distinto a la verdad oficial.

Es triste, pero el consenso socialdemócrata ha creado una sociedad de ciudadanos-niño donde la responsabilidad se ha depositado en el Poder. La verdad y la moral son dictadas a través de la legislación y las instituciones internacionales; esas mismas que controla el establishment. El individuo de Occidente, sometido al terrible Estado Minotauro que se retroalimenta, es un pobre personajillo orwelliano.

El ciudadano-niño se siente liberado de tener que asumir la responsabilidad de construir su propio futuro, tutelado de la cuna a la tumba, resguardado de los riesgos de la vida, y sin tener que elaborar su propia moral. Ya lo hace el Poder por él.

Ese Poder nos ha hecho creer que la democracia es la combinación de derechos sociales con pensamiento único. Es el sueño del socialdemócrata que surge de la New Left: un Hombre Nuevo defensor de su amo, en aras de una Sociedad Nueva, igualitaria, homogénea y confortable gracias al paternalismo vigilante e imprescindible del Estado, y todo envuelto en la retórica de la democracia totalitaria.

El método es la lógica de los intolerantes, que obliga a eliminar al que piensa distinto o quiere iniciar un debate. No se trata solo de que los grupos que apoyan la verdad oficial son subvencionados y aupados a los medios de comunicación, convirtiéndose así en un resorte personal e interesado para el ascenso social y económico. Es que, además, los que opinan de forma diferente, reclamando libertad para decidir su presente y futuro, su moral y comportamiento, son acosados, insultados y expulsados de esa comunidad progresista y perfecta. La violencia no es solo física sino social y de comunicación. Esa es la nueva ola violenta que nos acecha.

El progresismo internacional ha impuesto una idea de comunidad basada en las identidades de grupo opuestas a las tradicionales. Es el viejo planteamiento maoísta de conformar una Sociedad Nueva extirpando los “cuatro viejos”: pensamiento, educación, cultura y costumbres. Y lo llevan haciendo al modo gramsciano desde la década de 1970 mediante el control de la educación, las artes y las letras, con la legislación en la mano, a golpe de subvención a los colaboracionistas.

La escuela dejó de ser un lugar de instrucción intelectual y laboral para convertirse en el perfecto centro de adoctrinamiento. Lo hicieron los Estados nacionales, como el francés desde 1875, para inculcar, se quisiera o no, los principios republicanos. Lo repitieron las dictaduras en el siglo XX, que convirtieron los colegios en fábricas de patriotas nacionales o proletarios, en pioneritos, en pequeños vigilantes de la verdad oficial. Y a la “Formación del Espíritu Nacional” le sustituyó la “Educación para la Ciudadanía”, y luego “Valores éticos”, donde la solidaridad, el feminismo o el ecologismo tal y como dicta el establishment son principios obligatorios.

El político dicta “la normalidad” que el ciudadano-niño debe obedecer. El Poder paternalista esconde la libertad en un cuarto oscuro donde al individuo le da miedo entrar. Se ha perdido la responsabilidad en la elección, y con ello la individualidad. Lo apuntaba Giuseppe Capograssi: el objetivo del Estado es conseguir que la persona desee ser como los demás, para lo cual solo tiene que seguir las normas dictadas por el establishment.

El castigo por salir del cauce es duro. En realidad, la izquierda alternativa, esa que está en Podemos y su entorno, no es más que la tropa de ese Poder transnacional que, como si fueran las SA, hace el trabajo sucio, callejero y mediático de romper cristales de la libertad. No son antisistema, son parte de él. Es la falsa oposición a la dictadura de la democracia social y el pensamiento único.

Si el ciudadano-niño no cumple, discrepa o quiere debatir los dictados morales del Estado paternalista, obtiene el merecido castigo. El ingeniero social debe corregir al individuo para conseguir la perfección, esa utopía uniforme a la que vamos encaminados. Las libertades languidecen bajo la verdad de los herederos de Rousseau, de aquellos jacobinos que querían imponer una nueva Era dándole la vuelta, como si de un gorro frigio se tratase, a todas las creencias. Incluso iniciaron un calendario alternativo, con meses cuyos nombres estaban tomados de la Naturaleza.

Era el tiempo de la conversión de la persona en ciudadano gracias al Poder -como hoy-, que es quien dicta la única verdad y la moral exclusiva, porque sin su control parental el hombre es un lobo para el hombre. Corregir y dictar, esa es la clave. Pero aquello que decían los súbditos de Robespierre es lo mismo que con el tiempo suscribirían fascistas y comunistas: “Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado”. Claro que el Estado, confundido con el Gobierno, era y es para ellos el dictador de los comportamientos sociales y de su moral, como hoy para el establishment progresista.

Al autobús de “Hazte Oír” no se le ha contestado con una batería argumental, o debates en medios, como si fuera un país libre, sino con amenazas de denuncias judiciales, ofensas, retirada policial, e insultos. No me importa la certeza o la falsedad del mensaje, sino el bloqueo oficial y oficialista a la discrepancia, que muestra el recorte en las libertades, resultado de esa rendición consciente e inconsciente a la hegemonía cultural progresista.

Es posible que a la vista de esta ingeniera social puesta al descubierto, Karl Popper hubiera añadido un capítulo a su obra “La sociedad abierta y sus enemigos”.

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