El PP y la socialdemocracia: ¡esto no es lo que parece! -Carmelo Jordá/LD-

El gran Pablo Montesinos recogía en Libertad Digital este sábado la anécdota que yo creo que define lo que ha sido este congreso –por llamarlo de alguna manera– del Partido Popular –por llamarlo de alguna manera–.

La noticia es deliciosa, vale la pena leerla, pero por si acaso se la resumo: un incauto compromisario pedía que el PP recogiese en sus estatutos que no es socialdemócrata, tal y como lo ha hecho Ciudadanos en su también reciente congreso, pero el flamante coordinador general de los populares se negaba en redondo: “¡Me ofendes!”, llegaba a decir Maíllo.

La escena me recordaba a la típica situación en la que un cónyuge es pillado por su pareja en la cama, desnudo y con un señor o una señorita al lado, a pesar de lo cual lo niega todo: “Esto no es lo que parece, cómo puedes pensar eso de mí, me ofendes”, replica el adúltero en la única actitud que en ese momento parece digna, pero que todos sabemos que no lo es.

Porque lo cierto es que el PP lleva varios años encamado con la socialdemocracia, al menos desde diciembre de 2011, cuando decidió “desconcertar a la izquierda” –Montoro dixit– con el astuto truco de hacer lo mismo que haría ella pero más. Acto seguido nos atizaron la mayor subida de impuestos que se recuerda y desde entonces ya ha sido todo un no parar de socialdemocracia.

Socialdemocracia de la peor: de la que sube impuestos, de la que apuesta al cien por cien por el mantenimiento del Estado del Bienestar y de una Administración elefantiásica, de la que no se molesta en cambiar ni una sola de las leyes ideológicas promulgadas anteriormente para dar un giro a la izquierda a la sociedad, de la que mantiene los privilegios de los grupos de presión, de la que reparte graciosamente subvenciones a troche y moche…

Socialdemocracia, en suma, por delante y por detrás, de arriba abajo y de un lado al otro, lo lógico en un partido que expulsó hace tiempo a conservadores y liberales; lo lógico en un partido que se ha negado a librar ninguna batalla de ideas en un país en el que la opinión publicada está en manos de la izquierda de una forma abrumadoramente mayoritaria.

Lo cierto es que la negación tan contundente del ahora poderoso Maíllo me causa hasta una cierta ternura: fue una forma tan torpe de negar lo evidente que casi lo hace entrañable. Pero, eso sí, quizá el PP debería ponerse menos digno y admitir que un poquito socialdemócrata sí que es, porque hay pocas cosas peores que ser socialdemócrata; y una de ellas, desde luego, es no ser nada.

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