Las barbas de Francia a remojar. -Jorge Vílches/VozPópuli-

En momentos de crisis general de paradigma, como la actual, vence el que posee, propaga y organiza una identidad reactiva y fuerte. He aquí el éxito de los populismos nacionalistas, esencialistas, de reconstrucción de una comunidad aislándola del resto.

El próximo ciclo histórico de Europa pasa por Francia. Ni el Brexit ni Trump. Los grandes cambios en nuestra historia han procedido casi siempre de suelo francés desde 1789, y si apuramos, desde 1700, el momento en el que los Borbones heredaron el Trono español. La victoria del Frente Nacional, con la acertada consonancia entre líder, discurso y momento político, puede ser uno de esos episodios de la historia de Europa que todo lo transforma.

Las crisis políticas contemporáneas en Occidente son el resultado del agotamiento de un paradigma, y del surgimiento en consecuencia de una revolución cultural, en las mentalidades y en la percepción del mundo. La quiebra del mundo burgués, decimonónico, liberal y parlamentario de principios del siglo XX supuso el cuestionamiento, y luego el desprecio, de los pilares de la cultura oficial. Todo un modo de pensamiento, las costumbres que lo acompañaban y el establishment que lo sustentaba para su beneficio, se desplomaron.

El ariete fue una amalgama de nacionalismo tardío y socialismo totalitario que, con estilo populista, incluso nihilista, pretendía reconducir la comunidad hacia un supuesto paraíso. El paso previo era, claro está, acabar con la élite, su cultura, sus instituciones, y su lenguaje entonces  “políticamente correcto”.

La frustración, el miedo y el odio fueron los tres sentimientos que guiaron la política hace cien años, y ahora no vamos muy desencaminados. El discurso de Marine Le Pen transita por las dos grandes vías de entonces: el rechazo a lo existente y la promesa de reconstruir la comunidad, todo adornado de un diagnóstico difícilmente rebatible y de sonoras palabras. Es el truco del populismo, al que hay que discutir las soluciones, no su análisis de la realidad porque es jugar en su terreno, con sus reglas y conceptos, dando al tiempo la imagen de inmovilista.

Marine Le Pen se hizo con el poder en 2011 en el Frente Nacional, tras dura batalla interna, y emprendió una renovación que sacó a la formación del encasillado fascista. La marginación política a la que le habían sometido el resto de partidos, y el perjuicio que le causaba el sistema mayoritario, le han valido para presentarse como la respuesta antiliberal a la crisis.

La transformación del viejo Frente fue casi completa. La modernización del estilo populista, con una política de comunicación más potente y personalizada con eficacia, ha sido la clave para actualizar el mensaje político. Su diagnóstico catastrofista de la situación política y económica, de desorden social, de amenaza terrorista, lo van confirmando las noticias.

Ese relato del derrumbe de Francia le está sirviendo para propagar una retórica del miedo, tan cara a todo tipo de populistas, desde Trump a Iglesias. Las ideas las sueltan en eslóganes publicitarios, tales como “Está en juego nuestra existencia como pueblo”, o “Francia, primero”. Generado el miedo, la sensación de riesgo a perder más aún el confort, pasa a señalar a los culpables.

El Frente Nacional asegura que la responsabilidad de que Francia haya perdido su esencia es de la globalización –“mundialización” dicen en Francia- y del fundamentalismo islamista, no la falta clamorosa de libertad política o el olvido completo de la individualidad.

La globalización la entienden como una ideología que “despoja a la nación de los elementos que la constituyen”, y sin nación no hay Estado, dicen falsamente, y sin Estado no existe la República. Marine consigue así atribuir al Frente un nacionalismo republicano, que asume las ideas de 1789, como los demás.

Ahora bien, como buenos populistas, vinculan la recuperación de los principios republicanos y del interés nacional con el reintegro de la soberanía hurtada por la Unión Europea, la OTAN y los organismos internacionales –agentes de la globalización–. No es sorprendente que esto se pueda leer también en el documento político que los de Pablo iglesias llevarán a Vistalegre II. Lo cierto es que ha muerto el mito contemporáneo de la Europa unida. Por eso, Marine Le Pen promete un referéndum sobre la UE y salir de la estructura de la OTAN para devolver al pueblo su soberanía.

La líder nacional-populista ha conseguido restaurar un decálogo identitario para el francés común, y define la situación como de emergencia nacional. Por eso, junto a palabras como “resistencia” y “reconquista”, o llamamientos del tipo “¡No nos dejemos intimidar!”, promete, al igual que Trump, cumplir su programa inmediatamente, no como los políticos al uso.

Este discurso con esta líder envuelta en un estilo populista de libro, ha conseguido sacar de la abstención a mucha gente, a esos franceses hartos de los casos de corrupción, del multiculturalismo obligatorio y de la integración bidireccional –no solo del extranjero, sino de la comunidad que lo acoge-. Pero también ha conseguido el favor, como cuando ganó las elecciones europeas de 2014, de los que culpan de su desempleo, o de su pérdida de poder adquisitivo, a la modernización tecnológica obligada por la globalización, o a políticas del bienestar que creen demasiado generosas con quien viene de fuera; sobre todo si éste atenta contra quien le cobija.

Al igual que el populismo tradicional norteamericano con el que Trump aprovechó el encono del country contra la city, es la “Francia periférica” la que muestra esa rebelión contra el paradigma oficial de “París”.

El panorama, en fin, ayuda al éxito del Frente Nacional. No solo por la victoria del Brexit o Trump, sino porque la derecha gaullista se ha hundido. La corrupción de Fillon ha sido la puntilla, con un Sarkozy, además, investigado por financiación ilegal. Juppé, el tercero, representa como nadie el criticado establishment con una carrera política iniciada hace casi cincuenta años. La izquierda de Hamon, por el otro lado, propone un estatismo incapaz de vencer la propuesta de Marine, que no pide empresas públicas –pasto de la corrupción-, sino más responsabilidad del Estado.

En momentos de crisis general de paradigma, como la actual, vence el que posee, propaga y organiza una identidad reactiva y fuerte. He aquí este éxito de los populismos nacionalistas, esencialistas, de reconstrucción de una comunidad aislándola del resto, que se está produciendo a ambos lados del Atlántico. A la libertad ni se la llama, ni se la espera, lamentablemente.

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