Le Pen puede ganar. -José G. Domínguez/LD-

Francia es como un terrón de azúcar flotando en una taza de café caliente: la parte visible semeja conservar impoluta su cartesiana geometría rectangular, pero la erosión acelerada de la zona sumergida anuncia una desintegración inminente. He ahí, sin ir más lejos, el desenlace de las primarias del Partido Socialista, algo más que un augurio de que podría, ya no solo quedar excluido de la segunda vueltas en las presidenciales, escenario que todo el mundo da por hecho a estas horas, sino caer a la última posición entre los cinco contendientes, por detrás de los fascistas light del Frente Nacional, de Fillon, de los social-liberales de Macron y del bloque de izquierdas que lidera Jean-Luc Mélenchon. El que fuera mayor partido socialista de Occidente junto al SPD podría estar a punto de migrar hacia la nada dentro de apenas cinco meses. Por cierto, la mitad de ese trabajo ya está hecho. Y es que el PSF únicamente necesita perder ahora a sus votantes: los militantes ya se han ido. Así, de los 280.000 afiliados con que contaba el partido en 2006, a día de hoy únicamente quedan 120.000 carnets pendientes de romper.

Hasta que irrumpió en escena la generación de los que andan por los treinta, esos y esas que darían un brazo y parte del otro por poder ser yanquis, los españoles, los españoles leídos por ser precisos, siempre soñaron con Francia, que era su ideal. La paradoja es que nosotros queríamos parecernos a los franceses y, al final, crisis del euro mediante, resulta que van a ser ellos los que se acaben mimetizado con los españoles. De hecho, el genuino drama de Francia es que cada día se parece más a España. E igual que en la Península Ibérica el grueso de la industria autóctona ha tenido que ser desmantelada por exigencia expresa del euro, a Francia le ha ocurrido algo no tan distinto. Incapaces, al igual que nosotros, de igualar la productividad de la industria germánica tras perder el escudo protector del franco, también ellos se han visto forzados a ir desmantelando poco a poco su tejido industrial. Un simple dato estadístico basta para ilustrarlo: en 1982, cuando aún el viejo Mitterrand presidía la República, el déficit comercial de Francia con la entonces RFA era de 28.000 millones de francos.

Treinta años después, y en francos constantes, ese mismo déficit se ha multiplicado por cuatro, nada menos que por cuatro, hasta sumar 108.000 millones. Lo dicho, en el fondo, españoles y franceses no somos tan distintos frente a la implacable aspiradora alemana. Francia necesitaría una moneda que valiese un 20% menos que el marco alemán. Pero esa moneda, ¡ay!, no existe. Por eso se está desintegrando el Partido Socialista tras su paso por el Elíseo. Por eso le ocurrió lo mismo antes a Sarkozy. Y por eso puede ganar Le Pen dentro de cinco meses. Porque, aquí, allí y en todas partes, el corolario de la desindustrialización es idéntico: el canto del cisne de la clase media. Tras la industria se van, y para no volver, los buenos empleos indefinidos, los salarios decentes, el acceso a la vivienda, los proyectos vitales consumados y las jubilaciones dignas. Porque, tras la desindustrialización, lo que llega en todas partes, igual en Francia que en España, es el desclasamiento. Por eso, igual allí que aquí, la ira. Le Pen puede ganar.

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