Cataluña: el golpe bien, gracias. -Pablo Planas/LD-

Es opinión unánime que lo del proceso separatista es muy pesado, de modo que para disolver una reunión en Madrid, Sevilla o la misma Barcelona ya no hay que sugerir la última copa sino una conversación sobre el tema. Desbandada general. Salta uno con un “¿Y eso del proceso, qué os parece?” y sale pitando la peña por la puerta de emergencia con excusas peregrinas. Por desgracia, que sea un pestiño no resta gravedad ni peligro al expediente.

Las revelaciones del exjuez Santi Vidal sobre las maniobras de la Generalidad para suplantar al Estado, el robo de datos fiscales, los planes para purgar la judicatura, los contactos con terceros países para adiestrar a los Mossos y el resto de la Traviata pueden parecer el delirio de un trastornado, pero están corroboradas por los discursos, conferencias y promesas de Puigdemont, Junqueras, Romeva. Podrán decir que Vidal es un lunático, no un mentiroso, un fabulador o un cuentista porque todo eso del censo y los datos fiscales es la pura, dura y cruda realidad, verdades como puños. El mismo Puigdemont declaró durante su moción de confianza que sería una irresponsabilidad prometer la independencia para finales de este año y no disponer de los recursos para controlar a los ciudadanos y sojuzgar a los refractarios.

La política en Cataluña es un chiste, parece una broma y, sin embargo, provoca escalofríos. Los paladines de la independencia van de guays, prometen el oro, el moro y el mico de Puerto Rico, pero tienen más peligro que un chimpancé con navaja. “Estáis todos fichados”, manifestó Vidal. Qué guasa y qué salao el exsenador y exmagistrado. Ahora resulta que era un malentendido, que Vidal, el padre de la Constitución catalana, es un friqui que no sabe de lo que habla. Una gaita.

Con todo y a pesar de la multiplicación de las evidencias, el Gobierno no lo acaba de ver y se piensa que cuando Puigdemont habla de la república va de farol. La vicepresidenta Sáenz de Santamaría mantiene la línea abierta con Junqueras porque, oyes, hay química, el republicano es más majo face to face que Montoro y tan adorable como un teletubi, con esa pintica de boletaire bonachón. Igual que Charlie Puigdi, que se quita la chaqueta y es el quinto beatle.

Ante la falta de obstáculos, los generales separatistas lucen su falta de escrúpulos y columbran que tienen ante sí dos categorías de gilipollas: los que no se los toman en serio y los que sí. Los primeros pagan al contado la fiesta; los segundos, ninguneados por los partidos constitucionalistas, claman en vano que se aplique la ley de una vez. A los unos les dan largas y a los segundos, por la retaguardia con la colaboración de unos jueces acongojados y unos fiscales acomodados. ¿Qué más tiene que pasar para que se haga frente al golpe de Estado? El punto flaco de los indepes es que se creen más listos que nadie; su fuerte, que Rajoy y los que le calientan la oreja se pretenden aún más espabilados y desdeñan que los delitos son delitos aunque los delincuentes sean bobos y no usen guantes.

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Le Pen puede ganar. -José G. Domínguez/LD-

Francia es como un terrón de azúcar flotando en una taza de café caliente: la parte visible semeja conservar impoluta su cartesiana geometría rectangular, pero la erosión acelerada de la zona sumergida anuncia una desintegración inminente. He ahí, sin ir más lejos, el desenlace de las primarias del Partido Socialista, algo más que un augurio de que podría, ya no solo quedar excluido de la segunda vueltas en las presidenciales, escenario que todo el mundo da por hecho a estas horas, sino caer a la última posición entre los cinco contendientes, por detrás de los fascistas light del Frente Nacional, de Fillon, de los social-liberales de Macron y del bloque de izquierdas que lidera Jean-Luc Mélenchon. El que fuera mayor partido socialista de Occidente junto al SPD podría estar a punto de migrar hacia la nada dentro de apenas cinco meses. Por cierto, la mitad de ese trabajo ya está hecho. Y es que el PSF únicamente necesita perder ahora a sus votantes: los militantes ya se han ido. Así, de los 280.000 afiliados con que contaba el partido en 2006, a día de hoy únicamente quedan 120.000 carnets pendientes de romper.

Hasta que irrumpió en escena la generación de los que andan por los treinta, esos y esas que darían un brazo y parte del otro por poder ser yanquis, los españoles, los españoles leídos por ser precisos, siempre soñaron con Francia, que era su ideal. La paradoja es que nosotros queríamos parecernos a los franceses y, al final, crisis del euro mediante, resulta que van a ser ellos los que se acaben mimetizado con los españoles. De hecho, el genuino drama de Francia es que cada día se parece más a España. E igual que en la Península Ibérica el grueso de la industria autóctona ha tenido que ser desmantelada por exigencia expresa del euro, a Francia le ha ocurrido algo no tan distinto. Incapaces, al igual que nosotros, de igualar la productividad de la industria germánica tras perder el escudo protector del franco, también ellos se han visto forzados a ir desmantelando poco a poco su tejido industrial. Un simple dato estadístico basta para ilustrarlo: en 1982, cuando aún el viejo Mitterrand presidía la República, el déficit comercial de Francia con la entonces RFA era de 28.000 millones de francos.

Treinta años después, y en francos constantes, ese mismo déficit se ha multiplicado por cuatro, nada menos que por cuatro, hasta sumar 108.000 millones. Lo dicho, en el fondo, españoles y franceses no somos tan distintos frente a la implacable aspiradora alemana. Francia necesitaría una moneda que valiese un 20% menos que el marco alemán. Pero esa moneda, ¡ay!, no existe. Por eso se está desintegrando el Partido Socialista tras su paso por el Elíseo. Por eso le ocurrió lo mismo antes a Sarkozy. Y por eso puede ganar Le Pen dentro de cinco meses. Porque, aquí, allí y en todas partes, el corolario de la desindustrialización es idéntico: el canto del cisne de la clase media. Tras la industria se van, y para no volver, los buenos empleos indefinidos, los salarios decentes, el acceso a la vivienda, los proyectos vitales consumados y las jubilaciones dignas. Porque, tras la desindustrialización, lo que llega en todas partes, igual en Francia que en España, es el desclasamiento. Por eso, igual allí que aquí, la ira. Le Pen puede ganar.

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