La inquisición femenina. -Santiago Navajas/LD-

El juez del Supremo Antonio Salas ha puesto el dedo en una de las llagas de la asimetría entre hombres y mujeres: la cuestión de la fuerza y la violencia. Sin entrar en mayores disquisiciones, la habitual inquisición del feminismo de género se ha echado a la yugular del magistrado por poner en cuestión el dogma de la tabla rasa, según el cual todo lo que atañe a la naturaleza humana es cultural. Con lo que únicamente habría que cambiar la educación y los usos, las ideas y los hábitos, de la sociedad en conjunto para acabar con la violencia machista. Como si en una sociedad total y completamente ginocéntrica fuese inconcebible el asesinato de mujeres. Aldoux Huxley fue mucho más profundo al concebir un utópico mundo feliz libre de violencia de género (y de cualquier otra) vinculado tanto a la manipulación biológica (fundamentalmente la supresión de la maternidad) como a la cultural.

Hoy en día criticar, o siquiera matizar, al feminismo dominante es casi tan peligroso como cuando a Osip Mandelstam se le ocurrió referirse a Stalin con los versos

Sus dedos gordos parecen grasientos gusanos
como pesas certeras las palabras caen de su boca.

Menos mal que Salas no mencionó que la especie animal en la que dominan las hembras, debido a que tienen más testosterona, son las hienas. Igual se lo habrían tomado como una ofensa de género en lugar de como una inocente analogía zoológica…

Usualmente en el debate académico y científico no valen las falacias ad hominem, el argumento ad ignorantiam o las falacias moralistas. Pero aquí no se trata de una cuestión científica sino ideológica, por lo que los gurús del feminismo ortodoxo han insultado a Salas tratándolo de “(post) machista”, “ignorante” y “reaccionario”, es decir, un conjunto de sofismas elevado a la enésima falacia, mostrando una vez más cómo la izquierda académica es la gran patrimonializadora de la postverdad. Si te opones a sus postulados no eres un divergente al que criticar, sino un enemigo al que eliminar, con lo que convierten el disenso intelectual en disidencia política.

Como en cualquier fenómeno social humano, la complejidad del entrelazamiento de los factores sociales y biológicos que integra la violencia ejercida por los hombres contra las mujeres obliga, si uno tiene un mínimo de decencia intelectual y dignidad moral, a ser muy cuidadoso con las variables que intervienen. La intolerancia del feminismo de género, cuyos representantes mandan callar a los que manejan hipótesis contrarias o complementarias a las dominantes, muestra lo envenenada que está la comunidad de las ciencias sociales, donde la intimidación sustituye al debate y la exhibición de una sentimentalidad tóxica se hace pasar por un compromiso con los más vulnerables.

La consideración biológica de la naturaleza humana tiene dos grandes enemigos. Por un lado, las distintas religiones en sus versiones sectarias. Por otro, las ideologías sociales vinculadas a la izquierda que no sólo han puesto en cuestión temas como la heredabilidad de la inteligencia (y otros rasgos psicológicos) o las diferencias sexuales biológicas y psicológicas, lo que sería legítimo, sino que se erigen en comisarios políticos que dictaminan cuál es la verdad antes de investigarla y convierten al objetor en un hereje y la crítica en un auto de fe. Tanto el creacionismo religioso, originado en la lectura literal de la Biblia, como el laico, vinculado al feminismo de género, se caracterizan por negar a Darwin como si fuese el Anticristo.

El argumento que expuso Antonio Salas me trajo a la cabeza al personaje protagonista de la segunda temporada de True Detective, la detective Ani Bezzerides (interpretada con su maestría habitual por Rachel McAdams), que, además de las habituales pistolas de toda policía que se precie, está literalmente armada hasta los dientes con todo tipo de cuchillos. Bezzerides le explica a su compañero, el también detective Ray Velcoro (por una vez inspirado Colin Farrell):

La diferencia fundamental entre los sexos es que uno de ellos puede matar al otro con sus manos desnudas.

Pero a la autónoma e independiente detective eso es algo que no le impresiona mucho porque, gracias a Samuel Colt, las hojas de acero y un entrenamiento adecuado,

si un hombre de cualquier tamaño me pone las manos encima, se desangrará en menos de un minuto.

El personaje de Bezzerides es uno de los más complejos femeninos ofrecidos por la industria de Hollywood en los últimos tiempos, alejado tanto del estereotipo conservador de la mujer sumisa y dependiente (Sexo en Nueva York) como del progre sobre mujeres neuróticas y resentidas (Girls). Fuerte y dinámica, inteligente y lúcida, Bezzerides juega en la misma liga que el resto de sus compañeros sin necesidad de pasar por una cuota discriminatoria ni de simular una sexualidad sentimental. Bezzerides es un personaje dotado de un aura existencialista y trágico de mucha más envergadura que el equivalente interpretado por Matthew McConaughey en la primera temporada.

Frente al modelo de hombres feminizados, al borde de convertirse en eunucos ideológicos, que trata de imponer el feminismo de género, películas como Los juegos del hambre, Divergente, Resident Evil (I, II, III, IV, V, VI), Kill Bill (I, II) y, por supuesto, series como The Walking Dead o la mencionada True Detective 2 nos muestran que el futuro de las féminas en una sociedad políticamente liberal y económicamente capitalista pasa por un modelo de mujeres enseñoreadas tanto en lo físico como en lo mental. Lejos de la sentimentalidad delicuescente que invita a los hombres a llorar, se trata de que las mujeres dejen de verter lágrimas. Lo cual pasa, sin duda, por el dominio femenino de la fuerza y la violencia, de manera que las mujeres reequilibren culturalmente lo que por naturaleza juega en su contra.

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