¿La derecha se rompe? -Jorge Vílches/Vozpópuli-

El mandato de Mariano Rajoy en el PP ha adelgazado el partido, haciéndolo más uniforme, sin tendencias ni aquel pluralismo que le dio Aznar en 1990. La etiqueta de “liberal-conservador” era tan laxa en la época aznarista que permitía la convivencia de varias familias, desde los democristianos –el ala derecha de la socialdemocracia- hasta los liberales clásicos. Todo esto quedó bajo el extraño concepto de “centro reformista”, que viene a ser la unión de dos palabras que en filosofía política no significan nada, pero que son útiles para flotar en la vida pública.

El inicio de la era Rajoy en 2004 empezó mal, con una derrota en las urnas tras un atentado en Madrid y la toma de las calles por la oposición. La primera legislatura de Zapatero, quien puso los pilares del populismo socialista con su demagogia y política de enfrentamiento, facilitó la elección de la táctica opositora del PP de Mariano: un discurso basado en principios políticos, como la libertad y la unidad nacional, el adelgazamiento fiscal del Estado, y la movilización popular. Se trataba de plantar cara como en los años noventa: encauzar la protesta y la ilusión construyendo un mensaje económico, social, cultural y político distinto, que se viera alternativo al zapaterista. No funcionó. El PSOE de Zapatero consiguió reunir en 2008 a todo el voto de la izquierda, emocionado por la resurrección de un guerrismo actualizado, de una idea de cambiar España de manera que no la iba a reconocer ni la madre que la parió.

El marianismo adoptó otra táctica: desprenderse de aquello que supusiera enfrentamiento, tanto personas como principios –lo hizo Aznar en su día-, y resaltar la buena gestión como seña de identidad. Así, entre 2008 y 2011, el globo del PP de Rajoy fue echando lastre y subiendo en las encuestas, en buena medida gracias al desastre del gobierno de Zapatero. Desembarazado de lo que en su opinión eran obstáculos para llegar al poder, ganó las elecciones de 2011. Lógicamente, desde el poder pudo repartir cargos y presupuestos, colocar a los suyos, y modelar el partido a su gusto; nada que no se haya hecho siempre y en cualquier lugar del planeta. Sin embargo, logrado el objetivo, que es conseguir y mantener el poder, el camino ha quedado lleno de cadáveres. La transición del aznarismo al marianismo se ha hecho con muchas dificultades, y con bastantes tropiezos electorales que han permitido aflorar las críticas.

Es improbable que Aznar, con su divorciada FAES, monte un partido que recupere al PP de los noventa, pero el mero rumor no aventura nada bueno. Dejando a un lado que los aznaristas podían haber encauzado su proyecto dentro del PP y en el próximo Congreso del partido, las posibilidades de éxito de una opción política de este tipo serían muy pocas.

El ejemplo francés no sirve. El gaullismo supuso la unificación de la derecha fundada en los principios republicanos, el patriotismo y la tradición cultural. Esos pilares son inalterables, y cualquier proyecto político que surja de su seno será más o menos liberal o conservador, pero siempre gaullista. Así lo hemos visto con Sarkozy, Juppé y Fillon, en una flexibilidad superficial, que no de fondo, que les permite afrontar nuevos retos, como es la competición con el Frente Nacional. En España es otra cosa. Un nuevo partido de la derecha solo tiene dos caminos, visto el fracaso de otras opciones que intentaron rectificar el marianismo: el populismo nacionalista o el liberalismo.

La construcción de un discurso nacional, de reconstrucción de la comunidad española, tradicional, defensora de sus costumbres, símbolos e instituciones, con visos de éxito electoral, de llegar al poder, como en Francia, no es hoy posible aquí, para bien y para mal. No existe un nacionalismo español como parte de la cultura política general. Ese populismo nacionalista que sí funciona en Cataluña, donde la educación y los medios de comunicación adoctrinan constantemente desde hace cuarenta años sobre las excelencias y superioridad de su nación, no es posible en el resto de España. Esto no significa que no tuviera repercusión en las urnas, sino que no sería nunca mayoritario.

Por otro lado, la creación de un partido con un discurso liberal, sin adjetivos, tampoco funcionaría. La fortaleza del consenso socialdemócrata, la infantilización de la sociedad, la sentimentalización de la política, el miedo a las consecuencias de la libertad y el ansia de un Estado protector que evite el fracaso o las dificultades individuales, están tan arraigadas en España que solo una campaña a largo plazo, con una estrategia de comunicación eficiente, y la adopción de los métodos de los movimientos sociales, podría dar alguna posibilidad. Hasta ahora esto no ha existido, y el inmediatismo de la clase política destierra toda esperanza de que se haga.

La única posibilidad de la derecha en España es la unidad, el dar las batallas dentro del PP, ya sean filosóficas, ideológicas, o económicas, incluso las de liderazgo y modelo organizativo. No voy a poner ejemplos de fracasos recientes, solo recordar que la división del Partido Conservador de Maura y Dato a principios del siglo XX facilitó el gobierno de la izquierda, el crecimiento de los antisistema, el desprecio a la democracia liberal y al parlamentarismo, el gusto por las dictaduras, o la adopción de la violencia como expresión política entre otras lindezas. Esto lo sabe el aznarismo, que prefiere ser cola de león, a cabeza de ratón. Y es que la teoría del mal menor es la certeza del que ha visto muchos árboles caer, y ha entendido la historia contemporánea de Europa.

Ver artículo original:

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s