Una masacre consentida. -Luis del Pino/LD-

El 1 de agosto de 1944, la resistencia polaca iniciaba el levantamiento de Varsovia contra los ocupantes nazis. Unos 35.000 voluntarios polacos se lanzaron a la conquista de la ciudad, luchando contra una guarnición alemana a la que duplicaban en número. Pero aunque tenían la ventaja numérica, los polacos no contaban más que con un escaso armamento: solo había una pistola o fusil por cada diez voluntarios. Además, la inmensa mayoría de los polacos carecía de cualquier entrenamiento militar. Frente a ellos, 17.000 soldados alemanes bien entrenados, mejor equipados y con el aprovisionamiento garantizado constituían un enemigo formidable.

En las primeras horas de la contienda, el centro de la ciudad, la ciudad vieja, la estación de tren, la central eléctrica y uno de los principales arsenales alemanes cayeron en las manos de los sublevados. Pero los polacos no consiguieron capturar el aeropuerto, ni ninguno de los barrios de la margen derecha del Vístula. Y, lo que es peor, tampoco consiguieron comunicar entre sí las distintas zonas que habían liberado, con lo que los sublevados quedaron aislados en algo más de media docena de enclaves.

Los alemanes, reforzados por unidades llegadas de fuera de Varsovia, se aplicaron a la tarea de aplastar la rebelión a sangre y fuego, casa por casa. A partir de ahí, estaba claro que la única posibilidad con que los sublevados contaban era resistir hasta que llegara el ejército soviético, que por aquel entonces se encontraba a escasos kilómetros de Varsovia.

Pero en lugar de apresurarse a llegar a Varsovia y capturar a ciudad, lo que el ejército soviético hizo fue justo lo contrario: ralentizar su avance y dejar que los alemanes aplastaran a la resistencia polaca, que era pro-occidental. De esa forma, Stalin se aseguraba el control del país tras la ocupación de Polonia. De hecho, los soviéticos se detuvieron tras ocupar la orilla derecha del Vístula, dejando abandonados a su suerte a los polacos que combatían al otro lado del río, a escasos cientos de metros.

En el Reino Unido, la prensa se dividió en dos: unos, los medios más conservadores, optaron por guardar silencio sobre lo que estaba sucediendo en Polonia, para no incomodar a la Unión Soviética, que al fin y al cabo era aliada de Inglaterra; otros, los medios de izquierda, lanzaron una campaña de desprestigio contra el gobierno polaco en el exilio, acusándole de lanzar a los combatientes a la calle sin esperar, como esa prensa reclamaba, a que fueran los soviéticos los que tomaran Polonia.

Solo muy pocas voces se alzaron para denunciar aquella atrocidad. Una de ellas fue la de George Orwell, que escribió un durísimo artículo el 1 de septiembre de 1944, mientras aún se combatía en las calles de Varsovia. En esa columna, Orwell se despachaba así contra sus antiguos compañeros de filas:

“Un mensaje a los periodistas e intelectuales de izquierda, en general: recordad que la deshonestidad y la cobardía siempre se terminan pagando. No creáis que podéis estar durante años haciendo de propagandistas y lameculos del régimen soviético, o de cualquier otro régimen, y luego recuperar de repente la honestidad intelectual. Quien ha sido puta una vez, lo es para siempre”.

Sesenta y tres días resistieron los polacos antes de capitular, el 2 de octubre. Unos 15.000 combatientes de la resistencia murieron en los enfrentamientos. Como también murieron más de 150.000 civiles, la tercera parte de ellos en las ejecuciones en masa que los nazis llevaron a cabo en represalia por el alzamiento.

Ahora, déjenme que les pregunte: ¿quién fue más canalla? ¿Los nazis que masacraron a la población? ¿Los rusos que se cruzaron de brazos a escasos centenares de metros de la línea de combate y se sentaron a contemplar la matanza? ¿La prensa que silenció esa ignominia, o incluso se atrevió a culpar a los propios polacos de su desdicha?

Respóndanse esa pregunta. Y luego miren a su alrededor, a la situación española, y piensen quién cuadraría en cada uno de los papeles de ese drama. Piensen en quién comete qué injusticias. Piensen en quién tiene el poder para evitar esas injusticias y se cruza de brazos. Piensen en los intelectuales y periodistas dispuestos siempre a ocultar la injusticia, o incluso a culpar de esa injusticia a quien la sufre. Y piensen en a quiénes les ha tocado hacer de polacos.

Piensen en todo eso. Y se darán cuenta de cómo, en realidad, nunca hay nada nuevo bajo el sol. Lo único que hacemos es representar, una y otra vez, el mismo drama.

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La realidad oculta de Juan Carlos Monedero. -Ramon018/Forocoches-

Estimado Profesor Monedero, usted no se acordará porque ya ha llovido mucho, como tampoco se acordará su compañera Bescansa, pero yo fui alumno de ustedes en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense. Ahora que les veo en la televisión día sí y día también, subidos a la ola de la política que siempre ejercieron en las aulas, hace hasta gracia recordar los años de universidad cuando alguien te pregunta curioso ¿Y tuviste a Monedero?

Ahora, con mi licenciatura bajo el brazo y trabajando fuera de España, en esa misma Bruselas en la que ha acabado su compañero Pablo Iglesias estoy haciendo más memoria que nunca, memoria histórica que dicen, y recuerdo el jarro de agua fría que fue llegar de Mallorca a Somosaguas. Sin haber cumplido aún dieciocho años y acompañado por mi padre paseé por los pasillos de aquel edificio con pinta de cárcel de los años 40 lleno de pintadas anarquistas y goras a ETA. Aquellas paredes en ladrillo vivo de las que malcolgaban carteles te trasladaban a un barrio de navajeros en vez de a una Universidad que se dice puntera. Ni rastro del impresionante Rectorado cuyas fotografías destacaban en el corcho de mi instituto palmesano mientras comprobaba mis notas de selectividad. Y qué decir de La Moqueta, aquel enorme espacio muerto entre la cafetería y la biblioteca del que siempre emanaba una nube de maría poblado por veinteañeros bebiendo cerveza a las 9 de la mañana. Ahora brindan por su éxito señor Monedero.

Ahora que vuelvo a verle hago memoria y algo no me cuadra. Es usted (y sus compañeros) muy bueno en comunicación. Dan ustedes muy bien en cámara sin ser Pedro Sánchez y regatean como no lo hace ni Rajoy desde su plasma y mire usted le confieso, si no le conociera le compraba por un par de meses, como muchos dicen que estarían dispuestos a hacer, solo para hacer una buena limpieza y librarnos de Tirios y Troyanos. Pero como yo conocí el régimen que instauraron en la República Bolivariana de Somosaguas no les puedo creer. Porque señor Monedero, lo que ustedes quieren hacer no es ni nuevo ni moderno, lo que ustedes quieren hacer llevan veinte años haciéndolo, no en Venezuela sino mucho más cerca, en aquel pueblecito a las afueras de Madrid, su laboratorio.

Aún recuerdo una clase, no era usted el profesor no se preocupe, en la que una estudiante de Erasmus francesa me comentaba indignada que durante su estancia en la Facultad cada clase era un curso de adoctrinamiento comunista. Yo sonreía y disimulaba porque no quería que me identificaran. Libertad de cátedra lo llaman algunos, pero usted sabe, como sé yo, que la represión no se ejerce solamente a punta de bayoneta. Y usted sabe, como sé yo, que en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense, donde más debate y variedad ideológica debería haber, impera un régimen de extrema izquierda en el que no se aceptan opiniones divergentes. Hago memoria y recuerdo como descubría casi en la clandestinidad que algunos compañeros votaban al PP. Era como una salida del armario. No era algo fácil de confesar en la facultad. Si se enteraba el profesor era mejor mantenerse callado y no protestar cuando una clase se tornaba en un mitin del PSOE, o de IU, o de Chavez. Incluso algunos de los pocos profesores de los que se podía sospechar cierta oposición al régimen se cuidaban muy mucho de no ser descubiertos. Quién me iba a decir a mí que había esquivado esa Universidad de las Islas Baleares tomada por los catalanistas para acabar en Madrid, en la mismísima Complutense, destinado a pasar al menos un lustro en el nido de la serpiente de ultraizquierda.

Hago memoria y recuerdo lo que me decían mis propios compañeros en mi afán por atravesar los piquetes para ir a clase un día de huelga, uno de tantos, una de tantas huelgas que no compartía y que según me decían las lecturas era un derecho y no una obligación. Recuerdo que lo que me decían y no era nada amable. Pero señor Profesor, la siguiente huelga, volví a cruzar los piquetes, con la piel más curtida y la barbilla más alta. Así durante cinco años. Hago memoria y recuerdo los comentarios despectivos por llevar bajo el brazo El Mundo o el ABC y si al principio herían, acabé llevándolos por bandera, solo pa´joder. Recuerdo también como los peores ministros de exteriores eran los del PP, y como la peor política económica era la del PP o cómo no había política social si había PP, ni había medio ambiente si había PP. No había vida si había PP. Era tal vuestra obsesión que todo aquello me hacía ser más del PP, y hoy entiendo que habría sido del Barça si ustedes hubiesen sido anti-barça, y habría sido vegetariano si ustedes hubiesen sido carnívoros, porque lo que ustedes me enseñaron en la Universidad es que tenía que ser todo aquello que ustedes no eran. Por eso Profesor Monedero, hoy tampoco soy del PP… no sé si lo pilla.

Aunque la de Políticas debería ser la facultad en la que más se debatiese. Y aunque las Ciencias Sociales destaquen porque no existe una verdad absoluta que en ciencias puras te diría que 1+1 es igual a 2, aunque sepamos que una teoría no sustituye a otra sino que dos o tres o cuatro teorías distintas coexisten e incluso se ponen en práctica a la misma vez en distintos sitios y aunque nos mientan diciendo que la universidad sirve para dotar al alumno de las herramientas suficientes como para discernir y sacar conclusiones fundamentadas, en su facultad solo existía una respuesta posible: la suya, la oficial. Lo demás suponía ser señalado, increpado o incluso agredido físicamente (que le pregunten a Rosa Díez) cuando no sometido al riesgo del suspenso, a eternizar tu paso por la universidad y ver tu futuro profesional limitado. Con esos mimbres se entiende que la discrepancia se limitase a un guiño furtivo, una temeraria palmada en el hombro bien disimulada o una imprudente salida del armario ideológica en una noche de fiesta. Y mire usted estimado Profesor, durante mis años en la Facultad de Políticas desarrollé una inmensa simpatía por todas las minorías reprimidas pues quienes no éramos de los suyos éramos los negros en el apartheid, los gays en Irán o los intocables en la India. Ustedes sin embargo eran los blancos, los fundamentalistas, los brahmanes que en la India eran los maestros, la casta más alta que salió de la boca de Brahmá.

Ustedes han instaurado en la Facultad de Políticas un régimen en el que existe una casta dirigente y hegemónica, el profesorado que tiene en sus manos el futuro de los estudiantes, y una clase dominada, el alumnado, entre los cuales solo quienes piensan como los dirigentes se sienten lo suficientemente libres como para manifestarse y quienes no comulgan o bien se callan o bien se preparan para recibir los golpes. Ustedes, cuando no tenemos una sola universidad española entre las 150 mejores universidades del mundo. Ustedes que abochornan a los estudiantes extranjeros que no se creen lo que ven ni lo que oyen y que luego lo contarán en sus países para vergüenza de todos. Ustedes qué tienen que ofrecerle al país a parte de miseria intelectual y económica.

Eso señor Monedero, cuando alguien se esconde y camufla porque la reacción del entorno es tan fuerte que sus consecuencias son inasumibles, cuando el que está abajo no se atreve a llevarle la contraria al que está arriba porque no hay garantías de que la lucha sea entre iguales, de que pueda aguantar el desafío ni afrontar los costes, eso es también represión. Algunos otros valientes, como la estudiante francesa de intercambio, un día se levantan y le dicen al profesor lo que ningún alumno español se atreve a decirle, abandonando a continuación el aula para siempre entre risas e insultos de los propios compañeros mientras otros nos callamos y aceptamos el régimen porque en aquel momento es más lo que tienes que perder.

Eso pasaba cuando uno aún no había cumplido los veinte, pero ahora que mi futuro no está en sus manos, tengo la obligación de no callarme para evitar en la medida de lo posible que gente como usted, estimado Profesor Monedero, vuelvan a tener en sus manos el futuro de alguien.

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