Srebrenica en Siria. -Hermann Tertsch/Gentiuno-

Alepo repite la tragedia de la ciudad bosnia. Otra inmensa matanza de prisioneros. Quizás mucho mayor. Los lamentos de Obama suenan a sarcasmo.

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La zona de Alepo que tomaron el jueves los hombres del presidente Assad apoyados por fuerzas rusas e iraníes es un agujero negro en el mundo. Del que nada se sabe y todo lo peor se intuye. Porque donde decían ayer los medios rusos que ya no quedaban civiles y rebeldes por evacuar, tiene que haber según cálculos externos varias decenas de miles de seres humanos. Con miles de niños. Porque salir no han salido.

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Ayer un convoy de autobuses con unos mil civiles y combatientes intentó salir escoltado por la Cruz Roja. Le fue dado el alto y milicianos chiíes ejecutaron allí mismo a un número de hombres y obligaron al convoy a volver a la ciudad.

Las informaciones de testigos con teléfonos móviles en la cada vez más pequeña zona rodeada por milicias de Al Assad y de Irán, hablaban en pasados días de ejecuciones sumarias de combatientes, pero también de mujeres y niños. Todos esos móviles han ido apagándose.

Cuando acabe la matanza las fuerzas de Assad y Putin y las milicias chiíes se dirigirán hacia el próximo foco de resistencia, Idlib. Y usarán los bidones explosivos y todas las más salvajes técnicas que combinan con la maquinaria moderna de guerra que envió Vladimir Putin desde hace tres años.

Lo pudo hacer porque Barack Obama había roto su palabra y dejado que se violaran sus propias líneas rojas sobre armas químicas. Estados Unidos perdió de golpe toda credibilidad y toda influencia en el conflicto. Putin ya había anexionado Crimea impunemente.

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Con Obama enfrente Putin se lanzó a la aventura con garantía de impunidad y éxito. Alepo es ya otro Srebrenica. Otra inmensa matanza de prisioneros. Quizás mucho mayor. Los lamentos de Obama ayer y sus advertencias a Moscú y Damasco de que el mundo no olvida suenan a sarcasmo. Quienes creen que Putin es la solución verán pronto que él es un grave problema en sí. Y lo cierto es que la esperanza de que este masivo crimen no se convierta en gesta ejemplarizante con rápidas emulaciones, solo puede nutrirse ya de la desaparición de Obama. Y de una nueva política de la nueva administración norteamericana de Donald Trump.

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