La peor película española. -Gabriela Bustelo/Vozpópuli-

Hoy Ethan y Joel Coen son dos de los directores de cine más prestigiosos del mundo, pero les costó llegar a serlo. Para poder poner en marcha el rodaje de su debut cinematográfico Sangre fácil, los hermanos estadounidenses hicieron un corto que presentaron a decenas de amigos y desconocidos durante un año (1982-1983), a fin de reunir el presupuesto de 750.000 dólares que necesitaban. Tras pasear el corto por centenares de casas en Nueva York, Minneapolis y Texas, los Coen comenzaron a rodar cuando 65 inversores les dieron aportaciones individuales de entre 5.000 y 10.000 dólares que permitieron reunir la suma de 550.000 dólares. Justo dos décadas antes, en 1963, el columnista californiano Herb Caen preguntaba a Alfred Hitchcock ‒recién llegado a San Francisco para promocionar Los pájaros‒, si su última película era una de las más aterradoras que había rodado. Hitchcock, sentado junto a Caen en un banco de la plaza Union Square, respondió: “Indudablemente. La he financiado con mi dinero y me aterra la idea de arruinarme”. (Por cierto, Hitchcock había desperdigado una bolsa de migas de pan por el suelo de la plaza y la foto que atestigua la ocasión merece la pena como documento gráfico de la maestría publicitaria del director británico.)

Un cine malo y politizado

El director español Fernando Colomo ha rodado su última película Isla bonita (2015) con un magro presupuesto de 70.000 euros no subvencionados, sino reunidos ‒al estilo Coen‒ con aportaciones individuales. Este hecho convierte a la película en un hito, ya que en España lo habitual es que el sector cinematográfico enfoque su labor como necesariamente financiada por el estado. Esta relación maldita entre el cine español y la subvención es en buena parte culpable de que en España no haya una industria del cine propiamente dicha. El cine español se concibe como una lucha entre el gobierno y un sector moralmente justificado para emplear todos los subterfugios posibles ‒legales e ilegales‒ con tal de “sacar pasta” al Ministerio. Este desastre no es fortuito. El manejo de la cultura como instrumento de manipulación política ha sido una operación orquestada desde el PSOE, con la connivencia del PP por omisión. Un hecho reciente sirve para comprobar la decadencia del modelo cultural vigente. El director Fernando Trueba ‒receptor de 4 millones de euros en subvenciones estatales‒ ha sufrido un boicot en las redes sociales que relega su última película La reina de España a cotas de recaudación muy bajas, sin llegar a los 400.000 euros el fin de semana de su estreno. Recordemos que en 2015, cuando Trueba recibió el Premio Nacional de Cine dotado con 30.000 euros, tuvo la desafortunada ocurrencia de decir que no se ha sentido español ni durante cinco minutos de su vida. Casi más llamativa ha sido su afirmación de que nunca le ha preocupado demasiado la taquilla, que es la obsesión confesa de todos los grandes directores de cine. ¿Por qué se puede permitir Trueba el lujo de decir semejante pijada? La respuesta es sencilla: un director subvencionado no necesita seducir a su público ‒al que puede incluso despreciar abiertamente‒, sino obtener la siguiente ayuda del gobierno.

Cine e imagen nacional

Las primeras potencias del mundo logran aunar estabilidad política, poderío económico, capacidad militar, recursos naturales y productividad. Pero el liderazgo internacional se evalúa también por la industria cultural, que contribuye a definir la identidad nacional y a reforzar la llamada imagen país. En la escala mundial de liderazgo cultural, Estados Unidos ocupa el incuestionable primer puesto, mientras que China se mantiene tercamente en los últimos lugares. Pese a quien pese, la cultura estadounidense ‒con el cine de Hollywood en lugar destacado y aportando 504.000 millones a su PIB‒ es, groso modo, la cultura occidental. Entre 2004 y 2016 el Estado español ha subvencionado el cine con casi 750 millones de euros a fondo perdido, siendo víctima de estafas y taquillazos varios. El ministro español de Cultura que pase a la historia será el que elimine las subvenciones dilapidadas en fabricar un cine politizado que el gran público –incluyendo el colosal mercado de 600 millones de latinoamericanos– no acude a ver. La peor película de nuestra historia es la del propio cine español, porque siempre acaba mal.

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