Las hienas voraces del periodismo. -Teodoro León Gross/El Mundo-

Después de que Celia Villalobos acusara a los medios de “condenar a muerte” a Rita Barberá, Rafael Hernando aportó la iconografía identificando a los periodistas como hienas que devoraron a la víctima. Ver a Hernando&Villalobos impartiendo lecciones éticas de mesura puede resultar una ironía chusca y hasta irrisoria, siendo dos estrellas del matonismo palabrero, dos de los estilistas faltones más conspicuos del Congreso. Pero no, no es una paradoja irónica, sino un mecanismo casi tan lógico como el Tractatus de Wittgenstein: otros no se atreverían a señalar un culpable con ese descaro mendaz, con esa desahogada falta de escrúpulos para desviar los focos bajo la conmoción funeral de corpore in sepulto.

La elección de las hienas no es casualidad. Tiene larga tradición, desde El Libro de la Selva de Kipling, donde se habla de los animales como hermanos salvo el chacal y las hienas “a los que odiamos”, hasta el propio Hitler, que equiparaba la naturaleza de los marxistas con las hienas ante la carroña. Claro que tal vez, considerando la simpleza de Hernando, su fuente de inspiración sea El Rey Leónde Disney, donde las hienas -Shenzi y Banzai en swahili significa Grosera y Acosadora- sirven al mal con una falta de inteligencia apenas compensada por su instinto miserable. En definitiva, se identifica al periodista, hombre-hiena teriomórfico, como carroñero de la peor especie que despedaza en manada. Y el cuento quizá funcione.

No se trata de defender el periodismo corporativamente, pero sí la verdad. Y más allá de cualquier generalización estúpida -a la altura del populismo podemita capaz de convertir a toda la clase política en casta corrupta- es sencillamente falso que Rita Barberá fuese apartada por su partido para protegerla de las hienas. La hemeroteca no da la menor oportunidad a esa versión. Ella se resistió hasta el final, pero incomodaba al PP, aislado por la corrupción en minoría, de modo que le exigieron el carnet bajo amenaza. Ahora, claro, les resulta duro oír a familiares de Barberá decirles que el mayor dolor se lo provocaron los suyos. Por eso buscan coartadas.

La invitación a reflexionar nunca está de más, sobre todo para el periodismo, que opera contra el reloj sin red de seguridad, y más ahora que la crisis ha erosionado los estándares de calidad avivando la frivolidad y un cierto populismo justiciero. Pero hay clases. No es lo mismo The New York Times que Bild, aunque se les llame indistintamente periodismo. Hay que denunciar cualquier exceso pero no generalizar sobre las hienas de estilo venenoso, como Nixon. De hecho, el Watergate estaba allí, como tantos escándalos estos años. Y Barberá no recibió más que, digamos, Chaves o Griñán; aunque el corazón de estos haya resistido, seguramente con mejor salud, aunque no menos sensación dolorosa de ensañamiento.

Barberá cometió el error de no apartarse a tiempo por su responsabilidad política. De estar asimilada esa rutina natural en la cultura democrática, las cosas habrían sucedido sin drama. No fue así; y convertida en icono de los años de la vergüenza en el PP de Valencia con todo su equipo imputado, el partido hubo de actuar. Claro que Rajoy habría preferido evitarlo, y la animó a esperar y resistir como a Bárcenas por sms. Si por Rajoy fuera, Soria estaría en el Banco Mundial y Fernández Díaz en primera línea. Los escrúpulos éticos del presidente no son, como le dijo aquel, especialmente decentes. Claro que, de creer a Ortega, ésta no es una virtud central en el político de éxito. Y eso parece.

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