¡Aragón ye nazión! -Jesús Laínz/LD-

Érase que se era un bebé que vio la luz en un pueblecito de Huesca en 1888. Sus padres murieron siendo él todavía un infante, por lo que marchó a Barcelona a vivir con un hermano.

Aunque aragonés, sintiose atraído por el incipiente nacionalismo catalán, así que con veinticuatro años se afilió al Centre Nacionalista Republicà. Poco después, deseoso de exportar el producto a su tierra natal, fue uno de los fundadores de la Unión Aragonesista. Eso no le impidió militar posteriormente en Esquerra Republicana de Catalunya, que le sirvió de modelo para crear el partido Estado Aragonés a imagen y semejanza del Estat Catalá de Francesc Macià.

Como funcionario de la Generalidad, en concreto de la Consejería de Gobernación, pasó en ella la noche del 6 de octubre de 1934, acurrucado bajo las mesas junto con los gallardos Josep Dencàs y el Capità Collons, hasta que éstos decidieron poner pies en polvorosa por las alcantarillas para emerger perfumados allá por la Barceloneta y no parar de correr hasta Perpiñán.

Colaboró en numerosos periódicos tanto catalanes como aragoneses, entre ellos La Humanitat, órgano de Esquerra Republicana dirigido por Lluís Companys. El 10 de septiembre de 1933 publicó en ella un memorable artículo, titulado L’Aragó i l’Onze de Setembre de 1714″, en el que sostuvo que “el Once de Septiembre fue la caída mortal de los pueblos libres de Iberia supeditados a la jerarquía despótica española”, que el Casanova aragonés había sido Lanuza (se refería a Juan de Lanuza, el Justicia de Aragón ejecutado por Felipe II en 1591) y, sin pestañear, que la catalana Agustina Zaragoza y Domènech se había jugado la vida a cañonazos en el sitio de Zaragoza de 1808 “en defensa no de la independencia española, como han pretendido hacernos creer, sino de la independencia de Aragón”.

Gaspar Torrente, que así se llamaba nuestro héroe, estuvo a la sombra algunos meses tras la derrota de su bando en la Guerra Civil y quedó definitivamente libre en diciembre de 1941. Pasó el resto de su vida en Barcelona, donde falleció en 1970 a los ochenta y dos años.

Considerado el padre de la nación aragonesa, en la página web de la fundación destinada a inmortalizar su memoria están publicados varios artículos que insisten en los paralelismos con el separatismo catalán, especialmente la pérdida de la soberanía aragonesa como consecuencia de la Guerra de Sucesión y del pérfido Felipe V. Así lo explica, por ejemplo, Miguel Martínez Tomey:

A esistenzia de l’Estato aragónés (o Reino d’Aragón) en o conzierto d’os Estatos d’a monarquía ispanica comportaba o mantenimiento d’un pauto d’unión (que no d’asemilazión u uniformizazión, e menos forzosa) entre iguals teoricos que estió crebato biolentamén en diferens ocasions e, de traza definitiba, por o rei Felipe V de Castiella en a Guerra de Suzesión. Ixe punto marca un antis e un dimpués en la relazión d’o pueblo aragonés con os poders d’o que güei se conoxe como España: d’unión mutuamén adempribiata ta semisión d’un Aragón cada begata más débil á os intreses d’un Estato que s’enzerrina en acotolar por asemilazión á os pueblos que ha conquistatos”.

¿Ta claro el antis y el dimpués? Pero la cosa continúa, naturalmente. Pues, como cada día que amanece el número de tontos crece, siempre aparecerá algún izquierdista dispuesto a escarbar en el pasado para resucitar algún reino o institución medieval, algún personaje o batalla dieciochesca, que legitime sus progresistas aspiraciones para el siglo XXI. Y ahí tenemos a Pablo Echenique reclamando la soberanía del pueblo aragonés, su consideración como país y el reconocimiento del derecho de autodeterminación.

No falla. Los izquierdistas españoles, de Torrente a Echenique, salvo alguna excepción que todavía conserva conexiones neuronales, responden todos al mismo patrón. Son el producto de la descerebrada cópula entre la más apátrida de las utopías y el más miope de los aldeanismos. Todos ellos se pasan la vida salmodiando que no hay más patria que la Humanidad para acto seguido apuntarse a cualquier pantomima nacional con la única condición de que sea ajena y hostil a España.

Y para no mancharse con esa patria cierta pero declarada indeseable por eternamente fascista, el retroprogre expañol se esparranca con un pie en el inhumano desarraigo internacionalista y el otro en la putrefacción de los hongos de la aldea.

Pero algún día acabará abriéndose por la bisectriz.

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