Democracia microondas. -Jorge Bustos/El Mundo-

La política ya no nos calienta el corazón. La frialdad de la tecnocracia acerca el invierno de nuestro descontento electoral. La gestión del poder ha alcanzado tal grado de racionalismo que hiela la sangre de los nostálgicos, del mismo modo que la Ilustración agredía las conciencias feudales. Un creciente número de votantes toma por despotismo ilustrado el orden socioliberal que desde la posguerra rige Occidente y hace progresar a Oriente con la higiene y el desencanto de la aritmética. Contra esa asepsia ideológica se levantan los desclasados, los ofendidos, los interesados en consolar su apocalipsis personal con uno colectivo. Los que preferirían que China se mantuviera sólidamente tercermundista para que Trevor, tosco pero buen chico, pudiera seguir cobrando lo que cobraba por ensamblar coches en Detroit. Piden más democracia. Piden que se consulte más al pueblo. Y sus dirigentes, víctimas medrosas de su propio antiintelectualismo, cumplen el deseo plebiscitario de paso que transfieren su responsabilidad al pueblo, sin sentirse obligados a transferirle también el salario.

Una epidemia referendista ataca barrios, prende regiones y escala hasta los Estados. La idea es tan simple que duele que haya humanos que se resistan a su redondez lógica: votar más nos hará más demócratas. No hay que temer a la democracia. Votándolas, las decisiones de gobierno ganan legitimidad. Y otras inmundicias mentales por el estilo. Es la democracia microondas: calienta pero no cocina.

No niego la sugestión que ejerce toda forma de primitivismo: después de todo, fuimos reptiles. La maravilla es que después fuimos monos, y luego tribus de homínidos, y un buen día llegamos a la puta democracia representativa. Desde la cual ahora involucionamos hacia el plebiscito, tan socorrido cuando reuníamos a los vecinos al pie de un árbol de la plaza para decidir dónde guardábamos la cosecha de aquel año, pero tan engorroso para conjugar el equilibrio presupuestario con el gasto social para una población de 47 millones de vecinos que comparten moneda con otros 300.

Se viene extendiendo el disparate de que la condición democrática es regulable. De que la libertad e igualdad de un paisano no las otorga de una vez la ley, sino que varían como el carné por puntos, y admiten perfeccionamiento -y menoscabo- en función del grado de compromiso político que el referido paisano sea capaz de desplegar. Según este flatulento silogismo, es más demócrata un activista que marcha cada semana Castellana arriba y pancarta en ristre que un autónomo tan ocupado en producir su propia prosperidad que no tiene tiempo de manifestarse, sino que delega su representación una vez cada cuatro años en el partido que mejor se ajusta a sus intereses. Pudiendo revocar su voto al cabo del plazo convenido en caso de incumplimiento, sin que cada tanto le importune la consulta de un representante inepto. La pereza se camufla de lucha, pero que las ancianas se mueran en sus casas por no poder pagar la luz no se soluciona con un megáfono y tres canutazos con el ceño fruncido, sino acudiendo a la comisión parlamentaria de energía, recibiendo a las empresas del ramo en el despacho durante días, presionándolas y resistiendo sus presiones, equilibrando los intereses y las necesidades y redactando finalmente las leyes que, votadas en la cámara, cambiarán la vida a oscuras de las ancianas. Claro que para todo eso habría que trabajar. Y eso sí que hiela determinadas sonrisas cuando salen del plató.

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