Populismo políticamente correcto. -Emilio Campmany/LD-

La victoria de Trump en Estados Unidos ha generado miedo porque se supone el prólogo de la llegada de otros populismos. Al pérfido populismo que se nos viene encima se contrapone la política responsable que han desenvuelto los líderes de los partidos tradicionales europeos. Ahora, lo cierto es que, desde que estalló la crisis, son los partidos tradicionales los que más populismo han hecho.

¿No es populismo afirmar que para salir de esta crisis hay que incrementar el gasto público hasta que reventemos? ¿No es populismo decir que cualquier limitación del gasto supone recortar los beneficios sociales, cuando apenas se han tocado las muchas subvenciones que hay? ¿No es populismo sugerir que se van a subir los impuestos sólo a los ricos, cuando la víctima va a ser toda la clase media? ¿No es populismo hacer creer que los impuestos a los ricos no afectan a los pobres, cuando las inversiones y consumos que dejen de hacer los ricos afectarán a todos los que dependan de esas inversiones y consumos? ¿No es populismo cerrar las centrales nucleares y promover las energías renovables encareciendo la energía eléctrica hasta que las capas sociales más pobres no puedan pagarla y las industrias dejen de ser competitivas? ¿No es populismo ampararse en el medio ambiente para justificar exorbitantes subvenciones a los amigos de los políticos? ¿No es populismo hacer creer que es posible ampliar los servicios sociales infinitamente, como si cualquier coste pudiera afrontarse mediante una subida de impuestos? ¿No es populismo proponer que toda reforma legal se negocie con los interlocutores sociales, cuando en realidad eso supone entregar el Poder Legislativo a los sindicatos, que lo emplearán para blindar sus privilegios? ¿No es populismo negarse a reconocer la crisis y no recortar más que cuando lo exigen potencias extranjeras que son dueñas de nuestra deuda? ¿No es populismo ganar unas elecciones prometiendo bajar los impuestos y en el primer Consejo de Ministros subirlos más de lo que proponía el Partido Comunista para poder seguir pagando el Estado clientelar que padecemos? ¿No es populismo presentarse como salvador de nuestra economía cuando de la salvación el responsable es el Banco Central Europeo? ¿No es populismo acusar a la banca, al capitalismo y al ultraliberalismo de una crisis financiera de la que los máximos responsables son los políticos, por su gestión de las cajas? ¿No es populismo afirmar que la ETA está derrotada, cuando lo que se ha hecho es abrirle las puertas de las instituciones y franquearle el acceso al dinero público a cambio de que deje de matar? ¿No es populismo acusar a quienes combaten el terrorismo islámico de ser responsables de él?

Así se podría seguir durante decenas de páginas, sacando a relucir las vergüenzas populistas de todos, de Obama o de Clinton, de Merkel o de Hollande, de Rajoy, de Albert Rivera, de Susana Díaz o de Pedro Sánchez. Son todos populistas de la más baja estofa. Naturalmente, Pablo Iglesias y sus secuaces lo son igualmente. Lo malo de los de Podemos no es que sean populistas, que lo son todos, sino que sean comunistas. A ver si nos enteramos.

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Votar al diablo. -Antonio Burgos/El recuadro-ABC-

Pertenece a una especie en extinción, como el buitre leonado o el lince de Doñana. Es funcionario, pero con un geeneroso sentido de servicio al Estado. No es de los que entienden el funcionariado como virtuosismo en los días de asuntos propios, en los moscosos y en el arte de buscarse la baja. Se siente y se ha sentido siempre, incluso tras su jubilación, como un servidor del Estado. Traduzco: como un servidor de España. Sea del signo que fuere el Gobierno en el poder. Es todo un señor. Embajador de España. A la que ha servido en los difíciles momentos de la Transición para ahormar a nuestra Patria en organismos que hasta entonces le eran esquivos, si no adversos, como la Comunidad Europea o la OTAN. Fue embajador de España en naciones que citar no quiero, para que no puedan identificarlo, pues guardo el sigilo de su nombre como agradecimiento a la franqueza con la que me habló desde su hondo conocimiento de la política internacional y de los entresijos de la nacional. Además lo hizo con la precisión y belleza de un lenguaje cervantino que domina, y del que ha dejado hermosas pruebas en preciosos textos llenos de campo, de sierra, de escopeta y de pájaro perdiz, de jara y romero.

Hablábamos, ¿cómo no?, de las elecciones americanas y mi amigo el embajador de España me dijo:

— Lo que ha ocurrido es un caso impredecible. Y no me refiero a que haya salido elegido Donald Trump, sino a que no conozco un asunto similar donde haya quedado más en evidencia el fracaso de los medios de comunicación como creadores de opinión. Los grandes medios informativos han quedado totalmente desprestigiados con la elección de Trump. No se puede insultar tanto y en tan poco tiempo a una persona que merece todo respeto, pues puede llegar presidente de una gran potencia. A Donald Trump los diarios de todo el mundo le han dicho cuanto, por elemental cortesía, no se le puede llamar a nadie, y menos a un candidato a presidente de los Estados Unidos. Lo han demonizado. Le han llamado payaso, xenófobo, racista. No lo han calificado: lo han insultado. Y aunque fuera el demonio, la gente ha votado al diablo. Esas cosas en política internacional hay cuanto menos que callarlas, por educación. Mira, en mi carrera diplomática tuve ocasión de cenar en dos ocasiones con la señora Clinton, y nunca escribiré lo que me parece como candidata a la presidencia. Como tampoco dije nunca, y te lo confieso ahora a ti, pero, por Dios, no lo vayas a poner en el periódico, que me entrevisté cinco veces con Boris Yeltsin: las cinco estaba completamente borracho. Y de esas cinco, en dos de ellas con tal borrachera que ni podía levantarse de la silla. Habrás visto que nunca he escrito nada de esto. Por el contrario, a Trump nos lo han presentado como un loco mujeriego, un magnate caprichoso e iracundo, una reencarnación de Hitler. Lo han satanizado. Y los votantes no han echado cuenta a estos insultos, porque los grandes medios informativos ya no son creadores de opinión. Tú sabes mejor que nadie cómo lo han presentado esas dos televisiones españolas que tanto citas como nocivas para la concordia nacional. ¿Las redes sociales, dices? Peor todavía. Por mucho que parezca que dominan el mundo, no influyen en la opinión de los votantes: los ataques a Trump en las redes sociales han sido mucho más terribles, de juzgado de guardia, insultos personales de toda laña, y por todo el ancho mundo, no creas que sólo aquí en España. Lo que te comento no es sólo de los periódicos españoles, sino de los grandes diarios internacionales, que sigo teniendo la deformación profesional de leer diariamente. Así que ya lo sabes, Antoñito, dile a tus colegas de los medios informativos mundiales que se apunten un cero en la creación de opinión. Lo que más me preocupa con Trump es que los grandes periódicos ya no son los grandes creadores de opinión. Y las redes sociales, como ves, menos todavía: sólo sirven para convocar antidemocráticas algaradas de perroflautas.

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