El documental que el ‘Amancio Ortega’ francés no quiere que veas. -Marina Alías/Vozpópuli-

Llega a España ‘¡Gracias, jefe!’, la sátira que denuncia las tropelías de Bernard Arnault, el empresario de provincias que se convirtió en el hombre más rico de Francia.

La industria textil catapultó al empresario Bernard Arnault, nacido en un pequeño pueblo del norte de Francia, a amasar la mayor fortuna de su país, una pincelada biográfica que, extrapolada a España, coincide con la de Amancio Ortega. Sin embargo, Arnault no cae bien a los franceses. En 2012, cuando el país galo se encontraba en pleno debate sobre el incremento de la presión fiscal a los grandes patrimonios, el dueño del holding LVMH, que aglutina firmas de lujo como Louis Vuitton, Kenzo, Loewe y Givenchy, pidió la nacionalidad belga, un gesto que revolucionó al personal y llevó al diario Liberation dedicarle un “¡Lárgate, rico imbécil!” como titular a toda página. La respuesta a la oleada de críticas del también propietario de los champagnes Moët&Chandon, amigo íntimo del expresidente Nicolas Sarkozy, fue retirar su solicitud a Bruselas, pasando por eliminar de un plumazo la publicidad de su conglomerado en el citado periódico.

Ahora, cuatro años después de este episodio, irrumpe en las salas de cine europeas ¡Gracias, jefe! (Merci, patron!), un documental que denuncia al estilo marrullero de Michael Moore, cámaras ocultas incluidas, las tropelías cometidas por el multimillonario francés y cuyo éxito se vio disparado por estrenarse a principios de 2016, cuando se cocía el movimiento social contra la Ley del Trabajo conocido como La Nuit Debout. Además, tan famoso es Bernard Arnault en tierras galas como el periodista que está detrás de la sátira, Francois Ruffin, fundador de la revista de agitación política Fakir que se ha ganado el apodo de ‘Robin Hood del siglo XXI’ tras cubrir durante 16 años el cierre de fábricas y los despidos masivos.

La familia Klur

El documental, un proyecto rodado con bajos recursos que resultó en “taquillazo” se divide en cinco partes a las que Ruffin llama “actos” (dotes para el teatro no le faltan) que abordan con ironía la dramática situación en la que se encuentra la familia Klur a consecuencia de los despidos que provocó en el norte de Francia el traslado de una fábrica de Arnault a Polonia en busca de mano de obra más barata. Lastrados por una enorme deuda, los Klur se dejan convencer por Ruffin -que además de escribir y dirigir ¡Gracias, jefe!, es el protagonista del reparto- para evitar que les embarguen la casa.

Al periodista se le ocurre ablandar el corazón del magnate transmitiéndole las penurias de la modesta familia que un día trabajó para su empresa y, por supuesto, amenazándole con hacer públicos los graves problemas que estos sufren por culpa de su modelo de negocios. A partir de ahí, comienzan una serie de desventuras que van desde boicotear las juntas de accionistas de LVMH hasta embaucar a los responsables de seguridad de holding, preocupados por salvaguardar la imagen de su jefe, denostada por el desmantelamiento de fábricas en Francia y por el intento fallido de sumar la nacionalidad belga a su identidad.

Bailando entre la protesta y la acción, el filme toma prestado su nombre de una canción de Les Charlots, un grupo de cómicos cuyas letras le sirven de banda sonora, reforzando su tono sarcástico. “¡Gracias, jefe!, ¡Gracias, jefe!/ Es un placer trabajar para usted/ Estamos felices como locos/ ¡Gracias, jefe!, ¡Gracias, jefe!/ Lo que usted hace aquí abajo/ Dios se lo recompensará un día”, cantaba el grupo de artistas de la Francia de los 60. Pero, ¿quién terminará brindando con Moët & Chandon? Desde este viernes, la historia y su desenlace ya pueden verse en las pantallas españolas.

Un multimillonario en busca de aprecio

Benard Arnault nació en 1949 en Croix, una comuna favorecida de Roubaix, una ciudad proletaria del norte francés. Es hijo de un empresario de la construcción que, pese a no formar parte de la gran burguesía industrial, logró enriquecerse gracias a la compañía que le cedió su suegro. Fue educado por su estricta abuela y se formó en la Escuela Politécnica de París. En 1984 adquirió la compañía textil Boussac que, pese a controlar marcas como Dior o Le Bon Marché, los grandes almacenes de la burguesía parisina, se encontraba al borde de la bancarrota. Una jugada que años después se traduciría en una enorme fortuna.

Tras el escándalo surgido a raíz de pretender la nacionalidad belga, solicitud que terminó retirando, reconoció a Le Monde su inquietud por el creciente malestar de la población con los empresarios. “Hay que obrar para que los empresarios estén más apreciados por la opinión pública. En Francia están relativamente mal vistos. Nos gustan los futbolistas, pero no los empresarios”, lamentó.

A raíz de ahí, y empujado por el clan familiar, emprendió una serie de iniciativas para ganarse el cariño de los franceses, como proyectos humanitarios, programas para bebés discapacitados o ayudas para los modistos jóvenes, pero algunas de las prácticas que destapa el fundador de la revista Fakir en ¡Gracias, jefe! no ayudan a mejorar su reputación. El mismo Arnault confiesa no andar sobrado de sentido del humor. “Cuando le digo que me hace reír, siempre responde que debo de ser el único”, afirmó el modisto Christian Lacroix, que creó su firma con su concurso económico.

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