El ‘nuevo’ Gobierno y el parto de la ratona. -J.L. Gonzalez Quirós/Vozpópuli-

No se ve por parte alguna alternativa a una política tan monótona como poco ambiciosa, a un sistema que ni se inmuta ante amenazas tan serias como las de un proceso de secesión perpetrado desde las instituciones.

Cuando mis amables lectores recorran estos renglones, es posible que la opinión pública ande enardecidamente dedicada a desmenuzar los secretos de las entrañas del poder con la lista de ministros marianiles, eso si es que, con suerte, se ha abandonado ya el debate sobre si Bisbal le hizo o no la cobra a su pareja ante millones de atónitos espectadores.

En España es muy abundante la rara habilidad para desentenderse de los asuntos de interés general y fijar la atención en cualquier pajarito. Así, hasta Rajoy puede parecer un gran estadista, amén de ser, según se repite sin cesar por las huestes de aduladores, un mago consumado en el manejo de los tiempos, en el arte del escamoteo. Ya les adelanto el resultado del escrutinio de la nómina ministerial: no es que la montaña haya parido un ratón, es que las ratonas no dan para más.

Un Gobierno en lugar de cualquier política

Cuando se podría pensar que estamos en una cúspide de interés por los asuntos políticos, resulta que no hay política de la que ocuparse, que seguimos embobados en discutir extrañas quimeras o en polémicas sin seso. Como recordaba Roger Senserich hace un par de días, la izquierda, en cualquiera de sus versiones, sigue pareciendo más interesada en discutir sobre esencias que en tratar de buscar soluciones a los problemas de hoy y de mañana, y ahí está la clave que puede permitir a la derecha seguir ganando elecciones “por incomparecencia de alternativas hasta el fin de los tiempos”.

Coincido con el diagnóstico del politólogo, pero añadiría que el triunfo de esta derecha tiene otro ingrediente esencial no menos preocupante, que ni tiene programa, ni lo echa de menos, sino “ganas de gobernar”, ganas sin ideas, pero ganas que ganan frente a las palabras gastadas y las alusiones al paraíso que apenas mueven a nadie más que a los Espinares de este mundo, y abajo diremos algo sobre el caso.

Que el marianismo no tiene programa es una evidencia que puede constatar cualquiera que busque “programa electoral 2016” en la página web del PP: sólo encontrará una condena al Espinar de turno, en medio de frasecitas de los notables de la corte genovesa, encabezada por una loa a los éxitos económicos del rajoyismo que, lo que no deja de ser irónico,  se refieren al año en que el Don ha estado en funciones. Pero es que, si se busca el programa de 2015, no se consigue pasar de un piadoso rosario de eslóganes de todo a cien que culminan anunciando que el PP adquiere “un compromiso permanente de regeneración de la vida pública”, toma del frasco Carrasco. Como es evidente que nadie puede creer que nadie se crea semejante mandanga, está claro que el único propósito de esas huestes ha sido seguir en el Gobierno, y ahí empieza y acabará su única política. ¿Para qué?, pues para conseguir, como probos funcionarios, la estabilidad de por vida, más allá de cualquier objetivo, única meta para la que no conocen barreras ni líneas rojas.

No es fácil ser optimista ante el hecho de que, con esos mimbres, y con unos éxitos que parecen narrados por un publicista argentino, hayan conseguido mantenerse en el Gobierno, y resulta meridianamente claro que esa responsabilidad no puede endilgarse a los votantes.

La ausencia de alternativa

Para quienes crean que no es posible una democracia sin alternativas de Gobierno, la situación es chapuceramente desastrosa, porque Rajoy se dispondrá a hacer cualquier cosa que le lleve a continuar, y en esta ocasión nadie podrá reprocharle incumplir un programa del que, sencillamente, ha prescindido, mientras que, por la izquierda nada indica que se pueda montar a medio plazo una alternativa verosímil.

Rajoy ha llevado a cabo una jugada maestra para sus intereses, aunque muy gravosa para todos los demás. Al hacer todo lo posible por desagregar el voto de izquierda, objetivo nunca demasiado difícil por la tendencia de esa clase de líderes a mezclar el dogmatismo con la fantasía, ha achicado el campo de posibilidades de la izquierda, pero al precio de obligar a los electores de la derecha a entregarse a una caricatura, peor aún, a un ersatz grotesco de cualquier izquierda moderada. Para llevarlo a cabo, ha expulsado del sistema de la gobernabilidad a unos cuantos millones de votos, y ha condenado al PSOE a una alternativa endemoniada, o a disputar con Rajoy en un espacio reducido, o a identificarse con los que acampan en la Puerta del Sol, pero sin posibilidad alguna de adueñarse de otra cosa que eso que llaman la calle, ejercicio cansado, estéril y aburrido, que muy bien se puede combatir con una mezcla adecuada de temor, Champions, OT y populismo del bueno.

Mientras tanto, nuestro desprestigio exterior, crece incesante, y lo que se piensa de Rajoy no es para repetirlo, salvo en un congreso de masoquistas. El precio a pagar por ese escamoteo de la política sigue creciendo, y haciendo cada vez menos probable que se pueda poner final sereno a un ciclo cada vez más agotado de políticas públicas estériles. Si no me creen, relean el quinto de los epígrafes del exordio programático de 2015, que afirma, nada menos, que el PP se dispone a “culminar el proceso de mejora de la educación”, una declaración que debería sonrojar incluso al plumilla capaz de articular sandez semejante.

¿Habrá alternativa en el Parlamento?

Los forzados al optimismo sueñan con que el Parlamento actúe de freno adicional de un Gobierno maniatado, pero deberían repasar el reglamento del Congreso y preguntarse por los proyectos y la cosmovisión de quien lo preside tan galanamente. Si además se concede tiempo al show, mientras el PSOE es capaz de permanecer, al tiempo, escindido, perdido y ensimismado, lo que no deja de ser un record de incompetencia, y se deja que Rivera explote el acierto de haber hecho que Rajoy se coma unos papeles sin indigestarse, a cambio de seguir do quería, poco cabe esperar de una institución tan demediada. No obstante, podría haber sorpresas, pero justamente porque lo probable es que todo quede bajo control y con Rajoy a punto de disolver en el momento que vea más propicio, acaso poco después de un Congreso del PP que ha de ser para el gallego un juego de niños, porque ¿cómo va a desestabilizar el PP a un Gobierno tan suyo, y tan cogido por los pelos?

No se ve por parte alguna alternativa a una política tan monótona como poco ambiciosa, a un sistema que ni se inmuta ante amenazas tan serias como las de un proceso de secesión perpetrado desde las instituciones. Debiera haber alternativa a una socialdemocracia tan universal como exangüe, pero apenas se ve. Acaso haya de ocurrir algo más grave para que los pacientes electores que sostienen el mal menor despierten de su sueño, pero, aunque la adormidera de una derecha que administra con decencia ya no convence a nadie, el temor a los excesos, a caer en Caracas, es muy probable que siga siendo por algún tiempo el otro brazo de la pinza con que el marianismo ha jibarizado no solo la cabeza de la izquierda, sino las expectativas de todo un país condenado a ser esclavo de políticas en las que la libertad individual, el esfuerzo, el mérito, la ambición y las ganas de innovar no significan nada, de políticas que nos condenan a una creciente mediocridad, al fracaso histórico de un intento de modernización política que está a punto de perecer definitivamente.

Espinar, una imagen nítida de “lo público”

Los que todo lo confían a “lo público”, y saben de qué va, suelen suponer también que las trapacerías que ellos mismos hacen bajo su manto nunca llegarán a conocerse, porque dominan las tramas y se creen más listos que los demás. De todas formas, mientras no cunda entre los españoles una enérgica sospecha sobre las intenciones de quienes alardean de lo que nos dan a cambio del voto, mientras no veamos con absoluta claridad que “lo público”, con sus retóricas y sus déficits crecientes, puede ser el perfecto disfraz de la corrupción, no conseguiremos nada interesante y seguiremos pagando cada vez más impuestos para obtener cada vez menos.

Nuestros males están muy claros: un Estado a la contra de nuestra prosperidad, unas administraciones ineficientes, barrocamente obesas, privatizadas, es decir, ajenas al verdadero interés público, en manos de los que controlan y aspiran a controlar, sin transparencia alguna, carísimas de mantener, un supuesto Estado de bienestar engañoso, disfuncional, e injusto. ¿Por qué lo mantenemos? Pues porque abundan los incautos que creen a los Espinares que les dicen que sólo se preocupan por los bienes públicos, pero en realidad se dedican a sacarle provecho particular al sistemita: los listos a lo grande, los de medio pelo, como este personaje hipócrita, mentiroso y fanfarrón, tacita a tacita, pero sin parar: 20.000 o 30.000 del ala por ser beneficiario de un piso que hemos pagado todos en mucho más de lo que seguramente valdría, porque son mayoría los bobos que creen que eso se hace para beneficiar a los menesterosos, y que no es piadoso ponerse límite en esa misericordia. Mientras tanto Espinar, y como él centenares, se lo llevan crudo, y encima presumen de haberlo vendido por no poderlo pagar.

Cuando se destapa el asunto, ya se sabe que es muy eficaz echar la culpa a la confabulación judeo-masónica, pero de lo que se queja, en realidad, Espinar es de lo poco que ha podido llevarse porque hay tiburones mucho más grandes que no le dejan ni las sobras, y él quiere ser de mayor, con la ayuda de los votantes de Podemos, uno de esos tiburones de tronío, y no el pececillo de mierda que tiene que hacer trampas tan baratas: igualito, igualito que el difunto del abuelito.

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