El precio de la Moncloa para Podemos. -José G. Dominguez/LD-

Nada en el discurso del jefe de la oposición durante la investidura de Rajoy invitó a inferir que quien lo pronunciaba estuviese en disposición de ser en breve el próximo presidente del Gobierno de España. Y sin embargo, Pablo Iglesias Turrión posee muchas posibilidades para llegar a ocupar esa alta magistratura antes incluso de haber cumplido los cuarenta. Algo que va a depender en gran medida de él y solo de él. Porque la fantasía balsámica con la que se pretende exorcizar ese riesgo desde las instancias creadoras de opinión, esto es que Rajoy, el mismo Rajoy que no acometió ninguna transformación de calado estructural cuando dispuso de una cómoda mayoría más que absoluta en las Cortes las va a emprender todas de golpe con apenas 135 diputados pelados y las lágrimas de Pedro Sánchez comiéndole la moral (y las primarias) a la Reina del Sur y su gestora de chusqueros, no es más que eso: una fantasía. Una fantasía, la de que todo en España irá volviendo a la normalidad de siempre al compás de la recuperación del crecimiento del PIB, que se sustenta en el error de no haber entendido el cambio cualitativo que se oculta tras ese medidor estadístico. Y es que, a diferencia de lo que por norma ocurrió desde los gloriosos sesenta, aquí y ahora, más crecimiento del PIB ya no es sinónimo de más clase media sino de más precariado.

La vieja España de los cabreros rojos y los cabreros azules logró civilizarse un poco gracias a la eclosión de la clase media a partir de la segunda mitad del siglo XX. Una civilidad efímera que se está llevando por delante la destrucción acelerada de esa misma clase media que exige la nueva división internacional del trabajo en el seno de la Eurozona. Esta crisis se la hemos hecho pagar, sobre todo, a los jóvenes menores de cuarenta años surgidos de sus filas. Y ellos nos han devuelto el golpe votando a Podemos. Desde que, en 2008, arribó a la península la Segunda Gran Depresión, aquí hemos enviado al paro a 16 empleados temporales, que eran los jóvenes de las plantillas, por cada indefinido despedido, que son los protegidos por los sindicatos y blindados por los convenios colectivos. Un dato, un simple dato, que sirve por sí solo para entender de dónde ha salido la mitad de esos cinco millones de votos que hay detrás de Pablo Iglesias en el hemiciclo del Congreso (la otra mitad, ni siquiera sabe qué es eso de firmar un contrato temporal). Pero si el anterior aún no fuera suficiente, repárese en este otro dato: de los jóvenes españoles que logran entrar en el mercado de trabajo con veinte años o menos, el 40% todavía sigue atado a un contrato temporal con cuarenta y cinco años cumplidos. Existencias al filo de la navaja de modo crónico que no se ven reflejadas por ningún lado en las cifras del PIB.

Porque el PIB puede seguir creciendo en el futuro inmediato, claro que sí, pero eso no va a hacer que cambie el modelo productivo. Y mientras eso no cambie, nada en España volverá a ser normal. Iglesias, pues, podría ganar las próximas elecciones, pero ello exige que Podemos trascienda las lindes de ese nicho ecológico de cinco millones de votos que le provee el precariado urbano y juvenil. Para soñar con el cielo no hace falta mucho más que la demagogia escénica de siempre en las tertulias-circo de La Sexta. Para soñar con la Moncloa, en cambio, se antojan imprescindibles, como mínimo, dos millones de votos que tendrán arrancarle al PSOE. ¿A quién si no? Algo que exigirá un urgente aggiornamento ideológico a Podemos. En su día, el abandono precipitado del marxismo nominal que aún figuraba en los estatutos del PSOE no fue más que eso: el pago del preceptivo peaje simbólico para acceder al electorado tibio que les abriera las puertas de la mayoría en el Congreso. El mismo pago que luego se vería forzada a realizar la difunta Alianza Popular, aquel partido depositario de las esencias sentimentales del franquismo sociológico y que jamás hubiera superado la barrera del testimonialismo marginal sin un intenso lavado de cara, el que daría origen al actual PP. ¿Estarán dispuestos ellos a romper su apasionado idilio con la Antiespaña de Rufián & Cía. para alcanzar esos dos millones de votos que les faltan en Cáceres, Albacete, Granada, Salamanca y demás parajes de la otra España, esa que todavía se tiene a sí misma por una vieja gran nación europea? Lo dudo. Demasiada patria para Pablo.

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