¡Vaya gilipollas! -Teodoro León Gross/El Mundo- #RodeaElCongreso –

Hubo un buen fogonazo en la teatralidad ritual del debate del jueves, primer acto de la investidura, ante una de las gracietas provocadoras de Pablo Iglesias, cuando Albert Rivera exclamó “¡Vaya gilipollas!”. Seguramente era la misma idea de Aitor Esteban, con una mirada de cansancio bovino, mientras el orador trufaba su soflama con el picadillo habitual de consignas de saldo y polvareda retórica. Habrá crisis de representatividad, pero en ese instante sin duda muchos espectadores se sintieron bien representados por ese ¡vaya gilipollas!

Claro que con toda seguridad Iglesias está donde quiere estar, y tal vez donde le conviene estar: con medio país persuadido de que lo es y el otro medio país convencido, parafraseando a Roosevelt, de que “es un gilipollas pero es nuestro gilipollas”. “Act like a dumbshit and they’ll treat you like an equal...”, recomendaba J. R. Bob Dobbs desde la Church of SubGenius. Se puede adquirir una gran popularidad, y una estupenda clientela, perseverando en ese rol hasta convertirse en un buen personaje a golpe de gilipolleces. El populismo se hace fuerte ahí.

Casi nadie atiende a los debates políticos salvo bajo las leyes del espectáculo. Eso da ventaja a Iglesias, que debe más a Fort Apache y La Tuerka que a la Universidad. Es un producto de ese futuro que intuyó Neil Postman a medida que la política adquiría los códigos de la televisión. Tiene poco fuste, pero mucho instinto. De ahí su salida en grupo del hemiciclo; como si el portavoz de la cal viva, tras llamar esa misma mañana “delincuentes” a los investibles, no pudiera soportar una mención de sus relaciones con Venezuela o Irán. Ese circo es su territorio. Sabe lo que vende cuando vocea un Pacto de la Triple Alianza Neoliberal Mafiosa.

Iglesias se fortalece con la contradicción del observador: el instinto aconseja despreciar esas actitudes, pero cinco millones de votos y más de 70 escaños aconsejan tomar eso en serio. Y sabe moverse entre líneas, esa virtud posmoderna incluso en el fútbol. Para el intelectual melancólico, como lo adjetivaba Jordi Gracia en su panfleto, lo peor es perderse ahí. El gran éxito de Iglesias es que lo terminen analizando con Guy Debord y La sociedad del espectáculo, Lipovetski, Marte, Steiner, Vargas Llosa, Adorno o Serroy. Eso llena de sustancia al tipo que califica la investidura de golpe de la mafia. Algo así, si bien se mira, sólo cabe despacharlo con un ¡vaya gilipollas! O la “Brunete Mediática”, o la “Triple Alianza”, casi todo es carne de ¡vaya gilipollas!, quizá la única respuesta a la altura de su código.

Claro que eso de ¡vaya gilipollas! no son formas. Y esa es una ventaja desde latáctica típicamente marxista de agudizar las contradicciones: a él romper las formas le hace más fuerte porque sus rivales se resistirán a romper las formas por defender esas formas que él rompe.

Ésta es la ironía, y seguramente él estará encantado de disfrutar de ese rol. Los portavoces se dirigen a él como Señoría, y él demuestra que está allí, beneficiándose de serlo, pero proclamando que no lo es. Hoy estará a la vez dentro del Congreso y rodeándolo, entre líneas. En esa dualidad líquida, exprimiendo el Congreso como escenario perfecto para sus performances contra el sistema y también exprimiendo la movilización fuera de la Cámara de la Mafia, a través de marcas blancas o de franquicias ideológicas. Como Fraga podrá exclamar “la calle es mía”; y ya no sólo las calles virtuales de las redes. Win-win.

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